El cuarto de baño del piso de Alcorcón olía a una mezcla densa de gel de ducha de lavanda y al limpiasuelos de pino de marca blanca.
La bombilla fluorescente sobre el espejo del lavabo parpadeó tres veces antes de quedarse encendida, emitiendo un zumbido sordo y constante.
Era una luz implacable, de esas que no perdonan una ojera, ni una cana, ni el paso del tiempo grabado en la piel.
Vero estaba de pie frente al cristal empañado, vestida con su bata de boatiné de color azul marino que ya había perdido la mitad del apresto original.
Con la mano derecha extendida, apartó el vapor acumulado en la superficie fría del espejo, dibujando un círculo imperfecto para poder verse.
Se quedó mirando fija, analizando su rostro cansado tras otra jornada infinita en la ventanilla de la oficina de Correos.
Lentamente, bajó la vista hacia su pecho, deslizando las manos por debajo del tejido grueso de la bata con una parsimonia casi ritual.
Se palpó con delicadeza, sopesando el volumen ausente, recordando cómo cambian los cuerpos cuando se cruza la barrera de los cuarenta años.
Sergio entró en el baño sin llamar, arrastrando sus zapatillones de felpa gris y buscando desesperadamente el cortauñas en el cajón de plástico.
Llevaba el pantalón del chándal descolorido y una camiseta de propaganda de una marca de cemento que usaba para andar por casa.
—Vero, ¿tú has visto dónde ha dejado el niño el puñetero cortauñas, que parece que en esta casa las cosas tienen patas? —preguntó él sin levantar la cabeza.
Vero no se movió, ni se sobresaltó por la intrusión, manteniendo los ojos clavados en su propio reflejo desvaído.
—El mes que viene me hago el aumento de pecho, Sergio —soltó ella, con una voz tan plana y decidida que pareció congelar el ambiente.
—Ya tengo la cita cerrada con el cirujano en la clínica esa de postín que hay cerca de la Castellana.
Sergio se quedó petrificado, con la mano derecha metida a medias en el cajón, rodeado de botes de laca viejos y muestras de colonia caducadas.
El zumbido del fluorescente pareció aumentar de volumen en mitad del silencio repentino que se instaló en el habitáculo.
Dejó caer el tapón de una pasta de dientes que rodó por el suelo hasta chocar contra el borde del bidé con un tintineo sutil.
Se incorporó despacio, mirándola a través del espejo como si acabara de ver aparecer un fantasma en mitad de su cuarto de baño.
—¿El aumento de qué, Vero? —preguntó él, parpadeando con la lentitud de un animal que intenta asimilar un concepto demasiado complejo.
—De pecho, Sergio, de tetas, para que me entiendas claro de una santa vez —replicó ella, dándose la vuelta para mirarlo de frente.
Se cruzó de brazos sobre el pecho desinflado, reforzando la postura defensiva que delataba que llevaba meses rumiando la decisión en secreto.
Sergio soltó una risa nerviosa, de esas que salen cuando te dicen que te ha multado un radar de tráfico y piensas que es una broma de mal gusto.
—Pero qué dices, mujer, si tú no necesitas tocarte nada de nada —dijo él, intentando forzar una sonrisa conciliadora que no convenció a nadie.
—Estás perfecta como estás, de verdad te lo digo, con tus cosas y tus formas de toda la vida.
—Meterse en un quirófano por pura vanidad, con anestesia general y con señores vestidos de verde, es tirar el dinero y jugarse el tipo por una tontería.
—¿Vanidad, Sergio? —preguntó ella, clavándole una mirada que habría sido capaz de cortar el granito de la encimera del lavabo.
—Lo hago por mi autoestima, para verme bien yo cuando me mire al espejo por las mañanas antes de ir a currar.
—Para no sentir que me voy cayendo a pedazos mientras el mundo sigue girando a mi alrededor como si nada.
—Tu opinión en este tema, de verdad te lo digo con el corazón en la mano, es totalmente secundaria.
Sergio se frotó la nuca con la palma de la mano, haciendo un ruido áspero contra la barba de tres días que se le estaba quedando canosa.
Se apoyó contra el marco de la puerta del baño, dándose cuenta de que la conversación no era un capricho pasajero de los que se olvidan tras ver el telediario.
Parte 2: El desglose de la hucha común
La discusión se trasladó del baño al pasillo estrecho, ese espacio donde las alfombras pasilleras recordaban el rastro de quince años de matrimonio.
Sergio seguía los pasos de Vero, que caminaba hacia la cocina con la determinación de una general de infantería a punto de iniciar un asedio.
—Vamos a ver, Vero, hablemos con la cabeza fría y los números encima de la mesa de la cocina —pidió él, encendiendo la luz de la estancia.
—Una operación de esas características, en una clínica de la Castellana con cirujanos reputados, no baja de los seis mil euros del ala.
