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El ultimátum de Cuenca

Parte 1: El ultimátum de Cuenca

El salón de aquel piso de setenta metros cuadrados en el barrio de Prosperidad respiraba una atmósfera asfixiante.

El olor a café torrefacto ya frío se mezclaba con el aroma a pegamento industrial de los sobres de solapa engomada.

Belen sostenía una de las invitaciones entre los dedos, apretando el papel de alto gramaje con una fuerza desmedida.

La tipografía elegante en relieve dorado parecía burlarse de la situación de crisis que se respiraba en la estancia.

Raúl, sentado en el extremo opuesto de la mesa de comedor, miraba fijamente una mancha de barniz desgastado.

Llevaba puesto un chándal gris desgastado por las rodillas và una camiseta de su peña de fútbol de toda la vida.

El contraste entre la etiqueta de la boda và su indumentaria doméstica resultaba casi hiriente a la vista.

Un camión de la basura rascaba el asfalto abajo en la calle, rompiendo el silencio espeso que se había instalado en el salón.

Belen soltó un suspiro largo, un hilo de aire cargado de reproches que hizo oscilar la esquina de un sobre vacío.

—Tu madre dice que si no invitamos a sus primos segundos de Cuenca, ella no viene a la boda —soltó ella sin anestesia.

La frase cayó sobre la mesa de comedor con la contundencia de un filete de ternera congelado.

Raúl levantó la cabeza despacio, parpadeando con la torpeza de quien acaba de recibir un impacto directo.

Se frotó la nuca con la palma de la mano, provocando un ruido áspero contra su barba de tres días.

—Venga, Belen, no te pongas así, que seguro que lo ha dicho en un momento de calentón por el grupo de WhatsApp —intentó quitar hierro él.

—De calentón nada, Raúl, que me ha llamado por teléfono fijo tres veces seguidas para que me quede clara la advertencia —replicó ella.

—Me ha dicho textualmente que la familia es lo primero và que ella no piensa pasar una vergüenza periférica ante sus parientes manchegos.

—Pues habrá que invitarlos para no montar un cisma familiar de dimensiones bíblicas, haz el favor de ceder un poco —pidió Raúl con voz de fatiga.

—¿Ceder un poco dices, pedazo de lince de las finanzas domésticas? —preguntó ella, clavándole una mirada fulminante.

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