Durante la década de 1960, el mundo entero cayó rendido ante los pies de la “Beatlemanía”. Cuatro jóvenes de Liverpool cambiaron el rumbo de la cultura popular y de la música para siempre. Sin embargo, detrás de las sonrisas perfectas, los trajes a juego y los estadios abarrotados, se escondía una realidad mucho más amarga para uno de sus integrantes. George Harrison, nacido el 25 de febrero de 1943 en un barrio obrero de Liverpool, fue durante años el miembro sistemáticamente ignorado, minimizado y relegado dentro de su propia agrupación.

Desde muy joven, Harrison demostró una devoción casi mística por la guitarra. Fue Paul McCartney quien lo introdujo al círculo de John Lennon en un autobús de línea. En aquel entonces, con apenas 14 años, Lennon lo consideraba simplemente un “mocoso” sin la madurez necesaria para formar parte de su proyecto musical, los Quarryman. No obstante, la destreza del joven Harrison con las cuerdas y su amplio repertorio de acordes de rock and roll terminaron por convencer a Lennon. Así, el chico flaco y callado se convirtió en una pieza fundamental de la banda que más tarde reescribiría la historia de la música: The Beatles.
A medida que el fenómeno global crecía, la prensa se encargó de asignar roles arquetípicos a cada miembro: Lennon era el líder rebelde y ácido; McCartney, el genio melódico y carismático; Ringo Starr, el baterista simpático y entrañable; y George fue bautizado como “el Beatle silencioso”. Este apodo no solo reflejaba su timidez ante los micrófonos de los reporteros, sino también la sofocante dinámica interna en la que se encontraba atrapado. John y Paul habían consolidado una de las sociedades de composición más poderosas y egocéntricas de la historia, dejando prácticamente sin espacio al talento emergente de Harrison. En cada nuevo álbum, la dupla Lennon-McCartney se autoasignaba la inmensa mayoría de los temas, permitiendo que George incluyera únicamente una o dos canciones, y eso solo si corría con buena suerte.
El cajón de los genios rechazados
La exclusión de Harrison no se debía en absoluto a una falta de calidad en sus composiciones, sino al descomunal tamaño de los egos de sus compañeros. Durante años, George vio cómo composiciones brillantes que más tarde se transformarían en clásicos absolutos de la música popular eran descartadas con desdén en las sesiones de grabación. Piezas magistrales impregnadas de su naciente fascinación por la filosofía hinduista y los nuevos sonidos, como “Art of Dying”, fueron rechazadas para el aclamado álbum Revolver. Del mismo modo, la bellísima e introspectiva “Isn’t It a Pity” sufrió el mismo destino, quedando archivada en el olvido temporal.
Incluso temas de la envergadura de “All Things Must Pass” y “Not Guilty”, esta última grabada exhaustivamente durante las tensiones del Álbum Blanco, fueron desechadas en el último momento por la dupla dominante. La frustración acumulada por Harrison era inmensa: poseía un arsenal creativo rebosante de originalidad, pero se topaba de frente con una pared que dictaminaba que sus obras no daban la talla para el estándar de la banda.
A pesar del boicot interno, el talento de George era una fuerza de la naturaleza imposible de contener. En 1968, harto de que sus aportaciones no se tomaran en serio, invitó a su íntimo amigo Eric Clapton a tocar la guitarra principal en “While My Guitar Gently Weeps”. La presencia de un músico externo de ese calibre obligó a Lennon y McCartney a prestar atención, dando luz a uno de los cortes más emotivos y excelsos del Álbum Blanco.
El golpe definitivo de autoridad creativa llegó en 1969 con el lanzamiento de Abbey Road. En este último esfuerzo de estudio conjunto, Harrison entregó dos de las gemas más relucientes de todo el catálogo Beatle: “Here Comes the Sun” y “Something”. Esta última fue tan impactante que el mismísimo Frank Sinatra la describió públicamente como “la mejor canción de amor de los últimos cincuenta años”. Incluso sus eternos censores tuvieron que rendirse ante la evidencia: Lennon admitió que era el mejor tema de todo el disco y McCartney la reconoció como la obra cumbre de George. Sin embargo, el reconocimiento llegó demasiado tarde. Aunque “Something” fue editada como un sencillo de doble cara A junto a “Come Together”, supuso la única canción de Harrison promocionada como single en toda la trayectoria oficial de la banda. La ruptura era inminente.

