Hospital Ángeles Interlomas, Estado de México. 12 de junio de 2019. 11 de la noche. Edit González Lagüera, la primera aventurera, la Mónica de Corazón Salvaje. La actriz que desde los 5 años no había dejado de trabajar ni un solo día, está conectada a un respirador en una habitación del hospital. Tiene 54 años.
El pelo rubio ya no brilla como brillaba en las pantallas donde millones la conocieron. Los ojos están cerrados. A su lado está su esposo, Lorenzo Lazo, el economista que lleva 9 años de matrimonio con ella. Y a los pies de la cama, sentada en una silla, hay una niña de 14 años que sostiene una guitarra entre las manos y canta.
Canta bajito, como si la canción fuera un secreto entre las dos, como si con cada nota pudiera detener lo que todos en esa habitación ya saben que va a pasar. Unas horas antes, el médico entró al cuarto y le dijo a Edit lo que ella sabía desde hacía semanas. No había nada más que hacer. El cáncer de ovario que le habían diagnosticado 3 años antes había vuelto esta vez con metástasis, esta vez sin salida.
Y lo que Edith hizo cuando escuchó esa noticia no fue gritar, no fue llorar, no fue maldecir al sistema que la había puesto ahí. le dijo adiós al médico con la mano. Y las últimas palabras que pronunció con plena conciencia, según la periodista Tania Charry, fueron estas: Adiós cuerpo, muchas gracias por haberme atenido. 49 años frente a las cámaras, más de 50 telenovelas, cientos de funciones de teatro, miles de noches entregándose a un público que la adoraba.
Y en el momento final, cuando ya no quedaba nada más que dar, Erit González no le habló al público, no le habló a la industria que la había hecho famosa, le habló a su propio cuerpo, le dio las gracias como si el cuerpo fuera un compañero de trabajo que había aguantado demasiado, como si ella supiera mejor que nadie que ese cuerpo.
Había hecho mucho más de lo que cualquier contrato le podía exigir. Y sin embargo, hay algo en esta historia que México no terminó de contar cuando Edit murió. Algo que la industria del espectáculo prefirió enterrar junto con ella. Algo que su hija descubrió cuando empezó a preguntar. Algo que tardó 5 años en salir a la luz completo.
Hoy vas a conocer cuatro cosas sobre Edith González que nadie te contó en los homenajes, en las revistas o en los programas de televisión que la lloraron frente a las cámaras el día de su muerte. El romance secreto que mantuvo con uno de los hombres más poderosos de la política mexicana. Un hombre que tardó 4 años en reconocer a su propia hija y que le pidió a Ivid que guardara silencio para no arruinar su carrera.
Lo que realmente pasó en los foros de TV Azteca en abril de 2019, semanas antes de morir, cuando Edit tuvo que pedir que detuvieran la grabación porque ya no podía más, y lo que la producción hizo cuando se enteró lo que ocurrió con la herencia de Edit González, quién se quedó con que por qué el testamento tardó dos años en leerse y por qué su viudo no heredó un solo peso y lo que pasó con las tres personas que Edit dejó atrás, una hija de 14 años que se quedó sin madre, un esposo que en menos de 8 meses ya tenía una nueva relación y una
madre de 87 años que se negaba a creer que su hija había muerto. Te voy a avisar cuando lleguemos a cada una. Si te vas antes del final, te pierdes la última. Y la última es la que responde la pregunta más difícil de toda esta historia. ¿Qué queda cuando una mujer que trabajó 49 años sin parar finalmente descansa? Escríbeme en los comentarios ahora mismo cuál fue la primera telenovela de Edit González que viste.
Corazón Salvaje Aventurera, nunca te olvidaré. Solo el título, porque esta historia es también la historia de todas las mujeres que vieron en editan nombrar, pero que reconocían porque lo vivían ellas también. La obligación de seguir adelante, aunque por dentro ya no queden fuerzas. Y si crees que las actrices que entregaron su vida a una industria que las usó hasta el final merecen que alguien cuente su verdad completa, suscríbete ahora porque aquí esa verdad se cuenta sin recortes.
Ciudad de México, 1970. Una niña de 5 años en los estudios de Televisa. Su mamá se llamaba Ofelia Fuentes. Era ama de casa. Su papá, Efraín González, trabajaba en un banco. No tenían dinero para pagar clases de actuación ni agentes artísticos. Pero una amiga de Ofelia le había dicho algo que le cambiaría la vida a esa niña para siempre. Tu hija tiene algo.
Llévala a la televisión. Ofelia llevó a su hija como espectadora al programa Siempre en domingo, el escaparate más grande de la televisión mexicana. Y ahí entre el público, un productor vio a una niña rubia con ojos enormes y la seleccionó para actuar en un sketch con Rafael Baledón y Marth Roz. Así de simple, así de rápido.
Así empezaban las carreras en la televisión mexicana de los años 70. Alguien te veía, alguien decidía que servías y de un día para otro te ponían frente a una cámara sin preguntarte si querías estar ahí. Esa niña era Erit González Fuentes, nacida el 10 de diciembre de 1964 y desde ese día en siempre en domingo no paró, nunca paró.
Cosa juzgada fue su primera telenovela. Tenía 5 años. Después vinieron Lucía Sombra, La maldición de la blonda, El amor tiene cara de mujer, mi primer amor, los miserables. En 1974, a los 9 años, ganó un premio Heraldo como artista de revelación. 9 años y ya tenía un premio. Pero entiende algo, esto no era un juego.
Era la industria mexicana de la televisión en los años 70. Una industria que funcionaba con reglas muy claras, que nadie necesitaba escribir porque todos las conocían desde que entraban. Tú trabajas. Nosotros decidimos cuándo, dónde y cuánto te pagamos. Los contratos de exclusividad de Televisa eran candados. Si firmabas con ellos, no podías trabajar en ningún otro lugar.
