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Stalin — El hombre que convirtió un país entero en una máquina de miedo | La historia completa

Aquí es donde aparece el primer gran misterio de este hombre. En el seminario, ese muchacho escribía poemas en Georgiano, poemas que circulaban, que gustaban, que llegaron a publicarse en periódicos respetables. Uno de ellos fue reproducido por el propio Ilia Chapchabatze, la figura más importante de la cultura georgiana de su tiempo en su propio periódico.

Otro acabaría incluido en un libro de texto escolar. El historiador Olga Edelman, que ha analizado con rigor las fuentes de esta época, señala que esos textos no eran simples ejercicios de estudiante. Tenían forma, tenían emoción, tenían algo que funcionaba como poesía. Y luego, de pronto, se acabaron. No hubo más poemas.

El muchacho que los escribía desapareció y en su lugar fue emergiendo otra cosa. El seminario era al mismo tiempo una escuela y una prisión. Las salidas estaban restringidas. Los libros que los estudiantes podían leer estaban controlados. Las habitaciones se registraban con regularidad. Si se encontraba algo prohibido, había sanciones.

En un momento dado, el joven Yugashvili fue enviado al calabozo por haber llevado consigo una novela de Víctor Hugo. No un libro de teoría revolucionaria, no un panfleto político, una novela. El ambiente generaba exactamente el tipo de rebeldía que pretendía suprimir. Y entre las cosas que los estudiantes leían a escondidas, había un texto que marcaría a Josip de una manera particular.

La novela del escritor georgiano Alexander Casbeggi titulada El patricida. Su protagonista era un montañero llamado Kova, un hombre justo que vengaba a los suyos, que protegía a los débiles, que no se doblegaba ante ningún poder. El joven Yugashvili empezó a pedir que lo llamaran así, Kova. Ese nombre lo acompañaría durante años, en la clandestinidad entre los camaradas de partido.

No era un apodo casual, era una declaración de intenciones. La pregunta que los historiadores llevan más de un siglo intentando responder es esta. ¿Qué relación hay entre el muchacho que escribía poemas sobre la primavera corgeana y el hombre que firmaría las órdenes del gran terror? La respuesta honesta es que no lo sabemos con certeza.

Los traumas de la infancia, el padre violento, las humillaciones de la pobreza, el aislamiento del seminario. Todo eso se ha utilizado para construir explicaciones. El historiador británico Robert Service señala razonablemente que si la brutalidad caucásica hubiera sido el factor determinante, Stalin tendría que haber absorbido también la hospitalidad caucásica, la lealtad a los amigos, el respeto a los mayores.

No lo hizo o lo hizo solo de cara a la galería. Lo que absorbió fue otra cosa, la idea de que la fuerza es la única forma real de autoridad, que la venganza es una virtud y que quien no devuelve el golpe no merece respeto. Hay un detalle que en apariencia es menor, pero que resulta revelador. En el poema de Kasbegi, el héroe Koba, busca refugio entre los chechenos de Shamil cuando necesita esconderse de sus enemigos.

Los chechenos son los nobles y libres, los que ofrecen protección sin pedir nada a cambio. Muchas décadas después, ese mismo hombre, que de joven admiró a los chechenos libres, ordenaría la deportación de todo el pueblo checheno. Más de 500,000 personas arrancadas de sus casas en el invierno de 1944. Es difícil no ver en ese arco algo que dice mucho sobre la naturaleza del poder.

Lo que se admira desde abajo se destruye desde arriba. El joven Yugas Billy no terminó el seminario, nunca obtuvo el diploma. Las versiones sobre por qué no se presentó a los exámenes finales varían. Él mismo diría después que lo expulsaron por sus ideas marxistas, su madre diría que lo dejó por su enfermedad. Los registros del seminario muestran simplemente que no apareció.

Lo que sí es cierto es que para el año 1901 ya estaba completamente fuera de cualquier institución oficial y dentro de algo completamente distinto. Trabajaba brevemente como empleado en un observatorio meteorológico de tiflis, registrando temperaturas varias veces al día, y al mismo tiempo distribuía literatura clandestina, organizaba círculos de discusión y empezaba a convertirse en una figura del movimiento revolucionario del Cáucaso.

Esa transición de seminarista con talento poético a agitador clandestino no fue una ruptura brusca, fue una elección. El muchacho de Gori eligió la lucha sobre el altar, la acción sobre el verso y el nombre de un bandido justiciero sobre el suyo propio. Lo que no eligió o no pudo elegir fue la clase de hombre que esa lucha terminaría fabricando.

Eso llegó después en otras ciudades, en otras prisiones, con otros nombres y frente a otros espejos. Pero la materia prima estaba ya allí, en Gori, entre las montañas del Cáucaso, en la habitación de un seminario donde un joven leía novelas prohibidas y escribía poemas que nadie conservó. En el centro de Tiiflis, el 26 de junio de 1907, un convoy de carruajes cruzaba la plaza de Ereván, cargando dinero del Banco Imperial hacia una sucursal de la ciudad.

Era una operación rutinaria protegida por soldados y policías a caballo. En cuestión de minutos, un grupo de hombres lanzó bombas de mano contra el convoy, abrió fuego desde varios puntos al mismo tiempo y se apoderó de un saco que contenía 341,000 rublos, una suma enorme para la época. Murieron más de 40 personas. La ciudad quedó paralizada. Los autores escaparon.

Al frente de la operación estaba Simón Terpetrosan, apodado Camo, un hombre de Gori que había aprendido ruso de niño gracias a un tutor particular. Ese tutor era Josif Yugasvil. El robo de Tiflis fue el más audaz de toda la historia del movimiento bolchevic en el Cáucaso. Y durante más de un siglo pregunta sobre el papel exacto que desempeñó Stalin en aquella jornada no ha recibido una respuesta definitiva.

Algunos testimonios lo sitúan en la plaza aquella mañana, otros lo colocan lejos, coordinando desde un punto seguro. Los archivos soviéticos, cuando se abrieron parcialmente los años 90, no aportaron pruebas concluyentes en ninguna dirección. La historiadora Olga Edelman, que ha trabajado con esos documentos con una precisión ejemplar, concluye que no existe evidencia documental de la participación directa de Yugashvili en las expropiaciones, aunque su conocimiento de ellas y su apoyo a Camo indudables.

El problema, como ella misma señala, es que esta incertidumbre revela algo más profundo que un simple dato biográfico. La vida entera del joven Stalin fue construida para no dejar rastro desde que abandonó el seminario en 1901. Yugashvili había elegido la clandestinidad como modo de existencia. No era una decisión táctica, era una vocación.

En los años siguientes fue detenido múltiples veces y enviado al exilio en Siberia en varias ocasiones y en casi todas logró escapar. Sus compañeros de partido, que convivieron con él en aquellos años de vida subterránea, lo describían como alguien difícil, áspero, que tomaba sin pedir y que imponía su voluntad en los espacios pequeños con la misma intensidad con que otros la imponían en los grandes.

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