PARTE 1: La llegada del monolito
El timbre sonó a las diez y media de la mañana.
Era un sábado cualquiera en el barrio de Moratalaz.
Un sábado de esos en los que el sol de Madrid ya empieza a picar aunque sea temprano.
Carmen estaba en la cocina, apurando el último sorbo de un café que sabía a gloria.
Llevaba puesta su bata de franela de cuadros.
No importaba que estuviéramos ya casi en junio y el calor asomara.
La bata era una institución en esa casa, un escudo protector contra los madrugones.
Tenía la mano puesta en la manivela de la tostadora cuando el estruendo del timbre la sobresaltó.
“¡Ya va, ya va!”, gritó desde la cocina.
Nadie más iba a abrir.
Su marido, Javi, supuestamente estaba en el trastero ordenando cajas.
O eso le había dicho hacía una hora.
Carmen arrastró las zapatillas por el pasillo de terrazo.
Llegó a la puerta principal y miró por la mirilla.
No vio nada.
Solo un enorme bloque de cartón marrón que tapaba toda la visión.
Abrió la puerta con desconfianza.
Allí estaba un repartidor, sudando a mares, sosteniendo un paquete del tamaño de un frigorífico.
“¿Familia García Martínez?”, preguntó el chico, casi sin aliento.
“Sí, somos nosotros”, respondió Carmen, frunciendo el ceño.
“Firme aquí, por favor”.
El chico le tendió una maquinita digital que tenía la pantalla llena de grasa.
Carmen firmó con el dedo, haciendo un garabato que no se parecía en nada a su nombre.
“¿Qué es esto?”, preguntó, señalando la inmensa caja.
“Ni idea, señora, yo solo reparto”, dijo el chico.
El repartidor empujó la caja hacia el recibidor, arañando un poco la madera del suelo.
“¡Oiga, cuidado con el parqué!”, exclamó Carmen.
Pero el chico ya estaba pulsando el botón del ascensor para huir de allí.
Carmen se quedó sola en el pasillo, mirando aquel monolito de cartón.
Tenía pegatinas rojas que decían “FRÁGIL” y “MADE IN TAIWAN”.
Y un logo muy grande en el centro que parecía la rueda de una bicicleta.
De repente, la puerta del ascensor volvió a abrirse.
De su interior salió Javi.
Llevaba su uniforme de ciclista de fin de semana.
Un maillot fosforito que le marcaba una incipiente barriga cervecera.
Unas mallas negras tan ajustadas que a Carmen le daba pudor mirarle.
Y unas zapatillas con calas que hacían “clac, clac, clac” al pisar el suelo.
Javi se quedó petrificado al ver a su mujer junto a la caja.
Tragó saliva de forma muy visible.
Su nuez subió y bajó por su garganta como un ascensor estropeado.
“Hombre, Carmencita… ya ha llegado el paquete”, dijo, intentando sonar casual.
Su voz aguda le delataba.
Siempre le salía ese tonillo cuando ocultaba algo gordo.
“Javier”, empezó Carmen, usando el nombre completo, lo cual indicaba peligro de muerte.
“Dime, cari”, respondió él, dando un paso cauteloso hacia la puerta.
“¿Se puede saber qué es este muerto que me acaba de meter el de Seur en el pasillo?”
Javi se quitó el casco con forma de champiñón aerodinámico.
Se pasó la mano por el poco pelo que le quedaba en la coronilla.
“Ah, eso… nada, un repuesto”.
“¿Un repuesto?”, repitió Carmen, elevando una ceja.
“Sí, ya sabes, cosas de la bici”.
Carmen cruzó los brazos sobre su bata de franela.
Miró la caja, que era más alta que ella.
Luego miró a Javi, que sudaba a pesar de llevar ropa transpirable de alta tecnología.
“Javier, a menos que el repuesto sea una furgoneta para llevar tu bici, me estás mintiendo”.
Javi rió de forma nerviosa.
