II.
Ignacio respiró hondo.
—No lo sabemos. Puede ser propaganda, curiosidad real o un intento de abrir un canal diplomático diferente. Lo único seguro es que estas invitaciones casi nunca ocurren.
Mujica miró por la ventana hacia la pista del aeropuerto.
—El mundo está lleno de muros. Algunos se ven, otros no. Tal vez tenga sentido abrir una ventanita, aunque sea para que entre un poco de aire.
El viaje fue largo. Volaron primero a Pekín y desde allí tomaron uno de los pocos vuelos permitidos hacia Pyongyang. Durante el trayecto, Laura le explicó detalles culturales, protocolos y riesgos.
—En Corea se respeta mucho la edad y la experiencia. Eso le dará cierto margen, pero cada palabra será observada.
—No vine a gustarles —respondió Mujica—. Vine a entender, si se puede.
Cuando aterrizaron en Pyongyang, la primera impresión fue de orden absoluto. Avenidas amplias, edificios monumentales, carteles de propaganda, retratos gigantescos de antiguos líderes y un silencio extraño para una capital.
En la pista los recibió el viceministro Choy, un hombre rígido, de rostro severo.
—Bienvenido a la República Popular Democrática de Corea, presidente Mujica. Es un honor recibirlo.
Mujica le estrechó la mano con naturalidad.
—Gracias por la invitación. El honor es mío.
Le asignaron una suite lujosa en un hotel para visitantes extranjeros. Era más grande que su casa entera. Esa noche, reunido con su pequeña delegación, Laura habló en voz baja.
—Todo está vigilado. Habitaciones, pasillos, conversaciones.
Mujica sonrió.
—No tengo nada que ocultar. Si quieren escuchar a un viejo hablar de tomates y filosofía barata, que escuchen.
Pero cuando quedó solo frente a la ventana, mirando las luces perfectamente ordenadas de Pyongyang, su rostro se volvió serio. Al día siguiente estaría frente a un hombre joven con poder absoluto, criado entre símbolos, miedo y obediencia.
Se preguntó qué podía decirle alguien como él a alguien como Kim Jong Un.
La reunión oficial fue en el Palacio del Sol de Kumsusan, un lugar solemne y monumental. Tras largos pasillos de mármol, controles de seguridad y saludos ceremoniales, Mujica entró en un gran salón donde Kim Jong Un lo esperaba junto a una enorme mesa.
El contraste era evidente: de un lado, el líder norcoreano con traje impecable; del otro, un anciano de camisa sencilla, manos nudosas y rostro curtido por el sol.
—Es un placer conocer al hombre que gobernó viviendo con menos que sus ciudadanos —dijo Kim, a través del intérprete—. Una filosofía interesante.
Mujica le estrechó la mano.
—Debo corregir algo, señor presidente. Nunca viví con menos que mis ciudadanos. Viví con lo que necesitaba, que resultó ser poco.
La traducción produjo un silencio incómodo. Algunos funcionarios se miraron entre sí, sin saber si aquello era humildad o una crítica.
Kim mantuvo la sonrisa.
—He seguido su historia. Usted luchó por sus ideales. En nuestra nación también valoramos el sacrificio por la causa revolucionaria.
—La revolución que buscábamos era sencilla —respondió Mujica—. Que nadie pasara hambre, que todos tuvieran educación y salud, que se respetara la dignidad humana. Con los años uno aprende que los métodos cambian, pero los objetivos verdaderos permanecen.
Kim habló entonces de la resistencia de su país, de su abuelo, de su padre, de las amenazas extranjeras y de la sociedad justa que decía defender.
Mujica escuchó sin interrumpir. Luego guardó silencio unos segundos.
—Durante mis años preso aprendí la diferencia entre estar vivo y vivir de verdad. Uno puede estar vivo si recibe comida y techo. Pero vivir de verdad implica algo más: poder preguntar, equivocarse, crecer.
La sala quedó helada. Los intérpretes dudaron antes de traducir. Kim no cambió la expresión, pero sus ojos se endurecieron apenas.
—En nuestra cultura —dijo finalmente—, el bienestar colectivo está por encima de las preocupaciones individuales.
—Lo entiendo —respondió Mujica—. También en Uruguay valoramos lo colectivo. Pero una comunidad fuerte no se construye apagando la voz de cada persona. Se construye cuando cada persona puede aportar algo único.