No podías hacer cine si ellos no querían. No podías hacer teatro si ellos no te daban permiso. Y si te ibas, perdías tu nombre artístico, tus contactos y tu carrera. Era la tienda de raya del espectáculo. Tú generabas los millones. Ellos decidían cuánto te tocaba. Edith creció dentro de ese sistema. No conoció otro. Desde los 5 años hasta los 54.
Su vida fue la televisión, el teatro y el cine. Nunca tuvo un trabajo de oficina. Nunca tuvo un sueldo fijo que no dependiera de un productor. Nunca tuvo la seguridad de saber qué iba a pasar el año siguiente. Su patrimonio dependía del siguiente contrato y el siguiente contrato dependía de que los productores siguieran considerándola útil.
Guarda esa palabra útil, porque es la palabra que explica todo lo que le pasó a Edit González en los últimos 3 años de su vida. A los 15 años entró al elenco de los ricos también lloran, la telenovela que cambió la televisión en español, la que se exportó a más de 120 países y se dobló a 25 idiomas.
Ahí estaba Edit con 15 años trabajando junto a Verónica Castro y Rogelio Guerra. Para esa producción, le cambiaron el color del pelo de rubio a negro y de negro a rubio otra vez, todo en una sola mañana. Años después, Edith diría que fue una de las cosas más crueles que le hicieron. Porque a una niña de 15 años no le preguntan si quiere que le destruyan el pelo con químicos. Se lo hacen y punto.
Porque el productor lo decidió. Porque la telenovela lo necesitaba, porque tú no importas. El personaje importa. Edith sobrevivió. Y no solo sobrevivió, creció. Fue haciendo su camino telenovela tras telenovela, pero mientras crecía como actriz, también se estaba formando como algo que muy pocas actrices de su generación podían presumir.
Fue a Londres a estudiar interpretación en la academia de Lee Strasberg, después al Neighborhood Playhouse y al Actors Institute en Nueva York. En París se formó en el centro de danza de umarés. Estudió inglés e historia del arte en la Universidad de la Sorbona. Hablaba inglés y francés con cultura. Practicó mímica a ballet, ya interpretación en tres países distintos.
¿Sabes lo que eso significa en la televisión mexicana de los años 80? Una actriz que estudió en La Sorbona volviendo a México para hacer telenovelas. Una mujer que podría haber trabajado en cualquier teatro del mundo, eligiendo regresar a un sistema que la trataba como pieza intercambiable. Edith volvió porque su público estaba aquí, porque las mujeres que la veían estaban aquí, porque su madre estaba aquí, porque este era su país con todo lo bueno y todo lo terrible que eso significaba. Y entonces llegó el papel
que la puso en el mapa de una forma que ya nadie podría ignorar. 1993, Corazón Salvaje, la telenovela de época que reunió a Edit González con Eduardo Palomo. Ella era la condesa Mónica de Altamira. Él era Juan del y lo que pasó en la pantalla fue magia pura, química, fuego, el tipo de conexión que no se puede fabricar con un buen guion.
Se siente o no se siente. Y entre Edit y Eduardo Palomo se sentía hasta del otro lado de la pantalla. Tú sabes de lo que estoy hablando. Tú viste esa telenovela. Tú esperabas cada noche para ver qué pasaba entre Mónica y Juan del Y cuando se besaban sentías algo. Corazón Salvaje se convirtió en un éxito mundial y Edith González se convirtió en una estrella.
Pero hay un detalle que pocos recuerdan. Eduardo Palomo murió 10 años después de un ataque al corazón. Tenía 41 años y Edit González moriría 16 años después de cáncer de ovario a los 54. Los dos protagonistas de una de las telenovelas más exitosas de la historia de la televisión mexicana murieron jóvenes. Los dos dieron todo por su carrera.
Los dos siguieron trabajando hasta que el cuerpo no pudo más. Eso no es casualidad, es el sistema. Y entonces llegó Aventurera y Aventurera lo cambió todo. Octubre de 1997, el salón Los Ángeles en la ciudad de México. Carmen Salinas acababa de enterrar a su hijo Pedro 3 años antes y estaba luchando contra una depresión que casi la destruía.
Decidió montar la obra de teatro más ambiciosa de su vida. La historia de Elena Tejero, una joven ingenua que es engañada, vendida y obligada a prostituirse y que desde el fondo de ese infierno construye su venganza. El papel principal era para Itatí Cantoral, pero Itatí no pudo hacerlo. Emilio La Rosa la llamó para grabar una telenovela en Televisa y en esa época, cuando Televisa llamaba tú, no decías que no.
Carmen Salinas se quedó sin protagonista y entonces, por una de esas coincidencias que parecen escritas por un guionista, Edit González llamó a Carmen no para pedirle el papel, para pedirle boletos para ir a ver jugar a las Chivas. Las dos eran aficionadas al mismo equipo. Carmen le contó que estaba desesperada buscando una aventurera y Edith dijo que sí.
Lo que pasó esa noche del 28 de octubre de 1997 en el salón Los Ángeles fue un antes y un después. Edith no solo actuó, bailó, cantó, se transformó delante del público de niña ingenua a mujer vengativa con una intensidad que dejó al elenco sin aliento. Carmen Salinas lo diría años después con una frase que se convirtió en leyenda.
Fue la mejor aventurera porque le creías la niña buena. Con la maletita llegaba y te la llevaban a que la vendieran y le creías que era la niña inocente. Aventurera se convirtió en la obra de teatro más exitosa de México. Duró dos décadas. Pasaron por el papel de Elena Tejero actrices como Niurka y Tati Cantoral, Maribel Guardia, Ninel Conde.
Pero Carmen Salinas siempre lo dejó claro. La primera fue la mejor y la primera fue Edit. Lo que aventurera le dio fue algo que la televisión nunca le había dado, la demostración pública de que no era solo una cara bonita en la pantalla, era una bailarina, era una cantante, era una actriz de cuerpo entero.