“Qué cosas tienes, Carmen, qué exagerada eres”.
“Abre la caja”, ordenó ella.
El tono de Carmen no admitía réplica.
Era el mismo tono que usaba cuando sus hijos, de pequeños, escondían las notas del colegio.
“¿Ahora? Mujer, si tengo que ir a ducharme…”, intentó escaquearse él.
“He dicho que abras la caja. Ahora mismo. Delante de mí”.
Javi suspiró, sabiendo que había perdido la batalla antes de empezar.
Fue a la cocina, haciendo “clac, clac, clac” con sus zapatos especiales.
Volvió con un cuchillo de sierra para el pan.
Se acercó a la caja como si fuera un artefacto explosivo a punto de detonar.
Metió la punta del cuchillo por el precinto de seguridad.
Rasgó la cinta adhesiva con lentitud dolorosa.
Carmen no parpadeaba.
El cartón se abrió por fin, liberando un olor a plástico nuevo y a goma.
Javi apartó unos enormes corchos blancos de protección.
Bajo los corchos, envuelta en plástico de burbujas, descansaba una estructura negra.
Era elegante.
Era brillante.
Y tenía pinta de costar más que todo el mobiliario del salón junto.
“Es una bicicleta”, sentenció Carmen, con la voz fría como el hielo.
“Bueno, técnicamente es un cuadro con las ruedas desmontadas”, matizó Javi.
“¡Es una maldita bicicleta nueva, Javier!”
“A ver, nueva, nueva… es de temporada, sí”.
Carmen se acercó a la máquina.
Alargó la mano y tocó el material.
No estaba frío como el metal de su vieja bicicleta de montaña de los noventa.
Era ligero, extraño, casi parecía plástico duro.
“Esto no pesa nada”, murmuró Carmen, levantando la rueda delantera con dos dedos.
“Claro, cari, es que es de carbono”, dijo Javi, con un destello de orgullo estúpido en los ojos.
“¿De carbono?”, preguntó ella, sin entender muy bien qué significaba eso.
“Sí, fibra de carbono, tecnología aeroespacial, la misma que usan en la Fórmula 1”.
Carmen retiró la mano como si la bicicleta quemara.
Empezó a atar cabos.
La tecnología aeroespacial nunca había sido barata.
Y menos si la vendían en una tienda especializada para ciclistas maduros en plena crisis de los cuarenta.
“Javier, mírame a los ojos”, dijo Carmen.
Javi desvió la mirada hacia el gotelé de la pared.
“Que me mires a los ojos te digo”.
Él bajó la vista, encontrándose con la mirada fulminante de su esposa.
“¿Cuánto ha costado esta… esta nave espacial de carbono?”
Javi empezó a toser de mentira.
“No, si ha sido una ganga, estaban de liquidación de stock…”.
“¿Cuánto, Javier?”
“Bueno, ya sabes que hoy en día los precios están inflados, pero yo conseguí un descuento…”.
“¡La cifra, Javi, dime la maldita cifra o cojo el cuchillo del pan y le corto las ruedas!”
Javi se echó hacia atrás, protegiendo a su nueva adquisición con su propio cuerpo.
“Vale, vale, relájate… han sido… unos ochocientos… y pico”.
Carmen entrecerró los ojos.
Conocía a su marido desde hacía veinticinco años.
Sabía que “ochocientos y pico” en el idioma de Javi significaba algo muy distinto.
“Enséñame el recibo del banco. En el móvil. Ahora”.
El rostro de Javi perdió todo su color, quedándose blanco como la pared del pasillo.
PARTE 2: El precio de la aerodinámica
Javi sacó el móvil del bolsillo trasero de su maillot fosforito.
Le temblaban las manos.
La pantalla del móvil tardó en desbloquearse porque su huella digital estaba sudada.
“A ver, Carmen, no te pongas así, que es dinero de mi cuenta…”, empezó a balbucear.
“Tenemos una cuenta conjunta, Javier. Todo sale del mismo pozo”.
