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El Guardián de Misiones: El Eco de la Selva Paranaense y el Vínculo Oculto del Niño de la Tierra Roja

El Guardián de Misiones: El Eco de la Selva Paranaense y el Vínculo Oculto del Niño de la Tierra Roja

Don Amancio: Quédate aquí en las ruinas de este viejo barbacuá de yerba mate, Tomás; el aire denso de la selva de Misiones calmará tu rebeldía mientras yo administro de forma legal todas las tierras que tu difunto padre te dejó.

Tomás: Tengo muchísimo miedo de las tormentas tropicales y de los yaguaretés que rugen en el monte, tío Amancio; no me dejes solo en este galpón abandonado donde la humedad del río Paraná cala los huesos al caer la noche.

Don Amancio: Tu padre ya no está para cumplir tus caprichos y ahora soy yo quien maneja los secaderos de hoja; aprende a sobrevivir con lo que encuentres en este monte espeso hasta que decida regresar por ti.

Tomás: (Viendo alejarse el carruaje de su tío entre el fango del camino) Madre mía, tú que me cuidas desde los altares dorados del cielo, dale calor a mis manos y no permitas que la soledad destruya mi corazón en esta selva roja.

Kuarahy: Tus sollozos interrumpen el vuelo del tucán en las ramas altas de la selva sagrada, pequeño niño de los valles bajos; la tristeza consume la energía que tu cuerpo necesitará para soportar los insectos y la densa humedad de la madrugada.

Tomás: ¡Por favor, no me hagas daño con tu lanza de cacería, señor del monte! Mi tío Amancio me dijo que los guaraníes eran hombres salvajes que perseguían a los niños extranjeros que cruzaban sus fronteras naturales.

Kuarahy: Las palabras de tu pariente están llenas del fango de la mentira y la ambición; mi nombre es Kuarahy, que significa sol en la lengua de mis abuelos, y vine a ofrecerte un trozo de chipá fresco y agua limpia.

Tomás: (Tomando el alimento con sus manos temblorosas) Este pan de almidón ha devuelto la fuerza a mi cuerpo y ha calmado mi garganta seca; gracias por no dejarme desamparado en este suelo cubierto de hojas y barro.

Kuarahy: Este viejo secadero perteneció a un anciano sabio que cultivaba la yerba mate con respeto; te enseñaré a encontrar los frutos comestibles del monte y a extraer el agua limpia de las vertientes ocultas en la roca.

Tomás: Quiero aprender a caminar sobre la tierra roja sin hacer ruido como lo hace tu gente, Kuarahy; ya no quiero volver al pueblo donde mi tío me golpeaba y ocultaba los documentos de mi herencia legítima.

Kuarahy: La selva de Misiones es una maestra exigente que premia la paciencia y castiga la soberbia de los hombres; si escuchas el murmullo de los saltos de agua, comprenderás que los espíritus de la tierra nunca te dejarán solo.

Tomás: He memorizado las primeras expresiones de hermandad en la lengua de tus ancestros, Kuarahy; mañana quiero ayudarte a recolectar las hojas verdes del monte para guardarlas en los cestos de mimbre que tejimos.

Don Amancio: (Regresando tres lunas después con una mirada cargada de avaricia y desprecio) ¡Qué clase de humillación es esta! El heredero de los mayores yerbatales de la provincia conviviendo con los recolectores de la selva alta.

Kuarahy: Caballero, su presencia contamina la pureza de este horizonte verde; usted abandonó a esta pequeña criatura para apoderarse de los cultivos que le pertenecen por derecho de sangre familiar y leyes humanas.

Don Amancio: ¡Cállate, indio del monte! Cuando las autoridades del puerto se enteren de que estás reteniendo a mi sobrino, vendrán con los soldados armados a desalojar todos estos terrenos comunales de la selva.

Tomás: ¡No permitas que amenace a Kuarahy, tío Amancio! Él me dio la comida y el poncho que tú me negaste, y todo el pueblo sabrá que falsificaste el testamento original de mi difunto padre antes de desterrarme aquí.

Don Amancio: (Levantando su fusta de montar con una furia descontrolada) Cállate la boca, niño insolente; pagarás muy caro este atrevimiento y terminarás encerrado en las bodegas oscuras de la fábrica vieja de la frontera.

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