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¡ABATEN a DIRIGENTE de MORENA en CHIHUAHUA; HARFUCH TIENE a MARU CAMPOS en LA MIRA!

La dirigente de Morena en el municipio de Valle de Allén de Chihuahua, María Lucía Mora, fue asesinada ayer a balazos cuando llegaba a su domicilio. Noticia de última hora. Un par de sicarios atacaron brutalmente a Lucía Guadalupe Mora Ávalos, dirigente de Morena en Chihuahua. No olvides este detalle, ya que Lucía fue una de las personas más vocales en contra de la gobernadora Maru Campos.

La joven dirigente fue abatida la noche del 12 de mayo en Valle de Allende de Chihuahua. No fue un ajuste de cuentas improvisado, no es un crimen pasional, fue una ejecución con protocolo y Omar García Harf, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, desenterró los detalles que la Fiscalía de Chihuahua no ha querido pronunciar en voz alta.

Lucía Guadalupe Mora Ávalos. Tenía 53 años. Daba clases en preescolar por las mañanas y organizaba casillas electorales por las tardes. La llamaban piña en el municipio. Era la coordinadora municipal de Morena en uno de los estados más calientes del país y la noche que la mataron llevaba consigo un cuaderno con nombres.

Pero hay algo que los noticieros no te van a contar. Dos armas distintas en una misma ejecución no es coincidencia, es firma, es protocolo de célula. Alguien los envió, alguien los esperaba, alguien los sacó del municipio antes de que llegara la primera patrulla. Y esa pregunta, ¿quién dio la orden? ¿Tienen nombre en los archivos de Harfch? Pero hay algo que los noticieros no te van a contar.

Valle de Allende no aparece en los mapas del turismo, aparece en los mapas del crimen organizado. Es un municipio en la zona sur de Chihuahua, donde el polvo de las calles de terracería huele a tierra seca y a gasolina barata, donde las noches caen rápido y las luces de las farmacias son el único punto de referencia en cuadras enteras de oscuridad.

Es el tipo de lugar donde todo el mundo se conoce y nadie habla. En ese municipio, Lucía Guadalupe Mora Ávalos era una figura que no pasaba desapercibida. Había construido su presencia durante años. Primero como maestra de preescolar que conocía a las familias por nombre, después como operadora política que convertía esa confianza en estructura territorial.

En Morena los cuadros como Lucía no se improvisan, se cultivan. Ella sabía qué colonia necesitaba un gestor, qué familia tenía un problema con el agua, qué vecino podía mover 20 votos si alguien lo escuchaba primero. Pero en las semanas previas al 12 de mayo, el estado de Chihuahua había entrado en una tormenta política de proporciones que pocos entendían desde afuera.

Morena había lanzado una ofensiva directa contra la gobernadora María, María Eugenia Campos Galván, Maru Campos, acusándola de permitir la operación de agentes de la CIA en territorio chihuahüense. No era un rumor de pasillo, era una acusación con nombre, con fecha, consecuencias diplomáticas potenciales y Lucía en la zona sur del estado.

Era uno de los cuadros que estaban documentando y movilizando la base territorial. En ese contexto, alguien decidió que eso era demasiado y entonces llegó el dato que lo cambió todo. Lo que ningún noticiero ha conectado todavía es esto. El asesinato de Lucía Guadalupe Mora no ocurrió en el vacío político. Ocurrió en el momento exacto en que la presión sobre Chihuahua llegaba a su punto más alto.

Y eso no es una coincidencia que Harfuch está dispuesto a ignorar. Para entender por qué Lucía estaba en esa camioneta esa noche, hay que retroceder tres semanas. Porque la cadena de errores que la llevó a la calle Benito Juárez no comenzó el 12 de mayo, comenzó cuando decidió hacerse visible. Error uno. Tres semanas antes del operativo, cuando Morena activó su ofensiva contra Maru Campos por el escándalo de los agentes extranjeros, Lucía tomó una decisión que en su momento pareció exactamente correcta. subió su perfil, organizó

reuniones en Valle de Allende, convocó a la base, documentó irregularidades en la zona sur del estado y las reportó hacia arriba en la estructura del partido. Para una militante con ambiciones de crecer dentro de Morena, era el momento perfecto para demostrar lealtad y capacidad.

Lo que Luciano sabía era que esa visibilidad la convirtió en el eslabón más débil y más accesible de toda la cadena. En zonas de disputa territorial como la zona sur de Chihuahua, el crimen organizado no necesita infiltrar el partido, solo necesita saber quién se está moviendo, con quién habla y a qué hora sale. Y Lucía acababa de ponerle nombre y rostro a su propia operación.

Detente un segundo aquí porque lo que sigue es peor. Error 2. Muerte. Para coordinar las acciones de su estructura con mayor discreción, Lucía comenzó a usar un número telefónico secundario. No estaba registrado a su nombre. Lo consideró una medida de seguridad razonable en un contexto político tenso. En su lógica, separar las comunicaciones era separar los riesgos. Fue su segundo error.

Ese número fue detectado al cruzar registros de actividad en torres de comunicación en la zona sur de Chihuahua. La inteligencia que lo identificó no necesitó mucho tiempo. El patrón de movimiento de Lucía quedó mapeado en menos de 48 horas. Sus rutas, sus horarios, sus contactos más frecuentes. Según fuentes cercanas a la investigación federal, ese número ya estaba siendo monitoreado desde el jueves 8 de mayo, 4 días antes de que la mataran.

Lo que Lucía no sabía era que la discreción que creyó haber comprado con ese teléfono era completamente ilusoria. Cada llamada era una coordenada. Cada mensaje era una actualización de su posición. Error 3. La noche del 12 de mayo. Esa noche Lucía salió con su esposo sin escolta, sin avisar a nadie en la estructura del partido.

El destino era una farmacia cercana, posiblemente de su propiedad. Según algunos reportes en la calle Benito Juárez, un movimiento de rutina en un municipio donde llevaba años viviendo. Valle de Allende era su territorio. Lo conocía de memoria. Creyó que eso la hacía segura. Los dos hombres que abordaron su camioneta Honda HRV azul ya sabían a qué hora saldría, sabían en qué vehículo iría, sabían a qué dirección se dirigía.

La rutina que Lucía consideró su escudo fue el mapa que sus asesinos siguieron hasta ella. Ese tercer error fue lo último que calculó mal, porque esa noche ya había alguien esperándola. A las 21:47 horas del martes 12 de mayo, vecinos de la colonia Nicolás Fernández en Valle de Allende llamaron al 911. Habían escuchado detonaciones, no sabían cuántas, no sabían de dónde exactamente.

En municipios como este, el sonido de las balas viaja diferente de noche, rebota en las paredes de Adobe, se pierde entre los perros que ladran, llega distorsionado a los oídos de quien llama temblando al teléfono. Cuando los elementos de la Agencia Estatal de Investigación llegaron a la calle Benito Juárez, la camioneta Honda HRV azul ya estaba quieta.

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