Paco entró en el portal con la pesadez de quien arrastra no solo su propia existencia, sino también el calor asfixiante de un Madrid que en pleno julio no perdona ni a los santos. El aire en el descansillo olía a una mezcla de desinfectante de pino de la vecina del segundo y a ese guiso de legumbres que, por alguna razón mística, siempre se cocina en las casas españolas cuando el termómetro marca cuarenta grados a la sombra. Llevaba la camisa de lino pegada a la espalda, formando un mapa de humedades que él intentaba disimular con una dignidad de caballero andante venido a menos.
Al girar la llave en la cerradura, Paco no esperaba nada fuera de lo común. Su rutina era un mecanismo de relojería suiza, pero de imitación comprada en un mercadillo: llegar, soltar las llaves en el cuenco de cerámica que su cuñado le trajo de la última feria de artesanía de Cuenca, quitarse los zapatos con un gruñido sordo y preguntar qué había para cenar. Sin embargo, en cuanto el “clic” de la puerta resonó en el pasillo, un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado —que Marisa siempre ponía a una temperatura que rozaba la criogenización para ahorrar— le recorrió la espina dorsal.
El salón estaba en una penumbra sepulcral. Las persianas estaban bajadas hasta el último agujerito, esa barrera defensiva contra el sol que solo las madres y las esposas españolas saben manejar con precisión militar. En el sofá de escay, Marisa estaba sentada. Pero no estaba “echando la siesta” ni viendo el concurso de la tarde con el volumen bajo. Estaba erguida, con la espalda recta como si se hubiera tragado el palo de una escoba, y los ojos fijos en la mesa de centro, una pieza de caoba heredada que siempre estaba cubierta por un mantel de encaje y revistas de decoración que nadie leía.
— Hombre, el trabajador del mes —dijo Marisa. Su voz no era la habitual, esa que oscilaba entre la queja por el precio de la luz y el recordatorio de que había que llamar al fontanero. Era una voz plana, de una calma que Paco asoció inmediatamente con el ojo de un huracán.
— Qué calor, Marisa, de verdad, que parece que han abierto las puertas del infierno en la Puerta del Sol —balbuceó Paco, dejando la bolsa del pan sobre el aparador. Notó que ella no se movía—. ¿Te pasa algo? Estás ahí como si estuvieras esperando una citación judicial.
Marisa no respondió con palabras. Simplemente señaló con el dedo índice hacia la mesa de centro. Allí, justo encima de un posavasos con la imagen de la Giralda, descansaba una carpeta azul, impecable, con un fajo de folios grapados con una pulcritud que a Paco le dio vértigo.
Paco se acercó, arrastrando los pies. Su mente, que en ese momento solo pensaba en una cerveza Mahou bien fría y en si el Real Madrid ficharía por fin al delantero de turno, empezó a procesar la información con la velocidad de un ordenador de los años ochenta. Cogió la carpeta. En la primera página, en letras Times New Roman, cuerpo catorce y en negrita, leyó palabras que no solían aparecer en su vocabulario diario: “Demanda”, “Mutuo Acuerdo”, “Disolución”.
Marisa se levantó del sofá con la elegancia de una pantera que lleva veinte años aguantando que le pisen la cola. Se acercó a él, invadiendo su espacio vital, pero sin tocarlo. El olor de su perfume, ese que él le regalaba cada Navidad porque no sabía qué otra cosa comprar, se mezcló con el sudor de Paco en una combinación química explosiva.
Paco parpadeó, sintiendo que el suelo de parqué, que tanto les costó barnizar el verano del mundial, empezaba a ondularse bajo sus pies.
— ¿Mi libertad? Pero si yo no quiero ser libre, Marisa. Si yo soy feliz. Bueno, a veces discutimos por lo del mando a distancia o por tu madre, pero eso es normal. Es… español. Es matrimonio. ¿A qué viene esta carpeta de gestoría? ¿Es una broma de esas de la cámara oculta? ¡Sole! ¡Cuñado! ¡Salid ya de detrás de la cortina, que ya me habéis asustado!