Pero aventurera también le cobró noches tras noches de baile intenso, funciones dobles los fines de semana, años de desgaste físico que ningún contrato compensaba. Las actrices que la sustituyeron duraban meses. Edith duró años y entre una temporada y otra de aventurera seguía haciendo telenovelas. Nunca te olvidaré en 1999 con Fernando Colunga.
Salomé en 2001, Doña Bárbara en 2008 para Telemundo donde ganó un premio people en español a mejor actriz. ¿Ves el patrón? Un papel tras otro, una telenovela tras otro. Un escenario tras otro, sin parar, sin descansar, 40 años sin que nadie le dijera para Edit, “Respira, ya hiciste suficiente, porque en la industria del espectáculo mexicano no existe la palabra suficiente.
Existes mientras produces, existes mientras vendes. El día que dejas de producir desapareces.” Y Edith lo sabía. Lo había visto con otras actrices de su generación. Por eso nunca paró. Y la frase que pronunció en su lecho de muerte cobra un sentido distinto cuando entiendes todo esto. Adiós cuerpo.
Muchas gracias por haberme tenido. No era una frase de despedida. Era una disculpa a un cuerpo que había pedido tregua mil veces y que mil veces fue ignorado. Un cuerpo que bailó aventurera durante años, que grabó telenovelas de lunes a sábado, que estudió en tres países, que parió una hija y 8 meses después estaba de vuelta en el escenario.
Un cuerpo que aguantó quimioterapia y al día siguiente estaba grabando. Un cuerpo que se merecía descanso y que solo lo encontró cuando dejó de funcionar. Pero aquí es donde la historia de Editth González se sale del guion que todos conocen, porque detrás de la actriz que México adoraba había una mujer que estaba viviendo algo que nadie en la industria quería ver, algo que guardó en secreto durante años.
Y ese secreto tenía un nombre, un nombre que México entero conocía, un nombre que ella protegió durante 4 años mientras lo pagaba todo sola. No te vayas. En el año 2003, Edith González conoció a Santiago Creel Miranda. Creel era en ese momento secretario de Gobernación del gobierno de Vicente Fox, uno de los hombres más poderosos de México.
Panista, casado durante 21 años con Beatriz Garza Ríos, con quien tenía tres hijos. Un hombre que además tenía aspiraciones de llegar a la presidencia de la República. La relación entre Edit y Santiago fue secreta desde el principio. No hubo fotos juntos. No hubo declaraciones públicas, no hubo confirmación oficial, lo que sí hubo fue un embarazo.
Edith quedó embarazada mientras estaba por grabar la telenovela Mujer de Madera producida por Emilio La Rosa. Tuvo que dejar la producción. Fue reemplazada por Ana Patricia Rojo y el 17 de agosto de 2004 nació Constanza. Pero aquí viene lo que duele. Constanza fue registrada inicialmente solo con los apellidos de su madre.
González Fuentes, sin el apellido Creel, sin el reconocimiento del padre, según versiones publicadas en múltiples medios a lo largo de los años, el acuerdo entre Edit y Santiago fue claro. Ella guardaría silencio sobre la identidad del Padre. Él extendería su apoyo económico, pero su nombre no aparecería en el acta de nacimiento.
No todavía. No mientras su carrera política estuviera en juego. Entiende lo que eso significa. Un hombre que aspiraba a ser presidente de México le pidió a la madre de su hija que registrara a la niña sin su apellido, que fingiera ante el mundo que era madre soltera, que cargara sola con el embarazo, con el parto, con las preguntas de la prensa, con los rumores, con las miradas, todo para que él pudiera seguir siendo el político impecable que México necesitaba ver.
Y Edith cayó. Cayó 4 años. 4 años en los que crió a Constanza prácticamente sola. 4 años en los que la prensa especulaba sobre quién era el padre. 4 años en los que ella respondía a todas las preguntas con su frase favorita, sin comentarios. No fue hasta mayo de 2008 cuando la revista Mi Guía publicó el acta de nacimiento de Constanza y la verdad salió a la luz.
Y entonces Santiago Creel, acorralado por la evidencia, hizo lo que no había hecho en 4 años. Reconoció a su hija. Llegando a la Cámara de Senadores, dijo ante las cámaras, “Es un acta auténtica. He reconocido que Constanza es mi hija. Aquí con ustedes quiero dar la cara de ello.” Y añadió que no daría más declaraciones al respecto que pedía respeto por la vida privada de la menor.
Dar la cara, eso dijo 4 años después. Edith nunca habló públicamente contra Santiago Creel, nunca lo acusó, nunca lo señaló. En una entrevista con la revista Hola en 2008 dijo que él nunca se había deslindado de su hija, que el apoyo había existido, que la relación era cordial, pero lo que Edith no dijo y lo que la gente que la conocía sabía es que esos 4 años la marcaron.
que ser la madre soltera pública de un hombre casado en el México de 2004 no era solo un chisme de revista, era un estigma, era una etiqueta que se pegaba al nombre y no se quitaba. Y mientras tanto, Edith siguió trabajando. 8 meses después de dar a luz a Constanza, en abril de 2005 ya estaba de regreso en el escenario del salón Los Ángeles bailando otra vez como la aventurera.
8 meses con una bebé en casa, con un padre ausente que ni siquiera le había puesto su apellido a la niña, y ella bailando, sonriendo, dando funciones dobles. Adiós cuerpo. Muchas gracias por haberme tenido. Esa frase que Edith pronunció en su lecho de muerte no era solo una despedida, era una disculpa a un cuerpo que había usado hasta el último gramo de energía que tenía desde los 5 años sin parar, sin descansar, sin que nadie le preguntara si estaba bien.
Aquí llega la primera revelación que te prometí. En agosto de 2016, Edith González fue diagnosticada con carcenoma papilar de ovario. Etapa 4, el tipo más agresivo de cáncer de ovario que existe. Se lo dijeron en el hospital y según ella misma contó en una entrevista para el programa Un nuevo día, los médicos esperaron a que estuviera sola para darle la noticia.
