PARTE 1
Era un domingo de julio en el que el asfalto de Madrid parecía a punto de volverse líquido.
El sol caía a plomo sobre el capó del Seat León de Carlos.
El aire acondicionado del coche tosía.
No enfriaba, solo movía aire caliente de un lado a otro.
Carlos iba al volante.
Tenía la camisa pegada al respaldo.
Respiraba por la boca, como un perro viejo.
En el asiento del copiloto iba Laura.
Laura estaba espectacular.
Se había puesto un vestido de tirantes color mostaza.
Un vestido fresco, veraniego, ligero.
Ideal para sobrevivir a los cuarenta grados a la sombra.
El vestido dejaba los hombros al descubierto.
Y los brazos.
Especialmente el brazo derecho.
El brazo derecho de Laura no era un brazo cualquiera.
Era una declaración de intenciones.
Era un museo ambulante.
Desde el hombro hasta la muñeca, la piel estaba cubierta de tinta.
Tinta de primera calidad, colores vibrantes, sombras perfectas.
Una manga japonesa entera.
Había una carpa koi naranja brillante nadando a contracorriente.
Había flores de loto de un rosa furioso.
Había olas oscuras, profundas, delineadas con precisión quirúrgica.
Le había costado casi tres mil euros.
Y cuarenta horas de sufrimiento tumbada en una camilla.
Laura amaba su brazo.
Carlos amaba a Laura, y por extensión, amaba la carpa koi.
Pero hoy no iban a ver a los amigos de Carlos.
Hoy no iban a un festival de música indie.
Hoy iban a casa de Carmen.
Carmen era la madre de Carlos.
Carmen era, para Laura, “la suegra”.
Y Carmen tenía una misión vital ese domingo.
Una misión que llevaba planeando desde las Navidades pasadas.
La foto.
No una foto cualquiera hecha con un teléfono móvil.
No un selfi rápido con la mesa llena de migas.
La Foto.
Con mayúsculas.
La foto de familia definitiva.
La foto que iba a coronar el mueble boiserie del salón.
Ese mueble de madera de cerezo que ocupaba toda una pared.
Ese mueble lleno de copas de cristal de bohemia que nadie usaba jamás.
En el centro exacto de ese mueble había un hueco.
Un hueco estratégico.
Carmen había retirado un reloj de cuarzo espantoso para hacer sitio.
Había medido el espacio con una cinta métrica de costurera.
Setenta por cincuenta centímetros.
Allí iba a ir el marco de plata repujada que compró en El Corte Inglés.
Y dentro del marco, la familia.
Inmortalizada para siempre.
O al menos hasta que alguien se divorciara.
Carlos suspiró al volante mientras buscaba aparcamiento.
El barrio estaba a reventar.
Parecía que todo el mundo había decidido visitar a sus madres ese día.
—Cariño —dijo Carlos, sin apartar la vista del retrovisor—. ¿Seguro que no quieres ponerte una rebequita?
Laura giró la cabeza lentamente.
Lo miró por encima de sus gafas de sol oscuras.
—Carlos, estamos a treinta y nueve grados.
—Ya, ya lo sé, mi amor.
—Si me pongo una chaqueta, me da una lipotimia.
—Es solo para la foto.
—¿Me estás pidiendo que me tape el brazo?
El tono de Laura era peligrosamente calmado.
Ese tono que usan los artificieros antes de cortar el cable rojo.
Carlos tragó saliva.
—No, no, qué va, para nada, a mí me encanta el pez ese.
—Es una carpa koi, Carlos. Llevamos cinco años juntos.
—La carpa, la carpa, sí. Preciosa.
—Pero sabes que a tu madre le va a dar un parraque cuando la vea.
—Mi madre es… tradicional.
—Tu madre cree que estoy en una mara salvadoreña, Carlos.
Carlos encontró un hueco minúsculo entre dos furgonetas.
Metió el coche a base de maniobras bruscas.
Apagó el motor.
El silencio en el habitáculo duró un segundo.
—Solo te pido paciencia, Laura. Hoy viene el fotógrafo.
—¿Qué fotógrafo? ¿Ha contratado a un fotógrafo?
—Sí, a Fermín.
—¿Quién demonios es Fermín?
—El del estudio de la esquina de su calle. El que hace las fotos de comunión con palomas.
Laura se llevó una mano a la frente.
—Madre de Dios bendito.
—Por favor, Laura. Hoy no. Hoy hazlo por mí.
Laura miró a su novio.
Vio la desesperación en sus ojos.
Carlos odiaba los conflictos.