“Pero yo tengo mis ahorrillos, ya sabes… de las horas extra”.
“El móvil”, repitió ella, extendiendo la mano con la palma hacia arriba.
Javi, derrotado por completo, le entregó el teléfono con la aplicación del banco abierta.
Carmen ajustó sus gafas de presbicia que colgaban de un cordón en su cuello.
Miró la pantalla.
La línea de movimientos bancarios era clara como el agua.
Había un cargo de la tienda “Pedales y Sudor S.L.”.
Carmen leyó la cifra una vez.
Cerró los ojos con fuerza.
Los volvió a abrir y leyó la cifra por segunda vez.
“¿Mil euros?”, susurró.
El silencio en el pasillo se volvió denso, casi sólido.
Solo se escuchaba el zumbido lejano de la nevera en la cocina.
“¿Mil euros en una bicicleta de carbono? ¿Pero tú estás loco?”, gritó Carmen.
Su voz resonó por todo el hueco de la escalera del edificio.
La vecina del cuarto, doña Angustias, seguro que ya estaba pegando la oreja a la puerta.
“¡Shhh, baja la voz, que nos van a oír los vecinos!”, suplicó Javi.
“¡Me importa un rábano que me oigan! ¡Mil euros, Javier! ¡Mil euros!”
Carmen caminaba de un lado a otro del pasillo, agitando los brazos.
“¡Eso es casi un sueldo entero! ¡Es el alquiler de un mes en un piso del centro!”
Javi se encogió de hombros, intentando parecer más pequeño de lo que era.
“Técnicamente fueron novecientos noventa y nueve con noventa y nueve”, murmuró.
La mirada que le lanzó Carmen podría haber fundido el cuadro de carbono en segundos.
“¡No me vengas con céntimos, desgraciado! ¡Es un pastizal!”
Carmen se detuvo frente a la bicicleta, que seguía a medio salir de su caja.
La señaló con un dedo acusador.
“¿Qué hace esta cosa que no haga la otra que ya tienes en el trastero?”
“La otra es de aluminio, Carmen”, explicó Javi, como si eso lo justificara todo.
“¿Y qué? ¿Acaso pesa una tonelada?”
“Pesa tres kilos más que esta. Tres kilos en las subidas se notan muchísimo, te lastran”.
Carmen soltó una carcajada seca, carente de todo humor.
“¿Te lastran? ¡Te lastran los torreznos que te metes entre pecho y espalda los domingos!”
Javi se llevó una mano al vientre de forma instintiva.
“Eso es metabolismo, y además, yo lo quemo luego en las rutas”.
“Mil euros… no me lo puedo creer”, repetía ella, frotándose las sienes.
“Carmen, tienes que entenderlo”.
Javi adoptó una postura solemne.
Se cuadró, irguiendo la espalda, intentando dotar a su discurso de gravedad.
“Es mi única afición”, dijo, pronunciando cada palabra con lentitud dramática.
“¿Tu única afición? ¿Y qué me dices del abono del fútbol? ¿Y las cañas con los de la oficina?”
“Eso es vida social, es diferente”, argumentó él.
“El ciclismo es mi pasión, es lo que me da la vida, lo que me mantiene en forma”.
Carmen lo miró de arriba abajo.
Miró las mallas ajustadas que no dejaban nada a la imaginación.
Miró las marcas de sol en los brazos y piernas de Javi, el famoso “moreno ciclista”.
“Te mantiene en forma para sufrir como un perro los fines de semana madrugando a las seis”.
“Es un sufrimiento purificador”, sentenció Javi, creyéndose un filósofo estoico.
“Eres un comercial de seguros, Javier, no eres Miguel Induráin”.
“Nunca se sabe, aún estoy a tiempo de ir a la Quebrantahuesos y hacer buen tiempo”.
Carmen levantó las manos hacia el techo en un gesto de desesperación absoluta.
“¡La Virgen Santa, dame paciencia porque si me das fuerza lo mato!”