Le pidieron a Lorenzo que saliera del cuarto y entonces se lo dijeron. La reacción de Edith fue tan inesperada que los médicos pensaron que no había entendido. Según su hermano Víctor Manuel, lo que dijo fue esto. Órale, ya está. Tengo cáncer. ¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo procede el asunto? ¿Vamos todos a atacarlo? Esa reacción, esa manera de enfrentar la noticia que destruiría a cualquiera. No lloró, no se derrumbó.
Preguntó cuál era el plan, como si el cáncer fuera una escena difícil. en una telenovela que había que ensayar hasta que saliera bien, como si la enfermedad fuera otro productor al que había que enfrentar con profesionalismo. Se sometió a una cirugía de emergencia de 6 horas. Le extirparon los ovarios, el útero, 10 gamblios linfáticos, el apéndice y parte del tejido graso circundante.
Después vino un tratamiento de quimioterapia de 8 meses. Su cuerpo fue abierto, vaciado y recosido. Le quitaron órganos que la hacían mujer. Le inyectaron veneno para matar las células que la estaban matando a ella. Edith compartió la noticia con sus seguidores a través de Instagram con la misma sonrisa de siempre. Su publicación decía, entre otras cosas, estoy fuerte, llena de vida y trabajando, llena de vida y trabajando.
Esas dos cosas juntas como si fueran sinónimos, como si estar llena de vida significara estar trabajando. Y tal vez para Edit lo eran porque ella no conocía otra forma de estar viva que no fuera frente a una cámara o encima de un escenario. Lorenzo Loo estuvo con ella en todo momento durante ese primer periodo. se convirtió en su pilar.
La acompañó a cada consulta, a cada sesión de quimioterapia, a cada madrugada de dolor. En las fotos que compartían en redes sociales se les veía juntos sonriendo, viajando, celebrando cada pequeña victoria. Lorenzo se convirtió en el hombre que México quería que fuera, el esposo perfecto que no abandona a su mujer cuando llega la enfermedad.
Y en eso hay que reconocerlo. Lorenzo cumplió, estuvo ahí y durante todo ese proceso, ¿sabes qué hizo Edith? Trabajó. Siguió trabajando mientras le daban quimioterapia. Grabó la telenovela Eva la trailera para Telemundo en 2016. Después grabó Tres Familias en 2017. Siguió apareciendo en eventos públicos.
Siguió subiendo fotos sonriendo a Instagram. siguió diciendo que estaba bien. ¿Cuántas mujeres conoces que hicieron exactamente lo mismo? Que estaban enfermas, pero seguían trabajando porque no podían parar. Porque si paraban perdían el ingreso, porque si paraban la industria las olvidaba. Cuántas mujeres de tu generación vivieron eso mismo pero sin cámaras y sin aplausos.
En junio de 2017, Edith publicó un video en Instagram diciendo que su cáncer estaba en remisión. La gente aplaudió. Los medios celebraron. Edit González venció al cáncer, dijeron los titulares. Pero el cáncer de ovario no se vence, se controla, se vigila, se espera, porque en la mayoría de los casos vuelve y volvió.
Y cuando volvió, Edith hizo lo único que sabía hacer. Siguió sonriendo, siguió trabajando, siguió fingiendo que todo estaba bien. En enero de 2019, Edit hizo algo que no hacía desde hacía 9 años. Volvió a Televisa, apareció como invitada en el programa hoy. Era una señal de que quería seguir vigente, de que aunque el cáncer la había golpeado, ella seguía en pie.
Ese mismo año aceptó un puesto como jueza en el programa de moda este es mi estilo de TV Azteca. aparecía todos los días en cámara evaluando la ropa de las concursantes, dando opiniones, sonriendo. Los televidentes la veían bien, un poco más delgada, quizás un poco más cansada, pero bien. Lo que los televidentes no veían era lo que pasaba cuando las cámaras se apagaban.
En abril de 2019, durante una grabación del programa, Edit comenzó a sentir dolores muy fuertes en el abdomen. Según una fuente que trabajaba en la producción y que habló con la revista TV Notas, Edit [música] pidió que detuvieran la grabación. No podía seguir. Los dolores eran insoportables. Le dieron unos minutos para recuperarse. Se recompuso.
Volvió al foro. Siguió sonriendo. La producción le pidió que se revisara inmediatamente con un médico. Lo hizo, pero lo que los médicos le dijeron, Edith, no se lo contó a nadie en el programa. habló directamente con los ejecutivos de TV Azteca, les contó su situación y les pidió ausentarse una semana para evaluar su caso.
Ellos aceptaron, pero la revista TV Notas publicó la noticia de que Edit había tenido una recaída. Y entonces Edit hizo lo que siempre hacía, salió a desmentir, hizo una transmisión en vivo en Instagram donde dijo con toda la firmeza de quien ha aprendido a controlar la narrativa de su propia vida, no se puede desmentir algo que no es cierto.
Se puede decir simple y sencillamente que no pasó porque esto no se puede desmentir. Se desmiente algo que fue cierto y ya se dice que no fue cierto. Algo que no pasó, pues no pasó y ya. Esa declaración fue en abril. Edith murió dos meses después. Según la fuente de TV Notas, lo que estaba pasando dentro del foro era visible para cualquiera que la mirara de cerca.
A pesar de que en las fotos que subía a sus redes sociales siempre se mostraba de buen ánimo. En el foro se le veía totalmente seria y desencajada, más delgada que antes, pálida. Pero el programa seguía al aire y Edit seguía apareciendo. Porque así funciona la industria del espectáculo. Si puedes caminar hasta el foro, si puedes sentarte en la silla y sonreír a la cámara, entonces puedes trabajar.
Y si puedes trabajar, trabajas porque hay un contrato, porque hay un rating, porque hay dinero en juego. Además de este es mi estilo, Edit estaba actuando en la obra de teatro entre mujeres. Rubén Lara, el productor declaró después de su muerte que estaba en shock. Trabajó conmigo en las últimas semanas. En la obra estuvo espléndida.
