EL SUELDO MÍNIMO PARA CASARSE
PARTE 1
El agua caía con una violencia inusitada sobre el fondo de la sartén de teflón gastado.
Beatriz sujetaba el estropajo verde con la fuerza de quien intenta borrar un pecado del pasado.
El lavavajillas de la cocina seguía estropeado desde el maldito martes de la semana pasada.
Alberto la observaba desde el marco de la puerta de madera astillada, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de chándal gris.
Tenía los ojos sutilmente enrojecidos y la marca diagonal de la costura del cojín del sofá perfectamente grabada en su mejilla izquierda.
Acababa de emerger del abismo de lo que él siempre denominaba, con orgullo casi científico, una “siesta de energía de veinte minutos”.
En realidad, el reloj de la pared marcaba las siete y media de la tarde.
Alberto se había tumbado en el sofá a las cuatro de la tarde, justo después de terminarse el último trozo de tortilla de patatas fría.
El ritual previo a su descanso había sido, como siempre, una obra de arte de la autojustificación doméstica.
Primero había bajado las persianas del salón hasta dejar la estancia en una penumbra sepulcral.
Luego había programado una alarma en el móvil con un sonido de pájaros cantando en un bosque zen.
Había seleccionado minuciosamente un pódcast sobre la geopolítica del Imperio Romano porque decía que la voz del locutor le relajaba las ondas cerebrales.
Incluso se había colocado un antifaz de gel frío que Beatriz le había regalado por su cumpleaños para mitigar las ojeras del estrés laboral.
Todo ese despliegue tecnológico y espiritual tenía como único objetivo lograr el sueño perfecto y breve.
Sin embargo, el resultado de aquel simulacro de descanso era evidente en su mirada perdida y en su desorientación espacio-temporal.
Alberto arrastraba los pies por el suelo de gres de la cocina como un extra de una serie de televisión sobre el apocalipsis de los muertos vivientes.
Beatriz cerró el grifo del agua caliente de un manotazo seco que hizo vibrar las tuberías de la finca.
El silencio que se instaló de pronto en la cocina fue más pesado que el aire de Madrid en pleno mes de agosto.
Ella se dio la vuelta despacio, secándose las manos de manera rítmica en un trapo de cocina que lucía el logotipo descolorido de una marca de embutidos.
Miró fijamente la marca del cojín en la cara de su pareja y respiró hondo, inflando los hombros.
—Sinceramente, creo que un hombre que gana menos de mil quinientos euros al mes no debería ni plantearse tener esposa.
La frase cayó sobre el suelo de la cocina como una plancha de hierro fundido.
Alberto parpadeó tres veces seguidas, tratando de procesar la información a través de la densa niebla que la siesta eterna había dejado en su cabeza.
Se frotó la mejilla izquierda, precisamente donde la costura seguía haciendo su trabajo de relieve cutáneo.
—¿Ah, sí?
Su voz sonó grave, rasposa, rota por las tres horas de inactividad de sus cuerdas vocales.
—¿O sea, que los mileuristas no tienen derecho a formar una familia en este país?
Beatriz colgó el trapo en el asa del horno con una precisión militar que denotaba un peligro inminente.
Se cruzó de brazos, apoyando su espalda contra el borde de la encimera de granito falso.
—A ver, ¿casarse para compartir deudas y estar todo el día a la gresca por el dinero?
Hizo una pausa dramática, clavando sus ojos en los de él.
—Para eso, de verdad te lo digo, Alberto, mejor quedarse solo.
Alberto dio un paso al frente, entrando oficialmente en el perímetro de conflicto de la cocina.
—Me parece de una frivolidad absoluta que reduzcas el compromiso matrimonial a una simple nómina bancaria.
—No es frivolidad, Alberto, es pura supervivencia en la España del siglo veintiuno.
—Estás diciendo que más de la mitad de la población joven de este país debería vivir en el celibato por culpa de la inflación.
—Estoy diciendo que el amor no paga las facturas de la luz cuando llega el invierno.
—El amor construyó las sociedades tradicionales cuando la gente no tenía ni para encender una vela de cera.