Marisa soltó una carcajada seca, desprovista de cualquier ápice de humor. Era la risa de alguien que ha cruzado un puente y luego lo ha dinamitado por puro placer estético.
— No hay cámaras, Paco. Y no es una broma. Es el resultado de diecisiete meses de observación científica, de cuadernos de notas y de hablar con un abogado que, por cierto, es el primo de esa chica a la que tú siempre le dabas propinas de más en el bar de abajo. Se llama Rodrigo, y es un hacha. Me ha dicho que tu cara al ver esto sería para ponerle un marco.
Paco se dejó caer en el sillón de orejas, el que él consideraba su trono, sintiendo que el faldón de la silla le rozaba las pantorrillas de forma burlona. Volvió a mirar los papeles. Había números. Muchos números. Columnas de euros, porcentajes, fechas y una lista de bienes que parecía el inventario de un museo de la clase media.
Paco sintió que el mundo, tal como lo conocía, se estaba desintegrando. La idea de una Marisa sumisa, que se limitaba a suspirar cuando él dejaba los calcetines hechos una pelota en el pasillo, se esfumó en la penumbra del salón. Frente a él estaba una estratega militar, una mujer que había convertido su descontento en un plan de logística digno de la invasión de Normandía.
— Pero Marisa… —intentó él, buscando un tono de reconciliación que nunca antes había tenido que usar—. ¿Por qué? Si el otro día fuimos a cenar al chino y pedimos el menú degustación para dos. Si estuvimos de acuerdo en que el arroz tres delicias estaba un poco pasado. Eso une, Marisa. Las quejas unen.
— No, Paco. Lo que une es el respeto, y tú al respeto le tienes la misma alergia que a bajar la basura antes de que huela el rellano —ella empezó a pasearse por el salón, señalando las cosas como si fuera una guía turística del desastre—. La casa, por ejemplo. Esta casa que tú dices que es “nuestra”. El abogado ha revisado las aportaciones. Mis padres pusieron la entrada, Paco. El ochenta por ciento de la hipoteca ha salido de la cuenta donde yo ingresaba las guardias del hospital mientras tú te dedicabas a “invertir” en máquinas de tragaperras y en invitar a rondas a tus amigos los de la peña.
— ¡Eso era networking, Marisa! ¡Relaciones públicas! —protestó Paco, intentando recuperar un poco de su altanería habitual—. De ahí salieron muchos contactos. De ahí me enteré de lo de la plaza de garaje del cuarto.
— De ahí lo único que salió fue una barriga que ya no te deja verte los cordones y un historial bancario que haría llorar a un contable del Opus —replicó ella sin inmutarse—. Así que la casa se queda para mí. Tú tienes derecho a la compensación por las reformas, que según los recibos que he guardado —porque tú no guardas ni el ticket de la carnicería—, asciende a doce mil quinientos euros. Con eso te da para la entrada de un estudio en un barrio donde el metro pase cada media hora.
Paco miró la carpeta. En el apartado de “Bienes Muebles y Vehículos”, vio escrito: “SEAT Ibiza, año 2018”.
— ¿Y el Ibiza? —preguntó con voz trémula—. El Ibiza es mío. Yo lo lavo todos los sábados. Yo le pongo el ambientador de olor a coche nuevo.
— El Ibiza está a mi nombre, Paco. ¿Te acuerdas de cuando tuviste aquel lío con los puntos del carné y pusimos el seguro y la titularidad a mi nombre para que no te subieran la prima? Pues fíjate tú, qué giro del destino. El coche es mío legalmente. Pero como soy generosa, te dejo que te lo quedes si renuncias a la parte de los ahorros de la cuenta de ING. Esa cuenta que tú creías que yo no sabía que tenías “por si acaso”.