Hacía dos funciones diarias. Salía a escena a dejar el alma. Terminamos hace como un mes dos funciones diarias con cáncer metastásico, dejando el alma en cada función. Alguien le dijo que parara, alguien le dijo que descansara, alguien le dijo que su vida valía más que una función de teatro o un programa de televisión.
Su hermano Víctor Manuel recordó que las únicas señales que Edith daba eran mínimas. Nada más me decía, “Hermano, a veces me siento un poquito cansada, un poquito cansada. Eso decía una mujer que estaba muriendo de cáncer mientras hacía dos funciones diarias de teatro y grababa un programa de televisión. A finales de mayo de 2019, Edith fue internada en el Hospital Ángeles Interlomas.
Ya no pudo esconderlo más. El diagnóstico fue definitivo. El cáncer había vuelto. Los ganglios linfáticos se habían adherido al intestino. No había nada que hacer. Kaiti Barberi, actriz y amiga cercana de Edit, recibió un mensaje de texto. Edit le decía que estaba en el hospital, que las cosas no estaban muy bien.
Kaiti, que vivía en Los Ángeles, voló inmediatamente a la Ciudad de México. En su última conversación, cara a cara, Edith le hizo una petición especial que tenía que ver con Constanza. Kaiti nunca reveló públicamente los detalles de esa petición, pero lo que sí dijo en una entrevista con Univisión fue esto. Le dije, “Solo le pido a la vida que pueda llegarte un solo día a los talones de la mujer, de la actriz, de la esposa de la madre que eres tú.
” Dos días después de esa conversación, Lorenzo Lazo llamó a Kaiti por teléfono. Le dijo, “Las están escuchando.” Era el 12 de junio. Edith ya no hablaba. Pero según Lorenzo podía escuchar, Kaiti se despidió por teléfono y al día siguiente, el 13 de junio de 2019, la familia pidió que desconectaran a Edit del soporte vital.
Era la voluntad de la actriz. Ella misma había dado esa instrucción. El acta de defunción registró las causas. Insuficiencia respiratoria aguda, un derrame pleural bilateral, el cáncer de ovario en etapa metastásica. La noticia se supo esa mañana. Los conductores del programa Hoy de Televisa la dieron entre lágrimas.
Las redes sociales se llenaron de mensajes. Leticia Calderón escribió en Twitter, “Hüera, te vamos a extrañar.” Maribel Guardia publicó un mensaje. Erika Buenfield, Laura Flores, Sergio Mayer. Uno tras otro, los compañeros de Edith salieron a despedirla públicamente como si de repente todos se hubieran dado cuenta de que la mujer que siempre estaba ahí, que siempre sonreía, que siempre decía que estaba bien, se había ido de verdad.
Edith había dejado una última voluntad sobre sus funerales. Quería ser velada en el Teatro Jorge Negrete, la sede de la Asociación Nacional de Actores. No en una funeraria, no en una iglesia, en un teatro, porque el teatro era su casa, porque el teatro era donde Edith González era más ella misma. Y fue ahí donde la despidieron.
Miles de personas desfilaron frente al féretro, fans que la habían seguido durante 30 años. Mujeres que crecieron viéndola en corazón salvaje y que ahora eran abuelas, actrices jóvenes que la admiraban, productores que la habían contratado y que ahora se daban cuenta de que habían perdido a una de las grandes.
Y ahí, en primera fila estaba Constanza con 14 años, con los ojos rojos, con la guitarra guardada ya en algún lugar donde nadie la vería tocar. Y ahí estaba doña Ofelia, la mamá, la mujer que empezó todo mirando el féretro de su hija, con una expresión que los fotógrafos captaron y que se volvió una de las imágenes más desgarradoras de todo ese día.
Una madre enterrando a su hija, el orden natural invertido, lo que nunca debería pasar. Suscríbete ahora mismo si esta historia te está llegando de una manera que ninguno de los homenajes que viste a Edith González te la había llegado. Porque lo que viene en la última parte es lo más oscuro de todo. El testamento que tardó dos años en leerse, el viudo que no heredó un solo peso, la madre que se negaba a creer que su hija había muerto y la niña de la guitarra que creció para convertirse en la herencia más valiosa que Edith González pudo haber dejado. No
te vayas. Cuando Edith González murió, dejó tres cosas. Un patrimonio construido en 49 años de trabajo ininterrumpido desde los 5 años, una hija de 14 años que se quedaba huérfana de madre y un testamento que nadie pudo leer durante casi dos años. El testamento estaba listo. Edith lo había preparado con la meticulosidad de una mujer organizada que sabía desde 2016 que tenía cáncer, que tuvo 3 años para poner en orden sus asuntos y que lo hizo con la misma disciplina con que había hecho todo en su vida. Pero la lectura
del testamento se pospuso primero por trámites burocráticos y después por la pandemia. Los juzgados de la ciudad de México cerraron, los procesos se detuvieron y mientras el testamento esperaba en un juzgado cerrado, la pregunta flotaba en el aire de todos los que habían amado a Edith González y que querían saber qué había dejado y a quién se lo había dejado.
La respuesta a esa pregunta tardó y cuando llegó produjo exactamente el tipo de reacción que Edith probablemente anticipó que produciría cuando tomó las decisiones que tomó antes de morir. Poco después de su muerte, un artículo del diario de finanzas señaló que Edit había aparecido en la revista People with Money como una de las artistas mejor pagadas del año con ganancias estimadas de 75 millones de dólares.
El mismo artículo calculó que su patrimonio total rondaba los 215 millones de dólares, incluyendo acciones, inmuebles y negocios. Esas cifras se viralizaron con la velocidad que tienen las cifras cuando tienen la forma de lo que el público quiere creer sobre las personas que admiró durante décadas. Y la familia de Edith se indignó con la indignación [música] de quien ve como la imagen de alguien que amó está siendo distorsionada por números que no tienen ninguna relación con la realidad que esa persona vivió.