—Aquella gente se moría de tuberculosis a los treinta y cinco años, Alberto, así que no me vengas con romanticismos históricos.
Beatriz señaló con el dedo índice el montón de cartas acumuladas sobre la mesa de la cocina.
Allí destacaba el logotipo de la compañía del gas con una franja roja que indicaba el segundo aviso de pago.
—Mira eso y luego me hablas del romanticismo de las velas de cera.
Alberto desvió la mirada hacia la ventana que daba al patio interior del edificio.
Se oía el televisor del vecino del tercero, que estaba viendo un partido de fútbol de la Copa del Rey con el volumen demasiado alto.
Un olor a croquetas congeladas flotaba en el patio común, mezclándose con el aroma del suavizante de la vecina del primero.
—Yo tengo un proyecto de futuro, Beatriz, no me voy a quedar en este puesto de trabajo para siempre.
—Llevas tres años diciéndome lo mismo mientras el precio del aceite de oliva sube un veinte por ciento cada trimestre.
—El mercado laboral está viviendo un proceso de reajuste estructural que no depende de mi voluntad individual.
—Lo que está viviendo un proceso de reajuste estructural es mi paciencia cada vez que voy al Mercadona.
Beatriz caminó hacia la nevera y la abrió, revelando un paisaje desolador de medios limones secos y yogures a punto de caducar.
—¿Sabes cuánto costaba el kilo de pechuga de pollo cuando nos mudamos a este piso de alquiler?
—No lo sé, Beatriz, yo no llevo el registro histórico del coste de las aves de corral.
—Costaba la mitad, Alberto, exactamente la mitad de lo que cuesta hoy en día.
—Eso es una falacia macroeconómica porque los salarios también han experimentado una ligera tendencia al alza.
—A mí no mientes con palabras raras de los vídeos de economía que ves en YouTube mientras finges que buscas un empleo mejor.
Alberto se sintió tocado en su orgullo de consumidor habitual de tutoriales de finanzas personales.
Se estiró el polo de marca que llevaba puesto, intentando adoptar una postura de dignidad corporativa.
—Esos vídeos me enseñan a gestionar el capital de riesgo y a comprender los ciclos del mercado financiero.
—El único capital de riesgo que tenemos en esta casa son los cincuenta euros que quedan en la cuenta corriente hasta el próximo viernes.
Beatriz cerró la puerta de la nevera con un crujido magnético que puso fin a la primera escaramuza del diálogo.
Alberto dio un rodeo por la mesa de la cocina, buscando una posición táctica que le permitiera defender su honor de varón mileurista.
—Eres incapaz de valorar el esfuerzo que supone mantener la cordura mental en un entorno laboral tóxico como el mío.
—Tu entorno laboral consiste en estar sentado en una oficina con aire acondicionado mientras discutes con tus compañeros sobre el comunio.
—Es la presión psicológica de los objetivos trimestrales lo que me desgasta la energía vital, Beatriz.
—Por eso necesitas dormir siestas de tres horas los viernes por la tarde, ¿verdad?
—Te he dicho mil veces que ha sido un accidente biológico provocado por el cansancio acumulado de la semana.
—Un accidente biológico que ocurre con una regularidad asombrosa todos los fines de semana del año.
Beatriz se sentó en una de las sillas de plástico blanco de la cocina, cruzando las piernas con elegancia desafiante.
Alberto se quedó de pie, sintiéndose de repente muy alto y muy desamparado ante la lógica aplastante de su pareja.
El minutero del reloj de la cocina avanzó con un chasquido sordo que pareció marcar el inicio de un nuevo asalto.
PARTE 2
El silencio volvió a adueñarse de la estancia mientras la luz del atardecer se extinguía tras los tejados de los bloques de pisos vecinos.
Alberto se apoyó contra la encimera, imitando la postura anterior de Beatriz para intentar recuperar algo de terreno psicológico.
—Vamos a analizar la situación desde una perspectiva puramente racional, si es que eso es posible contigo hoy.
—Inténtalo, Alberto, que estoy deseando escuchar tu próxima teoría sobre la felicidad basada en la escasez de recursos.