Javi dio un paso al frente, intentando calmar las aguas.
“Cari, escúchame un momento, por favor”.
“No quiero escucharte, quiero devolver esto a la tienda ahora mismo”.
“No se puede devolver, ya la han desembalado y la caja está abierta”, mintió él, descaradamente.
“La has abierto tú con el cuchillo del pan, no me fastidies”.
“El caso es que… trabajo diez horas al día, Carmen”.
El tono de Javi cambió.
Pasó de ser el niño pillado en una travesura al marido sacrificado.
“Me trago unos atascos terribles en la M-40 cada mañana”.
“Aguanto al pesado de mi jefe que no sabe hacer un Excel sin mi ayuda”.
“Me paso el día cuadrando pólizas, escuchando quejas de clientes que no quieren pagar”.
Carmen se quedó callada, cruzada de brazos, escuchando la letanía.
“Trabajo diez horas al día para darme un capricho de vez en cuando”, concluyó Javi.
Había pronunciado la frase mágica.
La excusa universal de cualquier trabajador de clase media para justificar un gasto irracional.
“El capricho”, repitió Carmen, saboreando la palabra con amargura.
“Sí, un capricho. Creo que me lo merezco, ¿no?”
Javi la miró con esos ojos de cachorro degollado que a veces le funcionaban.
Pero esta vez, Carmen no estaba dispuesta a ceder tan fácilmente.
La barrera de los mil euros era una línea roja en la economía familiar.
Una línea que Javi acababa de cruzar a toda velocidad subido en su bici de carbono.
PARTE 3: La guerra fría del mobiliario
Carmen se acercó a paso lento hacia Javi.
Él dio un pasito hacia atrás, por si acaso.
Pero ella no iba a usar la violencia física.
Su arma siempre había sido la dialéctica.
“¿Un capricho de vez en cuando?”, preguntó Carmen con voz peligrosamente suave.
“Eso es”, asintió Javi, tragando saliva otra vez.
“Vamos a hacer un repaso rápido de tus ‘caprichos de vez en cuando’, ¿te parece?”
“No hace falta, mujer…”.
“Oh, sí, sí que hace falta. Yo creo que es un ejercicio de memoria excelente”.
Carmen empezó a enumerar con los dedos de la mano izquierda.
“Hace tres meses, la freidora de aire inteligente con wifi que nos costó doscientos euros”.
“Oye, pero las croquetas salen más sanas”, intentó defenderse él.
“Las croquetas salen crudas por dentro y secas por fuera, Javi”.
Carmen levantó otro dedo.
“Hace seis meses, la suscripción premium anual a esa plataforma de documentales de la Segunda Guerra Mundial”.
“El saber no ocupa lugar”, citó Javi, haciéndose el culto.
“¡No has visto ni un solo documental entero, te quedas frito a los diez minutos viendo a los tanques!”
“Es que la narración es muy relajante”, murmuró él, bajando la vista.
Carmen levantó un tercer dedo.
“Y no olvidemos el año pasado, el dron con cámara 4K para grabar tus excursiones”.
Javi hizo una mueca de dolor al recordar el incidente.
“¿Dónde está el dron, Javier?”, preguntó ella con fingida inocencia.
“Atascado en un pino de la sierra de Guadarrama”, confesó él, casi en un susurro.
“Exacto. Trescientos euros colgando de la rama de un puto pino”.
Carmen bajó la mano y se plantó a escasos centímetros de la cara de su marido.
“Así que no me vengas con el cuento del ‘capricho de vez en cuando'”.
“Tú tienes un agujero en la mano, Javier”.
“Y yo soy la tonta que va detrás intentando cuadrar las cuentas del mes para que no nos corten el agua”.
Javi agachó la cabeza, sintiendo el peso de la culpa por primera vez en toda la mañana.
Sabía que Carmen tenía razón.
Él era de gatillo fácil con la tarjeta de crédito cuando veía una oferta en internet.