Víctor Manuel González, hermano de Edit y Albacea del Testamento, salió a desmentir en una entrevista con Ventaneando. Fue contundente, desmiento tajantemente todo lo que ahí se dice. Es una mentira, es antiprofesional, es atacar la seguridad de la menor. Y entonces dijo algo que revela la verdad detrás de la fachada de glamour, con toda la claridad que ese tipo de verdad raramente tiene cuando sale a la luz públicamente.
Recordemos que Edith estaba en formación de patrimonio. Muere joven, trabajó desde niña. Formación de patrimonio. Eso dijo. Una mujer que trabajó 49 años en la industria del entretenimiento más grande de América Latina. Todavía estaba en formación de patrimonio cuando murió. No era multimillonaria, no era dueña de un equipo de fútbol ni de una marca de bebidas.
Era una actriz que había ganado dinero toda su vida, pero que nunca acumuló la clase de fortuna que la prensa le atribuía. Porque el sistema que la empleó durante casi cinco décadas no está diseñado para que los que producen acumúleno, que producen, sino para que los que administran acumulen lo que otros producen. Víctor Manuel lo puso en contexto con una ironía que dolía mientras hacía reír.
Bueno, Bill Gates le vino a pedir limosna a Edith. El 15 de marzo de 2021, casi dos años después de la muerte de Edit, finalmente se dio la lectura del testamento en un juzgado de la Ciudad de México. Estuvieron presentes Víctor Manuel González, Lorenzo Lazo y Constanza Creel González, que en ese momento tenía 16 años.
Lo que el testamento decía fue claro con la claridad que tienen los documentos, cuando la persona que los redactó sabía exactamente lo que quería decir y lo dijo sin ambigüedades disponibles para interpretación conveniente. La heredera universal de todos los bienes de Edit González era su hija Constanza. Su hermano Víctor Manuel fue designado como Albacea y Lorenzo Lazo, su esposo, durante 9 años, el hombre que estuvo a su lado durante el cáncer, el hombre que le sostuvo la mano mientras agonizaba, el hombre que, según todos los testimonios, fue impecable
durante el tiempo de la enfermedad, no heredó nada, ni un peso, ni una propiedad, ni un derecho. Víctor Manuel lo explicó así al salir del juzgado. Todo en cordialidad, todo bien. Edit dejó muy estipulado lo que se debe hacer. La heredera es mi sobrina. Yo soy el albacea. Todo sobre ruedas. Lorenzo Lazo también estaba ahí, pero no dijo nada a la prensa.
Se limitó a acompañar a Víctor Manuel en aparente buena relación y se fue sin hacer declaraciones. Meses después, en una entrevista con el programa de primera mano, Lorenzo habló del tema con la distancia que lo caracterizaba. El hermano de Edith y sus descendientes tienen los derechos, tienen su testamento.
¿Quién es totalmente ajeno a esas decisiones? Soy yo, totalmente ajeno. Eso dijo el viudo. El hombre que durmió junto a ella durante 9 años. El hombre que la acompañó a las quimioterapias. El hombre que estaba en el cuarto cuando Edith dijo sus últimas palabras. Totalmente ajeno a la herencia. Fue injusto, fue correcto.
Eso no le toca a nadie juzgarlo. Desde afuera, lo que sí puede decirse es que Edith González tomó esa decisión con plena conciencia. Ella sabía exactamente qué régimen matrimonial habían elegido. Sabía que lo que había construido en 49 años de trabajo era para su hija. Y así lo dejó escrito antes de morir con la certeza de quien ya no tiene tiempo para dejar nada a la ambigüedad.
Aquí llega la segunda revelación que te prometí. Constanza, la heredera universal, no se quedó con Lorenzo Lazo después de la muerte de Edith. Se fue a vivir con su padre biológico, Santiago Creel, el mismo hombre que tardó 4 años en reconocerla. El mismo hombre que le pidió a Edit que guardara silencio mientras él construía su carrera política.
Ahora tenía la custodia de la niña y Lorenzo Lazo, el viudo, se quedó solo, sin herencia, sin hijastra, con una casa llena de recuerdos y una ausencia que parecía imposible de llenar, pero no la llenó con silencio. El 2 de febrero de 2020, menos de 8 meses después de la muerte de Edit, Lorenzo Lazo comenzó una relación con Lordes Peláez.
Lo sabemos porque él mismo publicó una foto de aniversario un año después. hicieron oficial la relación en marzo de 2021, apenas días de la lectura del testamento de Edit. Se dejaron ver juntos, publicaron fotos, posaron para Navidad frente a un árbol decorado. Después, Lorenzo rompió con Lour Despeláez y en julio de 2023 confirmó una nueva relación con la presentadora Luz Blanchet, posando en las páginas de la revista Hola.
El hombre que le dijo adiós a Edit González en una cama de hospital había tenido al menos tres relaciones públicas en 4 años. Cada persona vive su duelo como puede y ese duelo no le pertenece a nadie más que a quien lo vive. Pero hay algo que sí puede decirse sin juzgar a nadie.
Hay gente que amaba a Edith y que siente que el hombre que lloró en su funeral pasó la página más rápido de lo que ese amor habría requerido. Y ese dolor de las personas que la amaron también es legítimo y también existe, aunque nadie lo pida permiso para existir. Lo que Lorenzo Lazos sí hizo fue mantener un vínculo con Constanza. En marzo de 2020, cuando la Universidad Interamericana le otorgó un doctorado honoris causa, tanto Constanza como Lorenza, su hija biológica, estuvieron presentes y Lorenzo les dedicó palabras de agradecimiento. En una entrevista
posterior, Lorenzo dijo algo que define cómo entiende esa relación. Fuimos familia, somos familia y vamos a seguir siendo familia. Y mientras todo esto ocurría, el testamento o las relaciones de Lorenzo, la custodia de Constanza, había una persona que no entendía nada de lo que estaba pasando, una persona que se negaba a aceptar la realidad con la negación específica de los cerebros, que cuando reciben algo demasiado grande para procesarse, simplemente deciden no procesarlo.
