El tintineo de una cucharilla de acero inoxidable contra el borde de una taza de loza marrón resonaba con la cadencia de una tortura medieval en el interior de la cafetería.
El Bar El Ancla no había renovado su mobiliario desde la victoria de la selección española en el Mundial de Sudáfrica.
El suelo de gres lucía ese brillo aceitoso tan característico de los locales que limpian la barra con el mismo trapo que usan para los servilleteros.
Un aroma denso a porras recién fritas y a café torrefacto flotaba en el ambiente, pegándose a la ropa como un perfume de bajo coste.
Marcos sujetaba el asa de su taza de café con leche con la punta de los dedos, temiendo que el calor del líquido elemento terminara por derretir el plástico del azucarero vecino.
Elena permanecía sentada justo enfrente de él, inmóvil en su silla de skay verde que emitía un leve crujido cada vez que ella cambiaba el peso del cuerpo.
Tenía la mirada fija en el azulejo de la pared donde se anunciaba el menú del día por once euros con cincuenta céntimos.
La tensión entre ambos era tan evidente que incluso el camarero, un señor calvo con un chaleco negro descolorido, había decidido retrasar la entrega del pincho de tortilla para no quedar atrapado en el fuego cruzado.
Elena retiró la vista del cartel de las raciones y clavó sus ojos oscuros directamente en el puente de la nariz de Marcos.
—No paso por el aro de que te vayas al cine a solas con tu ‘amiguita’ de toda la vida, Marcos, de verdad que no paso.
La frase salió de su boca con una nitidez absoluta, sobreponiéndose al ruido de la máquina tragaperras que celebraba un premio menor al fondo del local.
Marcos tragó saliva, sintiendo que el sorbo de café que acababa de ingerir se transformaba en una bola de cemento de secado rápido en mitad de la garganta.
Se ajustó el cuello de su chaqueta de entretiempo, intentando adoptar la postura de un abogado internacional ante el Tribunal de La Haya.
—Pero si es como mi hermana, Elena, por el amor de Dios, que nos conocemos desde que compartíamos los lápices de colores en el colegio público de San Nicasio.
—Si hubiera querido tener algo con Lucía, si de verdad existiera la menor atracción física o metafísica entre nosotros, ya habría pasado hace quince años.
—Ese es el argumento más sobado, inútil y tramposo de la historia de las infidelidades masculinas, mi amor —replicó ella con una sonrisa gélida.
—El roce hace el cariño, Marcos, y el hombre y la mujer, por mucho que digan los pódcasts modernos sobre la deconstrucción del género, en el fondo nunca son solo amigos.
—Estás cayendo en un reduccionismo biológico digno de un documental de la National Geographic sobre el apareamiento de los ciervos en el Pirineo.
—No es reduccionismo, es pura observación de la realidad urbana de este país, donde los cines están llenos de amigos de toda la vida que terminan compartiendo el piso de alquiler.
Elena cruzó los brazos sobre el pecho, haciendo que el bolso de imitación de piel que colgaba de su silla oscilara peligrosamente.
Marcos miró la hora en su reloj de pulsera, un modelo digital que había comprado en una oferta de liquidación de Amazon y que siempre corría tres minutos de más.
Eran las cuatro y cuarto de una tarde de sábado que amenazaba con convertirse en un pifostio monumental de dimensiones bíblicas.
Sentía que el cerebro le empezaba a patinar por culpa de la digestión del menú del día y de la falta de un descanso sólido en las últimas cuarenta y ocho horas.
Su cuerpo, sabio y perezoso a partes iguales, comenzó a emitir unas señales de alarma que reclamaban una retirada táctica del campo de batalla.
La discusión sobre la amistad platónica con Lucía estaba alcanzando un nivel de sofisticación retórica que superaba por completo sus capacidades intelectuales del fin de semana.
—Necesito salir de aquí, Elena, el humo de la freidora me está provocando una cefalea tensional en la zona occipital izquierda.
—Lo que te está provocando la cefalea no es la freidora, Marcos, es el miedo a que te desmonte la teoría del amigo neutro con tres preguntas bien dirigidas.
—Te juro que veo lucecitas de colores flotando sobre la cafetera exprés y que las rodillas me tiemblan de una forma espantosa.
—Vámonos a casa y allí, con el ordenador delante y las cuentas del mes claras, seguimos analizando tu agenda de contactos de la infancia.
