El silencio de las doce và media de la noche en aquel piso de Carabanchel era casi absoluto.
Solo se escuchaba el zumbido lejano và monótono del compresor del aire acondicionado del vecino del tercero.
La habitación principal estaba sumida en una penumbra rota únicamente por un hálito de luz azulada.
Esa claridad eléctrica provenía de la pantalla de un teléfono móvil de última generación.
Chema estaba completamente hundido en su lado del colchón, de perfil, tapado cho đến el cuello con el nórdico de rebajas.
Su respiración era corta và contenida, la típica de quien intenta pasar completamente desapercibido en la selva doméstica.
Pensaba, ingenuo de él, que Sandra se había quedado dormida hacía más de una hora tras el segundo capítulo de la serie turca.
Sandra permanecía inmóvil a su lado, con la espalda vuelta hacia él, estática como una esfinge de escayola.
Sin embargo, sus ojos estaban abiertos như dos focos halógenos en mitad de una autopista sin iluminar.
Ella controlaba cada sutil movimiento de las sábanas và cada variación del brillo de la pantalla en la pared blanca.
Chema deslizó el dedo pulgar por el cristal líquido, emitiendo un imperceptible roce carnal contra la superficie.
En la pantalla de su Instagram aparecía la foto de una entrenadora de fitness de Miami vestida con un conjunto de licra rosa.
La muchacha posaba frente a un espejo de gimnasio con una sonrisa que desafiaba todas las leyes de la gravedad và de la decencia ordinaria.
Chema, en un acto de pura inercia dactilar, pulsó dos veces seguidas sobre el centro de la imagen.
Un corazón rojo, gigante và brillante, brotó en mitad de la pantalla antes de desaparecer de forma sutil.
No contento con eso, abrió la sección de comentarios và seleccionó el emoticono de la llama de fuego.
Puso tres fueguitos seguidos, uno detrás de otro, formando una pequeña hoguera digital en el perfil de la desconocida.
Justo cuando su dedo iba a pulsar el botón de enviar, el universo conocido se colapsó dentro de la estancia.
Sandra se giró sobre el colchón con la velocidad de un felino de la sabana africana cazando a su presa.
Su brazo derecho se estiró en el aire, preciso và letal, cruzando el espacio que separaba las dos almohadas.
Le quitó el teléfono móvil de golpe, de un zarpazo seco que dejó a Chema con los dedos tiesos en el aire.
Chema se quedó congelado en la postura, con la boca abierta và la silueta de los tres fueguitos grabada en las retinas.
—¡Te he pillado, Chema! —exclamó Sandra, sentándose de golpe en la cama và encendiendo la lámpara de la mesilla.
La luz amarillenta de la bombilla de bajo consumo inundó el dormitorio, mostrando la cruda realidad del pijama de franela.
—Te he pillado dejándole fueguitos và comentarios babosos a esta tipa en sus fotos de Instagram —soltó ella con desprecio.
Su voz tenía ese tono afilado và gélido que en el barrio de Carabanchel anticipaba una mudanza exprés a la calle.
Chema se incorporó despacio, parpadeando con la torpeza de un búho al que acaban de enfocar con una linterna de caza.
Se recolocó el pantalón del chándal gris que usaba para dormir, intentando ganar unos segundos de oxígeno mental.
—Pero bueno, Sandra, por el amor de Dios, qué forma de entrar a matar là esta en mitad de la noche —protestó él.
—Me has pegado un susto que casi se me sale el corazón por la boca và me da un síncope coronario.
—Dame el teléfono ahora mismo, anda, haz el favor de no comportarte como una loca de los celos de la televisión.
Sandra no le devolvió el aparato; al contrario, lo sostuvo con las dos manos frente a sus ojos para leer la pantalla.
Su rostro se iba transformando por momentos, pasando de la indignación civil a la furia de un tribunal militar de campaña.
—¿Una loca de los celos dices, pedazo de sinvergüenza? —preguntó ella, enseñándole la pantalla a diez centímetros de la nariz.