Carlos prefería tragarse un puñado de arena antes que discutir con su madre.
Laura suspiró.
—No me voy a tapar, Carlos. No voy a fingir ser alguien que no soy.
—Vale, vale, no te tapes. Pero al menos… ponte de perfil.
—¿De qué perfil?
—Del perfil izquierdo. El que no tiene escamas.
Laura soltó una carcajada seca.
Abrió la puerta del coche.
El calor de la calle la golpeó en la cara como un secador encendido.
—Vamos, valiente —dijo ella—. Afrontemos nuestro destino.
Caminaron hacia el portal.
El edificio era de ladrillo visto, típico de los años ochenta.
El ascensor olía a ambientador de pino barato y a tortilla de patatas.
Alguien en el tercero estaba cocinando.
Laura empezó a sudar.
No por el calor.
Por la tensión anticipatoria.
Llegaron al cuarto derecha.
La puerta tenía una mirilla dorada y una chapa que decía “Familia García”.
Carlos tocó el timbre.
El timbre sonó con la melodía del “Para Elisa”.
Tardaron diez segundos en escuchar pasos al otro lado.
Pasos rápidos, enérgicos, de zapatillas de andar por casa golpeando el parqué.
La puerta se abrió de golpe.
Allí estaba Carmen.
Llevaba un vestido camisero impecable.
Llevaba perlas en las orejas.
Tenía el pelo recién salido de la peluquería, moldeado con laca resistente a huracanes.
Olía a laca Elnett y a colonia Álvarez Gómez.
—¡Hijo mío! —exclamó Carmen, abriendo los brazos.
Carlos se inclinó y le dio dos besos sonoros.
—Hola, mamá. Qué guapa estás.
Carmen sonrió, satisfecha.
Luego desvió la mirada hacia la derecha.
Sus ojos escanearon a Laura en un microsegundo.
Empezó por los zapatos de esparto.
Subió por las piernas desnudas.
Pasó por el vestido mostaza.
Y entonces, sus pupilas se detuvieron bruscamente.
El radar de Carmen había detectado la anomalía.
La carpa koi pareció devolverle la mirada desde el brazo de Laura.
La sonrisa de Carmen se congeló.
Fue un milisegundo de terror absoluto.
Como si hubiera visto un gremlin comiendo después de medianoche en su recibidor.
Pero Carmen era una profesional del disimulo castizo.
Recuperó la compostura casi al instante.
—Hola, Laura, hija. Pasa, pasa.
Laura se acercó y le dio dos besos.
—Hola, Carmen. Qué buen olor viene de la cocina.
—He hecho paella —dijo Carmen, sin apartar la vista del brazo—. Para celebrar el gran día.
—Qué bien —dijo Laura, fingiendo naturalidad.
Entraron al pasillo.
El piso era un santuario del orden.
No había ni una mota de polvo.
Los cojines del sofá del salón estaban colocados con escuadra y cartabón.
En la esquina del sofá estaba sentado Paco.
Paco era el padre de Carlos.
Paco tenía unos cascos puestos y estaba viendo el tenis en la televisión.
Paco no se enteraba de nada.
Paco era el hombre más feliz del mundo en ese preciso instante.
—¡Papá! —gritó Carlos.
Paco levantó la mano sin mirar.
—Nadal va ganando —gritó Paco, con la voz excesivamente alta de los que llevan cascos.
—Paco, haz el favor de apagar eso, que ya ha llegado Fermín —dijo Carmen.
Laura se giró sorprendida.
—¿Ya está aquí el fotógrafo?
—En la terraza, montando el chiringuito ese de las luces —respondió Carmen.
Carmen caminó hacia el mueble del salón.
Señaló el hueco vacío con el dedo índice.
—Mirad. Ahí va a ir.
Carlos y Laura miraron el hueco.
Era simplemente un trozo de madera vacío entre dos figuras de Lladró.
Pero para Carmen, era el Santo Grial.
—He quitado el reloj —explicó Carmen—. Ya no daba la hora bien.
—Ya era hora, mamá, era feísimo —dijo Carlos.
—Era un regalo de tu tía Encarna, ten respeto.
Carmen se giró hacia Laura.
La miró de arriba abajo de nuevo.
Esta vez la mirada fue menos sutil.
—Y tú, Laura… qué fresquita vienes, ¿no?
El primer dardo había volado.
La batalla había comenzado oficialmente.
Laura mantuvo la sonrisa.
—Con el calor que hace en la calle, Carmen, como para venir con cuello alto.