—Mil quinientos euros es una cifra arbitraria que has elegido simplemente para hacerme sentir insuficiente.
—He elegido esa cifra porque es el coste real de una vida digna para dos personas en una ciudad donde el metro cuadrado vale su peso en oro.
—Hay parejas en nuestro propio edificio que viven con mucho menos y no se pasan el día cuestionando su existencia legal.
—¿Te refieres a Javi y a Marta, los del segundo izquierda?
—Exactamente, ellos se apañan perfectamente con sus sueldos de reponedores de supermercado.
—Alberto, la madre de Javi les trae los túpers con la comida de toda la semana cada domingo por la tarde.
—Eso se llama solidaridad intergeneracional y es un pilar fundamental de nuestra cultura mediterránea.
—Eso se llama no tener dinero ni para comprar un kilo de lentejas por su cuenta, Alberto.
Beatriz se frotó las sienes con los dedos, mostrando un cansancio que iba mucho más allá de la simple discusión financiera.
—Yo no quiero vivir dependiendo de que mi madre me haga las lentejas cuando cumpla los cuarenta años.
—Estás magnificando los problemas económicos cotidianos para ocultar una insatisfacción emocional más profunda con nuestra relación.
—No me metas en tus sesiones de psicología barata de los pódcasts de autoayuda, por favor te lo pido.
—Es que siempre que hablamos de dinero terminas atacando mi valía personal y mis hábitos de descanso.
—Tus hábitos de descanso son un síntoma de tu falta de iniciativa ante las dificultades reales de la vida.
—Dormir una siesta es un derecho constitucional no escrito de cualquier ciudadano español que trabaja de lunes a viernes.
—El problema no es la siesta, Alberto, el problema es el ritual absurdo que montas alrededor de ella.
—Es higiene del sueño, Beatriz, optimización del rendimiento cognitivo para afrontar las tareas de la tarde.
—¿Qué tareas de la tarde has afrontado hoy, si se puede saber?
Alberto buscó mentalmente una lista de actividades que hubiera realizado antes de sucumbir al influjo del sofá.
—He pensado detenidamente en la necesidad de cambiar los limpiaparabrisas del coche porque se acerca la temporada de lluvias.
—Pensar en hacer algo no es hacer algo, Alberto.
—La planificación intelectual es el paso previo indispensable para cualquier acción física eficaz en el mundo real.
—Mientras tú planificabas intelectualmente el cambio de los limpiaparabrisas, yo he ido a la lavandería a recoger el edredón de invierno.
—Podrías haberme pedido ayuda en lugar de asumir el martirio doméstico como una medalla de honor.
—No te he pedido ayuda porque estabas en mitad de tu viaje astral romano con el antifaz de gel puesto en los ojos.
Alberto se rascó la nuca, sintiendo que el terreno se volvía cada vez más pantanoso bajo sus pies.
—Ese antifaz me alivia la presión intraocular que me produce pasar ocho horas delante de la pantalla de la base de datos.
—A mí lo que me alivia la presión es saber que a final de mes vamos a poder pagar el alquiler sin tener que pedirle dinero a mi padre.
La mención al suegro fue como un dardo envenenado directo al centro de la autoestima de Alberto.
El padre de Beatriz era un jubilado de la banca tradicional que siempre miraba a Alberto como si fuera un vendedor de enciclopedias a domicilio.
Cada vez que se encontraban en las comidas familiares, el suegro le preguntaba por la evolución de las tasas de interés con una sonrisa maliciosa.
—Tu padre pertenece a una generación que se benefició de unas condiciones de mercado irrepetibles en la historia moderna de Europa.
—Mi padre trabajó catorce horas al día en una sucursal de Carabanchel para poder comprarse un piso en propiedad a los veinticinco años.
—En los años ochenta el suelo estaba subvencionado y la especulación inmobiliaria no había destruido el tejido social de los barrios.
—Mi padre no sabe lo que es la especulación inmobiliaria, Alberto, pero sabe lo que es tener una cuenta corriente con saldo positivo.
—La obsesión de tu familia por la seguridad material es una jaula mental que os impide entender las nuevas dinámicas de la economía colaborativa.