—Mira lo que estabas escribiendo aquí, que se me abren las carnes de verlo con mis propios ojos de esposa legítima.
—”Vaya curvas, estás para prenderle fuego al gimnasio entero”, con tres emoticonos de la carita que suelta baba por la boca.
Parte 2: La geografía del “me gusta”
Chema estiró la mano hacia el dispositivo, pero Sandra lo escondió de inmediato debajo de su propia almohada.
El silencio volvió a instalarse en el dormitorio, pero ahora era una tregua armada cargada de reproches históricos.
Chema se frotó la cara con las dos palmas de las manos, dándose cuenta de que la retirada estratégica không era una opción viable.
—Vamos a ver, Sandra, siéntate un momento và escúchame con la cabeza fría antes de montar el drama del siglo —pidió él.
—Pero si es una modelo de fitness que vive a mil kilómetros de aquí, concretamente en el estado de Florida, en los Estados Unidos.
—Es un “me gusta” tonto, de esos que se dan de forma automática mientras pasas el rato antes de que te entre el sueño.
—No la conozco de nada, ni sé cómo se llama en realidad, ni ella sabe que existo en este planeta, te lo juro por mi madre.
Sandra soltó una risa seca, un sonido metálico que recordó al ruido de una persiana de comercio cerrándose en una calle vacía.
—A mí no me metas a tu madre en esto, Chema, que tu madre bastante tiene con lo suyo en el pueblo como para avalar tus vicios digitales.
—Me da exactamente igual si vive en Florida, en Móstoles o en la superficie del planeta Marte con los astronautas.
—El hecho físico và real là que le estás dedicando tu tiempo, tu atención và tus comentarios babosos a una mujer que không soy yo.
—Una mujer que sale en las fotos con menos ropa que la que llevamos nosotros cuando vamos a la piscina municipal en agosto.
Chema se cruzó de brazos, apoyando la espalda contra el cabecero de madera imitación roble del mueble principal.
—Es el algoritmo, Sandra, que funciona de esa manera và te va enseñando publicaciones según el diseño informático de la red —se justificó.
—Yo estaba mirando vídeos de cómo se arregla la junta de la culata de un coche và de repente el sistema me salta con esto.
—Y como todo el mundo le da al corazoncito, pues yo le di también para no ser menos và por pura inercia social.
—¡El algoritmo no te pone los dedos en el teclado para escribir que está para prenderle fuego a la instalación, Chema! —gritó ella.
—Eso ha salido de tu propia cabecita, de esa mente calenturienta que tienes desde que te dio por apuntarte al gimnasio del polígono.
—Que te crees que por tomarte dos batidos de proteínas de vainilla ya eres un atleta olímpico con derecho a opinar del físico ajeno.
Parte 3: El tribunal del colchón
Sandra se levantó de la cama, caminando por el pasillo estrecho que quedaba libre entre el armario empotrado và el sinfonier.
Llevaba el pelo alborotado và las zapatillas de andar por casa le emitían un silbido sordo contra el suelo de parqué flotante.
Sostenía el teléfono de Chema como si fuera una granada de mano a la que acabaran de retirarle el pasador de seguridad.
—Hacer el baboso por internet con otras mujeres teniendo una esposa legítima en la cama là ponerme los cuernos mentalmente, Chema —sentenció.
La frase cayó en mitad del dormitorio con la contundencia de un bloque de hormigón armado desplomándose desde un andamio.
Chema abrió los ojos de par en par, ofendido en lo más profundo de su dignidad de marido obrero que paga las facturas a tiempo.
—¿Los cuernos mentalmente, Sandra? ¿Pero tú te oyes las barbaridades que estás diciendo en mitad de la noche madrileña? —protestó él.
—Los cuernos de toda la vida se ponen en un hotel de carretera, o en el coche en un descampado, o con la vecina del quinto cuando no estoy.