La conversación siguió durante casi una hora. Hablaron de historia, sacrificio, pobreza, resistencia y poder. Entonces Kim hizo la pregunta que parecía haberlo acompañado desde antes de la invitación.
—¿Por qué rechazó los privilegios de la presidencia? Pudo vivir con lujos. ¿Por qué no lo hizo?
Mujica miró sus manos.
—Después de pasar casi 15 años encerrado, muchos de ellos en una celda donde apenas podía dar tres pasos, aprendí a valorar cosas simples: el silencio, las estrellas, una conversación honesta. Cuando salí, descubrí que no necesitaba mucho para ser feliz.
Hizo una pausa.
—Pero hay algo más. El poder es prestado, señor presidente. Viene del pueblo y al pueblo debe volver. Si un gobernante se rodea de lujos y se aleja de la vida común, ¿cómo va a entender las necesidades reales de quienes dice servir?
El silencio fue más pesado que antes. Algunos funcionarios bajaron la mirada. Kim permaneció inmóvil.
—Una visión idealista —dijo al fin—. Cada nación tiene su propio camino histórico.
—Por supuesto. No vine a dar lecciones. Solo respondo desde mi experiencia. En mi caso, conocerme a mí mismo significó aceptar que soy feliz con poco.
Al final de la reunión se intercambiaron regalos. Corea del Norte entregó una pieza de arte tradicional. Mujica sacó un pequeño paquete de semillas.
—Son semillas de tomate criollo uruguayo. Han pasado de generación en generación entre agricultores de mi país. Son resistentes, se adaptan al cambio y dan buenos frutos. Me gustaría que las plantara, si puede.
Kim sostuvo el paquete con evidente sorpresa.
—Lo haré.
Al salir, Laura se acercó a Mujica.
—Eso fue muy atrevido. Sobre todo lo del poder prestado.
—Solo dije lo que pienso. Si me invitaron a hablar, lo mínimo es ser honesto.
Los días siguientes incluyeron recorridos cuidadosamente preparados: monumentos, escuelas, teatros, granjas modelo. Todo estaba diseñado para mostrar disciplina, orden y grandeza. Pero Mujica observaba más allá del decorado. Miraba los rostros, los gestos, los silencios.
Durante una visita a una escuela, un niño de unos 10 años se acercó para recitar un poema de bienvenida. Al terminar, rompió el protocolo y preguntó:
—¿Es verdad que usted no tiene coche?
Los funcionarios se tensaron. La maestra intentó callarlo, pero Mujica ya se había agachado para mirarlo a los ojos.
—Tengo un viejo Volkswagen que comparto con mi esposa, pero casi siempre prefiero caminar. Cuando caminas ves cosas que desde un coche no ves: una flor nueva, un pájaro haciendo su nido, la cara de tus vecinos.
El niño lo miró asombrado. La idea de un presidente sin coche oficial parecía imposible.
Esa tarde, Laura recibió un mensaje inesperado.
—El mariscal solicita una conversación privada esta noche. Solo usted, él y los intérpretes. Sin protocolo.
Ignacio se alarmó.
—Eso no estaba previsto. Debemos consultar con Montevideo.
—No hay tiempo —dijo Laura—. Quieren respuesta inmediata.
Mujica dejó el mate sobre la mesa.
—Acepto.
—Señor, esto puede ser riesgoso.
—Gurí, sobreviví a una dictadura, a la tortura y a la política uruguaya. Puedo sobrevivir a una conversación.
La reunión fue en una residencia discreta a las afueras de Pyongyang. A diferencia del encuentro oficial, allí no había grandes salones ni despliegues militares. Kim Jong Un vestía ropa casual y esperaba junto a una mesa baja con té.
—Gracias por aceptar esta conversación menos formal —dijo Kim.
—Las conversaciones reales empiezan cuando se apagan los reflectores.
Sirvieron té en pequeñas tazas de cerámica. Kim explicó que venía de montañas vinculadas a su familia. Mujica habló del mate y de cómo compartirlo en Uruguay era una forma de compartir confianza.
Kim pareció relajarse.
—Usted habla con una franqueza poco común. La mayoría de los visitantes extranjeros están tan preocupados por la diplomacia que nunca dicen nada real.
—A mi edad, el tiempo es demasiado corto para gastarlo en palabras vacías.
Kim lo observó con atención.
—Ayer habló de poder prestado. En nuestra tradición, el liderazgo tiene que ver con linaje y destino.
