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La mañana del domingo era perfecta. Demasiado perfecta, quizás.

PARTE 1

La mañana del domingo era perfecta.

Demasiado perfecta, quizás.

El sol entraba por la ventana del salón con esa insolencia típica de la primavera en Madrid.

Un rayo de luz iluminaba las motas de polvo que bailaban sobre la mesa de centro de Ikea.

Esa misma mesa que Jorge había tardado cuatro horas en montar hace tres años.

En el sofá, Carmen sostenía su teléfono móvil.

Estaba inmóvil.

Como si el aparato fuera una bomba a punto de detonar.

La pantalla estaba encendida.

El brillo al máximo.

Casi le hacía daño en los ojos por el contraste con la penumbra del salón.

Pero no era la luz del teléfono lo que la estaba cegando.

Era una cifra.

Un número entero.

Redondo.

Imponente.

Sin decimales que suavizaran el golpe.

Un quinientos.

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