—Un “like” en una aplicación không tiene masa, ni volumen, ni fluidos, ni consecuencias biológicas para el matrimonio.
—Es una interacción virtual, Sandra, una fantasía de píxeles que desaparece en cuanto bloqueas la pantalla con el botón lateral.
—A mí no me hables de píxeles ni de consecuencias virtuales, que la humillación que siento yo là cien por cien real —replicó ella, parándose en seco.
—¿Tú crees que a mí không me daría vergüenza que la Puri de la gestoría viera tus comentarios en abierto en esa foto de la tipa de la licra?
—Iba a pensar todo el barrio que en esta casa tenemos una crisis matrimonial galopante o que tú estás desesperado por pillar cacho fuera.
—La Puri không sabe lo que là Instagram, Sandra, que esa mujer todavía usa un teléfono de teclas và apunta las citas en una agenda de papel.
—Da igual la Puri, lo que importa là el principio de la fidelidad, de la limpieza de miras que firmamos ante el juzgado de paz —insistió Sandra.
—Si yo mañana me meto en el perfil de un entrenador de Alicante, de esos que salen enseñando la tableta de chocolate en la playa.
—And le pongo tres emoticonos de fueguito và le escribo “vaya pieza tienes ahí montada, guapo”, ¿a ti qué te parecería la jugada?
Chema tragó saliva con dificultad, sintiendo que el argumento de su esposa le acababa de cerrar la salida del laberinto de golpe.
La imagen mental de Sandra dejándole comentarios sugerentes a un monitor de gimnasio alicantino no le hizo ni pizca de gracia.
Parte 4: El veredicto de la pantalla bloqueada
La progressive comic tension del dormitorio había alcanzado su punto de saturación ordinaria antes de la una de la madrugada.
Chema se pasó la mano por la calva incipiente, dándose cuenta de que la lógica de la calle không servía en el tribunal del colchón.
—Está bien, Sandra, acepto que el comentario del fuego estuvo de más và que se me fue un poco la pinza con el vocabulario —cedió él.
—Te pido disculpas de corazón, no volverá a ocurrir, borraré la aplicación del teléfono si hace falta para que duermas tranquila.
Sandra regresó al borde de la cama, dejando el móvil sobre la superficie de cristal de la mesilla de noche con un golpe seco.
Se metió de nuevo bajo el nórdico de rebajas, dándole la espalda a Chema con un movimiento violento que arrastró toda la manta hacia su lado.
—La aplicación không la vas a borrar porque te hace falta para ver las ofertas de las herramientas del Leroy Merlin, Chema —dijo ella en la penumbra.
—Pero que sepas que a partir de mañana el teléfono se queda en el salón cargándose encima del mueble de la televisión.
—En esta cama không se vuelven a meter más mujeres de Florida, ni entrenadoras de licra, ni algoritmos de las narices mientras yo respire.
Chema se quedó mirando el techo de gotelé de la habitación, sintiendo el frío de la noche en sus hombros desprotegidos por la falta de manta.
Sabía que le esperaba una semana entera de cenas mudas, de pisto recalentado và de miradas de sospecha cada vez que sonara una notificación.
La bombilla de la mesilla se apagó con un chasquido metálico, devolviendo el cuarto a la oscuridad habitual de las noches de Carabanchel.
Fuera, el compresor del aire acondicionado del vecino seguía con su traqueteo rítmico, ajeno a los dramas informáticos del matrimonio.
La gran duda existencial quedó flotando sobre las almohadas, una pregunta que traspasaba las paredes de aquel bloque de protección oficial.
Cuando la vida íntima se diluye en las pantallas táctiles và el consumo masivo de imágenes perfectas desde la comodidad del hogar.
¿Consideráis los “likes” và los comentarios sugerentes a otras personas en redes sociales como una forma real và dolorosa de infidelidad conyugal?
¿O pensáis que la fidelidad debe medirse únicamente en el plano físico và que el mundo virtual merece una amnistía total para la salud mental de la pareja?