Marcos se levantó de la silla de skay con la urgencia de un preso que escucha el anuncio de un indulto de última hora.
Dejó un billete de cinco euros arrugado sobre la mesa, justo al lado del plato de los azucarillos vacíos, y enfiló la salida del local.
Caminaron por la acera de la avenida de la Albufera bajo un sol de justicia que derretía el asfalto de los pasos de peatones.
El trayecto hasta el piso de alquiler fue un calvario de silencios compartidos y miradas de reojo que incrementaban la tensión cómica de la jornada.
Al cruzar el umbral de la vivienda, el frescor relativo del pasillo pareció otorgar a Marcos la oportunidad perfecta para ejecutar su plan de evacuación mental.
Un plan que consistía, fundamentalmente, en tumbarse en el sofá del salón a simular un desvanecimiento biológico para evitar responder a las preguntas de Elena.
PARTE 2
El salón del inmueble los recibió con esa atmósfera estancada típica de los pisos que permanecen cerrados durante las horas centrales del día.
Marcos avanzó hacia el sofá de tres plazas con la determinación de un soldado que se aproxima a la última trinchera disponible en el frente.
Aquello no iba a ser una simple cabezadita de aficionado, sino una operación de alta ingeniería doméstica diseñada para salvar su matrimonio de la quiebra.
Antes de proceder al desplome físico, Marcos inició la liturgia obligatoria de los preparativos pre-siesta, un protocolo que ejecutaba con precisión prusiana.
Primero, se despojó de la chaqueta de entretiempo y la colgó en el respaldo de una silla con un cuidado exagerado para no provocar arrugas en el tejido.
Luego, caminó hacia el ventanal que daba a la calle residencial y bajó la persiana de plástico verde hasta dejar exactamente cuatro rendijas de luz ambiental.
La penumbra resultante transformó el salón en un búnker de aislamiento sensorial, protegido de los gritos de los niños que jugaban al fútbol en la plaza de abajo.
Buscó en el cajón inferior del mueble del televisor su accesorio fetiche para las grandes crisis existenciales: el antifaz de satén que compró en una farmacia de guardia.
Se descalzó las zapatillas de deporte con la ayuda del talón del pie contrario, dejando los zapatos perfectamente alineados junto al revistero de mimbre.
Se tumbó a lo largo del sofá, acomodando la parte posterior del cráneo en el cojín de chenilla que Marta había bordado durante el confinamiento.
Desbloqueó la pantalla de su teléfono inteligente para activar la famosa alarma de los quince minutos de energía limpia.
—Quince minutos clavados —murmuró para su propio capote, intentando convencer a los duendes de su conciencia de su alta productividad.
—Un reseteo rápido de las conexiones interneuronales para limpiar la carbonilla del estrés y luego le aclaro a Elena lo de Lucía con argumentos sólidos.
Deslizó el pulgar por la interfaz digital y fijó la alarma para las cuatro y cuarenta y cinco minutos de la tarde, seleccionando un timbre que imitaba el canto de un jilguero.
Para evitar que el silencio de la estancia le hiciera dar vueltas a la cabeza sobre el precio de la cesta de la compra, seleccionó un pódcast de divulgación.
Era un archivo de audio de tres horas sobre la logística del suministro de grano en el puerto de Ostia durante el reinado del emperador Claudio.
La voz del narrador, una mezcla de locutor de radio de los años setenta y profesor de instituto cansado, empezó a brotar del altavoz del móvil.
Marcos se colocó el dispositivo electrónico sobre el esternón, entrelazó los dedos de las manos encima de la tripa y cerró los párpados.
El mecanismo del autoengaño conyugal se puso en marcha con la suavidad de un motor híbrido de última generación automovilística.
Se repetía a sí mismo que no se estaba durmiendo, que aquello era simplemente una meditación guiada sobre el comercio del trigo en el Lacio.
Que en cuanto el jilguero digital cantara en la pantalla, él se levantaría con la mente fresca para limpiar el polvo de las estanterías del pasillo.
Sin embargo, el emperador Claudio apenas había terminado de firmar el decreto de ampliación de los muelles cuando el cerebro de Marcos sufrió un colapso general.
Los barcos cargados de cereal de Alejandría se mezclaron en sus sueños con la imagen de Lucía prestándole un bolígrafo de cuatro colores en el año 2004.
La respiración del durmiente abandonó la cadencia rítmica de la vigilia para transformarse en un ronquido sordo que hacía vibrar las lamas del parqué.