La explosión de la independencia y el triunfo absoluto
Las sesiones del proyecto Let It Be, a principios de 1969, se convirtieron en un hervidero de hostilidad. McCartney intentaba dirigir cada aspecto del grupo de manera dictatorial, Lennon se distanciaba cada vez más bajo el influjo de su relación con Yoko Ono, y Harrison, cansado de ser tratado como un músico de sesión de segunda categoría, tomó una decisión radical: se levantó, abandonó el estudio y dejó plantada a la banda más grande del planeta. Aunque regresó semanas después bajo la promesa de una mayor equidad en el reparto de temas, la estructura interna de The Beatles ya estaba completamente muerta por dentro.
Cuando la separación oficial se anunció con bombos y platillos en abril de 1970, el planeta entero se sumió en un luto colectivo. No obstante, para George Harrison, el final de The Beatles significó un profundo y liberador suspiro de alivio. Por primera vez en más de una década, era dueño absoluto de su destino musical. Ya no tenía que suplicar por un espacio en un vinilo ni someter su arte al escrutinio de dos jueces implacables. Tenía un cajón repleto de canciones maestras acumuladas y maduradas durante años de censura, listas para ver la luz.
Apenas dos meses después de la ruptura, Harrison entró a los icónicos estudios de Abbey Road flanqueado por el legendario y controvertido productor Phil Spector. Para la grabación, George no estuvo solo; convocó a una constelación de músicos amigos de primer nivel, incluyendo a Ringo Starr, Eric Clapton, Billy Preston, Klaus Voormann y Gary Wright. Lo que aconteció en esas sesiones no fue simplemente la grabación de un debut como solista, sino una auténtica y monumental declaración de independencia artística.
El 27 de noviembre de 1970, el mundo recibió All Things Must Pass. En un movimiento inaudito y ambicioso para la época, Harrison editó un álbum triple, inundando el mercado con toda la música que se le había prohibido compartir. La reacción de la crítica especializada fue de absoluto asombro. Los periodistas musicales no podían dar crédito a lo que escuchaban; el denominado “Beatle silencioso” poseía un universo creativo mucho más rico, vasto y maduro de lo que nadie se había atrevido a imaginar. El álbum escaló de inmediato en las listas de popularidad, asentándose durante siete semanas consecutivas en el número uno del Billboard 200 en los Estados Unidos.
El éxito comercial de All Things Must Pass supuso un golpe directo al ego de sus antiguos compañeros, llegando a vender más copias que el álbum debut de McCartney e incluso superando al icónico Imagine de John Lennon. La envidia no tardó en manifestarse: Lennon, visiblemente molesto, criticó inicialmente el formato triple del disco y se burló de la portada, comparando el aspecto de Harrison con el de un músico asmático. Sin embargo, en la intimidad y de cara a los editores de los medios, John tuvo que reconocer la superioridad de la obra de George por encima de los trabajos de Paul. El alumno marginado había superado con creces a sus antiguos maestros.
El nacimiento de un himno celestial y la tragedia del juicio por plagio
Dentro de ese océano de canciones extraordinarias que daban forma al álbum triple, se alzaba una composición única que Harrison había comenzado a esbozar casi por accidente en diciembre de 1969, en una habitación de hotel en Copenhague. En medio de una gira junto al dúo Delaney & Bonnie y Eric Clapton, George se apartó de una conferencia de prensa, tomó su guitarra acústica y comenzó a experimentar con una fusión espiritual sin precedentes. Decidió entrelazar de manera armónica las palabras “Aleluya”, de tradición judeocristiana, con el canto místico de “Hare Krishna”, uniendo de este modo el pensamiento occidental y el oriental en una sola plegaria pop.
Curiosamente, en un principio, Harrison no planeaba interpretar la canción él mismo y le cedió el tema a su amigo Billy Preston. No fue sino hasta que Phil Spector lo convenció del potencial descomunal de la pieza que George decidió registrarla con su propia voz, desplegando toda la potencia sonora del característico “Muro de Sonido” en el estudio. El lanzamiento de “My Sweet Lord” como el primer sencillo de All Things Must Pass provocó un terremoto cultural de dimensiones globales. La canción se posicionó en el número uno en los mercados de Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania, Canadá, Noruega y los Países Bajos, convirtiéndose en el single más vendido de todo el año 1971 en territorio británico.
Con esta hazaña, George Harrison se coronaba como el primer ex-Beatle en conseguir un éxito número uno en solitario. No fue la genialidad de Lennon ni la astucia comercial de McCartney la que conquistó la cima del mundo en primera instancia; fue el chico que alguna vez fue considerado un estorbo en el estudio.
