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TANIA La Guerrillera — La MUJER Que AMABA al Che y MURIÓ Por Él — 50 Años Después La VERDAD

 

Mi nombre es Ulises Estrada. Tengo 82 años y sé que me quedan pocos días. Por eso, antes de irme debo contar una historia que guardé durante 50 años. Una historia sobre una mujer que el mundo recuerda como espía, como guerrillera, como mito. Pero yo la conocí como algo más peligroso.

 La conocí como una mujer enamorada. Su nombre era Tamara Bunke, pero todos la llamaban Tania. Y en 1966 yo cometí el error más grande de mi vida. La envié a Bolivia para proteger a Chegevara. Lo que no sabía entonces era que Tania no elegía misiones, elegía corazones. Y cuando tu corazón elige al hombre equivocado en el momento equivocado, el mundo entero puede desmoronarse.

Pero antes de contarte cómo murió Tania, debo contarte quién era realmente, porque esa es la parte que nadie sabe. La parte que todos olvidaron era 1963, Berlín Este, headquarters del Ministerio para la seguridad del Estado, la estasi. Yo estaba allí como enlace de inteligencia cubana buscando agentes para operaciones en América Latina y entonces la vi por primera vez.

 Tamara Bunke tenía 26 años, cabello oscuro, peinado con precisión militar, ojos grises que no revelaban nada, postura perfecta, parecía una estatua de hielo, exactamente lo que necesitábamos. El oficial de la Stasi me entregó su expediente mientras ella esperaba en la sala contigua. Nacida en Buenos Aires, 1937. Padres alemanes, comunistas exiliados.

La familia regresó a Talemania Oriental en 1952, cuando Tamara tenía 15 años. Desde entonces, entrenamiento riguroso, idiomas, falsificación de documentos, técnicas de infiltración, resistencia psicológica. Nunca había fallado una prueba, nunca había mostrado debilidad, era perfecta. demasiado perfecta, pensé.

Entonces, cuando entró a mi oficina, lo primero que noté fue su silencio. No el silencio nervioso de los novatos, sino el silencio calculado de alguien que ha aprendido que cada palabra puede traicionarte. Me senté frente a ella y le expliqué la misión. Viajaría a Cuba, se entrenaría con nosotros, luego sería enviada a Bolivia con una identidad falsa.

 Su trabajo sería infiltrarse en círculos de poder, recopilar inteligencia, construir redes. Podían ser años, podía ser para siempre. Ella escuchó sin parpadear. Cuando terminé, solo hizo una pregunta. Veré a Ernesto Guevara. Ernesto, Noche, no, comandante Ernesto. Debía haberlo notado entonces esa pequeña fisura en su armadura de hielo, pero yo estaba demasiado ocupado evaluando su perfil operativo.

 Le dije que tal vez que Guevara viajaba mucho, que no había garantías. Ella asintió y dijo una sola palabra. Acepto. El oficial de la estasis sonrió satisfecho. Yo firmé los papeles y así, sin saberlo, puse en marcha una tragedia que destruiría una operación completa y mataría a la mujer más valiente que jamás conocí.

 Tania llegó a La Habana en 1964. La recuerdo bajando del avión. Vestida con un traje gris conservador sin una sola arruga. Llevaba una maleta pequeña. Años después supe que dentro de esa maleta había cinco pasaportes diferentes. Tres pelucas, dos juegos completos de documentos falsos y una fotografía. Una sola fotografía. Era de ella misma cuando era niña en Buenos Aires con su madre.

 La guardaba en un compartimento secreto. Nunca se la mostró a nadie. Pero una vez en Bolivia, un guerrillero la vio sacándola por la noche, besándola antes de volver a esconderla. Ese guerrillero me lo contó años después y me dijo algo que nunca olvidé. Dijo, “Tania era una mujer que no sabía quién era, por eso necesitaba tantos nombres falsos.

 Buscaba uno que la hiciera sentir real. Durante dos años entrenamos a Tania en Cuba. Le enseñamos códigos cubanos, tácticas de guerrilla urbana, métodos de extracción de emergencia, pero ella ya sabía casi todo. Lo que realmente hacíamos era borrar sus huellas. Tania la alemana tenía que desaparecer. En su lugar nació Laura Gutiérrez Bauer, etnomusicóloga argentina, especialista en folclore boliviano.

 La historia de Laura era perfecta. Nacida en Buenos Aires de padres inmigrantes, educada en Europa, ahora investigando música indígena para un proyecto académico. Era una tapadera brillante porque combinaba algo de verdad. Tania realmente amaba la música. En las noches, después del entrenamiento, la escuchábamos tocar guitarra en su cuarto.

 Canciones folkóricas alemanas, tangos argentinos, melodías andinas. Era lo único que hacía sin máscara. Fue durante ese tiempo cuando Tania vio a Chegueevara de nuevo. Digo de nuevo porque descubrí mucho después que ellos ya se habían encontrado una vez. Brevemente en 1961 durante un evento oficial en La Habana. Che estaba dando un discurso y Tania estaba entre la multitud.

 Sus ojos se cruzaron por un segundo. Che sonríó. Eso fue todo. Un segundo. Una sonrisa. Pero para Tania fue el momento que definiría el resto de su vida. En 1966, cuando Cheya estaba planeando su expedición a Bolivia, yo llamé a Tania a mi oficina. Era junio, recuerdo el calor sofocante de la Habana. Ella entró con su habitual compostura, pero noté algo diferente.

 Una tensión en sus hombros, una luz en sus ojos que no había visto antes. Le expliqué la misión. Chegevara iría a Bolivia a iniciar un foco guerrillero. Ella iría primero, se establecería en La Paz, construiría una red, se infiltraría en la alta sociedad boliviana cuando Che llegara. Ella sería sus ojos y oídos en la ciudad. Sería su enlace, su apoyo logístico, su línea de vida. Tania escuchó todo en silencio.

Cuando terminé, hizo la misma pregunta que había hecho 3 años antes en Berlín. Lo veré esta vez. Fui honesto. Sí, le dije, “Probablemente, pero él nunca sabrá que estás allí. Serás un fantasma.” Ella asintió lentamente. Y entonces, por primera vez en 3 años vi algo en su rostro. No puedo describirlo exactamente.

 No era alegría, no era miedo. Era como si después de años de buscar finalmente hubiera encontrado su propósito o tal vez su condena. Tania partió hacia Bolivia en noviembre de 1966. El día que se fue me dio un sobre sellado. Dijo, “Ulises, si algo me pasa, abre esto, pero solo si estoy muerta.” Lo guardé en mi cajón y nunca volví a pensar en él.

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