—¿De dónde pretendes sacar tú semejante cantidad de dinero en mitad de la cuesta de mayo y con la que está cayendo con la hipoteca?
Vero abrió la nevera, sacó un cartón de leche desnatada y lo dejó sobre la mesa de formica con un golpe seco que resonó en todo el piso.
—Está todo pensado, Sergio, que yo no tomo las decisiones a lo loco como tú cuando te compraste la bicicleta de montaña esa que está cogiendo polvo en el trastero —contraatacó ella.
—He hablado con la clínica y me ofrecen una financiación a sesenta meses sin intereses que se queda en una mensualidad perfectamente asumible para mi sueldo.
—Ciento veinte euros al mes, Sergio, eso es lo que cuesta mi tranquilidad mental y mi derecho a sentirme a gusto dentro de mi propio cuerpo.
—¡Ciento veinte euros al mes durante cinco años de tu vida, Vero! —exclamó él, echándose las manos a los bolsillos del chándal de forma dramática.
—Eso es lo que nos cuesta la letra del coche que todavía estamos pagando al concesionario oficial de la de la avenida de Portugal.
—Eso es el dinero que teníamos guardado para cambiar la correa de distribución del Ibiza, que está empezando a hacer un ruido sordo que da miedo arrancarlo por las mañanas.
—Para el Ibiza siempre hay presupuesto, Sergio, y para tus cenas de los viernes con los del fútbol tampoco falta nunca un billete de cincuenta en la cartera —replicó ella, cruzándose de brazos.
—Pero cuando se trata de algo que me afecta a mí, a mi salud emocional y a mi forma de verme, entonces resulta que estamos al borde de la quiebra absoluta.
Sergio se sentó en una de las sillas de la cocina, la que tenía el tapizado de plástico de cuadros que ya se estaba despegando por las esquinas.
Miró el cartón de leche desnatada como si buscara en la lista de ingredientes una explicación lógica a la transformación de su esposa.
—No es el dinero de las cañas, Vero, no mezcles churras con merinas que eso es demagogia barata de la buena —protestó él, bajando el tono de la voz.
—Es el riesgo físico real de meterse en un hospital por algo que no es una enfermedad, que no tienes un apéndice inflamado ni una muela picada.
—El otro día echaron un reportaje en la televisión, en ese programa de investigación que ponen los miércoles por la tarde, que daba pánico verlo.
—Hablaban de prótesis defectuosas que se rompían por dentro, de infecciones raras que se te metían en los tejidos y de chicas que se quedaban peor de lo que estaban.
—A mí me da miedo que te pase algo malo en ese quirófano, Vero, que eres la madre de mi hijo y la persona con la que comparto la cama todas las noches.
Vero suavizó la mirada por un instante, dándose cuenta de que detrás de la tacañería costumbrista de su marido también habitaba un miedo primario y sincero.
Sin embargo, volvió a recordar la sensación de vacío que sentía cada vez que se probaba un vestido en las rebajas del Zara, y la firmeza regresó a su rostro.
—El miedo es libre, Sergio, pero la tecnología médica ha avanzado muchísimo desde los tiempos en que ponían silicona industrial en los pisos francos —respondió ella, apoyándose en la encimera.
—El cirujano que me va a atender tiene más títulos que un gran de España y las prótesis tienen garantía de por vida contra cualquier tipo de rotura.
—Lo que me da verdadero pánico a mí es llegar a los cincuenta años sintiendo que nunca hice nada por mí misma, que me postergué siempre por el bien de la intendencia familiar.
Parte 3: El fantasma de las comparaciones
La noche cayó del todo sobre el barrio, tiñendo las persianas del patio interior de ese color naranja artificial que provocan las farolas del ayuntamiento.
El hijo de ambos, Javi, estaba encerrado en su cuarto con los cascos puestos, completamente ajeno al cisma estético que amenazaba el equilibrio de la casa.
Sergio se levantó de la silla de la cocina y empezó a dar paseos cortos por el espacio reducido, esquivando el cubo de la basura y el verdulero de plástico.
—¿Y qué le vas a decir a tu madre, Vero? —preguntó él, sacando a relucir el arma pesada de la diplomacia familiar.
—Ya sabes cómo es la Puri con estas cosas de la modernidad y la cirugía estética, que se va a pasar tres meses diciendo que te has vuelto una frívola.
—Se va a poner a llorar en mitad de la comida del domingo, diciendo que en sus tiempos las mujeres honestas se conformaban con lo que les había dado la naturaleza.
Vero soltó una risa seca, una de esas ráfagas sonoras que demostraban que la opinión de su progenitora ya había pasado el correspondiente filtro de la indiferencia.
—Mi madre se operó de las varices el año pasado por la sanidad privada porque no quería esperar la lista de espera de la Seguridad Social, Sergio —recordó ella de inmediato.