—Cada pueblo construye su historia como puede —respondió Mujica—. Pero permítame preguntarle algo: ¿qué desea usted realmente para su pueblo?
La pregunta lo tomó por sorpresa. Por un instante, el líder pareció menos una figura oficial y más un hombre joven cargando un peso enorme.
—Quiero que sea fuerte. Que nunca vuelva a sufrir ocupación extranjera ni humillación. Que sea orgulloso, independiente y capaz de resistir a quienes quieren dominarlo.
—Son deseos nobles. La dignidad y la independencia importan. Pero la fuerza verdadera rara vez nace del aislamiento. El aislamiento protege por un tiempo, pero también puede encerrar.
Kim miró su taza.
—¿Sabe cuál es la carga más pesada del liderazgo? Las expectativas. Mi abuelo fundó esta nación después de la guerra. Mi padre la sostuvo en tiempos de hambre y presión. Ahora esperan que yo preserve su legado y además lo supere.
Mujica reconoció en esa frase al hombre detrás del símbolo.
—El peso de la historia puede aplastar. A mí también me esperaban convertido en una especie de presidente revolucionario perfecto. Muchos compañeros no me perdonaron haber sido pragmático.
—¿Cómo soportó esa presión?
—Recordando quién era antes del cargo. Antes de presidente, antes de senador, antes de guerrillero, yo era José. Un hombre con límites y contradicciones. El poder cambia, pero la humanidad queda.
Kim guardó silencio. Luego habló de su educación en Suiza, de lo que había visto del mundo exterior y de las dificultades de gobernar un país rodeado de amenazas. Mujica habló de la cárcel, del miedo, de la soledad y de cómo la privación le había enseñado a distinguir lo necesario de lo superfluo.
Más tarde hablaron de economía.
—Uruguay es pequeño, pero estable —dijo Kim—. ¿Cuál fue su secreto?
—No hay magia. Educación, cierta distribución de la riqueza y la idea de que el desarrollo no se mide solo en números, sino en cómo vive la gente común. Un país donde pocos tienen demasiado y muchos demasiado poco siempre termina enfermo.
—Nuestro sistema debería garantizar eso —murmuró Kim—, pero en la práctica…
No terminó la frase.
Mujica no lo presionó.
—La economía es un medio, no un fin. La pregunta no es solo cuánto producimos, sino para quién producimos.
La conversación duró casi tres horas. Al despedirse, Kim dijo algo que sorprendió incluso a sus intérpretes.
—He ordenado plantar sus semillas de tomate en un invernadero especial. Quiero mostrarle los resultados antes de que se marche.
Al día siguiente visitaron una granja colectiva modelo. Allí Mujica se sintió más cómodo que en cualquier salón oficial. Tocó la tierra, revisó plantas, preguntó por fertilizantes y sistemas de riego.
El administrador de la granja, un hombre de unos 60 años, tenía las manos gastadas por años de trabajo. Mujica lo reconoció de inmediato como alguien que conocía la tierra de verdad.
—Me dijeron que usted también es agricultor —dijo el hombre.
—Es mi verdadera vocación. La política fue apenas un paréntesis.
Mientras revisaban un campo de maíz, Mujica tomó un puñado de tierra.
—Suelo arcilloso. Difícil, pero retiene humedad. ¿Qué fertilizante usan?
El administrador dudó y miró a los funcionarios.
—Principalmente composta orgánica. No alcanza. Desde que perdimos acceso a fertilizantes químicos por las sanciones, la productividad cayó.
Los funcionarios se tensaron. Mujica asintió.
—En Uruguay experimentamos con biofertilizantes basados en microorganismos locales. Son baratos y pueden multiplicarse fácilmente. Podría compartirles la técnica.
Antes de que el administrador respondiera, un funcionario intentó cambiar el tema. Pero Kim Jong Un apareció sin aviso durante el almuerzo.
Todos se pusieron de pie.
—Quería escuchar sus impresiones sobre nuestra agricultura —dijo Kim.
Se sentó junto a Mujica.
—Si esta fuera su tierra, ¿qué haría diferente?
La pregunta dejó helados a los funcionarios. Mujica respondió sin rodeos.
—Diversificaría más cultivos. El arroz y el maíz son fundamentales, pero la diversidad mejora la nutrición y reduce riesgos. También invertiría en captación de agua de lluvia y en terrazas verticales para aprovechar mejor las zonas montañosas.