Una persona que seguía esperando que Erit llegara a visitarla y esa persona era doña Ofelia Fuentes. La mamá de Edit, la mujer que la llevó a siempre en domingo cuando tenía 5 años, la mujer que empezó todo. Aquí llega la tercera revelación, la más dolorosa de todas. Ofelia Fuentes tenía 87 años cuando Edit murió y no lo aceptó.
No pudo. Su cerebro se negó a procesar la información con la resistencia de los cerebros que, cuando el dolor es demasiado simplemente, construyen una realidad alternativa donde el dolor todavía no ocurrió y donde todo sigue siendo lo que era antes [música] de que ocurriera, Lorena Velázquez, actriz y amiga cercana de la familia, contó en el programa de primera mano como eran los últimos meses de doña Ofelia.
Ella no cree que Edith haya muerto. Lo único que te dice es, “Bailor, Edit, ya no me viene a ver. ¿Por qué me olvida? Para ella no había muerto. Edit, ya no me viene a ver. ¿Por qué me olvida esas palabras? Las palabras de una madre de 87 años, que no puede entender por qué su hija dejó de visitarla, que no puede procesar que la niña que ella llevó a la televisión hace 50 años ya no existe, que pregunta todas las tardes por qué Ediz la olvidó.
¿Sabes lo que es ver a tu madre preguntar por alguien que ya no está? ¿Sabes lo que se siente cuando la persona que te dio la vida te mira a los ojos y te pregunta por qué su otra hija la olvidó? Y tú no puedes decirle la verdad porque la verdad la mataría. Víctor Manuel lo vivió. Constanza lo vivió. Lo vivieron todos los días durante más de un año.
Cada visita a doña Ofelia era también una actuación de las más difíciles que cualquiera de ellos había tenido que hacer. Sonreír cuando por dentro estaban destrozados. Explicar sin poder explicar. esquivar sin mentir completamente. Doña Ofelia pasó los últimos meses de su vida en una casa de asistencia para adultos mayores en Cuernavaca, Morelos.
Intentaba recuperarse, pero no se recuperó. No se puede recuperar de perder a una hija cuando esa hija era todo tu mundo. Cuando esa hija era la niña que tú llevaste de la mano a los estudios de televisión cuando tenía 5 años, cuando cada vez que prendes la televisión y ves una telenovela, te acuerdas de que tu hija debería estar ahí haciendo lo que mejor sabía hacer y, en cambio, ya no está.
Lorena Velázquez, que visitaba a doña Ofelia con frecuencia, describió la situación con una frase que parte el alma. no quiere vivir. Tres palabras. La mujer que llevó a su hija siempre en domingo, que la acompañó durante 50 años de carrera, que estuvo en cada estreno, en cada premiación, en cada momento importante, ya no quería vivir porque la única razón que tenía para seguir adelante se había ido.
En 2018, un año antes de la muerte de Edit, madre e hija habían posado juntas para una campaña publicitaria. Fue la última imagen profesional que compartieron. Dos mujeres mirando a la cámara, una con 86 años, la otra con 53, las dos sonriendo, las dos sin saber que les quedaba menos de un año juntas. El 28 de noviembre de 2020, un año y 5 meses después de la muerte de Edit, doña Ofelia Fuentes murió a los 89 años en Cuernavaca, rodeada de sus nietas Ucume González, hija de Víctor Manuel, y Constanza Creel González, la hija de Edit. Las dos jóvenes estuvieron
con su abuela en el final. Las dos le sostuvieron la mano como Ediz no pudo hacerlo. El comunicado de la familia cerraba con una frase que lo resume todo. Siempre la recordaremos como la mujer alegre, rebelde, carismática y amorosa, fiel cómplice de sus nietas e hijos Víctor Manuel y Ediz, de quien fuera eterna compañera y con quien seguramente ya se encuentra reunida en la paz de Dios. Fiel cómplice.
Eso fue Ofelia Fuentes desde el día que llevó a su hija a los estudios de televisión. Cómplice de un sueño que se convirtió en carrera, en fama, en enfermedad y en muerte. Cómplice desde el principio hasta el final. Comparte este vídeo ahora mismo con alguien que amó a Edit González, con alguien que la vio en corazón salvaje, que fue a verla en aventurera, que seguía sus telenovelas con la devoción de quien siente que esa actriz en pantalla les estaba diciendo algo que necesitaban escuchar sin explicaciones, solo envíaselo.
Porque esta historia no es solo la historia de una actriz que murió de cáncer. Es la historia de lo que el sistema del espectáculo le hizo a una mujer durante 49 años y de lo que dejó cuando ya no pudo hacerle más. Y suscríbete si crees que las mujeres que entregaron su vida a una industria que las usó hasta el final merecen que alguien cuente su verdad completa, porque aquí esa verdad se cuenta sin recortes y sin los filtros que esa industria aplica para protegerse a sí misma.
Y entonces queda Constanza. La niña que cantó con la guitarra en la habitación del hospital. La niña que fue registrada sin el apellido de su padre. La niña que a los 14 años perdió a su madre. A los 16 perdió a su abuela y a los 18 heredó un patrimonio que nadie quiso cuantificar públicamente. Edith crió a Constanza con una mezcla de disciplina, ternura y protección feroz que quienes la conocían describen como extraordinaria.
La llevaba a todas partes, [música] la incluía en sus fotos de Instagram, hablaba de ella en cada entrevista, pero al mismo tiempo la protegía del mundo del espectáculo con una determinación que nacía de su propia experiencia. Edith sabía lo que la fama le hacía a una niña. Lo había vivido en carne propia.
