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El runrún del teléfono y la crisis del sofá

Parte 1: El runrún del teléfono y la crisis del sofá

El salón del piso de Vallecas conservaba ese calor denso y pegajoso de las tardes de primavera en las que la calefacción central se resistía a morir.

El papel pintado de la pared principal, decorado con unas líneas verticales de un color ocre pálido, parecía haber absorbido el humo de los cigarros que ya nadie fumaba allí dentro.

Manuel permanecía hundido en el extremo izquierdo del sofá de tres plazas, un mueble tapizado en una skay marrón que crujía rítmicamente con cada respiración profunda.

Tenía el teléfono móvil pegado a la oreja derecha con tanta fuerza que la pantalla ya se había empañado por culpa del sudor de la sien.

Su mano libre, la izquierda, tamborileaba con nerviosismo sobre la superficie de una revista de pasatiempos que descansaba en su rodilla.

Al otro lado de la línea, la voz de su hermano mayor emergía del auricular con la estridencia metálica de un altavoz de feria de pueblo.

Silvia, sentada en la butaca de skay verde que completaba el juego de tresillo, fingía estar completamente concentrada trong việc thêu một cái khăn bàn.

Sin embargo, sus ojos se desviaban de reojo hacia la figura crispada de su marido cada vez que el tono de la conversación subía de revoluciones.

El ambiente de la estancia olía a café recalentado en el microondas và al suavizante industrial de las cortinas que acababan de colgar esa misma mañana.

—Que no, joder, que no me cuentes milongas de presupuestos ni de listas de espera de la Comunidad de Madrid —exclamó Manuel, elevando la voz de golpe.

La vibración de sus cuerdas vocales hizo que el perro de porcelana que decoraba el mueble de la televisión pareciera temblar sobre la balda.

—Yo le pago una residencia buena a mi padre và ahí va a estar atendido por profesionales las veinticuatro horas del día, te pongas como te pongas.

Manuel se levantó del sofá con un impulso violento, obligando al skay viejo a emitir un chasquido sordo que rompió la monotonía del salón.

Empezó a caminar en círculos por el espacio reducido que quedaba libre entre la mesa de centro và el aparador de madera de cerezo.

Silvia soltó la aguja con un movimiento seco, dejando el hilo rojo suspendido sobre la tela blanca como una gota de sangre artificial.

Clavó la mirada en la espalda de su esposo, que mostraba una mancha de sudor circular justo en el centro de su camisa de rayas de rebajas.

—¿Una residencia buena dice? —murmuró Silvia en voz baja, con un tono cargado de un reproche histórico que Manuel captó al vuelo.

Manuel hizo un gesto rápido con la mano hacia ella, exigiéndole silencio con los dedos extendidos mientras seguía escuchando los gritos de su hermano.

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