Y el algoritmo de las tiendas de ciclismo lo conocía mejor que su propia madre.
“Lo siento, Carmen. De verdad que lo siento”, dijo, y esta vez sonaba sincero.
“¿Lo sientes? ¿De qué me sirve que lo sientas si ya tienes el trasto este en casa?”
Carmen señaló la bicicleta con un gesto de desprecio.
El cuadro de carbono brillaba bajo la luz halógena del pasillo, ajeno al drama familiar.
“Pero, cari, es que es una inversión en salud…”, intentó usar su último cartucho.
Carmen soltó una carcajada amarga.
“¿Una inversión en salud? Te voy a decir yo lo que es una inversión en salud”.
Carmen se dio la vuelta y empezó a caminar hacia el dormitorio principal.
“¡Ven aquí!”, le gritó desde el fondo del pasillo.
Javi, asustado y con sus zapatillas haciendo “clac, clac, clac”, la siguió obediente.
Entraron en la habitación de matrimonio.
Era una habitación normal, con cortinas de flores y dos mesillas de noche idénticas.
En el centro reinaba la cama.
Una cama con un colchón que había visto días mucho, mucho mejores.
Carmen señaló el colchón con ambas manos, como si fuera la presentadora de un concurso.
“Aquí lo tienes. El verdadero problema de salud de esta casa”.
Javi miró la cama sin entender a dónde quería llegar su mujer.
“¿La cama?”, preguntó, rascándose la cabeza.
“El colchón, Javier. ¡El maldito colchón!”
Carmen se acercó a la cama y presionó el centro del colchón con el puño.
Se hundió casi sin ofrecer resistencia, dejando un hueco que no volvía a su forma original.
“Este colchón tiene más de doce años. Está hundido por el medio”.
“Bueno, un poco de forma sí que tiene…”, concedió él.
“¡Forma de cráter lunar tiene! Dormimos haciendo la ‘V’ en el centro de la cama”.
“Exageras, yo duermo estupendamente”, se defendió Javi.
“Tú duermes estupendamente porque tienes el sueño de un oso hibernando”.
Carmen se frotó la zona baja de la espalda con una mueca de dolor genuino.
“Pero yo me levanto cada mañana como si me hubieran dado una paliza”.
“Cariño, si te duele la espalda, a lo mejor deberías ir a nadar…”, sugirió él, pisando terreno minado.
“¡Con ese dinero cambiábamos el colchón, que me va a salir una hernia por tu culpa!”
El grito de Carmen resonó en las cuatro paredes de la habitación.
Fue un grito cargado de frustración acumulada, de noches sin dormir y de dolores de lumbares.
Javi se quedó mudo.
De repente, la brillante bicicleta de carbono le pareció el objeto más estúpido del mundo.
Había gastado mil euros en quitarle tres kilos a una bicicleta.
Mientras su mujer sufría cada noche sobre un colchón de muelles cedidos que costaba la mitad.
“Yo… yo no lo había pensado así”, murmuró Javi, sintiéndose de pronto como un completo egoísta.
“Claro que no lo habías pensado. Tú solo piensas en tu aerodinámica y en tus engranajes”.
Carmen se sentó al borde de la cama.
El colchón crujió, emitiendo un sonido quejumbroso que le dio la razón a ella.
“Llevo meses diciéndote que tenemos que mirar colchones de viscoelástica”.
“Y tú siempre me decías que este mes venía el seguro del coche, que este mes tocaba pagar el IBI…”.
Carmen levantó la mirada hacia él.
Había un rastro de decepción en sus ojos que dolió más que cualquier grito.
“Pero para tus caprichos caros siempre hay dinero, ¿verdad?”
Javi se acercó lentamente a la cama.
Se sentó junto a ella.
El colchón volvió a crujir y ambos se deslizaron ligeramente hacia el hoyo central.
“Soy un idiota”, sentenció Javi, mirando sus zapatillas de calas.
