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El Guardián del Gran Pajonal: La Alianza Sagrada del Niño Huérfano y el Despertar de la Selva Asháninka

El Guardián del Gran Pajonal: La Alianza Sagrada del Niño Huérfano y el Despertar de la Selva Asháninka

Don Laureano: Quédate aquí en las ruinas de este viejo aserradero abandonado, Benjamín; el aire denso de la selva central de Satipo calmará tu rebeldía mientras yo me encargo de regularizar los títulos de las plantaciones de café que tu difunto padre te dejó.

Benjamín: Tengo muchísimo miedo de las serpientes y de los jaguares que rugen en el monte, tío Laureano; no me dejes solo en este galpón oscuro donde la neblina de la montaña cubre los árboles gigantes al caer la tarde.

Don Laureano: Tu padre ya no está para cumplir tus caprichos y ahora soy yo quien maneja los negocios de la madera; aprende a sobrevivir con lo que encuentres en esta espesura hasta que decida regresar por ti.

Benjamín: (Viendo alejarse la mula de su tío entre el fango del sendero) Madre mía, tú que me cuidas desde los altares dorados del cielo, dale calor a mis manos y no permitas que la soledad destruya mi corazón en esta selva verde.

Kipatsi: Tus sollozos interrumpen el vuelo del guacamayo en las ramas altas del bosque sagrado, pequeño niño de los valles bajos; la tristeza consume la energía que tu cuerpo necesitará para soportar las tormentas de la madrugada.

Benjamín: ¡Por favor, no me hagas daño con tu lanza de cacería, señor de la montaña! Mi tío Laureano me dijo que los asháninkas eran guerreros feroces que atacaban a los niños extranjeros que cruzaban sus fronteras naturales.

Kipatsi: Las palabras de tu pariente están llenas del fango de la mentira y de la ambición; mi nombre es Kipatsi, que significa tierra en la lengua de mis abuelos, y vine a ofrecerte un trozo de yuca asada y agua fresca.

Benjamín: (Tomando el alimento con sus manos temblorosas) Esta comida ha devuelto la fuerza a mi cuerpo y ha calentado mi pecho; gracias por no dejarme desamparado en este suelo cubierto de raíces centenarias.

Kipatsi: Este aserradero perteneció a un hombre sabio que cultivaba la tierra sin dañar los árboles sagrados; te enseñaré a encontrar los frutos comestibles y a extraer el agua limpia de las lianas ocultas.

Benjamín: Quiero aprender a caminar sobre el fango sin hacer ruido como lo hace tu gente, Kipatsi; ya no quiero volver al pueblo donde mi tío me golpeaba y ocultaba los documentos de mi herencia legítima.

Kipatsi: La selva de Satipo es una maestra exigente que premia la paciencia y castiga la soberbia de los hombres; si escuchas el murmullo de los ríos, comprenderás que los espíritus protectores nunca te dejarán solo.

Benjamín: He memorizado las primeras expresiones de hermandad en la lengua de tus ancestros, Kipatsi; mañana quiero ayudarte a recolectar las semillas de cacao silvestre para guardarlas en los cestos que tejimos ayer.

Don Laureano: (Regresando tres lunas después con una mirada cargada de avaricia y desprecio) ¡Qué clase de humillación es esta! El heredero de los mayores terrenos cafetaleros conviviendo con los recolectores de la selva alta.

Kipatsi: Caballero, su presencia contamina la pureza de este horizonte verde; usted abandonó a esta pequeña criatura para apoderarse de los cultivos que le pertenecen por derecho de sangre familiar y leyes humanas.

Don Laureano: ¡Cállate, indio del monte! Cuando las autoridades del pueblo se enteren de que estás reteniendo a mi sobrino, vendrán con los soldados armados a desalojar todos estos terrenos comunales de la montaña.

Benjamín: ¡No permitas que amenace a Kipatsi, tío Laureano! Él me dio la comida y el poncho que tú me negaste, y todo el pueblo sabrá que falsificaste el testamento original de mi difunto padre antes de desterrarme aquí.

Don Laureano: (Levantando su fusta de montar con una furia descontrolada) Cállate la boca, niño insolente; pagarás muy caro este atrevimiento y terminarás encerrado en las bodegas oscuras de la fábrica vieja de la frontera.

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