—Claro, claro, hija. Si la juventud sois así. Muy… desinhibidos.
Carlos tosió.
—Voy a la cocina a beber agua.
Carlos desapareció, huyendo del campo de batalla.
Cobarde, pensó Laura.
Carmen se acercó un poco más a Laura.
Se cruzó de brazos.
—Es que, verás, hija. Para la foto…
—¿Qué pasa con la foto, Carmen?
—Pues que es una foto para toda la vida, Laura.
—Ya lo sé. Yo también saldré en ella, ¿no?
—Hombre, claro, faltaría más. Sois la familia.
Carmen hizo una pausa dramática.
—Pero es que ese vestido… no sé si va a pegar con el fondo.
—¿Qué fondo es?
—Fermín ha traído una tela de terciopelo granate. Muy elegante. Como de palacio.
Laura imaginó la escena.
Terciopelo granate falso.
Un mueble de cerezo.
Una paella en el horno.
Todo era maravillosamente surrealista.
—El mostaza queda muy bien con el granate, Carmen. Es contraste.
Carmen chasqueó la lengua.
Ese chasquido típico de madre que significa “no tienes ni idea de la vida”.
—No es por el color, hija. Es por… la falta de tela.
Laura levantó una ceja.
—Carmen, no voy desnuda.
—No, no, si ya lo veo. Pero llevas los brazos al aire.
—Como todo el mundo en julio en este país.
—Ya, pero es que tú en el brazo llevas… eso.
Carmen señaló el brazo derecho de Laura.
Ni siquiera quiso tocarlo.
Lo señaló desde una distancia prudencial, como si la carpa koi fuera a saltar y morderla.
—Se llama tatuaje, Carmen.
—Yo sé cómo se llama, Laura. No nací ayer.
—Pues eso. Es mi tatuaje.
—Es que es muy… grande.
—Es una composición completa.
—Y muy… colorido.
—Esa era la idea.
Carmen soltó un suspiro profundo.
Un suspiro que denotaba todo el sufrimiento de una generación incomprendida.
—Laura, hija, escúchame.
Carmen bajó la voz, como si estuviera a punto de revelar un secreto de Estado.
—A mí me parece muy moderno. De verdad. Yo soy muy abierta.
Laura tuvo que morderse la lengua para no reírse.
—Yo veo los programas de la televisión y veo que ahora todos los chicos llevan esas cosas.
—No somos chicos, Carmen. Tengo treinta y dos años.
—Bueno, pues los adultos también. Si yo lo respeto.
—Pero…
—Pero es que la foto es para el salón.
Carmen pronunció la palabra “salón” como si fuera la Capilla Sixtina.
—¿Y qué pasa con el salón?
—Que aquí vienen las visitas, Laura.
—¿Qué visitas?
—Pues mi amiga Concha. La del tercero.
—¿Y a Concha le asustan los peces de tinta?
—A Concha le gusta la elegancia, Laura.
Laura sintió que la paciencia se le empezaba a escapar por los poros.
Aún no habían comido.
Aún no había llegado el resto de la familia.
Y ya estaban hablando de la vecina del tercero.
Carlos apareció por el pasillo con un vaso de agua.
—¿Todo bien por aquí? —preguntó, fingiendo inocencia.
Las dos mujeres lo miraron al mismo tiempo.
Con cara de pocos amigos.
Carlos dio un paso atrás.
—Voy a ver si Fermín necesita ayuda con los focos.
Y volvió a desaparecer.
—Carmen —dijo Laura, intentando mantener un tono conciliador—. Es mi brazo. Es como mi nariz o mi color de pelo.
—Tú no naciste con una trucha pintada en el brazo, Laura.
—¡No es una trucha, es una carpa koi!
—Me da igual el pescado que sea, Laura. No pega con el mueble boiserie.
Laura respiró hondo.
Contó hasta tres.
El olor a paella empezaba a mezclarse con el olor a laca.
La situación estaba a punto de estallar antes siquiera de que empezara.
Y esto era solo el principio.
PARTE 2
El timbre volvió a sonar.
Esta vez fue una salvación para Laura.
Carmen se giró rápidamente, olvidando temporalmente el pez japonés.
—¡Deben ser tu cuñada y los niños! —exclamó Carmen, con los ojos brillando.
Fue a abrir la puerta casi corriendo.
Laura se quedó en el pasillo, frotándose el puente de la nariz.
Carlos asomó la cabeza desde el salón.
—¿Ves? Ya se le ha pasado —susurró Carlos.
—Tu madre me ha llamado trucha, Carlos.