Paco abrió mucho los ojos. ¿Cómo sabía lo de la cuenta de ING? La había abierto en secreto, usando la dirección de su madre para que no llegara correspondencia a casa. Era su “fondo de maniobra”, su pequeño tesoro para cuando quisiera darse un capricho o, irónicamente, para cuando Marisa se pusiera “pesada”.
— ¿Cómo sabes lo de ING? —susurró Paco, sintiéndose de repente muy pequeño en su sillón de orejas.
— Paco, por el amor de Dios. Soy la que limpia tu despacho. ¿De verdad creías que meter la cartilla dentro de una caja de zapatos de fútbol de 1994 era un escondite seguro? Si es que eres previsible hasta para engañarme.
Marisa se detuvo frente al ventanal, mirando hacia la calle donde la gente caminaba con prisas, buscando el refugio de una terraza. Se giró hacia él, y por primera vez en toda la conversación, Paco vio un destello de algo parecido a la tristeza, pero enterrado bajo capas de determinación de acero.
— Lo he calculado todo, Paco. Hasta el último céntimo de la pensión compensatoria por los años que pasé trabajando a media jornada para cuidar de tus padres mientras tú “hacías carrera” en la gestoría de tu primo. Está todo ahí. La casa, el coche, las cuentas… y tu libertad. Puedes firmar ahora y nos ahorramos el espectáculo de los juicios, que ya sabes que mi hermana la de Albacete está deseando tener una excusa para venir a Madrid y decirme que te lo advertía.
Paco miró de nuevo los papeles. “Tu libertad”. La frase sonaba a eslogan publicitario, pero en ese momento se sentía como una cadena perpetua. Libertad para qué. Para vivir en un piso compartido con desconocidos que dejaran la leche fuera de la nevera. Libertad para tener que aprender a usar la lavadora, esa máquina infernal que, según él, tenía un lenguaje secreto que solo Marisa entendía.
— Marisa, vamos a hablar… —dijo Paco, levantándose del sillón con la intención de abrazarla, o al menos de agarrarle el brazo para que no se fuera—. Esto no puede ser. Mañana es el cumpleaños de tu hermano. ¿Qué le vamos a decir? ¿Que nos divorciamos por una carpeta azul? Piensa en las apariencias. Piensa en el qué dirán.
— Lo que digan me importa tanto como el color de los calzoncillos que lleves mañana, Paco —respondió ella, dándose la vuelta y caminando hacia la cocina—. Y por cierto, no busques nada en la nevera. He sacado todas tus cosas y las he puesto en bolsas de basura en el lavadero. Si quieres cenar, ahí tienes el teléfono del Telepizza. Pero asegúrate de pagarlo con tu propia tarjeta, porque la conjunta ha muerto esta tarde a las cinco y cuarto.
El ruido de la puerta de la cocina al cerrarse fue como un disparo en mitad del salón. Paco se quedó allí, de pie, con la carpeta azul en la mano y el olor a tormenta veraniega empezando a filtrarse por las persianas. Miró el mantel de encaje, las revistas de decoración y el posavasos de la Giralda. De repente, el silencio del gotelé se volvió insoportable.
Parte 2: La contabilidad del desengaño y el tupperware perdido
Paco permaneció en el salón durante lo que le parecieron décadas. El silencio de la casa era diferente ahora. Ya no era el silencio cómodo de una tarde de domingo, sino un silencio acusador, un vacío que parecía devorar los muebles, las fotos de la boda en Benidorm y hasta el póster del mundial que Marisa siempre había querido quitar. Se acercó a la cocina con la cautela de quien entra en territorio enemigo minado.
Al abrir la puerta, la imagen le dolió más que la demanda de divorcio. Marisa estaba picando cebolla. Pero no la picaba con la desgana habitual de quien prepara un sofrito por obligación; lo hacía con una furia rítmica, casi musical. El “clac, clac, clac” del cuchillo sobre la madera sonaba a sentencia de muerte.