El tiempo en el salón entró en una dimensión elástica donde las leyes de la física cuántica parecían aplicarse a la duración de los minutos domésticos.
PARTE 3
Las cuatro y cuarenta y cinco llegaron a la pantalla del móvil con la misma discreción con la que avanza el segundero de un reloj de estación de tren.
El jilguero virtual comenzó a emitir sus trinos digitales desde el pecho de Marcos, pero el sonido fue amortiguado por la manta polar que se había echado por encima.
Marcos extendió un brazo mecánico, un apéndice de carne y hueso que actuaba por pura inercia evolutiva, y deslizó el dedo para silenciar el aviso.
No abrió los ojos ni un solo milímetro; su conciencia se limitó a registrar el estímulo acústico como una molestia menor en mitad del puerto de Ostia.
El pódcast continuó su andadura histórica, detallando los problemas de corrupción entre los recaudadores de impuestos de la provincia de Asia Menor.
Elena entró en el salón a las cinco y cuarto de la tarde, sosteniendo una taza de té de manzanilla con dos terrones de azúcar moreno.
Se detuvo en mitad de la alfombra de pelo corto, observando la silueta de su prometido con una expresión que oscilaba entre el desprecio y la curiosidad forense.
—Ahí lo tenemos —dijo en voz baja, asegurándose de que el tono de su voz no fuera suficiente para romper el hechizo del sueño profundo.
—El gran defensor de la amistad moderna entre hombres y mujeres, fulminado por una infusión de manzanilla y media hora de historia romana.
Se acercó a la mesa baja y depositó la taza con un movimiento milimétrico, evitando que el líquido se derramara sobre la revista del corazón.
Se fijó en el rostro de Marcos, que quedaba parcialmente visible bajo el antifaz de satén negro que se le había torcido hacia el pómulo derecho.
La costura del cojín de chenilla le había practicado una serie de surcos geométricos en la piel de la mejilla que parecían el mapa del metro de Barcelona.
Elena se cruzó de brazos y se sentó en el sillón individual de mimbre, dispuesta a ejercer de testigo de Cargo en el juicio de la siesta eterna.
El sol de la tarde madrileña fue declinando sobre los tejados de los edificios de enfrente, proyectando sombras alargadas que devoraban el espacio del salón.
Una moto de reparto de comida a domicilio aceleró en la calle trasera, provocando un estruendo que hizo ladrar al perro de la vecina del tercero.
Marcos ni se movió; se limitó a cambiar el peso del cuerpo hacia el lado izquierdo, adoptando una postura que recordaba a un feto de grandes dimensiones.
El teléfono móvil seguía emitiendo la voz del historiador, que ahora explicaba los disturbios civiles provocados por la escasez de aceite de oliva en el año 51.
Elena miró el reloj de la pared del comedor, cuyas agujas marcaban ya las seis y media de la tarde con una indiferencia casi insultante.
Aprovechó el estado de inconsciencia civil de su pareja para coger el dispositivo móvil que se había escurrido del pecho de Marcos hasta el cojín.
La pantalla estaba bloqueada por el código de seguridad de seis dígitos que Marcos había configurado usando el año de nacimiento de su perro favorito.
Elena introdujo la combinación numérica con la soltura de quien introduce el PIN de la tarjeta de crédito en el cajero automático del barrio.
La aplicación de mensajería instantánea se abrió de inmediato, revelando un listado de conversaciones donde destacaba el nombre de Lucía en la parte superior.
El último mensaje de la amiga de toda la vida había sido enviado el viernes por la tarde a las siete y veintidós minutos.
Elena respiró hondo, sintiendo que el pulso se le aceleraba un punto antes de proceder a la lectura del texto que determinaría el futuro del fin de semana.
PARTE 4
La bombilla del techo del salón se encendió de golpe con un clic metálico que resonó en el cráneo de Marcos como el tañido de una campana de catedral.
La luz blanca de bajo consumo inundó la estancia de manera inmisericorde, agrediendo las pupilas del durmiente a través del satén del antifaz.
Marcos pegó un brinco sobre los muelles vencidos del sofá, desprendiéndose de la manta verde con un movimiento descoordinado de las piernas.
Se retiró el antifaz de la cara de un manotazo, descubriendo a Elena de pie junto al interruptor de la pared con el teléfono móvil en la mano derecha.
Tenía la visión borrosa, la boca seca con sabor a café torrefacto viejo y la firme convicción de haber sido abducido por una civilización alienígena.