Kim escuchó con interés.
—¿Y nuestros tractores?
Mujica sonrió.
—Impresionan. Pero la mejor tecnología no siempre es la más avanzada, sino la que sirve mejor a las condiciones locales. A veces una herramienta sencilla, bien usada, vale más que una máquina enorme.
Kim asintió.
—Quizá nuestros ingenieros deberían pensar más en eso.
Después del almuerzo, Kim anunció otro cambio de planes.
—Quiero mostrarle algo personalmente. No está en el itinerario.
Un helicóptero los llevó a una zona montañosa a unos 50 km de Pyongyang. Aterrizaron en una pequeña meseta donde había una casa tradicional, jardines y algunos edificios discretos. No había banderas ni retratos oficiales.
—Este lugar no aparece en ningún mapa —dijo Kim—. Es mi refugio personal. Vengo aquí cuando necesito pensar.
Mujica miró alrededor.
—Todo líder necesita un sitio donde pueda ser simplemente humano.
Kim lo condujo a un invernadero. En el centro crecían varias plantas de tomate. Mujica las reconoció enseguida.
—Sus semillas —dijo Kim—. Nuestros agrónomos dicen que se adaptaron sorprendentemente bien.
Mujica tocó una hoja con cuidado.
—El tomate es resistente. Se adapta y sigue creciendo incluso en condiciones difíciles. Tal vez por eso alimenta a tantos pueblos distintos.
Kim lo miró.
—Una buena metáfora.
Mujica fue directo.
—¿Por qué me trajo realmente aquí, señor presidente? No creo que sea solo por tomates.
Kim tardó unos segundos en responder.
—Porque quería mostrarle que existe otro Kim Jong Un. Un hombre que valora la sencillez y la tierra. Alguien no tan distinto de usted en ciertos aspectos.
Los intérpretes tradujeron en silencio. El momento tenía una intimidad extraña.
—Todos somos más complejos de lo que el mundo cree —dijo Mujica—. Pero el poder reduce a las personas a símbolos. Ese es uno de sus peligros.
—Un peligro difícil de evitar en mi posición.
—Reconocerlo ya es empezar.
Caminaron por los jardines. Kim conocía los nombres de muchas plantas. Junto a un estanque, observó los peces y dijo:
—Mi abuelo decía que gobernar una nación es como cuidar un jardín. Hay que saber cuándo podar para que crezca algo nuevo.
—Es cierto —respondió Mujica—. Pero el buen jardinero no impone su voluntad a las plantas. Entiende la naturaleza de cada una y crea condiciones para que florezcan.
Kim permaneció pensativo.
—¿Cree que una nación puede cambiar sin perder su esencia?
—No solo puede. Debe. La vida es cambio. La pregunta no es si cambiaremos, sino cómo. Si uno intenta detener el cambio, se quiebra. Si aprende a guiarlo sin traicionar sus valores, encuentra equilibrio.
—¿Y cómo se distingue el cambio necesario de la traición?
—Preguntándose si ese cambio sirve a la vida y la dignidad de la gente, o solo al poder y las apariencias. Lo primero es evolución. Lo segundo es corrupción.
Kim guardó silencio durante largo rato.
—La franqueza es escasa en mi posición —dijo al fin—. La mayoría me dice lo que cree que quiero escuchar.
—La soledad del poder —respondió Mujica—. La conocí, aunque en una escala mucho más pequeña.
Antes de regresar, Kim le hizo una petición inesperada. Al día siguiente Mujica hablaría en la Universidad Kim Il Sung ante estudiantes, profesores, funcionarios y cámaras de televisión.
—Le pido que hable con la misma honestidad que ha usado conmigo —dijo Kim.
Ignacio palideció.
—Señor presidente, su franqueza podría contradecir la narrativa oficial.
Kim no se movió.
—Precisamente por eso. A veces ciertas verdades solo pueden escucharse si vienen de afuera.
Esa noche, Mujica escribió su discurso a mano. No quiso ayuda. Dijo que esas palabras debían salir de su corazón, no de un despacho diplomático.
La mañana siguiente, el auditorio principal de la universidad estaba lleno. Estudiantes, profesores y altos funcionarios esperaban en silencio. Las cámaras de la televisión estatal estaban encendidas.
Mujica subió al podio con su ropa sencilla y miró al público.
