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La historia que NADIE TE CONTÓ detrás de ÁFRICA MÍA

La historia del cine se escribe muchas veces con los renglones torcidos de la incertidumbre y el riesgo absoluto. Cuando hablamos de Memorias de África, no estamos simplemente ante una película de éxito o una producción de gran presupuesto de la década de los ochenta, sino ante el resultado de una colisión fascinante entre la literatura, la ambición personal de un director y la naturaleza indómita de un continente que se niega a ser domesticado por la lente de una cámara. Sydney Pollack, quien en mil novecientos ochenta y dos disfrutaba del éxito masivo de Tootsie, decidió embarcarse en una misión que muchos de sus predecesores habían calificado de imposible. La vida de Karen Blixen, la aristócrata danesa que intentó salvar una plantación de café en las colinas de Ngong, no era una narrativa lineal que Hollywood pudiera digerir fácilmente. Era una amalgama de recuerdos fragmentados, de silencios largos y de una filosofía sobre la pérdida que resultaba difícil de traducir al lenguaje comercial de las salas de cine.

Durante décadas, figuras de la talla de Orson Welles habían intentado sin éxito obtener los derechos de las memorias de Blixen. La escritora, que firmaba sus obras bajo el seudónimo de Isak Dinesen, era una mujer de una voluntad de hierro que exigía una fidelidad absoluta a

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