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El recuento de los agravios

Parte 1: El recuento de los agravios

El ventilador de torre de la marca Taurus giraba de izquierda a derecha con un quejido sordo.

Era un sonido rítmico, casi hipnótico, que recordaba al de un faro costero en una noche de tormenta seca.

Cada vez que el chorro de aire pasaba por el centro del salón, los billetes de veinte euros sobre la mesa de centro se estremecían.

David ponía la mano encima de inmediato, como si temiera que el dinero fuera a cobrar vida propia y a salir volando por la ventana del patio interior.

Marta lo observaba desde el extremo opuesto del sofá, con los brazos cruzados y una pierna cruzada que se agitaba con un tic nervioso.

El salón olía a lo que huelen las casas del centro de Madrid a mediados de mayo: una mezcla de asfalto caliente, suavizante de la colada del vecino y el guiso de lentejas que se resistía a abandonar las cortinas.

David humedeció el dedo pulgar con un poco de saliva, un gesto que a Marta siempre le había parecido de contable de película en blanco y negro.

—Cincuenta, cien, ciento cincuenta… —murmuraba él, en un susurro apenas audible.

La luz de la tarde entraba de perfil por la persiana mal bajada, dibujando rayas horizontales de polvo flotante sobre su calva incipiente.

Marta soltó un bufido que interrumpió el sagrado cómputo de la liquidez familiar.

—Todos los meses la misma historia, David —dijo ella, con una voz que arrastraba el cansancio de ocho horas de oficina.

—Todos los meses te sientas ahí como si fueras el tío Gilito reuniendo el botín del mes.

David no levantó la cabeza, pero sus dedos se detuvieron sobre un billete de diez euros ligeramente arrugado en una esquina.

—No empieces, Marta, por lo que más quieras, que hoy he tenido un día de perros en la delegación —pidió él, intentando mantener la calma.

—No, si la que no quiere empezar soy yo, de verdad te lo digo —replicó ella, enderezando la espalda.

—Pero es que veo ese fajo sobre la madera y se me abren las carnes, de verdad.

—Todos los meses le mandas dinero a tus padres, David.

—¿Es que esta casa no tiene gastos, o es que nosotros vivimos del aire de la sierra?

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