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La Viuda que Discutía con el Vecino Equivocado

En un pequeño pueblo perdido entre las colinas verdes del campo inglés, donde las ovejas parecían más tranquilas que las personas, y el mayor entretenimiento consistía en descubrir quién había roto la cerca de quién. Existía una rivalidad que mantenía viva a toda la comunidad. Lady Eleanor Wmore, viuda desde hacía 5 años, tenía apenas 28 años, una paciencia peligrosamente corta y la desafortunada costumbre de discutir constantemente con su vecino.

Vivía sola en Rose Cotic, una elegante casa rodeada de rosales salvajes, caminos embarrados y un jardín que jamás conseguía mantener intacto gracias a las invasiones frecuentes de ciertas gallinas mal educadas que pertenecían a Arthur Penbroke, dueño de Black Farmy, según Eleanor, el hombre más insoportable de toda Inglaterra.

Arthur tenía 34 años, nunca se había casado y parecía disfrutar enormemente cada una de las discusiones que mantenía con ella. Alto, serio, testarudo y absurdamente atractivo, encontraba motivos para discutir por cualquier cosa, la cercas, los caminos, las ovejas, el barro y probablemente hasta por la dirección del viento, si este soplaba demasiado cerca de su propiedad.

Durante dos años completos, el pueblo entero había esperado cada nueva pelea entre ellos con el mismo entusiasmo con que otras personas esperaban las ferias de verano. Algunos vecinos incluso se detenían discretamente cerca del camino solo para escuchar los gritos, las amenazas exageradas de Eleanor y las respuestas tranquilas y desesperantemente divertidas de Arthur.

Y aunque ninguno de los dos lo habría admitido jamás, aquellas discusiones comenzaban a parecerse peligrosamente a una costumbre de la que ninguno quería desprenderse. Capítulo 1. La guerra de las gallinas. La mañana había comenzado demasiado tranquila y eso, en opinión de Lady Eleanor Wmore, casi siempre significaba que algo horrible estaba a punto de suceder.

El cielo gris cubría las colinas del campo inglés con una neblina ligera. Las ovejas pastaban detrás de las cercas de piedra y el pequeño pueblo de Asbourne despertaba lentamente entre el sonido de las campanas de la iglesia y el olor a pan recién horneado que escapaba de la panadería de la señora Finch.

Eleanor estaba de pie en medio de su jardín, observando con absoluto horror como tres enormes gallinas blancas destruían sus rosales con el entusiasmo de pequeños demonios emplumados. Una de ellas incluso había conseguido arrancar varias flores y ahora caminaba orgullosamente con un pétalo colgando del pico. Ella cerró los ojos un instante, respiró profundamente y contó mentalmente hasta cinco para intentar conservar la poca dignidad que todavía le quedaba. No funcionó.

Arthur Penroke gritó con tanta fuerza que varias aves salieron volando de un árbol cercano. Apenas unos segundos después apareció él al otro lado de la cerca, caminando con una calma irritante, como si no existiera ninguna emergencia y como si sus animales no estuvieran destruyendo el trabajo de semanas enteras.

Alto, ancho de hombros y con el cabello oscuro, ligeramente despeinado por el viento, Artur llevaba las mangas arremangadas y tenía manchas de barro en las botas. Parecía absurdamente tranquilo para un hombre que estaba a punto de ser asesinado con una pala de jardinería. “Buenos días, Lady Whmore”, dijo con total serenidad.

“Qué voz tan encantadora para comenzar la mañana.” Eleanor lo miró indignada. “Sus gallinas están otra vez en mi jardín.” Arthur dirigió una breve mirada hacia los rosales destruidos y luego hacia las culpables que continuaban paseándose tranquilamente entre las flores. Veo que han venido de visita. No están de visita. Están arrasando mi jardín.

Una de las gallinas saltó directamente sobre un arbusto recién podado. Eleanor señaló la escena con expresión dramática. Mire eso y mire cómo destruyen todo. Artur observó a la gallina durante un momento antes de encogerse ligeramente de hombros. Creo que esa en particular siente una fuerte pasión por la jardinería. Voy a cocinarla.

No puede amenazar a mis gallinas tan temprano en la mañana. Puedo y lo haré. Arthur cruzó los brazos claramente entretenido, y aquello solo consiguió irritarla todavía más. Desde hacía dos años discutían prácticamente por todo. Primero había sido una cerca mal colocada, después unas ovejas, luego un árbol que, según Arthur, estaba demasiado inclinado hacia su propiedad y según Eleanor, simplemente existía donde había nacido.

Ninguno recordaba exactamente cuando comenzó aquella guerra absurda, pero todo el pueblo la seguía con verdadero entusiasmo. De hecho, mientras Eleanor continuaba fulminando a Arthur con la mirada, dos ancianos acababan de detenerse discretamente junto al camino para observar la discusión. Ella los vio inmediatamente.

No se queden ahí mirando. Claro que no, Milady, respondió uno de ellos sin moverse un solo centímetro. Arthur tosió para esconder una sonrisa. ¿Está riéndose de mí?, preguntó Eleanor. Intentaba no hacerlo, pues está fracasando miserablemente. Arthur finalmente abrió la pequeña puerta de la cerca y entró al jardín para intentar atrapar a las gallinas, aunque parecía tomarse la misión con una lentitud desesperante.

Eleanor lo siguió de cerca, protestando sin pausa mientras él intentaba perseguir a la más grande, que evidentemente había decidido convertir aquella situación en un juego. Si supiera controlar sus animales, esto no estaría ocurriendo. Son gallinas Eleanor, no soldados entrenados. No me llame Eleanor. Entonces, deje de llamar a mis animales bestias infernales.

La gallina escapó nuevamente entre las piernas de Arthur y Eleanor soltó una exclamación triunfal. Ni siquiera le obedecen a usted. Eso es porque sienten su hostilidad. Ella abrió mucho los ojos. Ahora las gallinas tienen emociones delicadas. Por supuesto, esta está particularmente ofendida. Antes de que Eleanor pudiera responder, una de las aves saltó directamente hacia ella y la obligó a retroceder torpemente sobre el barro húmedo.

Su pie resbaló de inmediato y durante un instante horrible estuvo completamente segura de que terminaría caída entre las rosas destruidas. Pero Arthur reaccionó antes, la sujetó rápidamente de la cintura y evitó que cayera al suelo, aunque eso los dejó demasiado cerca el uno del otro, demasiado cerca para una discusión normal.

Eleanor levantó la mirada y se encontró con los ojos oscuros de Artura apenas centímetros de distancia. Él seguía sosteniéndola firmemente mientras el viento agitaba algunos mechones sueltos del cabello de ella. Por un segundo, el jardín quedó extrañamente silencioso hasta que una gallina decidió picotear el vestido de Eleanor.

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