—Ha dicho trucha al tatuaje, no a ti.
—Me da igual. Voy a necesitar una cerveza. Muy fría.
—Voy a por ella.
En el recibidor estalló el caos.
Había llegado Marta, la hermana mayor de Carlos.
Marta era la hija perfecta a los ojos de Carmen.
Marta estaba casada con un notario llamado Roberto.
Marta tenía dos hijos pequeños, Hugo y Mateo.
Hugo y Mateo eran dos auténticos terroristas en miniatura.
Entraron corriendo por el pasillo como si hubieran soltado a los miuras.
—¡Cuidado con la figura de la entrada! —gritó Carmen, tarde.
Mateo rozó una estatua de un galgo de porcelana.
El galgo se tambaleó, pero no cayó.
Marta entró arrastrando los pies.
Venía cargada con bolsos, juguetes y una bolsa térmica.
Llevaba un vestido azul marino.
Un vestido recatado.
De manga corta, tapando los hombros.
Carmen miró a Marta.
Luego miró a Laura, que estaba en el fondo del pasillo.
Carmen asintió con la cabeza, en un gesto silencioso de aprobación hacia su hija.
Laura tomó un sorbo de la cerveza que le acababa de dar Carlos.
“Esto va a ser largo”, pensó.
Detrás de Marta entró Roberto, el notario.
Roberto llevaba un polo rosa pastel y pantalones chinos.
Iba peinado con la raya al lado y mucha gomina.
Roberto sudaba abundantemente.
—Buenas tardes a todos —dijo Roberto, con voz de locutor de radio antiguo.
—Hola, Roberto, pasa, pasa al salón, que hay aire acondicionado —dijo Carmen.
El aire acondicionado del salón llevaba funcionando tres horas seguidas.
La temperatura allí dentro era de unos gélidos dieciocho grados.
Al cruzar el umbral del salón, el contraste térmico era brutal.
Paco seguía en su esquina.
Paco levantó la vista al ver a sus nietos.
Se quitó los cascos.
—¡Hombre, los bandidos! —dijo el abuelo.
Hugo y Mateo se abalanzaron sobre él.
En ese momento, apareció Fermín.
Fermín salió de la terraza limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo de tela.
Fermín tenía unos sesenta años.
Llevaba un chaleco multibolsillos tipo safari.
En Madrid. En julio. En un cuarto piso.
Llevaba dos cámaras colgadas del cuello.
Cámaras pesadas, con objetivos largos.
Fermín caminaba encorvado por el peso de la “profesionalidad”.
—Buenas tardes, familia —anunció Fermín con voz grave.
—Fermín, este es el resto de la tropa —dijo Carmen, orgullosa.
Fermín analizó a los presentes.
Hizo un marco con sus dedos índices y pulgares.
Empezó a mirar a la gente a través de ese cuadrado imaginario.
—Mmm, sí, veo la composición. Veo el volumen.
Roberto le susurró a Carlos:
—¿Este hombre es fotógrafo o va a rodar Ben-Hur?
Carlos se encogió de hombros.
—Mi madre dice que es el mejor de Moratalaz.
Fermín se acercó al grupo.
Su mirada profesional se paseó por Roberto.
Bien, colores pastel, no reflejan la luz.
Se paseó por Marta.
Bien, azul marino, estiliza la figura.
Se paseó por los niños.
Habrá que atarlos a las sillas, pensó Fermín, pero son fotogénicos.
Y entonces, Fermín miró a Laura.
Laura levantó su cerveza a modo de saludo.
Fermín abrió mucho los ojos.
La lente de sus gafas se empañó ligeramente por el contraste de temperatura del aire acondicionado.
La carpa koi estaba allí, en todo su esplendor naranja.
Desafiante.
Fermín miró a Carmen.
Carmen miró a Fermín.
Se produjo una comunicación telepática entre ellos.
Un entendimiento silencioso de dos personas mayores que ven peligrar la estética tradicional de un salón español.
—Bueno, pues si estamos todos… —dijo Fermín, tosiendo para aclarar la garganta—. Vamos a ir colocando los elementos.
—Los elementos somos nosotros, por si alguien se pierde —murmuró Laura.
Carlos le dio un codazo suave.
—Shh, pórtate bien.
Fermín había montado un fondo de tela en el centro del salón.
Efectivamente, era de terciopelo granate.
Había puesto dos focos enormes con paraguas reflectantes.
El salón parecía el set de rodaje de una película de Drácula de los años setenta.
—A ver, el patriarca al centro —ordenó Fermín.