“Sí, lo eres”, confirmó Carmen, sin paños calientes.
“Me dejé llevar por la emoción. El vendedor de la tienda me comió la oreja”.
“Tú ya ibas con la oreja comida de casa, Javi. Llevabas semanas mirando vídeos de bicis en el váter”.
Javi sonrió tímidamente ante la revelación de que no era tan discreto como pensaba.
“¿Qué hacemos ahora?”, preguntó él, con tono de arrepentimiento.
Carmen suspiró profundamente.
“Lo que vamos a hacer es muy sencillo”.
PARTE 4: El límite del egoísmo y el pacto de la viscoelástica
Carmen se puso de pie, recuperando su postura autoritaria.
El dolor de espalda momentáneo había sido sustituido por la energía resolutiva que la caracterizaba.
“Lo primero de todo”, anunció ella, señalando los pies de Javi.
“Quítate esos zapatos de payaso que me estás rayando el parqué de toda la casa”.
Javi obedeció al instante.
Se agachó y se desabrochó los velcros con rapidez, quedándose en calcetines deportivos.
“Lo segundo”, continuó Carmen, iniciando a caminar de vuelta hacia el pasillo.
Javi la siguió en silencio, caminando en calcetines sobre la madera fría.
Llegaron frente al monumento de cartón y carbono.
“Vas a meter esa nave espacial de vuelta en su caja”, ordenó ella.
“Pero Carmen, te he dicho que no admiten devoluciones si está abierto…”, rogó él.
“Me da exactamente igual la política de empresa de ‘Pedales y Sudor'”.
“Pero si la llevo y no me la cogen…”
“Pues te plantas en la puerta de la tienda con un cartel que diga ‘Vendo bicicleta de carbono a estrenar por culpa de mi matrimonio'”.
Javi imaginó la escena y tragó saliva.
Sus compañeros de ruta, los ‘Bikers de Moratalaz’, le harían bullying hasta el día del juicio final.
“O la pones en Wallapop, me da igual”, sentenció Carmen, dándole una alternativa menos humillante.
“Pero quiero ver esos mil euros de vuelta en la cuenta bancaria antes del viernes”.
Javi miró la bicicleta con una tristeza infinita.
Acarició suavemente el manillar encintado de negro.
Era como despedirse de un amor de verano que nunca llegó a consumarse.
“Adiós, preciosa”, le susurró a la máquina.
Carmen puso los ojos en blanco con tanta fuerza que casi se mareó.
“Deja el drama romántico, Romeo de las dos ruedas, y escúchame bien”.
Carmen se cruzó de brazos, estableciendo la postura para la lección final del día.
“¿Hay un límite de dinero para gastar en caprichos propios sin preguntar al otro?”
Javi levantó la vista, sorprendido por la pregunta tan directa.
“Hombre… yo pensaba que… como trabajo mis horas…”.
“No te he preguntado por tus horas, te he preguntado si crees que hay un límite”.
“Supongo que sí”, admitió él, rascándose la barba de dos días.
“¿Y cuál crees tú que es ese límite, Javi? ¿Cincuenta euros? ¿Cien? ¿Mil?”
Javi dudó.
Sabía que cualquier cifra que dijera iba a ser utilizada en su contra en el tribunal de su pasillo.
“Yo diría que… ¿doscientos euros?”, probó, tirando una cifra al aire a ver si colaba.
“Doscientos euros ya es una falta grave, Javier. Pero mil es motivo de divorcio”.
“Mujer, no digas esas cosas”, se alarmó él.
“Las digo porque las pienso”, respondió ella, tajante.
“Aquí vivimos los dos, pagamos los gastos los dos, y compartimos la vida los dos”.
Carmen bajó un poco el tono, buscando que sus palabras calaran más hondo.
“Si uno de los dos decide unilateralmente fundirse mil euros en algo que solo va a disfrutar él…”
“Mientras el otro sufre dolores de espalda por falta de presupuesto en cosas comunes…”
“Eso no es darse un capricho, Javi. Eso es ser un egoísta”.