—La economía colaborativa consiste en que tú duermes la siesta mientras yo limpio la cocina, por lo que estoy viendo esta tarde.
Beatriz se levantó de la silla con un movimiento rápido que denotaba que la discusión estaba lejos de enfriarse.
Caminó hacia la ventana y apoyó la frente contra el cristal frío, mirando hacia la oscuridad del patio de luces.
Un gato gordo de color naranja caminaba por la cornisa del piso de enfrente con una parsimonia envidiable.
Alberto se acercó a ella despacio, con cuidado de no realizar ningún movimiento brusco que pudiera reactivar la hostilidad verbal.
—Sé que las cosas están difíciles, Bea, pero no podemos dejar que el dinero dicte el valor de lo que tenemos juntos.
—Es que el dinero lo dicta todo cuando no lo tienes, Alberto.
—El dinero es solo una convención social, un trozo de papel que hemos acordado que tiene un valor abstracto.
—Dile eso al dueño del piso cuando venga el día cinco a cobrar la mensualidad en metálico.
—Podemos hablar con él para renegociar las condiciones del contrato de arrendamiento debido a la coyuntura económica actual.
—El dueño del piso tiene ochenta y dos años, vive en una urbanización de la sierra y lo único que le interesa de la coyuntura económica es recibir su transferencia a tiempo.
Alberto suspiró, sintiendo que la realidad material era un muro infranqueable contra el que sus teorías filosóficas se estrellaban una y otra vez.
PARTE 3
La noche había caído por completo sobre la ciudad, transformando el patio interior en un laberinto de ventanas iluminadas y ruidos domésticos.
Beatriz seguía mirando al gato naranja, que ahora se había sentado junto a una maceta de geranios secos en el piso de enfrente.
—A veces me pregunto si de verdad somos adultos o si solo estamos jugando a las casitas en un piso que nunca será nuestro.
—Somos adultos que se adaptan a las circunstancias de una época de crisis permanente, Bea.
—Tus siestas perpetuas no son adaptación, Alberto, son una estrategia de evasión de la realidad digna de un adolescente de quince años.
—Te vuelvo a repetir que la siesta de hoy ha sido una excepción provocada por una semana de reuniones extenuantes con la dirección regional.
—Todas tus semanas tienen reuniones extenuantes y todos tus viernes terminan con el pódcast del Imperio Romano sonando en el salón.
—El Imperio Romano es un tema fascinante que nos ayuda a relativizar la brevedad de la existencia humana ante las estructuras del poder.
—A mí el Imperio Romano me da exactamente igual cuando tengo que decidir si compramos ternera o nos conformamos con el chopped.
Alberto se cruzó de brazos, intentando mantener una distancia terapéutica con la vehemencia de su pareja.
—Estás cayendo en un reduccionismo materialista que anula cualquier posibilidad de desarrollo espiritual o intelectual en pareja.
—El desarrollo intelectual se hace con el estómago lleno, Alberto, que lo decía ya Aristóteles o alguno de esos amigos tuyos del pódcast.
—Aristóteles nunca habló del precio del chopped en el supermercado de la esquina de nuestro barrio, Beatriz.
—Porque Aristóteles vivía en una sociedad donde los esclavos le hacían la cena mientras él pensaba en las estrellas.
—¿Me estás llamando esclava por haber fregado la sartén de las patatas mientras tú estabas inconsciente en el sofá?
—No he dicho eso, estás manipulando mis palabras para llevar la discusión al terreno del drama personal irracional.
Beatriz se dio la vuelta, abandonando la contemplación del gato y del patio de luces para encarar de nuevo a Alberto.
Tenía las mejillas ligeramente encendidas y el pelo un poco desordenado por el esfuerzo físico de la limpieza de la cocina.
—No es manipulación, Alberto, es que estoy cansada de ser la única que lleva la cuenta de los días que quedan para que nos corten el suministro.
—Yo también llevo la cuenta, lo que pasa es que no exteriorizo mi ansiedad a través del reproche sistemático hacia la persona que amo.
