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Bajo la sombra de la Sagrada Familia, el hijo que vendió el amor de su madre por un capricho ajeno

Bajo la sombra de la Sagrada Familia, el hijo que vendió el amor de su madre por un capricho ajeno

Parte 1: El peso de la piedra y los delirios de grandeza

Aquella mañana de primavera, Barcelona no se levantó con el pie derecho, o al menos eso pensaba doña Montserrat mientras observaba el ir y venir de los turistas desde su balcón de la calle Mallorca. El sol de mayo ya empezaba a picar con esa insistencia pegajosa tan mediterránea, y las grúas que coronaban la Sagrada Familia se recortaban contra el cielo azul como gigantes de hierro jugando a construir un puzle eterno. Para Montserrat, ese templo no era una atracción turística ni una postal de Instagram; era el vecino ruidoso que llevaba ahí toda la vida, un recordatorio de piedra de que las cosas bien hechas toman su tiempo.

—¡Madre de Dios, qué cruz con los patinetes! —exclamó para sí misma, ajustándose las gafas de ver de cerca mientras veía a un grupo de extranjeros esquivar milagrosamente a un repartidor de Glovo—. Un día de estos nos van a pasar por encima a todos y ni nos enteraremos.

Montserrat tenía sesenta y ocho años, unas rodillas que le avisaban cuando iba a llover con más precisión que el mismísimo hombre del tiempo de TV3, y un piso de techos altos con baldosas hidráulicas que era la envidia de cualquier fondo buitre de la ciudad. Pero lo que más quería en este mundo, por encima de su queridísima e intacta vajilla de la Cartuja de Sevilla y de sus geranios, era a su hijo Sergi. Un amor de madre de esos que son capaces de justificar que un treintañero con barba de tres días y aires de bróker de Wall Street siga viviendo a base de tuppers de croquetas congeladas y dinero para la gasolina.

En la cocina, la cafetera italiana empezó a resoplar con ese carraspeo tan familiar que inundó la casa de olor a torrefacto. En ese preciso instante, la puerta blindada del piso se abrió con un estruendo que hizo temblar los platos del aparador. Era Sergi. No entraba como una persona normal; entraba como si acabara de descubrir la cura contra la calvicie o hubiese ganado la Primitiva.

—¡Mamá! ¡Mamá, deja lo que estés haciendo y ven al salón pero ya! ¡Que nos ha tocado la lotería sin comprar boleto, te lo juro por Dios! —gritó el joven, tirando las llaves sobre la mesa del recibidor con un desprecio absoluto por el barniz de la madera.

Montserrat salió de la cocina con un paño de cocina en la mano, con el rostro arrugado por una mezcla de sospecha y paciencia infinita. Sergi vestía unos pantalones chinos absurdamente ajustados y una camisa que parecía haber sido planchada con los pies, pero en sus ojos brillaba esa chispa peligrosa que su madre conocía demasiado bien: la chispa de la “gran idea de negocio”.

—A ver, Sergi, hijo, baja la voz, que pareces un pregonero de las fiestas de Gràcia —le riñó dulcemente, aunque con un deje de cansancio—. ¿Qué pasa ahora? ¿Has encontrado otro trabajo de esos de ser tu propio jefe donde acabas debiendo dinero hasta al del estanco?

—Que no, mamá, que esto va en serio. Olvídate de los criptoactivos y del dropshipping de fundas de móvil. Esto es otra liga. ¿Tú sabes quién es Vanessa, verdad? —preguntó Sergi, paseándose por el salón como un león enjaulado, gesticulando con las manos de una forma que a Montserrat le recordaba alarmantemente a los tertulianos de la televisión.

—¿Vanessa? ¿La chica esa de Castelldefels con la que sales desde hace tres meses? La que dice que el gluten es un invento del gobierno para controlarnos y que solo come cosas de color verde. Sí, me acuerdo perfectamente. Todavía me debe el táper de los canelones de San Esteban, por cierto.

Sergi resopló, visiblemente molesto por el pragmatismo de su madre. Para él, Vanessa no era una simple novia; era su pasaporte hacia una dimensión de la que se sentía injustamente excluido. Vanessa era lo que hoy en día llamaban una “creadora de contenido de estilo de vida de lujo”, una muchacha que vivía obsesionada con la estética y que consideraba que un piso que no tuviera paredes microcementadas y plantas exóticas era una flagrante violación de los derechos humanos.

—Por favor, mamá, no empieces con los tápers. Vanessa es una visionaria. Ayer estuvimos cenando en un sitio súper exclusivo del Born, un restaurante donde no te dan cubiertos, sino que experimentas la comida con texturas táctiles, y me lo dijo claro. Me dijo: “Sergi, cariño, tu potencial está atrapado en este entorno tan rancio y tradicional. Necesitamos un cambio de aires, un espacio que proyecte nuestro ‘branding’ personal hacia el cosmos”.

Montserrat se cruzó de brazos, apoyándose en el marco de la puerta del salón. Detrás de Sergi, a través del gran ventanal, las torres de la Sagrada Familia parecían observar la escena con una solemnidad pétrea.

—¿El cosmos? Sergi, por el amor de Dios, que tienes treinta y dos años y todavía me traes los calzoncillos a lavar los domingos. ¿De qué branding me estás hablando? ¿Y qué tiene que ver todo esto con que entres aquí dando gritos como si hubieras visto a la Moreneta en persona?

Sergi se acercó a ella, le tomó las manos con una efusividad que a Montserrat le dio un escalofrío de pura sospecha, y bajó la voz como si estuviera a punto de desvelar el secreto mejor guardado de la Iglesia Católica.

—Vanessa quiere que nos mudemos juntos. Quiere un ático en el paseo de Gracia. Con terraza, jacuzzi de diseño y vistas al skyline de la ciudad. Un sitio donde pueda hacer sus directos de meditación cuántica y sus sesiones fotográficas para las marcas de alta gama que la van a patrocinar el mes que viene.

—Pues me parece muy bien, hijo. Si ella tiene el dinero para pagarlo y tú encuentras por fin un trabajo donde te paguen más que el salario mínimo en b, os deseo mucha felicidad. Yo os puedo regalar una tostadora de esas que graban la cara de un gatito en el pan, que las vi el otro día en el Mercadona y tenían mucha gracia.

Sergi soltó las manos de su madre y se llevó los dedos a la cabeza, como si le doliera la incomprensión de la mujer que le había dado la vida.

—¡Que no te enteras, mamá! ¡Que ese tipo de pisos piden una fianza de tres meses, aval bancario y un año por adelantado porque el mercado está loco! Estamos hablando de casi cincuenta mil euros solo para empezar a hablar. ¿De dónde cojones crees que vamos a sacar nosotros cincuenta mil euros con mi sueldo de comercial a comisión de filtros de agua a domicilio?

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