— Marisa, escúchame un momento, tía, que esto no es una forma de terminar dieciocho años de convivencia —empezó Paco, apoyándose en la encimera, justo al lado de la cafetera de cápsulas que todavía no había terminado de pagar—. Que somos una institución en el barrio. El carnicero me pregunta por ti todos los días. ¡El carnicero, Marisa! ¿Qué le voy a decir mañana? “¿Me pone medio kilo de filetes y, por cierto, mi mujer me ha echado de casa con una carpeta azul”? Se va a reír hasta el de los pollos asados.
Marisa detuvo el cuchillo. Ni siquiera le miró.
— Al carnicero le dices que ahora solo vas a comprar filetes para uno, que así te ahorras una pasta y puedes gastártela en esos puros que fumas a escondidas en la terraza y que dejan las cortinas oliendo a club de alterne de los años setenta —respondió ella, reanudando su labor con la cebolla—. Y no me llames “tía”, Paco. Hace mucho que dejé de ser tu “tía”, tu “niña” o tu “mueble con derecho a roce”.
Paco suspiró, sintiendo que el lino de su camisa se secaba, volviéndose rígido y áspero.
— Pero vamos a ver… lo de la pensión. He visto una cifra que no me cuadra. Ochocientos euros al mes. ¡Ochocientos euros, Marisa! ¡Eso es casi la mitad de mi sueldo líquido! ¿Qué pretendes? ¿Que viva a base de yogures de marca blanca y aire de la sierra?
— Pretendo que pagues por el tiempo que me has robado, Paco —ella se giró por fin, con el cuchillo aún en la mano, lo cual le dio a sus palabras un peso extra—. Ochocientos euros es calderilla comparado con las horas que he pasado planchando tus camisas mientras tú estabas en el bar “haciendo negocios” que nunca daban un duro. Es el precio de las vacaciones que no tuvimos porque tú te gastaste el presupuesto en aquella moto de agua que solo usamos una vez porque casi te ahogas en el pantano de San Juan.
— ¡Eso fue una inversión recreativa! —exclamó Paco—. ¡El ocio es fundamental para la salud mental del varón español!
— Pues ahora vas a tener mucho ocio, Paco. Todo el del mundo —ella echó la cebolla en la sartén, y el sonido del aceite saltando pareció aplaudir su decisión—. He calculado la pensión basándome en el nivel de vida que me has impedido tener. He incluido el desgaste psicológico de tener que recordarte dónde están tus llaves todos los benditos días desde el año 2005. Cinco euros por llave perdida. Multiplica, Paco. Te he hecho un descuento por pronto pago.
Paco caminó hacia el lavadero, tal como ella le había indicado. Allí, apiladas sobre la lavadora, vio cuatro bolsas de basura industriales. No eran negras, eran de esas verdes reforzadas, como si Marisa hubiera querido asegurarse de que sus pertenencias no se desparramaran por la escalera, evitando así que los vecinos vieran su vergüenza en formato calzoncillo usado.
Abrió la primera bolsa con manos temblorosas. Lo primero que vio fue su colección de revistas “Gigantes del Basket” de principios de los noventa. Estaban arrugadas, mezcladas con sus calcetines de deporte y esa chaqueta de pana que él adoraba y que ella siempre decía que le hacía parecer un profesor de geografía deprimido.
— ¿Has metido mi chaqueta aquí? —gritó desde el lavadero—. ¡Marisa, que esta chaqueta es un clásico! ¡Me la regaló mi padre cuando entré en la gestoría!
— Tu padre tenía el mismo gusto estético que un Seat Panda abandonado, Paco —llegó la voz desde la cocina—. Esa chaqueta tiene vida propia. El otro día vi que un grupo de polillas se estaba organizando dentro para pedir la independencia. Te he hecho un favor.
Paco se sentó en el suelo del lavadero, rodeado de bolsas verdes, sintiéndose como un refugiado de su propia biografía. Empezó a rebuscar. Encontró el cargador del móvil que siempre perdía, su maquinilla de afeitar eléctrica y, en el fondo de la segunda bolsa, algo que le rompió el corazón: su tupperware favorito. El de color azul, con la tapa roja que encajaba a la perfección y que mantenía la tortilla de patatas con el grado justo de humedad.