Paco, a regañadientes, se levantó del sofá.
—Pero si el partido está en el quinto set —protestó Paco.
—Paco, siéntate en la banqueta que ha puesto el señor —mandó Carmen.
Paco se sentó en un taburete de madera sin respaldo, justo delante del terciopelo.
—La señora de la casa, detrás de él, con las manos en sus hombros —indicó el fotógrafo.
Carmen se colocó, irguiendo la espalda, con una sonrisa ensayada frente al espejo.
—Perfecto, hay majestad en esa pose.
Laura tuvo que morderse el labio tan fuerte que casi se hace sangre.
“Majestad”, pensó. “La reina de la laca”.
—Ahora, la hija y el yerno a la derecha del cuadro —siguió ordenando Fermín.
Marta y Roberto se colocaron a la derecha de los padres.
Marta cogió a Mateo en brazos.
Roberto puso una mano sobre el hombro de Hugo, apretando fuerte para que no se moviera.
—Muy bien, muy equilibrado —murmuró Fermín, mirando por el visor de la cámara—. Los colores encajan. El azul, el rosa, el granate… Es una paleta cálida.
Fermín se separó de la cámara.
Se giró hacia la izquierda.
Hacia el lado vacío del cuadro.
Hacia Carlos y Laura.
—Y ahora, el hijo y la nuera. A la izquierda, por favor.
Carlos caminó dócilmente hacia su sitio.
Laura caminó detrás de él.
Se colocaron al lado izquierdo de Paco y Carmen.
Laura quedó en el extremo de la foto.
Justo en el borde del encuadre.
Con su brazo derecho, el tatuado, apuntando directamente hacia el centro de la familia.
Fermín volvió a mirar por el visor.
El silencio en el salón era absoluto.
Solo se oía el zumbido del aire acondicionado.
Y el motor de enfoque de la cámara de Fermín.
Zzz-zzz.
Zzz-zzz.
Fermín bajó la cámara lentamente.
Se rascó la barbilla.
—Mmm. Tenemos un… problema de luz.
—¿Qué pasa, Fermín? —preguntó Carmen, sin deshacer su sonrisa congelada.
—Hay un… destello. Un exceso de información visual en el flanco izquierdo.
—¿Exceso de información visual? —repitió Laura en voz alta.
Fermín la miró apurado.
—El contraste de la tinta de su… dibujo, señorita. Rebota mucho con los paraguas del flash.
Laura cruzó los brazos.
Mala idea. Al cruzar los brazos, la carpa koi pareció hincharse y volverse tridimensional.
—Es un tatuaje, no una señal de tráfico reflectante —dijo Laura.
Marta, desde el otro lado de la foto, habló por primera vez.
—Laura, hija, hazle caso al profesional. Si dice que brilla, es que brilla.
—Marta, por favor, no te metas —susurró Carlos.
—Yo solo digo que queremos salir todos guapos —se defendió Marta—. Y eso llama mucho la atención.
Carmen vio su oportunidad.
La alianza con el fotógrafo y su hija le daba superioridad táctica.
Abandonó su pose de majestad.
Caminó hacia Laura.
La tensión en el salón se podía cortar con un cuchillo jamonero.
PARTE 3
Carmen se detuvo frente a Laura.
Suspiró, juntando las manos a la altura de la cintura.
Miró a Laura con esa mezcla de pena y reproche que solo las suegras españolas dominan a la perfección.
—Ponte ahí, nuera —dijo Carmen, señalando un punto absurdo detrás de Carlos.
—¿Detrás de Carlos? —preguntó Laura, incrédula—. ¿Quieres que me ponga en segunda fila?
—No, en segunda fila no. Detrás, pero asomando la cabeza.
—Carmen, si me pongo detrás de Carlos, no se me ve el cuerpo.
—¡Exacto! —casi gritó Carmen, traicionada por su propio subconsciente.
Rápidamente se tapó la boca y suavizó la voz.
—Quiero decir… que así le das protagonismo a mi hijo. Que es el de la sangre.
Laura soltó una carcajada.
No pudo evitarlo.
Fue una carcajada sonora que resonó contra el terciopelo granate.
Paco, en su taburete, se giró.
—¿De qué nos reímos? ¿Han contado un chiste?
Nadie contestó a Paco.
Laura miró fijamente a los ojos de Carmen.
—Carmen, vamos a dejar de dar rodeos.
—Yo no doy rodeos, Laura.
—Sí los das. Tú y Fermín y el “exceso de información visual”.
Laura dio un paso al frente, volviendo a la primera fila.
