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Antes de morir, LOLA BELTRÁN confesó el ROMANCE SECRETO con PEDRO INFANTE que ambos negaron

Hay amores que no se cuentan mientras las personas que los vivieron están vivas, porque el costo de contarlos es demasiado alto. Hay amores que se guardan en silencio durante décadas, no porque sean vergonzosos, sino porque el mundo que rodeaba a las personas que los vivieron no tenía espacio para ellos, no tenía lugar para una historia que complicaba las narrativas oficiales, que desordenaba las imágenes construidas con tanto esfuerzo, que ponía en riesgo carreras que eran demasiado grandes e importantes como para arriesgarlas por

la verdad de lo que ocurría en privado. Y hay amores que solo salen al mundo cuando quien los vivió ya no tiene nada que perder. Cuando el tiempo se acaba y cuando la única decisión que queda es si irse con ese secreto o dejarlo en el mundo para que exista después de que uno ya no esté.

Lola Beltrán eligió dejarlo en sus últimos meses de vida, cuando la enfermedad que la fue apagando gradualmente le fue quitando primero la voz y después la energía y finalmente la posibilidad de seguir postergando lo que había postergado durante décadas. Lola Beltrán habló no ante las cámaras, no en una entrevista que quedará grabada para la posteridad con su nombre en los créditos y su cara en la pantalla, sino de la manera en que hablan las personas cuando ya no les queda tiempo para los formalismos y para las precauciones, de manera directa, de manera íntima, con

las personas que estuvieron presentes en esos últimos meses y que hoy, después de años de guardar lo que escucharon con el mismo cuidado con que ella lo había guardado durante toda su vida, están dispuestas a hablar hablar. Lo que dijeron esas personas, lo que Lola Beltrán les confió en esos últimos meses, es lo que vas a escuchar hoy completo por primera vez.

Y lo que vas a escuchar no es un rumor, no es la versión exagerada de algo que alguien interpretó mal o que el tiempo distorsionó hasta volverlo irreconocible. Es la historia de un amor que existió durante años en el espacio entre dos de las figuras más grandes que ha dado la música y el espectáculo mexicano.

Un amor que los dos negaron públicamente con una consistencia que durante décadas fue suficiente para mantenerse invisible. Un amor que tuvo momentos de una intensidad, que las personas que conocieron sus detalles descritos como de las cosas más hermosas y más dolorosas que han escuchado en sus vidas. Y un amor que terminó de la manera más cruel que puede terminar cualquier amor, no por decisión de ninguno de los dos, sino porque la muerte llegó antes de que hubiera tiempo de resolver lo que había quedado sin resolver. A lo largo de este video vas a

escuchar cinco revelaciones, cinco verdades sobre Pedro Infante y Lola Beltrán, que juntas forman una historia que ninguno de los dos contó en vida de manera completa y que hoy, gracias a las personas que estuvieron presentes en los últimos meses de Lola y gracias a los elementos documentales que ella dejó, pueden contarse por primera vez.

No te adelanto lo que son, porque cada una tiene un peso que solo se puede sentir completamente cuando llega en el momento correcto. Lo que sí te digo es esto. Cuando termines de escuchar todo lo que hay aquí, la imagen que tienes de Pedro Infante va a tener una dimensión que nunca tuvo antes.

La imagen que tienes de Lola Beltrán va a tener una profundidad que ninguna de sus canciones, por hermosas que sean, alcanza a transmitir completamente. Y la imagen que tienes de la época dorada de la música y el cine mexicano, ese mundo brillante y aparentemente simple que produjo a las figuras más grandes de la cultura popular de este país va a ser más compleja, más rica y más verdadera que cualquier versión que hayas escuchado antes.