—Quizás si exteriorizaras un poco más tu ansiedad, buscarías un trabajo de fin de semana para complementar tus ingresos mileuristas.
—¿Un trabajo de fin de semana? ¿Cuándo se supone que voy a regenerar mis células hepáticas y neuronales si trabajo los siete días de la semana?
—La gente de nuestro barrio trabaja los siete días de la semana cuando lo necesita para sacar adelante a sus hijos, Alberto.
—Por eso la tasa de divorcios y de consumo de ansiolíticos está disparada en las zonas metropolitanas del sur de Madrid.
—Prefiero divorciarme por exceso de trabajo que vivir en una comuna hippie ficticia donde el amor sustituye al pago de la hipoteca que no tenemos.
Alberto dio un paso atrás, ofendido por la alusión a la comuna hippie y a la disolución de su unión civil.
—¿Estás amenazándome con la separación matrimonial simplemente porque mi nómina actual no alcanza tus expectativas de consumo burgués?
—No tengo expectativas de consumo burgués, Alberto, mis expectativas consisten en poder ir al dentista sin tener que pedir un crédito de consumo a doce meses.
—El sistema de salud pública debería cubrir la odontología integral como un derecho fundamental de los trabajadores del estado.
—Pero no la cubre, Alberto, así que la endodoncia de la semana pasada la pagué con mis ahorros de la cuenta de la caja de correos.
Alberto se quedó sin argumentos durante unos segundos, recordando el dolor de muelas que Beatriz había sufrido durante todo el mes de octubre.
Él la había acompañado a la clínica dental del barrio, una franquicia con luces de neón blancas que parecía más una tienda de teléfonos móviles que un centro médico.
Había visto cómo ella firmaba el presupuesto con una mano temblorosa mientras el empleado de la recepción le explicaba las ventajas de la financiación sin intereses.
Se sintió pequeño, inútil, desprovisto de esa capacidad de protección económica que la sociedad tradicional seguía exigiendo a los hombres.
—Lamento lo de la endodoncia, Bea, de verdad sabes que si hubiera tenido el dinero te lo habría dado al instante.
—Lo sé, Alberto, sé que eres una buena persona, pero la bondad no cotiza en el Ibex 35 ni nos rebaja el precio del abono transporte.
Beatriz se acercó a él y le puso una mano en el pecho, justo encima del logotipo de su polo de marca rebajado.
La tensión cómica y dramática pareció perder algo de su fuerza, transformándose en una melancolía compartida por el paso del tiempo y las dificultades de la vida adulta.
—A veces pienso que nos equivocamos al mudarnos juntos tan pronto, antes de consolidar nuestras posiciones en la estructura productiva.
—Si hubiéramos esperado a consolidar nuestras posiciones en la estructura productiva, seguiríamos viviendo con nuestros padres a los cincuenta años.
—Pues mira, tu madre tiene una casa enorme con jardín en la sierra donde las siestas deben de ser una maravilla de la naturaleza.
—Mi madre vive allí con sus tres perros y su obsesión por las plantas medicinales, no habría sitio para nuestro desarrollo como unidad familiar independiente.
Alberto le puso la mano sobre la suya, sintiendo la humedad que el agua de fregar los platos había dejado en la piel de Beatriz.
PARTE 4
El rumor de la ciudad de Madrid seguía entrando por la ventana de la cocina como una banda sonora lejana e indiferente a sus cuitas domésticas.
Una sirena de ambulancia cruzó la avenida principal, rompiendo por unos instantes la monotonía acústica del patio de luces del edificio.
Beatriz retiró la mano del pecho de Alberto y se dirigió a la mesa para recoger las cartas de las facturas que seguían allí acumuladas.
—Tenemos que tomar una decisión respecto al fin de semana, Alberto, porque tus padres nos han invitado a comer el domingo a la sierra.
—Ir a la sierra supone gastar veinte euros de gasolina en el coche viejo que tiene el catalizador a punto de pasar a mejor vida.
—Y también supone soportar que tu cuñado nos explique cómo ha ganado tres mil euros invirtiendo en opciones de futuros sobre el trigo de Ucrania.