—Ponte ahí, nuera, que no se te vea mucho el tatuaje, que queda feo en la foto del salón.
Ahí estaba.
La frase definitiva.
El elefante en la habitación acababa de pisotear la mesa de centro.
Carmen lo había dicho.
Sin filtros.
A bocajarro.
El salón quedó sumido en un silencio sepulcral.
Roberto, el notario, tosió nerviosamente y miró el gotelé del techo.
Los niños se quedaron quietos, intuyendo el peligro en el tono de voz de los adultos.
Fermín empezó a juguetear con la tapa del objetivo, haciéndose el sordo.
Carlos se pasó las manos por el pelo, desesperado.
—Mamá, por favor… —empezó a decir Carlos.
Pero Laura levantó una mano, pidiéndole a su novio que se callara.
Esto era entre ella y Carmen.
Un duelo en O.K. Corral, versión barrio residencial.
Laura se irguió en toda su estatura.
Miró su brazo.
Acarició suavemente una de las flores de loto tatuadas.
Luego levantó la mirada hacia su suegra.
Habló con una voz clara, firme, sin gritar, pero que retumbó en cada rincón de la casa.
—Si salgo yo, sale mi tatuaje.
Carmen apretó los labios hasta convertirlos en una línea fina.
—Es un trozo de foto, Laura. No te cuesta nada girarte un poco.
—Me cuesta mi dignidad, Carmen.
—¡Dignidad! —exclamó la suegra, escandalizada—. ¡Ni que te estuviera pidiendo que robaras en el Mercadona!
—Me estás pidiendo que oculte quién soy para encajar en tu marco de plata.
—Es que no pega, Laura. Míranos a todos.
Carmen hizo un gesto teatral abarcando a la familia.
—Todos vamos… discretos. Elegantes. Y tú vienes con todo el brazo pintado como un muro del extrarradio.
El insulto voló rasante.
Marta abrió la boca, sorprendida por la audacia de su madre.
Carlos cerró los ojos y deseó ser tragado por un agujero negro.
—Es arte, Carmen. Y es parte de mí, suegra.
Laura remarcó la palabra “suegra”.
Era la primera vez que la llamaba así a la cara.
Normalmente la llamaba por su nombre.
Usar “suegra” en este contexto era establecer una frontera.
Era decirle: tú eres la madre de él, no la mía. Tú no me mandas.
Carmen captó el matiz inmediatamente.
Su espalda se puso aún más recta.
Sus ojos relampaguearon.
Se dio cuenta de que no iba a ganar esta batalla por la fuerza.
Laura era terca como una mula.
Así que Carmen decidió cambiar de táctica.
Pasó del ataque frontal a la pasivo-agresividad nuclear.
Esa que deja radiación durante décadas.
Carmen se encogió de hombros con una indiferencia falsísima.
Se dio la vuelta y caminó lentamente hacia su puesto original detrás de Paco.
Se colocó, puso las manos sobre los hombros de su marido, y miró al frente.
—Muy bien, hija —dijo Carmen, mirando al infinito—. Como tú quieras.
Laura frunció el ceño.
No se fiaba de esta rendición repentina.
—¿Como yo quiera? ¿Me puedo quedar así?
—Claro, claro. Faltaría más. Estamos en un país libre.
Carmen esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Una sonrisa de tiburón oliendo sangre.
Y entonces, pronunció la sentencia final.
Con un tono suave, dulce, casi maternal.
—Luego no te quejes si te recorto.
El silencio que siguió a esa frase fue denso.
Absoluto.
Laura parpadeó, procesando la amenaza.
—¿Qué has dicho? —preguntó Laura.
—Lo que has oído —canturreó Carmen—. Yo pongo la foto en el marco. Si el pez no cabe, pues usaré unas tijeras. Magia potagia.
—¡No serás capaz!
—Mi marco, mis reglas, querida.
Carlos intervino por fin, al borde de las lágrimas.
—Mamá, no vas a recortar a Laura de la foto. Si la recortas a ella, me recortas a mí.
—¡Tú te puedes poner más al centro, hijo! —replicó Carmen.
—¡Que no me muevo!
Fermín, el fotógrafo, intervino, viendo que se quedaba sin cobrar la sesión.
—A ver, haya paz. Tengo una solución profesional.
Todos miraron a Fermín.
Era el mesías con un chaleco multibolsillos.
—Tengo un programa en el ordenador —dijo Fermín, dándose importancia—. Se llama Photoshop.
Carmen lo miró confundida.
—¿El fotosó? ¿Eso qué es?