A los 5 años la pusieron delante de una cámara y nunca la dejaron ser otra cosa. A los 15 le cambiaron el color del pelo sin preguntarle. A los 23 la humillaron en un set. No quería eso para su hija. Quería que Constanza eligiera su propio camino, que fuera libre de la manera en que ella nunca pudo serlo. Constanza creció lejos de las cámaras.
se fue a vivir con Santiago Creel, su padre biológico. Mantuvo sus redes sociales privadas, evitó la prensa. Las pocas veces que fue vista públicamente fue en eventos políticos de su padre o en los aniversarios luctuosos de su madre. Pero en marzo de 2022, en el octavo aniversario del Día Internacional de la Mujer, Constanza hizo algo que nadie esperaba.
participó en una movilización feminista y dio un discurso. Y en ese discurso dijo esto: “Protesté por cada mujer desaparecida, violada, violentada, tocada sin su consentimiento, arrebatada de su inocencia o destruida. Con esto mantengo en vida la memoria de mi mamá, los valores que me enseñó. Con esto mantengo en vida la memoria de mi mamá.
” Esas palabras las dijo una joven de 17 años que perdió a su madre a los 14 y que tuvo que aprender a vivir sin la persona que más la quería en el mundo. Y decidió que la forma de honrar esa memoria no era quedarse callada, era hablar, era protestar, era defender a otras mujeres. González nunca fue activista, nunca dio discursos políticos, nunca se involucró públicamente en causas sociales porque el sistema donde vivió no dejaba espacio para eso sin consecuencias, pero crió a una hija que sí lo hace y tal vez ese
sea el verdadero legado. No las telenovelas, aunque las telenovelas existan y sigan transmitiéndose en todo el mundo. No los premios, aunque los premios estén guardados en algún lugar de esa herencia. El verdadero legado es una joven que no piensa callar, que no piensa sonreír cuando no quiere, que no piensa trabajar hasta morir para complacer a un sistema que no le preguntó si estaba de acuerdo con sus reglas.
En agosto de 2024, Constanza fue vista en el aeropuerto internacional de la Ciudad de México por una reportera de Despierta América. La joven, que estaba a punto de cumplir 20 años, se disculpó por no querer dar entrevistas. Pero cuando la reportera le dijo que se parecía mucho a su mamá, Constanza sonrió, agradeció y siguió caminando, cada vez más parecida a Ediz, con el mismo pelo rubio, con la misma sonrisa, pero con una vida completamente distinta, sin cámaras obligatorias, sin contratos de exclusividad, sin un sistema que le exija sonreír cuando por
dentro se está muriendo. Víctor Manuel González el hermano, el albacea trabaja además en una fundación dedicada al cáncer de ovario. En una entrevista en el tercer aniversario de la muerte de Edit, dijo con la voz quebrada de quien aún no terminó de procesar lo que sigue procesando.
Va dirigida al cáncer de ovario que es tan traicionero y agresivo. A mí se me quiebra la voz cuando me tengo que referir al cariño que la gente le tiene a Edit. Nos sentimos halagados. Su trabajo no fue en vano. Su trabajo no fue en vano. La frase dicha por un hermano que vio a su hermana trabajar 49 años sin parar, que la vio sonreír cuando debería haber llorado, que la vio bailar aventurera con 8 meses de postparto, que la vio grabar telenovelas mientras recibía quimioterapia, que la vio presentar un programa de televisión mientras el
cáncer le destrozaba el abdomen. Y sin embargo, la pregunta que nadie quiere hacer sigue ahí incómoda, dolorosa. La pregunta que duele precisamente porque no tiene una respuesta limpia disponible. ¿Y si hubiera parado? ¿Y si alguien le hubiera dicho que no tenía que seguir? ¿Y si la industria le hubiera dado permiso de descansar? ¿Y si en lugar de celebrar que nunca faltó a una función, hubiéramos celebrado que se cuidó, que se trató, que priorizó su salud? Sobre su carrera. No lo sabemos.
El cáncer de ovario en etapa cuatro tiene una tasa de supervivencia muy baja, independientemente de lo que se haga. Pero lo que sí se sabe es que trabajar hasta el agotamiento mientras el cuerpo lucha contra una enfermedad terminal no ayuda. Lo que sí se sabe es que el estrés, la falta de descanso y la presión constante debilitan el sistema inmune.
Y lo que también se sabe es que Edith González merecía la opción de parar. Y esa opción nunca existió de verdad, no porque alguien se la negara explícitamente con un contrato que dijera, “Tienes prohibido descansar”, sino porque el sistema que la formó desde los 5 años nunca le enseñó que parar era una opción válida. Nunca le dijo que su vida valía más que cualquier escenario.

Nunca le dio el permiso que ella nunca le pidió porque no sabía que podía pedirlo. Edit González no murió solo de cáncer. El cáncer fue lo que finalmente detuvo a una máquina que nunca tuvo permiso de parar. murió de un sistema que no sabe cuándo decir basta, de una industria que mide el valor de una persona por lo que produce y no por lo que siente.
De 49 años de sonreír porque el contrato decía que había que sonreír. Y Constanza, la niña de la guitarra, la heredera universal, la joven que protesta en las calles por los derechos de las mujeres, es la prueba de que Edith González dejó algo más valioso que cualquier patrimonio. Dejó una mujer que no piensa callar, que no piensa sonreír cuando no quiere, que no piensa trabajar hasta morir para complacer a nadie, porque la mejor herencia que una madre puede dejar no es dinero, es libertad.
Y Constanza Crel González, la hija que un político tardó 4 años en reconocer y que una actriz crió sola mientras bailaba como aventurera, es hoy una mujer libre, una mujer que eligió no ser actriz, que eligió no ponerse delante de ninguna cámara a menos que fuera, para defender una causa en la que cree.
Una mujer que no heredó la sonrisa obligatoria de su madre, sino su fuerza. Adiós cuerpo. Muchas gracias por haberme tenido. Descansa, Gera, ya no tienes que sonreír para nadie.