— ¡Hasta el tupperware, Marisa! —exclamó, asomándose a la cocina con el envase de plástico en la mano como si fuera un trofeo de guerra—. ¿Es que no tienes piedad? ¿Cómo voy a llevarme la comida a la oficina ahora?
— No vas a llevarte comida de esta casa, Paco —ella ni siquiera levantó la vista del sofrito—. El tupperware te lo he dado porque sé que es lo único que realmente amas en este mundo, aparte de a ti mismo y a la selección española de baloncesto. Úsalo para meter las sobras que compres en el Mercadona. Pero no esperes que se llene solo mágicamente los domingos por la tarde.
Paco volvió al lavadero y se apoyó contra la pared fría. La realidad le estaba golpeando con la sutileza de un martillo pilón. No era solo el divorcio; era el fin de un sistema de soporte vital que él daba por sentado como el sol o la gravedad. ¿Quién le recordaría ahora que tenía que comprar pasta de dientes? ¿Quién sabría que el suavizante azul es el único que no le da picores?
Se levantó, dispuesto a dar una última batalla. Volvió al salón y cogió la carpeta azul. Se plantó en la puerta de la cocina, intentando poner su cara de “director de departamento de recursos humanos”, una posición que nunca tuvo pero que ensayaba frente al espejo.
— Muy bien, Marisa. Quieres guerra, tendrás guerra. Pero esto de la casa… El abogado dice que es tuya, pero yo he pagado las cuotas de la comunidad de vecinos durante diez años. ¡Diez años de derramas para el ascensor y el arreglo del tejado! Eso me da derecho a… a algo. A una habitación, por lo menos. Puedo vivir en el cuarto de la plancha. Seremos como esos matrimonios modernos que viven juntos pero separados. Como en las películas americanas.
Marisa apagó el fuego. El silencio repentino fue aterrador. Se limpió las manos en el delantal, se desató el lazo de la cintura y se acercó a él. Sus ojos estaban muy cerca de los suyos.
— No eres un actor americano, Paco. Eres un contable de medio pelo que se cree que la vida es un anuncio de cerveza —le dijo con una voz que era puro hielo—. He pagado el arreglo del tejado con el dinero de mi herencia, no con tus cuotas de comunidad, que apenas daban para pagar la bombilla del rellano. Y lo de la habitación de la plancha… lo siento, pero ya tengo planes para ese cuarto. Mañana viene el de la tienda de música. Voy a montar mi estudio de pintura. Ese que tú dijiste que era “una pérdida de tiempo porque no tenías talento”.
Paco recordó sus palabras de hacía tres años. “Marisa, mujer, deja de gastar en pinceles y óleos, que para pintar cuadros de flores ya tenemos los calendarios de la caja de ahorros”. En ese momento le pareció una broma simpática; ahora le pareció el clavo que faltaba en su ataúd matrimonial.
— No lo dije con maldad, Marisa… —intentó excusarse.
— Lo dijiste con la superioridad del que cree que su mundo es el único que importa —ella le quitó la carpeta azul de las manos—. Firma los papeles, Paco. Firma y vete a casa de tu madre. Ella estará encantada de volverte a lavar los calzoncillos y de decirte que eres el niño más guapo de todo Madrid. Pero aquí, en esta casa, el inventario se ha cerrado.
Paco miró la carpeta. Miró a Marisa. Se dio cuenta de que ella ya no le veía. Veía un problema administrativo que estaba a punto de resolver. Sintió una punzada de rabia, mezclada con una desesperación infantil.
— Pues no firmo —dijo, intentando sonar rebelde—. No firmo y me quedo aquí, sentado en el salón, hasta que el juez me eche con la policía. ¡Soy un ciudadano español y tengo mis derechos!