—Es magia digital, señora. Yo saco la foto tal cual. Con la señorita y su… dibujo.
Fermín señaló el tatuaje con cuidado.
—Y luego, en el estudio, con el ratón… clin, clin, clin.
—¿Clin, clin, clin qué? —preguntó Laura, cruzándose de brazos otra vez.
—Pues que cojo un tono de piel de su brazo izquierdo, que lo tiene limpio, y lo copio en el brazo derecho.
La cara de asombro de Laura era para enmarcarla en el mueble boiserie.
—¿Me estás sugiriendo que me vas a borrar el tatuaje con el ordenador?
—Es un retoque muy común —se defendió Fermín—. A las novias les quito los granos, a usted le quito la trucha.
—¡Que es una carpa! —gritó Laura.
—¡Me da igual el pescado! —gritó Carmen—. ¡Fermín, me parece una idea estupenda!
—¡Ni hablar! —bramó Laura.
—Es la solución perfecta —dijo Marta, la cuñada, asintiendo—. Así todos contentos.
—Yo no estoy contenta —dijo Laura—. ¡Me niego a salir con un brazo liso falso de color carne sintética!
Carlos agarró a Laura por los hombros suavemente.
—Laura, por favor. Deja que lo haga. Solo para la copia de mi madre. Nosotros nos quedamos con una copia con el tatuaje.
Laura miró a Carlos.
Vio la derrota en su cara.
Llevaban una hora discutiendo y todavía olía a paella de fondo.
La paella se estaba pasando.
Y en España, jugar con el punto del arroz es un pecado mayor que llevar tatuajes.
Laura suspiró profundamente.
Se sentía acorralada por las convenciones sociales, por un fotógrafo aficionado y por el calor asfixiante.
—Bien —dijo Laura al final—. Haz la maldita foto.
Carmen dio una palmada de alegría.
—¡Estupendo! Fermín, al lío.
Todos se recolocaron.
Las sonrisas volvieron a las caras.
Sonrisas tensas, artificiales, de anuncio de dentífrico.
Laura se quedó en su esquina, en el flanco izquierdo.
Mantuvo el brazo bien visible.
Si iban a borrar su obra de arte, al menos se lo pondría difícil al “fotosó” de Fermín.
Se giró ligeramente, asegurándose de que la carpa mirara directamente a la cámara.
—Preparados… —dijo Fermín, escondiéndose detrás del objetivo.
—Patata —murmuró Paco, sin saber muy bien por qué.
—¡Sonreíd! —ordenó Carmen.
Flash.
Una luz cegadora inundó el salón.
El disparo se había hecho.
La historia había sido documentada.
PARTE 4
La tensión bajó inmediatamente después del flash.
Como un globo al que se le quita el nudo.
Fermín revisó la pantalla trasera de su cámara.
Asintió lentamente.
—Buena toma. Muy nítida. El trabajo de postproducción será interesante, pero factible.
Laura soltó el aire por la nariz y caminó directa hacia el pasillo.
—Voy al baño —anunció, sin mirar a nadie.
Necesitaba alejarse de la familia García por un margen de al menos cinco minutos.
Carlos la siguió con la mirada, culpable.
Carmen, ajena a la crisis existencial de su nuera, se acercó a Fermín para ver la pequeña pantalla.
—Ay, qué guapos salimos todos —dijo Carmen, ajustándose las gafas de ver de cerca—. El abuelo tiene los ojos cerrados, pero bueno.
—Eso también se arregla con el programa, señora. Le pego unos ojos abiertos de otra foto.
Roberto, el notario, se acercó curioso.
—¿Y puede ponerme a mí un poco más de pelo en las entradas, don Fermín?
El fotógrafo le guiñó un ojo.
—Por veinte euros más, le pongo la melena de Julio Iglesias en los ochenta.
El ambiente se distendió.
Marta fue a la cocina a ayudar con los platos.
Los niños volvieron a correr por el pasillo.
El abuelo Paco se volvió a poner los cascos para ver el tenis.
Carlos esperó a Laura en la puerta del baño.
Cuando ella salió, tenía la cara lavada y parecía más tranquila.
—¿Estás bien? —preguntó Carlos en un susurro.
Laura se apoyó en el marco de la puerta.
Lo miró con una mezcla de cansancio y cariño.
—Sobreviviré, Carlos. Pero me debes una muy grande.
—Lo sé. Te invito a cenar donde quieras esta noche.
—Quiero japonés. Para honrar a mi carpa caída en combate digital.
