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El líder llegó en una caravana de lujo al rancho humilde del expresidente… y al ver su coche viejo soltó: “¿Así vive alguien que tuvo tanto poder?”

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II.

Los siguientes días pasaron como cualquier otro. Funcionarios de protocolo intentaron sugerir pequeños cambios: arreglar la entrada, esconder herramientas, ordenar mejor la casa, preparar una recepción más formal. Mujica rechazó todo.

—Si viene a conocer a Pepe Mujica, que conozca a Pepe Mujica tal como es.

La mañana de la visita amaneció limpia y fresca. Pepe se levantó temprano, se puso su ropa de trabajo y salió a la huerta. A las 11:00 a.m. en punto, una caravana de tres vehículos negros apareció por el camino de tierra.

El contraste era brutal. Los autos brillaban bajo el sol frente a la casa sencilla, junto al viejo Volkswagen Beetle de 1987 que Mujica usaba para moverse. Del vehículo central bajó Fidel Castro, ya mayor, pero todavía con esa presencia imponente que imponía respeto. Vestía su tradicional verde olivo, adaptado a un estilo más sobrio. Lo acompañaban asistentes, un médico personal y el embajador cubano.

Mujica lo esperaba en la entrada, junto a Lucía y Manuela.

—Compañero Mujica —saludó Castro, extendiendo la mano.

—Bienvenido a mi casa, presidente Castro —respondió Pepe, estrechándole la mano con firmeza—. Esta es Lucía Topolanski, senadora de la República y, más importante todavía, mi compañera de vida.

Después de los saludos, entraron a la casa. Castro intentó disimular, pero su rostro lo delató. Sus ojos recorrieron las paredes viejas, la cocina humilde, el refrigerador antiguo, los muebles gastados y los libros que ocupaban cada espacio disponible.

—Así que esta es la famosa casa del presidente más austero del mundo —comentó.

—Es simplemente mi casa —respondió Mujica—. No necesito más para ser feliz.

Lucía sirvió mate y explicó el ritual al visitante cubano. Castro lo probó con cautela. Al principio hablaron de política regional, de América Latina, de viejas luchas revolucionarias. Pero era evidente que Fidel no podía dejar de mirar alrededor. Aquella casa lo desconcertaba.

Finalmente, señaló por la ventana el viejo Volkswagen estacionado afuera.

—Compañero, debo preguntarlo. ¿Cómo puede un jefe de Estado moverse en un coche tan viejo? En Cuba creemos que la seguridad y el prestigio de un líder requieren ciertos estándares.

Mujica miró el auto y se encogió de hombros.

—Ese escarabajo tiene más de 30 años y todavía funciona. ¿Para qué cambiar lo que sirve?

Luego sonrió con picardía.

—Además, si alguien quisiera secuestrarme en ese coche, no llegaría muy lejos. Es tan lento que los alcanzarían enseguida.

Los presentes rieron, aunque la risa de Castro parecía mezclada con incredulidad. Para él, el poder siempre había estado ligado a símbolos, imagen, seguridad y presencia institucional. Ver a un expresidente vivir como un campesino lo sacudía más de lo que esperaba.

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