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El documento que paralizó el supermercado de Bilbao

El documento que paralizó el supermercado de Bilbao

La lluvia caía con fuerza sobre las calles de Bilbao aquella tarde de noviembre. El viento golpeaba los carteles del supermercado EtxeMax y arrastraba bolsas vacías por el estacionamiento casi lleno. La gente entraba apresurada, cubriéndose con bufandas y paraguas.

Dentro del supermercado, el ambiente era completamente diferente. Sonaba música suave, las cajas registradoras no dejaban de sonar y los clientes caminaban entre los pasillos aprovechando las ofertas del fin de semana.

Julián, el jefe de seguridad, observaba todo desde la entrada principal.

Era un hombre alto, de rostro duro y mirada desconfiada. Llevaba quince años trabajando allí y estaba convencido de que podía reconocer a un ladrón apenas cruzaba la puerta.

—Hoy hay demasiada gente… seguro alguien intentará llevarse algo —murmuró.

A pocos metros de él, una cajera acomodaba bolsas reutilizables.

—No todos vienen a robar, Julián.

—Eso dices porque nunca has tenido que perseguirlos.

La mujer soltó una sonrisa cansada.

—A veces juzgas demasiado rápido.

Julián no respondió.

En ese momento, las puertas automáticas se abrieron lentamente.

Un hombre mayor entró empapado por la lluvia.

Llevaba una chaqueta vieja, zapatos desgastados y una barba gris desordenada. En sus manos sostenía una mochila rota.

Algunos clientes lo miraron de inmediato.

Una señora susurró:

—Seguro viene a pedir dinero.

Otra mujer abrazó su bolso con fuerza.

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