—Vengo de un país pequeño al otro lado del mundo. Muchos de ustedes quizá nunca visiten Uruguay, así como muchos uruguayos quizá nunca conozcan Corea. Pero pese a nuestras diferencias, compartimos algo fundamental: nuestra humanidad.
Laura traducía a su lado.
—Durante mi vida fui muchas cosas: joven idealista, guerrillero, preso político, parlamentario, ministro, presidente. Pero antes que todo fui un ser humano tratando de entender el mundo. Las ideologías importan, claro. Pero a veces nos hacen olvidar que detrás de cada sistema hay personas con sueños, miedos, alegrías y sufrimientos muy parecidos.
Algunos funcionarios se tensaron.
—En mi juventud creía que cambiar el mundo requería coraje. Estaba dispuesto a morir por mis ideales. Pero con los años aprendí que el verdadero cambio exige algo más difícil: sabiduría. Y la sabiduría empieza cuando aceptamos que nadie tiene todas las respuestas.
El silencio se hizo profundo.
—Ningún sistema es perfecto porque todos son creaciones humanas. El capitalismo puede liberar creatividad, pero también crear desigualdad brutal. El socialismo busca justicia, pero puede caer en burocracias opresivas. La madurez política no consiste en negar los defectos del propio sistema, sino en reconocerlos y trabajar para corregirlos.
Los estudiantes escuchaban con una atención que no parecía ensayada.
—La independencia es valiosa. La soberanía es valiosa. Pero independencia no debe confundirse con aislamiento. La ciencia avanza cuando se comparten descubrimientos. La cultura se enriquece cuando dialoga con otras culturas. Incluso la agricultura mejora cuando los campesinos intercambian semillas y técnicas.
Mujica hizo una pausa.
—El verdadero patriotismo no consiste en repetir consignas ni glorificar el pasado. Consiste en trabajar por un futuro mejor para los que vienen después.
Los murmullos aumentaron.
—Jóvenes, ustedes son el recurso más valioso de su nación. No por repetir lo que ya se sabe, sino por crear lo que todavía no existe. La lealtad más profunda a un país no es conservarlo inmóvil, sino ayudarlo a convertirse en lo mejor que puede ser.
Las cámaras seguían grabando.
—Cuando fui presidente, Uruguay tomó decisiones que muchos consideraron peligrosas. Legalizamos el matrimonio entre personas del mismo sexo, regulamos el cannabis para combatir el narcotráfico y ampliamos derechos reproductivos. No porque tuviéramos todas las respuestas, sino porque entendimos que una sociedad viva debe evolucionar. Algunos cambios funcionaron mejor que otros. Aprendimos, corregimos y seguimos.
Nadie lo interrumpió.
—No vine a decirles qué camino deben tomar. Cada nación debe encontrar el suyo. Vine a decir que el cambio no debe ser temido. Es la única constante de la historia humana.
Luego bajó la voz.
—Después de casi 15 años de prisión, pude salir lleno de odio o aferrado a viejas certezas. Elegí aprender. Elegí adaptarme sin traicionar mis valores. Descubrí que cambiar no siempre es rendirse. A veces es la forma más alta de coherencia.
El auditorio permanecía inmóvil.
—La grandeza de una nación no se mide solo por su ejército ni por sus monumentos, sino por cómo vive su gente común. Por cómo trata a los vulnerables. Por su capacidad de mejorar. Solo quien reconoce sus imperfecciones puede superarlas.
Terminó con sencillez.
—Gracias por escucharme. Ojalá este sea el inicio de un diálogo fructífero entre nuestros pueblos.
Por unos segundos no ocurrió nada. Luego comenzaron los aplausos. Primero tímidos, después fuertes. Muchos estudiantes se pusieron de pie. Algunos profesores también. Varios funcionarios permanecieron sentados, con rostros difíciles de leer.
Esa noche, el Ministerio de Relaciones Exteriores norcoreano pidió una última reunión. Mujica y Laura fueron llevados al Palacio del Pueblo. Kim Jong Un los esperaba en una sala pequeña, sin ceremonia.
—Su discurso generó debate —dijo Kim.
—Dije lo que creía, como usted me pidió.
—Y por eso lo invité a hablar. Necesitábamos escuchar una perspectiva diferente. Corea del Norte está en una encrucijada. Nuestro aislamiento nos protegió, pero también nos limitó. Nuestros principios nos dieron identidad, pero aplicados con rigidez pueden volverse obstáculos.
Mujica lo escuchó con atención.