— Derechos tienes, Paco —Marisa sonrió, una sonrisa que le dio escalofríos—. Pero también tienes una deuda con Hacienda que he descubierto en tus correos electrónicos. ¿Te acuerdas de aquellas facturas del taller que “inflaste” para deducirte más el año pasado? Rodrigo, mi abogado, dice que si llegamos a juicio, esa información tendrá que salir a la luz. Es una pena, con lo que te gusta a ti ir de hombre honrado por la calle Goya.
Paco sintió que se le aflojaban las esfínteres. El sudor de su camisa volvió con más fuerza. Hacienda. La palabra maldita de cualquier español de bien que intenta “optimizar” sus ingresos.
— Eres… eres una estratega del mal, Marisa —susurró Paco, derrotado.
— No, Paco. Soy una mujer que se ha cansado de ser la sombra de un hombre que no proyecta luz —ella le tendió un bolígrafo, uno de esos que tienen el nombre de una farmacia grabado—. Firma. El taxi te espera abajo en quince minutos. Lo he llamado yo. Es un detalle de la casa.
Paco cogió el bolígrafo. Sus manos temblaban tanto que la firma parecía el sismograma de un terremoto grado ocho. Firmó en todas las cruces rojas que Marisa había marcado. Firmó su renuncia al Ibiza, a la casa de caoba y a los domingos de tortilla.
— Ya está —dijo, dejando caer el bolígrafo sobre la encimera—. ¿Estás contenta?
— Estoy en paz, Paco. Que es mucho mejor que estar contenta —ella recogió los papeles y los guardó en la carpeta azul con una satisfacción religiosa—. Ahora, coge tus bolsas verdes y sal de aquí. No te olvides el tupperware azul. No quiero que tengas excusas para volver a buscar nada.
Paco caminó hacia el lavadero, cogió dos bolsas en cada mano y el tupperware bajo el brazo. Se sintió como el personaje de una tragedia griega, pero en versión low cost y con olor a cebolla frita. Cruzó el salón, miró por última vez el póster del mundial y salió al rellano.
Al cerrarse la puerta, escuchó el sonido de la cadena. El “clac” de la doble vuelta. Fue el sonido más definitivo de toda su vida. Bajó las escaleras cargado con sus bolsas verdes, sintiendo que cada escalón le alejaba de una zona de confort que nunca volvería a recuperar.
Al salir al portal, el taxi blanco con la franja roja ya estaba allí. El conductor, un hombre con cara de haber visto de todo en la noche madrileña, le miró las bolsas verdes y el tupperware.
— ¿A dónde vamos, jefe? ¿Mudanza sorpresa o huida hacia adelante? —preguntó el taxista con ese humor castizo que a Paco siempre le había gustado, hasta ese momento.
— A casa de mi madre —respondió Paco, metiéndose en el asiento trasero—. Y por favor, apague la radio. No estoy para coplas.
Parte 3: El refugio de la madre y el olor a naftalina
El trayecto en el taxi fue un descenso a los infiernos del orgullo herido. Paco miraba por la ventanilla las luces de Madrid, que empezaban a encenderse con una alegría que le resultaba ofensiva. El taxista, que parecía tener un radar para detectar dramas matrimoniales, guardaba un silencio piadoso, roto solo por el clic-clic del intermitente. Paco abrazaba su tupperware azul como si fuera el último resto de una civilización perdida.
Cuando el coche se detuvo frente al bloque de ladrillo visto de su madre, en pleno corazón de Chamberí, Paco sintió que retrocedía treinta años en el tiempo. El portal olía exactamente igual: una mezcla de cera de suelos, tabaco rancio del portero y el perfume floral de las señoras que iban a misa de siete.
Subió en el ascensor, ese cubículo de madera que crujía con la misma intensidad que sus esperanzas de reconciliación. Al llamar al timbre del 4º C, la puerta se abrió casi al instante, como si Doña Virtudes —sí, su madre se llamaba igual que la suegra que tanto detestaba Marisa— llevara horas apostada tras la mirilla.