Carlos sonrió aliviado y le dio un beso en la frente.
—Japonés será.
Caminaron juntos hacia el comedor, donde la mesa ya estaba puesta.
La comida transcurrió en una paz armada.
Carmen sacó la paella humeante.
El arroz estaba un poco pasado, efectivamente.
Pero nadie se atrevió a decirlo en voz alta.
Comieron bebiendo vino con gaseosa y hablando de cosas intrascendentes.
El tiempo, el tráfico, la inflación.
Nadie mencionó la foto.
Nadie mencionó los tatuajes.
Nadie mencionó el Photoshop.
Era el modus operandi clásico de la familia española: barrer los conflictos bajo la alfombra y seguir comiendo croquetas.
Dos semanas después, llegó el gran día.
Carmen había llamado a Carlos por teléfono a las ocho de la mañana.
—¡Ya la tengo, hijo! ¡Ya ha traído Fermín el cuadro!
Carlos y Laura fueron esa misma tarde a visitar el museo familiar.
Esta vez, Laura no llevaba vestido de tirantes.
Afortunadamente, una ola de frío atípica había llegado a Madrid y llevaba una sudadera gris holgada.
Entraron al salón con expectación.
Allí estaba.
En el centro del mueble boiserie de cerezo.
El marco de plata repujada brillaba bajo la luz halógena.
Carmen estaba de pie frente al mueble, mirándolo como si fuera la Mona Lisa.
—Acercaos, acercaos —dijo la madre, pletórica.
Carlos y Laura se pusieron junto a ella.
Miraron la fotografía.
Era una composición impecable de colores pastel y fondos de terciopelo de dudoso gusto.
Paco estaba en el centro, con unos ojos antinaturalmente abiertos que parecían sacados de una película de terror de serie B.
Roberto tenía una densidad capilar envidiable.
Marta y los niños salían perfectos.
Y luego, en el flanco izquierdo…
Laura se fijó en su propia imagen.
Allí estaba ella, con su vestido mostaza.
Y su brazo.
Su brazo derecho estaba liso.
Totalmente liso.
No había ni rastro de la carpa koi.
No había loto, no había olas de Hokusai.
Pero Fermín, en su infinita sabiduría del “fotosó”, había cometido un pequeño error de cálculo.
Para borrar el tatuaje, había copiado la textura de piel de otra parte.
Al parecer, había tomado la muestra de piel del brazo de Paco.
El brazo de Laura en la foto tenía el tono tostado y la textura ligeramente arrugada de un hombre de setenta años.
Y no solo eso.
Fermín no se había dado cuenta de borrar un pequeño detalle en la muñeca de la imagen original del abuelo.
En la foto inmortalizada en plata, Laura lucía un brazo liso de señor mayor, rematado con un inconfundible reloj Casio dorado antiguo integrado en su propia carne.
Laura se llevó la mano a la boca.
Carlos soltó un sonido estrangulado, como un cerdo tosiendo.
Carmen, ajena a la monstruosidad anatómica de su nuera, suspiraba feliz.
—¿A que ha quedado elegante? —preguntó Carmen, juntando las manos—. Pega muchísimo con las cortinas.
Laura no pudo contenerse más.
Empezó a temblar.
Una risa histérica y silenciosa se apoderó de ella.
Carlos tuvo que darse la vuelta y morderse el puño para no explotar a carcajadas en la cara de su madre.
—Sí, Carmen —logró decir Laura, con lágrimas asomando en los ojos por el esfuerzo de no reír—. Ha quedado de exposición. Un trabajo… quirúrgico.
Salieron de la casa media hora después, bajando las escaleras a toda prisa.
Apenas cerraron la puerta del portal, ambos rompieron a reír a carcajadas en plena calle.
Se rieron hasta que les dolió el estómago.
Se rieron de Fermín, del “fotosó”, del Casio dorado implantado en la muñeca de Laura, y del mueble boiserie.
—Míralo por el lado bueno —dijo Carlos, secándose una lágrima—. Ahora tienes un brazo vintage.
Laura se apoyó en el capó del coche, agotada por la risa.
Miró su brazo tatuado, con su brillante pez naranja nadando felizmente en su piel.
Acarició las escamas de tinta.
Nunca se había alegrado tanto de tener esa obra de arte consigo.
Porque la realidad siempre, siempre superaría a las fantasías de terciopelo granate de un salón español.
Y así terminó la epopeya de la foto familiar.
Con un cuadro grotesco presidiendo las reuniones, y una anécdota que Laura contaría durante el resto de su vida en las cenas con amigos.