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La revelación del espejo

Parte 1: La revelación del espejo

El cuarto de baño del piso de Alcorcón olía a una mezcla densa de gel de ducha de lavanda y al limpiasuelos de pino de marca blanca.

La bombilla fluorescente sobre el espejo del lavabo parpadeó tres veces antes de quedarse encendida, emitiendo un zumbido sordo y constante.

Era una luz implacable, de esas que no perdonan una ojera, ni una cana, ni el paso del tiempo grabado en la piel.

Vero estaba de pie frente al cristal empañado, vestida con su bata de boatiné de color azul marino que ya había perdido la mitad del apresto original.

Con la mano derecha extendida, apartó el vapor acumulado en la superficie fría del espejo, dibujando un círculo imperfecto para poder verse.

Se quedó mirando fija, analizando su rostro cansado tras otra jornada infinita en la ventanilla de la oficina de Correos.

Lentamente, bajó la vista hacia su pecho, deslizando las manos por debajo del tejido grueso de la bata con una parsimonia casi ritual.

Se palpó con delicadeza, sopesando el volumen ausente, recordando cómo cambian los cuerpos cuando se cruza la barrera de los cuarenta años.

Sergio entró en el baño sin llamar, arrastrando sus zapatillones de felpa gris y buscando desesperadamente el cortauñas en el cajón de plástico.

Llevaba el pantalón del chándal descolorido y una camiseta de propaganda de una marca de cemento que usaba para andar por casa.

—Vero, ¿tú has visto dónde ha dejado el niño el puñetero cortauñas, que parece que en esta casa las cosas tienen patas? —preguntó él sin levantar la cabeza.

Vero no se movió, ni se sobresaltó por la intrusión, manteniendo los ojos clavados en su propio reflejo desvaído.

—El mes que viene me hago el aumento de pecho, Sergio —soltó ella, con una voz tan plana y decidida que pareció congelar el ambiente.

—Ya tengo la cita cerrada con el cirujano en la clínica esa de postín que hay cerca de la Castellana.

Sergio se quedó petrificado, con la mano derecha metida a medias en el cajón, rodeado de botes de laca viejos y muestras de colonia caducadas.

El zumbido del fluorescente pareció aumentar de volumen en mitad del silencio repentino que se instaló en el habitáculo.

Dejó caer el tapón de una pasta de dientes que rodó por el suelo hasta chocar contra el borde del bidé con un tintineo sutil.

Se incorporó despacio, mirándola a través del espejo como si acabara de ver aparecer un fantasma en mitad de su cuarto de baño.

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