—¿Qué… qué año es, Elena? Dime la verdad, que veo los muebles del salón de un color violeta muy extraño —consiguió articular entre dientes.
—Son las ocho y diez de la tarde de un sábado de gloria, Marcos, esa es la hora oficial que marca la realidad de esta casa.
—No puede ser, si yo había puesto la alarma del jilguero en quince minutos para hacer una parada técnica de regeneración celular.
—Tu jilguero ha cantado hace tres horas, mi amor, pero tú has decidido que la ornitología digital no iba contigo esta tarde y has seguido en el limbo.
—Te has metido una siesta de tres horas y media en mitad de una crisis de confianza sobre tus relaciones con las mujeres de tu infancia, un lince de la diplomacia.
Marcos se sentó en el borde del sofá, frotándose la mejilla derecha donde el relieve de la chenilla formaba ahora una cordillera de marcas tridimensionales.
—Esto es un boicot biológico, Elena, el menú del día tenía un exceso de carbohidratos complejos que me han alterado el ritmo circadiano de la tarde.
—Déjate de ritmos circadianos y de carbohidratos, Marcos, que he estado entretenida leyendo tu correspondencia virtual con la famosa Lucía.
Marcos sintió que el frío de la tarde madrileña le subía por los tobillos descalzos hasta el centro del estómago en cuestión de milisegundos.
—¿Has mirado mi WhatsApp, Elena? Eso atenta contra las directivas de la unión europea sobre el derecho a la intimidad de los trabajadores del estado.
—He mirado lo suficiente como para ver el mensaje donde Lucía te dice que el sábado por la tarde tiene libre para ir a mirar los cines de la cartelera del centro.
—Y también he visto tu respuesta, Marcos, donde le dices que tienes que camuflar la salida bajo el pretexto de ir a por una pieza del coche a San Martín de la Vega.
Marcos bajó la cabeza, asumiendo que la estrategia del autoengaño de la siesta corta le había costado la destrucción definitiva de su sistema de defensa judicial.
—A ver, Elena, déjame que te lo explique de forma racional antes de que llames a tu hermano el procurador de los juzgados de plaza de Castilla.
—Le iba a comprar un regalo sorpresa para su cumpleaños, que es el mes que viene, y quería que Lucía me acompañara porque ella tiene el mismo gusto estético que tú.
—Lo de San Martín de la Vega era para que no sospecharas nada del pifostio del regalo, te lo juro por la memoria de los fundadores del club de fútbol de Leganés.
Elena dejó caer el teléfono móvil sobre el cojín del sofá con un movimiento lento que denotaba una mezcla de alivio y cansancio burocrático.
Se sentó al lado de él, pasándole la mano por el pelo desordenado con una ternura que Marcos no esperaba recibir en lo que quedaba de año.
—Eres un imbécil de dimensiones internacionales, Marcos, un estratega de vía estrecha que se cree un agente secreto y no llega ni a cabo de la guardia urbana.
—Si me hubieras dicho la verdad desde el principio, nos habríamos ahorrado el dinero del menú del día del Ancla y las tres horas de ronquidos en el salón.
—La próxima vez que quieras comprarme un regalo, vas sola con tu tarjeta de crédito o le pides el favor a tu madre, pero a Lucía me la dejas en Carabanchel.
Marcos sonrió levemente, sintiendo que la marca del cojín en su pómulo derecho empezaba a desinflamarse gracias al fin de las hostilidades conyugales.
Se levantó del sofá para ir a la cocina a prepararse un vaso de agua del grifo, arrastrando las zapatillas de mimbre por el pasillo iluminado.
Mientras esperaba a que el líquido saliera lo suficientemente frío de la tubería vieja, miró su reflejo difuso en el azulejo blanco de la encimera.
Se hizo a sí mismo la gran pregunta existencial que la psicología de las parejas de la periferia metropolitana todavía no había conseguido responder con claridad.
En este mundo moderno de desconfianzas digitales, de grupos de WhatsApp que no se callan y de agendas de contactos llenas de fantasmas de la infancia, ¿existe la amistad pura entre un hombre y una mujer cuando uno de ellos tiene pareja?
Y sobre todo, se preguntó con una curiosidad científica insaciable si existía algún ciudadano en todo el territorio nacional capaz de dormir una siesta de quince minutos exactos sin alterar las leyes del espacio-tiempo de la jornada entera.