— ¡Paco! ¡Hijo mío! —exclamó la anciana, abriendo los brazos—. Pero ¿qué haces aquí a estas horas con esas bolsas de basura? ¿Es que te ha tocado la lotería y vienes a celebrarlo?
— No, mamá. Me ha tocado el divorcio —respondió Paco, entrando en el recibidor y soltando las bolsas verdes con un estruendo de revistas viejas y ropa desordenada.
Doña Virtudes se llevó las manos a la cara, en un gesto de tragedia griega que Paco reconoció de inmediato. Era el mismo gesto que hacía cuando se enteraba de que el precio del aceite de oliva había subido o cuando el cura de la parroquia cambiaba el horario de las confesiones.
— ¡Lo sabía! ¡Te lo dije! ¡Esa mujer tiene un aire de independencia que no es sano! —sentenció la madre, cerrando la puerta con doble llave—. Pasa, pasa, que te voy a preparar un vaso de leche con galletas. Estás pálido, Paco. Parece que te han succionado el alma con una aspiradora.
Paco se dejó caer en el sofá de la casa de su madre, un mueble cubierto con una funda de ganchillo que picaba a través de los pantalones. El salón estaba detenido en 1987. Fotos de su comunión, platos de porcelana de Lladró y un televisor que todavía tenía un tapete encima.
— No ha sido cosa de ella solo, mamá… es que… lo traía todo calculado. Casa, coche, cuentas… ¡Hasta el Ibiza, mamá! ¡Me ha quitado el Ibiza! —sollozó Paco, hundiendo la cabeza en las manos.
— ¡Virgen de la Paloma! ¡El coche no! ¡Si el coche es la dignidad del hombre! —Doña Virtudes apareció con el vaso de leche—. No te preocupes, Paco. Aquí estás seguro. Mañana mismo llamamos a tu primo el abogado, no el de Marisa, el nuestro, el que sacó a tu tío de aquel lío de las lindes en el pueblo. Le vamos a quitar hasta la sonrisa.
Paco bebió un sorbo de leche. Estaba demasiado caliente y sabía a nata, exactamente como la odiaba. Pero no dijo nada. En ese momento, cualquier forma de autoridad materna le parecía un refugio necesario.
— He firmado los papeles, mamá —dijo Paco con voz de ultratumba.
El silencio que siguió a esa frase fue tan espeso que se podría haber cortado con un cuchillo de sierra. Doña Virtudes se dejó caer en la silla de comedor, con la boca abierta.
— ¿Que has firmado? Pero ¿tú eres tonto o te lo haces, Paco? ¡Un hombre nunca firma nada sin que su madre le dé el visto bueno! ¡Eso es de primero de supervivencia!
— Tenía pruebas, mamá. De lo de Hacienda. De las facturas de la gestoría. Me ha amenazado con denunciarme si no firmaba. No he tenido opción. Es una… una terrorista de la burocracia.
Doña Virtudes se santiguó tres veces seguidas.
— Eso es pecado, Paco. Chantajear a un marido es pecado mortal. Pero no pasa nada. Mañana te lavo la ropa, te pongo las sábanas limpias en tu cuarto —el que todavía conservaba los pósteres de la selección española de baloncesto del 84— y verás como todo se ve diferente. Te voy a hacer unas croquetas que te van a devolver las ganas de vivir.
Paco asintió mecánicamente. Se levantó y arrastró sus bolsas verdes hasta su antigua habitación. Al entrar, el olor a naftalina y a humedad le golpeó la cara. La cama era estrecha, mucho más estrecha que la de su casa de matrimonio. Los pósteres estaban amarillentos por los bordes. Se sintió como un gigante que intenta meterse en una caja de zapatos.
Abrió una de las bolsas y sacó su tupperware azul. Lo puso encima de la mesa de estudio, justo al lado de un Diccionario Larousse de tres tomos. Lo miró con una mezcla de amor y odio. Ese objeto era el símbolo de su derrota. Marisa le había dado “su libertad”, pero se había quedado con todo lo que hacía que esa libertad valiera la pena.
