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Camilo Sesto No Fue al Funeral de Rocío Dúrcal — Lo Que Hizo Tres Días Después Nadie lo Vio

 se quedó en su casa de torrelodones a pocos minutos del tanatorio, a pocos minutos de la casa donde Rocío había vivido y donde había muerto, a pocos minutos de todo y sin embargo no fue. Si todavía no te has suscrito al canal, hazlo ahora, porque lo que Camilo Sexo hizo tres días después nadie lo vio, Beast, nadie lo contó y sin embargo ocurrió.

 Tres días después, Camilo VI salió de su casa antes de que amaneciera. Hubo quien no lo entendió. En los días que siguieron a la muerte de Rocío, los medios recogieron los testimonios de quienes habían pasado por el tanatorio. Nombres famosos, palabras emocionadas, flores y lágrimas fotografiadas. Y en algunos de esos artículos, entre los que sí estuvieron, alguien notó la ausencia.

¿Dónde estaba Camilo VI? Y las especulaciones fueron lo que son siempre las especulaciones ruidosas y equivocadas, que si había tenido un desencuentro con la familia, que si estaba de viaje, que si la relación entre ellos no era tan cercana como se creía. Nada de eso era verdad. Quienes conocían a Camilo de verdad lo entendieron sin que él tuviera que explicar nada. Sabían cómo era.

 Sabían que había cosas que no podía hacer en público, no porque le diera miedo el público, sino porque había cosas que le pertenecían solo a él, momentos que perdían algo esencial en cuanto se volvían espectáculo. Y la verdad era más simple y más difícil de explicar. Camilo no fue altanatorio porque no podía ver a Rocío de esa manera, en ese lugar, con esa gente alrededor, con cámaras en la puerta y periodistas esperando para fotografiar el dolor de quien llegara.

Había tenido una despedida, una real, en una habitación pequeña, en una tarde de febrero, cuando Rocío todavía podía escucharle, cuando todavía podía responder, cuando todavía era Rocío y no una ausencia. Ir al tanatorio habría sido otra cosa. Y una cosa pública, una cosa para los demás. Y Camilo tenía muy claro desde siempre, qué cosas eran para los demás y qué cosas eran solo suyas.

Pero tres días de silencio tienen un peso que se hace insoportable. Era el 28 de marzo de 2006. Todavía no había amanecido cuando Camilo abrió la puerta de su casa. Eran las 5:30 de la mañana. Torre Lodones a esa hora es otro lugar, sin coches, sin ruido. Mius solo el frío y los árboles y el tipo de silencio que existe en los pueblos antes de que el día empiece a pedir cosas.

 No era la primera vez que Camilo salía de madrugada cuando algo le pesaba demasiado. Caminar siempre había sido su manera de procesarlo, poner el cuerpo en movimiento, cuando la cabeza no encontraba otro camino, dejar que los pies llevaran a Likota y algún sitio, mientras el resto intentaba ordenarse. Esta vez los pies sabían exactamente a dónde iban.

 Camilo llevaba algo en la mano, pequeño, envuelto en papel, no cogió el coche. Tebimo fue a pie. El camino entre las dos casas no era largo, 10 minutos, quizás menos. Un camino que había hecho cientos de veces en los años anteriores, de día, de tarde, en verano y en invierno. A veces llamado, a veces sin avisar, siempre bienvenido.

 Esta vez nadie le esperaba. No había pensado demasiado en lo que iban a hacer cuando llegara. No había planeado nada. Había pasado tres días sin salir de casa, sin ver a nadie, sin contestar el teléfono. Tomin tres días en que el mundo continuó y los periódicos publicaron obituarios y las radios pusieron sus canciones y la gente habló de ella y la recordó y la lloró.

 Y Camilo estaba dentro solo, dejando que el tiempo pasara, sin saber bien qué hacer con eso. Se había despertado en la oscuridad. Había estado tumbado durante unos minutos mirando el techo y entonces había algo dentro de él que decía que tenía que ir, que era el momento, que si no lo hacía ahora no lo haría nunca.

 Así que se levantó, se vistió en silencio. Meriunko cogió lo que había en la mesa de la entrada sin haberlo puesto allí conscientemente. O quizás sí. Quizás lo había dejado ahí la noche anterior sabiendo que esa mañana lo necesitaría. Caminó por las calles vacías. Sus pasos sonaban más de lo habitual en el silencio.

 Las farolas todavía encendidas, el cielo empezando a cambiar de negro a algo más oscuro que azul. Dobló en la esquina que conocía el tercer árbol a la izquierda, el que se inclinaba desde aquella tormenta de años atrás y que nadie había enderezado nunca. Chill, la verja de hierro al fondo, se detuvo antes de llegar. No quería que nadie lo viera.

 La casa estaba en oscuras. No había ninguna luz encendida. Antonio y los hijos debían estar durmiendo o quizás no dormían, como probablemente no dormía nadie en esa casa desde el 25 de marzo. Pero al menos estaban dentro, al menos no iban a salir en los próximos minutos. Camilo se acercó despacio.

 Sus pasos más lentos ahora, como quien se acerca Wilgo, que no sabe bien cómo va a encontrar. Chin se detuvo frente a la verja, miró la fachada. Las ventanas cerradas, el jardín en penumbra, los mismos árboles que había visto cientos de veces desde el otro lado, el mismo porche donde en verano se sentaban y hablar hasta tarde. Todo igual y, sin embargo, completamente diferente.

 Camilo se quedó mirando la casa durante un tiempo, no sabía exactamente cuánto. El tiempo funciona de manera extraña en esos momentos. A veces un minuto parece una hora. A veces una hora pasa como si fueran segundos. pensó en las veces que había llegado a esa misma verja y había llamado al timbre y Rocío había abierto la puerta con esa manera suya de recibir a la gente que hacía que uno sintiera que había llegado al sitio correcto, que era bienvenido, que podía quedarse tanto tiempo como quisiera.

 pensó en la última vez que había cruzado esa misma verja en febrero, en las escaleras que había subido, en la habitación pequeña, en la silla que había acercado a la cama, en la mano que había tomado. Camilo abrió el papel que llevaba en la mano. Unas flores, no muchas. Mh, no un ramo grande de los que se llevan a los funerales, algo pequeño, del tipo que uno compra en un mercado sin pensar demasiado.

 O quizás del jardín de su propia casa. Se agachó, las dejó en el suelo, apoyadas contra el pie de la verja, sin tarjeta, sin nombre. Luego se quedó de pie con las manos vacías ahora mirando la casa. Lo que dijo en ese momento nadie lo sabe ni falta que hace, pero se quedó varios minutos de pie frente a la verja y en el frío de antes del amanecer, sin moverse, como si necesitara tiempo para que algo que llevaba días dentro de él encontrara la manera de salir.

 El barrio seguía dormido. Ninguna ventana encendida, ningún coche en la calle, solo Camilo y la casa y el silencio y las flores pequeñas en el suelo. Hubo un momento de pie frente a esa verja en que Camilo pensó en algo que Rocío le había dicho en aquella tarde de febrero. Que sigas cantando, no para los teatros, para las personas.

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