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Efigenio Ameijeiras: el comandante que juró vengar a sus hermanos

 

Noche del 9 de febrero de 2020. Cementerio Cristóbal Colón, La Habana. Un grupo pequeño rodeaba un ataúd bajo el sol del mediodía. El hombre dentro había muerto a los 88 años. Su nombre era Efigio Amejeiras Delgado, uno de los comandantes originales de la revolución cubana. Pero lo que nadie podía sospechar era que aquel anciano había dedicado 60 años de su vida a una sola misión, tan personal como implacable, tan meticulosa como secreta, vengar el asesinato de sus tres hermanos.

 Lo más desconcertante del funeral no era la presencia de los revolucionarios veteranos ni la discreción oficial que rodeaba el acto, era otra cosa. Entre los dolientes había personas que, según cualquier lógica revolucionaria, no deberían haber estado allí. Hijos y nietos de antiguos enemigos del régimen, familias enteras que guardaban silencio respetuoso frente al féretro, con una solemnidad que iba más allá del protocolo social.

 La inscripción en la lápida decía simplemente, “Hermano de tres héroes caídos.” Quienes conocían la historia completa sabían que esas palabras ocultaban algo mucho más denso. Sabían que en realidad significaban. El hombre que dedicó su vida entera a asegurarse de que esos tres héroes no murieran en vano. Para entender lo que fue Efigenio a Meijeiras, hay que empezar donde empezó él.

 Puerto Padre, provincia de las Tunas. Mediados de los años 30. Manuel Meijeiras Fontelo, inmigrante gallego de Pontevedra y su esposa cubana María de las Angustias Delgado, criaban cuatro hijos varones en condiciones de pobreza extrema. Juan [resoplido] Manuel nació en 1920, Efigenio en 1931, Gustavo en 1933, Ángel en 1938, cuatro hermanos separados en edad, pero unidos por algo que no era solo la sangre, una manera de entender el mundo que su padre había instalado en ellos desde que podían caminar y que resumía en tres frases que repetía con la

insistencia de quien sabe que está dejando un testamento. Una ameijiras nunca retrocede. Una ameijeiras nunca olvida. Y si lastiman a uno de los Ameijeiras, los cuatro te perseguirán hasta el fin del mundo. Juan Manuel el Mayor era el líder natural, carismático, con una autoridad moral que funcionaba antes de que abriera la boca.

 Efigio era su complemento más bajo, de complexión delgada endurecida por el trabajo físico, silencioso donde el otro era elocuente, observador donde el otro era activo. Sus amigos lo llamaban el que no olvida porque había desarrollado desde niño una memoria casi fotográfica para los rostros y los agravios.

 Gustavo era el intelectual, el que escribía poemas que nadie en Puerto Padre entendía del todo, pero que todos respetaban. Ángel el menor era la razón de ser de los tres mayores. Lo llamaban el angelito, no por candidez, sino por una bondad genuina que los otros habrían defendido con su vida.

 La madre, María de las Angustias, sostenía la familia con trabajo incansable, cocinaba, lavaba ropa ajena, vendía dulces caseros. Les repetía que eran pobres de dinero, pero ricos en dignidad. Y ellos lo creyeron porque la vieron vivir esa frase todos los días. Cuando Efigio tenía apenas 4 años, su padre Manuel salió una mañana a los campos de caña y no regresó.

 No hubo explicación oficial, no hubo cuerpo, no hubo respuestas, solo el silencio de una ausencia que nadie podía llenar. Los rumores en el pueblo eran contradictorios y ninguno consolaba. Problemas con supervisores corruptos del ingenio, un accidente que la compañía quería ocultar, una huida que los propios ameicheiras nunca creyeron porque Manuel amaba demasiado a sus hijos para abandonarlos.

 Efigio escribiría décadas después en su diario personal que ese día aprendió tres cosas, que existe la injusticia, que los fuertes aplastan a los débiles y que las personas desaparecidas generalmente no regresan, pero sus ausencias nunca se olvidan. Después de la desaparición del Padre, los cuatro hermanos formaron entre sí la estructura que la familia había perdido.

 Juan Manuel asumió el papel de padre. Efigio se convirtió en el protector. Gustavo se encargó de que todos estudiaran. Ángel, sin proponérselo, se convirtió en el centro emocional de los tres mayores. Efigenio, tuvo que trabajar desde muy temprana edad. Vendía periódicos en las esquinas de Puerto Padre, lustraba zapatos en el parque central y a los 14 años se fue a la Habana buscando algo que el pueblo no podía darle.

 En la capital trabajó como vendedor ambulante, cargador en el puerto, limpiador en oficinas. Lo llamaban tomate por su baja estatura y su piel bronceada. Nunca le gustó ese apodo porque le recordaba su condición de pobre provinciano. Esos años de dureza fueron también de formación. Aprendió a desconfiar, a observar, a no olvidar.

 Desarrolló una filosofía simple, pero que con el tiempo se volvería la brújula de toda su vida. Las deudas de sangre siempre se pagan. No importa cuánto tiempo pase, no importa cuántas fronteras crucen los deudores. Puede tomar años o décadas, pero el pago siempre llega. Cuando Fulgencio Batista consolidó su dictadura a principios de los años 50, los cuatro hermanos eran ya hombres con ideas claras.

 Juan Manuel había regresado de México lleno de convicciones revolucionarias. Efigio había visto demasiada pobreza y corrupción en la Habana. Gustavo había leído a Martí y soñaba con una cuba diferente, y Ángel, aunque el más joven, mostraba el mismo fuego que sus hermanos mayores. La decisión de unirse a la resistencia no fue impulsiva ni simultánea.

 Fue el resultado lógico de quiénes eran y de todo lo que habían visto. Un momento. No te pierdas este detalle, porque lo que está a punto de ocurrir no es solo el comienzo de la revolución cubana, sino el inicio de algo mucho más personal y mucho más largo, una cadena de muertes y de deudas que definiría cada decisión que Efigenio Ameijeiras tomaría durante los siguientes 60 años de su vida.

 El 26 de julio de 1953, Juan Manuel se unió al grupo de jóvenes que atacó el cuartel Moncada bajo el mando de Fidel Castro. Fue capturado. La versión oficial afirmó que murió resistiendo. Efigenio conocía demasiado bien a su hermano mayor como para aceptar esa explicación. Juan Manuel era inteligente, estratégico, no era el tipo de hombre que elegía una resistencia inútil. Comenzó su propia investigación.

Viajó a Santiago, habló con familiares de otros atacantes, sobornó a guardias, buscó testigos. Un ex prisionero le confirmó lo que ya temía. Juan Manuel había sido torturado durante días antes de morir. Las marcas estaban en 23 lugares del cuerpo, los dedos rotos uno por uno, las costillas agrietadas con método.

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