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ENCARNA SÁNCHEZ: LOS SECRETOS OSCUROS QUE LA LOCUTORA SE LLEVÓ A SU DESENLACE

Cada no era gasolina para su motor interno. Se cuenta que en aquellos años oscuros, mientras caminaba por la Gran Vía, viendo los carteles luminosos de las estrellas de la época, murmuraba para sí misma: “Algún día todos vosotros vendréis a pedirme favores. Algún día seré yo quien decida quién entra y quién sale.” Pero Madrid en los años 60 era un coto cerrado y Encarna con su estilo agresivo y su falta de padrinos molestaba, molestaba mucho.

Sus comentarios en la radio cuando conseguía algún minuto en antena eran demasiado afilados para el régimen. No se callaba y eso en aquella España de silencio obligado era peligroso. Tanto que tuvo que tomar una decisión radical, una decisión que cambiaría su vida para siempre. hizo las maletas de nuevo, pero esta vez para cruzar el océano. Se fue a América.

un exilio voluntario o quizás forzado por las circunstancias. Eso nunca quedó del todo claro. Aterrizó primero en República Dominicana y luego en México. Y fue allí, en la tierra de las telenovelas y el drama desbordante, donde Encarna Sánchez se transformó definitivamente. América le enseñó lo que España no pudo, el espectáculo.

Allí entendió que la radio y la televisión no eran solo para informar, eran para emocionar, para agitar, para crear héroes y villanos. En México, Encarna dejó de ser la chica tímida de Almería y se convirtió en una diva. Aprendió a maquillarse, a vestirse con pieles, a moverse con arrogancia y lo más importante, aprendió a hacer dinero, mucho dinero.

Sus programas en la televisión mexicana fueron un éxito rotundo, pero aquí empiezan las sombras más densas de su biografía. Se rumorea, y digo, se rumorea porque los papeles oficiales desaparecieron misteriosamente, que sus amistades en México llegaban hasta las esferas más altas y peligrosas del poder. Se hablaba de relaciones cercanas con políticos corruptos, con empresarios de dudosa reputación.

Encarna se movía en fiestas donde el champán corría a ríos y donde se cerraban tratos que no podían ver la luz del día. Allí amasó su primera gran fortuna. Ya no era la niña pobre, ahora tenía joyas, tenía chóer, tenía servidumbre, pero también tenía algo nuevo en su mirada, una frialdad calculadora. había descubierto que todo, absolutamente todo, tenía un precio y ella por fin tenía la cartera llena para pagarlo.

Sin embargo, a pesar del éxito, del sol caribeño y del lujo, Encarna miraba hacia el otro lado del Atlántico. Su obsesión no era México. Su obsesión era volver a España. Volver para restregarle su éxito en la cara a todos los que la humillaron, volver para ser la reina en su propia tierra y esperó el momento perfecto.

El momento llegó en 1978. Franco había partido de este mundo hacía poco. España estaba en plena transición. Era un país efervescente, confuso, ábido de nuevas voces. Y ahí, como una depredadora que huele la sangre, apareció en Carna Sánchez. Regresó a Madrid, pero ya no llegó en tren con una maleta de cartón.

Llegó en primera clase con abrigos de visón y una actitud de emperatriz. Consiguió un hueco en la franja nocturna de la radio. Un horario que todos consideraban menor, un horario para perdedores. Nadie escucha la radio a esa hora, le dijeron los directivos. Pobres ilusos, no sabían con quién estaban tratando.

Encarna se sentó frente al micrófono de Radio Miramar primero y luego de la Cope y obró el milagro. No hizo un programa de política cesuda ni de cultura elevada. Hizo algo mucho más inteligente y maquiabélico. Le habló directamente a la soledad. Le habló a la señora que estaba en la cocina friendo empanadillas mientras su marido veía el fútbol sin dirigirle la palabra.

Le habló a la viuda que tejía en el salón. Le habló al camionero que cruzaba la meseta de noche. Usó un lenguaje directo, populista, a veces vulgar, pero tremendamente efectivo. Creó la mesa camilla y España entera cayó rendida a sus pies. Pero no se equivoquen, no era solo carisma, era poder. Encarna empezó a darse cuenta de que su micrófono era un arma de destrucción masiva.

Un comentario suyo podía hacer que una obra de teatro fracasara. Una crítica suya podía hundir la carrera de un cantante. Y los políticos, ay, los políticos, empezaron a temerla porque en Carna no tenía filtros. Si un ministro no le gustaba, lo destrozaba en directo sin piedad. Y así la niña de carboneras se convirtió en la mujer más influyente de la comunicación en España.

Su despacho en la cadena COPE se transformó en un búnker, un lugar donde se peregrinaba para pedir favores, para pedir perdón o para pedir clemencia. El dinero entraba a raudales, comisiones publicitarias millonarias, regalos de empresarios que buscaban su protección. Pero había una paradoja cruel en todo esto, mientras millones de personas la escuchaban cada noche, mientras su cuenta bancaria no paraba de crecer.

Encarna Sánchez cenaba sola. Imaginen la escena. Un piso de lujo en la moraleja, decorado con un gusto recargado, lleno de antigüedades y obras de arte. El servicio doméstico se retiraba y allí quedaba ella, la mujer que hacía temblar al gobierno, sentada en un sofá inmenso, rodeada de silencio.

Tenía pánico a la soledad, pero al mismo tiempo era incapaz de confiar en nadie. Veía traidores en todas partes. Pensaba que todos se acercaban a ella por su dinero o por su influencia. Y triste y cínicamente tenía razón en la mayoría de los casos. Sus miedos se convirtieron en paranoyas. Dormía con una pistola bajo la almohada, dicen las malas lenguas, o al menos con medidas de seguridad extremas.

tenía miedo a que le robaran, miedo a envejecer, miedo a perder su voz, pero su mayor miedo, el terror que la paralizaba, era que descubrieran su verdadera naturaleza, porque Encarna, bajo esa fachada de mujer dura, conservadora y defensora de la familia tradicional, escondía un corazón que latía por lo prohibido. En una España que aún señalaba con el dedo a quien se salía de la norma, Encarna vivía su afectividad en las sombras.

Buscaba compañeras, buscaba esa amistad íntima que llenara su vacío existencial. tuvo varias relaciones, sí, protegidas por el más absoluto secretismo, mujeres que pasaban por su vida como fantasmas, bien pagadas, bien vestidas, pero obligadas a ser invisibles. Hasta que un día el destino, ese guionista macabro, decidió cruzar su camino con el de otra mujer marcada por la tragedia.

Una mujer joven, hermosa, con una voz que desgarraba el alma y que acababa de sufrir la pérdida más terrible que se puede imaginar en una plaza de toros. Isabel. El encuentro entre estas dos mujeres estaba escrito en las estrellas o quizás en el infierno, porque lo que estaba a punto de nacer entre ellas no era una simple colaboración profesional, era el inicio de una simbiosis que sacudiría los cimientos de la prensa rosa y que acabaría en una guerra sin cuartel.

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