La palabra “egoísta” flotó en el aire, pesada y contundente.
A Javi le dolió más que si le hubieran quitado la bicicleta a la fuerza.
En el fondo, él sabía que no era una mala persona.
Solo era un cuarentón con demasiado estrés y una tarjeta de crédito demasiado accesible.
“Tienes razón”, dijo por fin Javi, asintiendo con la cabeza lentamente.
“Me he pasado de frenada. Nunca mejor dicho”.
Carmen esbozó una levísima sonrisa ante el mal chiste ciclista, pero la borró enseguida.
Aún no había terminado de imponer las condiciones de la rendición.
“Me alegra que entres en razón”, dijo Carmen, ajustándose la bata de franela.
“Así que, el plan es el siguiente”.
Javi se puso firme, listo para recibir órdenes.
“Mañana por la mañana, empaquetas la bici con todos sus corchos y sus plásticos”.
“El lunes a primera hora, gestionas la devolución o la pones en venta en internet”.
“Y el sábado que viene…”
Carmen hizo una pausa dramática.
“…nos vamos los dos al polígono industrial, a la tienda de colchones gigantes”.
El rostro de Javi se iluminó ligeramente, aliviado por no estar durmiendo en el sofá esa noche.
“A la tienda de colchones gigantes”, repitió él, confirmando la orden.
“Sí. Y vamos a probar cada maldito colchón de viscoelástica de esa tienda”.
“Hasta que encuentre uno en el que sienta que floto en una nube”.
“Me parece un plan perfecto, cariño”, dijo Javi, intentando sonreír.
“Y adivina quién lo va a pagar”, añadió Carmen, levantando una ceja interrogante.
Javi suspiró, sabiendo que el golpe de gracia estaba al caer.
“¿Mi fondo de caprichos?”, preguntó, resignado.
“Tu fondo de caprichos, tus ahorrillos de las horas extra, y si hace falta, rompes la hucha del cerdito”.
Carmen se acercó a él y le dio una palmada poco amistosa en el hombro.
“Te prometo que disfrutarás de ese colchón más que de cualquier bicicleta de carbono”.
“Por la cuenta que me trae”, murmuró Javi, sintiendo que la derrota era absoluta pero justa.
Carmen se dio la vuelta y se dirigió de nuevo a la cocina.
Aún le quedaba por terminar de preparar las tostadas que el timbre había interrumpido.
“Ah, y otra cosa, Javier”, le llamó desde la puerta de la cocina.
Javi, que ya estaba agachado mirando cómo desmontar la rueda delantera de la bici, se giró.
“¿Qué pasa ahora?”
“Cámbiate de ropa, anda. Que esas mallas te aprietan tanto que me estás poniendo nerviosa”.
Javi se miró de arriba abajo, de pronto muy consciente de lo ridículo que debía de verse.
“Y tira el cuchillo del pan al fregadero”, ordenó ella antes de desaparecer de su vista.
Javi se quedó solo en el pasillo, con su maillot fosforito, sus calcetines blancos y su sueño de carbono destruido.
Miró la bicicleta.
Suspiró profundamente.
“A lo mejor un buen colchón no es tan mala idea”, se dijo a sí mismo en voz baja.
Cogió el cuchillo del pan que había dejado sobre el sillín.
Se dirigió a la cocina arrastrando los pies en calcetines.
Sabía que la batalla de los mil euros estaba perdida.
Pero al menos, su espalda se lo agradecería a largo plazo.
Y, quién sabe, tal vez el año que viene pudiera mirar unas ruedas nuevas de aluminio de segunda mano.
Siempre y cuando no superaran los cincuenta euros.
Y, por supuesto, siempre y cuando consultara primero al comité directivo de la bata de franela.
El capricho caro había llegado a su fin.
Pero el matrimonio, y la salud lumbar, iban a salir ganando de aquella absurda guerra de sábado por la mañana.