—Y bien que se gastó los ahorros de la cartilla en ponerse unas medias de compresión elástica de diseño italiano para lucir pierna en el paseo marítimo de Benidorm.
—Así que de frivolidades que no me venga a dar lecciones nadie en esta familia, que aquí cada uno se gasta los cuartos en lo que le sale de la peineta.
—No es lo mismo las varices que las lolas, Vero, que las varices duelen y dificultan la circulación de la sangre por las arterias —se defendió él, buscando una distinción médica improvisada.
—A mí me duele el alma cada vez que me pongo el sujetador de relleno y veo que dentro no hay nada más que pellejo y recuerdos de la época de la lactancia, Sergio —soltó ella, sin ningún tipo de tapujo.
La crudeza de la frase dejó a Sergio sin capacidad de réplica inmediata, obligándole a mirar sus propias zapatillas grises con una fijeza inusitada.
Se dio cuenta de que había estado ciego ante un complejo que se había ido alimentando en silencio, noche tras noche, al otro lado de la cama de matrimonio.
—¿Es por mí, Vero? —preguntó él en voz baja, con un deje de vulnerabilidad que rara vez asomaba entre sus quejas por el precio del gasoil.
—¿Es porque sientes que ya no te miro como antes, o porque piensas que me fijo en las chicas esas que salen en los anuncios de las redes sociales?
Vero suspiró hondamente, se acercó a él y le puso una mano en el hombro, con un gesto que mezclaba el afecto de los años compartidos con la distancia del veredicto tomado.
—Te lo he dicho al principio, Sergio, pero parece que te cuesta retener la información si no va acompañada de un gráfico de fútbol —dijo ella con una sonrisa triste.
—Esto lo hago por mí, por mi propia autoestima, para recuperar una seguridad que sentí que perdí en algún momento entre el pañal del niño y la ventanilla de Correos.
—Si tú me miras más o menos es asunto tuyo, pero la persona que tiene que convivir con este cuerpo las veinticuatro horas del día soy yo, nadie más.
Parte 4: El veredicto del quirófano doméstico
El silencio que siguió a las palabras de Vero fue de esos que pesan más que una losa de mármol de cantera gallega.
Sergio miró el sobre con el folleto de la clínica que ella había dejado olvidado sobre el microondas, mostrando la foto de una mujer sonriente y perfecta.
Se dio cuenta de que la batalla estaba perdida desde antes de empezarla, y de que oponerse solo serviría para levantar un muro insalvable en el pasillo de la casa.
Caminó hacia la encimera, cogió el bote de Cola-Cao y preparó dos vasos de leche caliente con la parsimonia de quien asume una derrota histórica con dignidad.
Le tendió uno de los vasos a su mujer, rozando sus dedos con un contacto breve que sirvió para rebajar la electricidad estática de la cocina.
—Ciento veinte euros al mes, has dicho, ¿no? —preguntó él, dando un sorbo corto que le dejó un bigote blanco sobre el labio superior.
—Ciento veinte euros justos, Sergio, ni un céntimo más ni un céntimo menos, que ya está todo presupuestado con el IVA incluido —confirmó ella, tomándose el vaso entre las manos.
—Pues habrá que quitarse de comprar el pan de masa madre ese que traen de la tahona del centro, que cuesta un ojo de la cara, y volver al de la gasolinera —propuso él con un intento de humor de barrio.
Vero esbozó una sonrisa de verdad, de las que iluminaban los ojos y hacían que el cansancio de la oficina de Correos desapareciera por unos instantes.
—El pan de la gasolinera está más duro que la rodilla de una cabra, Sergio, pero haré el sacrificio por el bien de la economía familiar —aceptó ella, dándole un empujón cariñoso con el codo.
Ambos se quedaron mirando por la ventana de la cocina, viendo cómo el vecino del bloque de enfrente intentaba aparcar su coche en un hueco imposible entre dos contenedores de reciclaje.
La gran incógnita seguía flotando sobre la mesa de formica, una pregunta que traspasaba las paredes de aquel piso de Alcorcón y se instalaba en el corazón de muchas parejas de la España contemporánea.
Cuando los años pasan, los cuerpos cambian y los complejos se instalan en el dormitorio principal como un inquilino molesto que no paga alquiler.
¿Qué es lo verdaderamente correcto y maduro que debe hacer un miembro de la pareja ante una decisión de tal calibre estético y financiero?
¿Se debe apoyar incondicionalmente la decisión de gastarse miles de euros en cirugía estética por una cuestión de puro respeto a la autonomía del otro y a su salud emocional?
¿O es lícito mantener la resistencia numantina hasta el final, entendiendo que el dinero común y la seguridad física del ser amado están por encima de cualquier deseo de renovación frente al espejo del cuarto de baño?