—Cambiar siempre es difícil cuando lo que se toca forma parte de la identidad nacional.
—Exactamente. Hemos estudiado modelos de desarrollo: China, Vietnam, Singapur, incluso ciertos aspectos de Corea del Sur, adaptados a nuestra realidad.
Aquella confesión era extraordinaria.
—La clave no es copiar —dijo Mujica—. Es tomar lo útil y hacerlo propio.
Kim asintió.
—Quiero proponerle algo. Estamos considerando crear una comisión sobre desarrollo sostenible y autosuficiencia alimentaria. Me gustaría que fuera asesor honorario, especialmente en agricultura sostenible.
Mujica levantó las cejas.
—Es un honor, pero soy viejo. No puedo viajar seguido. Podría venir una o dos veces al año, si realmente cree que puedo ayudar. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que los proyectos beneficien a agricultores comunes, no solo a granjas modelo para visitantes extranjeros.
Kim pensó unos segundos.
—Es justo. Ya tenemos tres provincias donde podrían iniciarse proyectos piloto.
Hablaron de biofertilizantes, conservación del suelo, riego eficiente y diversificación de cultivos. Antes de despedirse, Kim le entregó una pequeña caja de madera tallada.
—En Corea damos algo personal cuando se establece una relación significativa.
Mujica abrió la caja. Dentro había una semilla de arroz de más de 1,000 años, preservada en resina.
—Fue hallada cerca de Kaesong, antigua capital del reino de Goryeo. Representa nuestras raíces agrícolas y nuestra continuidad histórica.
Mujica contempló la semilla. Era hermosa, antigua, valiosa… pero incapaz de germinar.
—La guardaré con respeto —dijo—. Y espero que nuestras conversaciones hayan plantado semillas que, a diferencia de esta, puedan crecer.
Kim sonrió levemente.
—Creo que ya lo están haciendo.
El día de la partida, una ligera nieve cubría Pyongyang. En el aeropuerto, el viceministro Choy entregó a Mujica un sobre sellado.
—El mariscal pide que lo abra solo cuando hayan salido de nuestro espacio aéreo.
Ya en el avión, Mujica leyó la carta. Kim agradecía las conversaciones, hablaba de las semillas de tomate creciendo en el invernadero y confirmaba la creación de un programa agrícola especial basado en biofertilizantes y conservación del suelo. También mencionaba la exploración discreta de nuevos canales diplomáticos.
Mujica dobló la carta y miró por la ventana. Las montañas norcoreanas se alejaban lentamente.
—¿Cree que algo cambiará? —preguntó Laura.
—La historia no avanza en línea recta —respondió él—. Avanza en espiral. A veces parece quieta, pero siempre se mueve.
Meses después, en su chacra de Rincón del Cerro, Mujica recibió un paquete diplomático desde Pyongyang. Dentro había un frasco con semillas de tomate y una nota breve:
—Primera cosecha de semillas uruguayas adaptadas a nuestro suelo, pero preservando su esencia original. El proyecto de biofertilizantes fue implementado en dos provincias con resultados prometedores. Esperamos su visita para la próxima siembra.
Mujica observó las semillas. Eran parecidas a las suyas, pero no iguales. Un poco más oscuras, quizá más fuertes, adaptadas a otra tierra sin dejar de ser lo que eran.
Ese mismo día, medios internacionales informaron que Corea del Norte había anunciado una reforma agrícola modesta pero significativa: algunas cooperativas podrían conservar una mayor parte de su producción y tomar decisiones más autónomas sobre cultivos y técnicas.
Nadie relacionó esa noticia con la visita de un viejo expresidente latinoamericano meses atrás. Para el mundo eran hechos separados: una curiosidad diplomática y un ajuste técnico.
Pero en su huerto uruguayo, mientras plantaba algunas de aquellas semillas norcoreanas, Mujica sabía que las palabras, como las semillas, podían cruzar muros, viajar en silencio y echar raíces donde nadie lo esperaba.
Lucía se acercó mientras él cubría la tierra húmeda.
—¿Crees que crecerán bien aquí?
Mujica miró el pequeño surco, luego el horizonte donde el sol comenzaba a caer sobre los campos.
—Van a crecer —respondió con calma—. Quizá a su manera, quizá despacio, pero van a crecer. Eso hacen las semillas cuando encuentran tierra fértil.
Y en esa simple frase, hablaba de tomates, pero también de los pueblos que buscan cambiar sin perder su alma.