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Las 24 HORAS De TORTURA Del CHE — Lo Que Le HICIERON Al CUERPO Que NADIE Se ATREVIÓ a CONTAR

 

Nadie imaginaba que el final del cheegue vara sería tan brutu como secreto durante 57 años. La historia oficial ocultó los verdaderos detalles de lo que ocurrió en aquella escuela de la higuera, Bolivia, entre el 8 y 9 de octubre de 1967. Lo que realmente le hicieron al revolucionario más famoso del siglo XX es una historia de traición, crueldad y manipulación que solo ahora, con documentos desclasificados de la CIA y testimonios de los últimos testigos vivos, podemos reconstruir en toda su dimensión perturbadora. El 8 de octubre

de 1967, a las 3:30 horas, Ernesto Cheegevara fue capturado en la quebrada del Yuro, Bolivia, herido en la pierna derecha por un disparo que atravesó su pantorrilla con su fusil M2 inutilizado por otro balazo. El comandante guerrillero levantó las manos y gritó a los soldados bolivianos que se acercaban con cautela.

Soy el chegue vara y valgo más vivo que muerto. Fueron sus primeras palabras como prisionero. El sargento Bernardino Huanca, quien lideraba la patrulla que lo capturó, recordaría décadas después ese momento con una mezcla de orgullo y perturbación. Pensé que mentiría sobre su identidad, pero lo dijo directamente como si fuera un título de nobleza.

Incluso herido y rodeado. Había algo en su mirada que imponía respeto. Los soldados lo ataron de manos y pies. Lo cargaron en una improvisada camilla de ramas y comenzaron la marcha de 3 km hasta el pueblo más cercano. Durante el trayecto, El Che no dejó de observar a sus captores. Algunos eran apenas muchachos campesinos reclutados a la fuerza en el ejército boliviano.

 Uno de ellos, cuyo nombre nunca fue registrado oficialmente, le ofreció agua de su cantimplora. El cheve vio y le dijo, “Gracias, hermano. Ojalá algún día entiendas por qué estaba aquí.” El joven soldado apartó la mirada incómodo. La higuera era un pueblo de apenas 400 habitantes, tan pequeño que ni siquiera aparecía en la mayoría de los mapas.

 La única construcción de dos pisos era la escuela rural, un edificio de Adobe con techo de tejas rojas y dos aulas separadas por un corredor estrecho. Fue allí donde llevaron al Che aproximadamente a las 17 horas. Lo encerraron en el aula del lado derecho. Una habitación de apenas 4 m por5 con piso de tierra, dos ventanas pequeñas con barrotes de madera y ningún mobiliario excepto un pizarrón agrietado en la pared.

 Julia Cortés tenía 22 años y era la maestra de esa escuela. Cuando llegó esa tarde, para recoger algunos materiales didácticos que había olvidado, encontró el pueblo convulsionado por la presencia militar. Los soldados le prohibieron acercarse a su propia escuela, pero ella insistió alegando que necesitaba sus pertenencias.

 Un oficial accedió a dejarla entrar brevemente, acompañada de un guardia, lo que vio la marcaría para siempre. Cuando entré a la pequeña aula donde lo tenían, me impactó su dignidad. Recordaría Julia 50 años después, en la única entrevista que concedió antes de morir en 2019. Estaba sentado en el piso, con la espalda apoyada contra la pared, herido, sucio, con la ropa desgarrada y las manos atadas, pero su mirada era serena, casi desafiante.

 Me miró directamente a los ojos y asintió levemente, como saludando. Pero lo que más me perturbó fue ver los golpes en su rostro. Tenía el labio partido, un hematoma en el pómulo izquierdo y sangre seca bajo la nariz. Era evidente que lo habían golpeado repetidamente. Durante el traslado, inmediatamente después de su captura, El Che intentó hablar con ella, pero el soldado que la acompañaba la empujó hacia fuera antes de que pudiera responder.

 Esa imagen del guerrillero herido y encadenado, pero con los ojos llenos de vida, perseguiría a Julia Cortés el resto de sus días, mientras caía la noche sobre la higuera. El alto mando boliviano en La Paz recibía la noticia que había esperado durante meses. El legendario Cheegevara, el hombre que había ayudado a Fidel Castro a derrocar al dictador batista en Cuba, el comandante que había desafiado a Estados Unidos durante la crisis de los misiles.

 El guerrillero que soñaba con encender revoluciones en toda América Latina estaba finalmente en sus manos. Pero con la euforia del triunfo militar venía una pregunta urgente y peligrosa, ¿qué hacer con él? Esa misma noche, mientras los generales en La Paz debatían el destino del prisionero, en la pequeña escuela de la higuera comenzaba un proceso que las versiones oficiales omitirían durante décadas.

Saturnino Sotomayor, el telegrafista del pueblo, tuvo que permanecer en su puesto toda la noche transmitiendo mensajes entre el comando militar local y La Paz. Su pequeña oficina de telégrafos estaba a apenas 50 m de la escuela. Escuché gritos, golpes. Recordarías Saturnino en un testimonio grabado en 2003.

 Los soldados entraban y salían de la habitación donde tenían al Che. Algunos estaban borrachos. Se jactaban entre ellos de haber golpeado al famoso guerrillero, de haberlo insultado, de escupirle. Yo quería irme, pero me obligaron a quedarme en mi puesto porque los mensajes no paraban de llegar desde La Paz.

 Los documentos desclasificados de la CIA en 2007 confirman que esa noche se dio una orden específica al comando boliviano. Mantener vivo al Che hasta la mañana siguiente. Un agente especial estadounidense estaba en camino para interrogarlo, pero la orden no especificaba en qué condiciones debía mantenerse vivo. Esa ambigüedad deliberada dio carta blanca a los oficiales lowquez para hacer lo que consideraran necesario.

 El coronel Joaquín Centeno Anaya, comandante de la octava división del ejército boliviano. Llegó a la higuera cerca de las 22 horas. Era un hombre de 45 años, curtido en múltiples campañas antisubversivas, con fama de ser implacable con los guerrilleros, inspeccionó personalmente al prisionero. Según testimonios de soldados presentes, Centeno observó al Che durante varios minutos en silencio.Che Guevara's 24 Hours of Torture — The Secret Ordeal They Hid From the  World - YouTube

Luego ordenó que le quitaran las botas y lo dejaran descalso. Era una práctica común de humillación, pero también tenía un propósito práctico, dificultarle cualquier intento de fuga. Durante esas primeras horas de cautiverio, el cheno mostró miedo visible. Varios soldados que lo custodiaron esa noche coincidieron en sus testimonios posteriores.

 El prisionero les hablaba con calma, les preguntaba de dónde venían, si tenían familia, por qué servían en el ejército. Algunos se sentían incómodos con su humanidad, preferirían que se comportara como el monstruo que les habían dicho que era. Pero el Che era simplemente un hombre herido que hablaba con ellos como iguales.

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