Empecemos desde el principio, desde el lugar donde todo comenzó. Porque para entender el amor que Lola Beltrán confesó en sus últimos meses, primero tienes que entender quiénes eran estas dos personas antes de que sus caminos se cruzaran de la manera en que se cruzaron, quiénes eran no solo en sus carreras, sino en su interior, en la parte de ellos, que no apareció en los escenarios, ni en las pantallas, ni en las entrevistas quedaban con la sonrisa profesional de quienes saben exactamente lo que el público quiere ver. María Lucila Beltrán Ruiz nació el

7 de marzo de 1932 en El Rosario, Sinaloa. Creció en un ambiente donde la música no era entretenimiento, sino parte del aire que se respiraba, donde los corridos y las rancheras eran el lenguaje con que las personas expresaban lo que la vida cotidiana no siempre les permitía decir de otras maneras. Desde niña tuvo una voz que las personas que la escucharon en esos primeros años descritas con el mismo asombro que describe algo que no tiene explicación técnica suficiente.

No era solo potencia, no era afinación en solitario, era algo que venía de un lugar más profundo que cualquier técnica vocal podía producir. Era una voz que tenía dentro de ella toda la emoción de una tierra, de una manera de vivir, de una manera de sufrir y de amar que es específicamente mexicana y que cuando se escucha en la voz correcta produce algo que va más allá de la experiencia estética y se convierte en algo que se siente en el cuerpo.

Esa voz la llevó del Rosario a Culiacán, de Culiacán a Guadalajara y de Guadalajara a la Ciudad de México, con la misma inevitabilidad con que los ríos llegan al mar. No fue un camino fácil, no fue el tipo de ascenso instantáneo que las historias de éxito simplifican hasta volverlo irreconocible. Fue un camino de trabajo duro, de audiciones, de noches en escenarios pequeños frente a públicos que a veces eran generosos y a veces no, de la construcción paciente de una presencia artística que fue creciendo año con año hasta convertirse en algo

que ya no necesitaba presentación. Para finales de los años 40, Lola Beltrán era ya una figura reconocida en el mundo de la música mexicana. No todavía la leyenda que se convertiría. No todavía la reina de la canción ranchera que el país entero adoraría durante décadas, pero sí alguien con un nombre, con una voz que la gente buscaba escuchar, con una presencia en los escenarios que hacía que los recintos donde cantaba se llenaban con la expectativa específica de quién sabe que va a escuchar algo que no escucha en ningún otro lugar. Y fue

en ese contexto, en ese mundo de la música mexicana de finales de los 40 y principios de los 50, donde los caminos de Lola Beltrán y Pedro Infante comenzaron a acercarse de una manera que al principio fue completamente profesional y que con el tiempo se fue convirtiendo en algo que ninguno de los dos había planeado y que ninguno de los dos supo detener cuando todavía había tiempo de hacerlo con menos costo.

Pedro Infante Cruz. El nombre solo ya es una emoción para cualquier mexicano de cierta generación. Nacido el 18 de noviembre de 1917 en Mazatlán, Sinaloa fue una de esas personas que parecen haber llegado al mundo con un exceso de vida adentro que ningún espacio ordinario puede contener completamente. Cant, actor, piloto, carpintero, mecánico, padre, esposo, amante, ídolo, hombre.

Todas esas cosas al mismo tiempo, con la misma intensidad, con esa incapacidad específica para la mediocridad que tienen las personas que sienten todo demasiado y que viven todo demasiado y que por eso mismo a veces hacen daño sin querer, simplemente porque su manera de estar en el mundo es demasiado intensa para que todo lo que pueda salir ileso.

A principios de los años 50, Pedro Infante era ya el ídolo más grande de México, no una de las figuras más grandes, el más grande, el que llenaba los cines con una constancia que ningún otro actor de su generación podía igualar, el que vendía discos en cantidades que en esa época eran extraordinarias, el que cuando apareció en un escenario produjo en el público una reacción que las personas que la presenciaron describieron como algo que estaba a medio camino entre la admiración artística y algo más primitivo y más poderoso que eso. Algo

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