—Mi cuñado es un fantasma que vive del dinero que le dejó su abuelo en una cuenta corriente de Suiza, no le hagas caso.
—Ya, pero come cordero asado todos los domingos mientras nosotros calculamos el coste por gramo de la merluza congelada de oferta.
Alberto caminó hacia el grifo de la cocina y se sirvió un vaso de agua del tiempo, bebiéndoselo de un trago largo para aclarar la garganta de una vez por todas.
Miró el reloj de la pared, cuyas agujas se acercaban peligrosamente a las ocho de la tarde, la hora oficial de preparar la cena de los viernes.
—Bea, de verdad, volviendo al origen de nuestra conversación en la cocina…
—Dime, Alberto, ilustrame con tu última conclusión macroeconómica de la tarde de hoy.
—¿Tú de verdad crees que la felicidad conyugal depende de superar la barrera psicológica de los mil quinientos euros mensuales por integrante?
Beatriz guardó las facturas en el cajón de los cubiertos, justo al lado de los abridores de botellas de propaganda y las gomas elásticas usadas.
Se apoyó de nuevo en el marco de la puerta de la cocina, cruzando los brazos en una postura idéntica a la que Alberto tenía al inicio de la escena.
—Creo que los mil quinientos euros no garantizan la felicidad, Alberto, pero la falta de ellos garantiza unas broncas memorables los viernes por la tarde.
—Es el estrés sistémico de la sociedad de consumo lo que nos empuja a la confrontación verbal por motivos crematísticos triviales.
—No es trivial tener que decidir si encendemos la calefacción azul del pasillo o si nos tapamos con tres mantas de la abuela en el sofá del salón.
—La calefacción azul es un timo energético diseñado por las corporaciones eléctricas para vaciar los bolsillos de las familias trabajadoras del estado.
—Pues el frío que hace en este piso durante el mes de enero tampoco es ninguna fantasía utópica de la izquierda alternativa, Alberto.
Alberto sonrió levemente, reconociendo la victoria dialéctica de su pareja con un gesto de rendición de sus hombros.
Se acercó a ella y le dio un beso suave en la mejilla, justo en el lado opuesto a donde la costura del cojín empezaba finalmente a desaparecer de su piel.
—Voy a hacer la cena, Bea, te prometo que mañana sábado me pongo a buscar ofertas de empleo en los portales internacionales de tecnología de la información.
—Búscalas antes de la siesta, Alberto, por el amor de Dios te lo pido, búscalas antes de ponerte el antifaz de gel frío.
—La siesta de mañana será estrictamente de quince minutos, lo juro por la memoria de los fundadores de la civilización romana de Occidente.
Beatriz soltó una carcajada limpia, la primera de toda la tarde, que disipó por completo el aire denso y viciado que había reinado en la cocina.
—Eres un caso perdido, Alberto, un mileurista ilustrado con pretensiones de emperador romano en un piso de cincuenta metros cuadrados de Alcorcón.
—Es Alcorcón Central, Bea, que tiene una conexión excelente con el cercanías de la línea C-5 hacia el centro de la capital.
—Lo que tú digas, mi amor, lo que tú digas, pero saca la sartén limpia que se nos hace tarde para cenar las croquetas de oferta de esta semana.
Alberto agarró la sartén que Beatriz había fregado con tanto ahínco y la colocó sobre el fuego de la vitrocerámica gastada por el uso diario.
Mientras esperaba a que el aceite se calentara, miró el reflejo de los dos en el cristal oscuro de la ventana que daba al patio de luces de la finca.
Se preguntó en silencio si las parejas de las otras ventanas estarían teniendo la misma discusión sobre las nóminas, los mil quinientos euros y el coste de la vida.
Se preguntó si en el fondo la vida adulta no consistía precisamente en eso, en discutir por las facturas del gas mientras esperas a que se calienten las croquetas congeladas.
Y sobre todo, se preguntó con una curiosidad científica insaciable si existía algún ser humano en la España actual capaz de dormir una siesta de veinte minutos exactos sin destruir por completo su estructura temporal de la tarde.
¿Cuánto tiene que ganar un hombre hoy en día para que valga la pena casarse?