Se tumbó en la cama, sintiendo que los muelles se clavaban en su espalda. Cerró los ojos e intentó imaginar su nueva vida de soltero. Se vio a sí mismo en una discoteca, intentando ligar con mujeres veinte años más jóvenes, hablándoles de suministros industriales y del mundial de fútbol. Se vio a sí mismo comiendo kebabs a las tres de la mañana frente a un televisor apagado. Se vio a sí mismo volviendo a casa de su madre todos los días a las ocho para cenar puré de verduras.
— Libertad… —susurró Paco—. Me cago en la leche, qué cara sale la libertad.
A las tres de la mañana, Paco seguía despierto. El reloj de cuco del pasillo cantaba las horas con una insistencia sádica. De repente, su móvil vibró en la mesilla de noche. El corazón le dio un vuelco. ¿Sería Marisa? ¿Se habría arrepentido? ¿Estaría llorando sobre los papeles del divorcio, dándose cuenta de que la vida sin Paco era un desierto de soledad y calcetines desparejados?
Cogió el teléfono con la esperanza de un náufrago. Era un mensaje de WhatsApp. Pero no era de Marisa. Era de su cuñado, el hermano de Marisa, el que siempre le pedía dinero prestado y nunca se lo devolvía.
“Paco, tío, me acabo de enterar de lo tuyo. Menuda putada. Pero oye, que dice Marisa que si quieres pasar a recoger la moto de agua, que el del desguace viene el lunes a por ella. Que le ocupa sitio en el garaje. ¡Ánimo, campeón, que ahora eres un soltero de oro!”.
Paco lanzó el móvil contra la pared. El golpe resonó en toda la casa.
— ¡La moto de agua! ¡Me pide que recoja la moto de agua! —gritó Paco, fuera de sí.
— ¡Paco! ¡Hijo! ¿Qué pasa? ¿Te ha dado un parraque? —gritó Doña Virtudes desde la habitación de al lado.
— ¡Nada, mamá! ¡Solo un mosquito! —respondió él, volviendo a hundir la cabeza en la almohada.
Se dio cuenta de que Marisa no solo le había echado; estaba haciendo limpieza general. Estaba borrando cualquier rastro de su existencia con la eficiencia de un equipo de forenses. La moto de agua, su gran sueño de libertad recreativa, era ahora basura que “ocupaba sitio”.
Paco se levantó de la cama, se acercó a la ventana y miró hacia la calle. Madrid dormía, ajena a su drama. Pensó en Marisa, durmiendo en su cama grande, con las sábanas de hilo y el aire acondicionado a dieciocho grados. Pensó en ella pintando flores en el cuarto de la plancha, rodeada de pinceles y de una paz que él nunca supo darle.
Sintió una punzada de envidia, pero no de la sana. Envidia de su capacidad para soltar lastre. Envidia de su cuaderno de notas y de su abogado Rodrigo. Envidia de su libertad, la de verdad, la que se gana después de años de aguantar a un hombre que cree que el amor se mide en rondas de cañas y en tortilla de patatas en tupperware.
Cerró la ventana, se tapó con la manta de lana que su madre le había puesto a pesar de los treinta grados de temperatura exterior y se juró a sí mismo que mañana empezaría su contraataque. Pero mientras se quedaba dormido, lo último que vio fue el tupperware azul sobre la mesa. Parecía brillar en la oscuridad, riéndose de él con su tapa roja perfectamente encajada.
Parte 4: La rebelión del soltero y el epílogo del carnicero
Paco se despertó con el sonido de la radio de su madre a todo volumen. Era un programa de coplas mezclado con las noticias del tráfico en la M-30. El olor a fritanga ya impregnaba las paredes de su antigua habitación. Doña Virtudes entró sin llamar, armada con un plumero y una determinación que ríete tú de la de Marisa.
— ¡Venga, Paco! ¡Arriba! Que el que se queda en la cama se amuerma. He llamado a tu tía Angustias y dice que tiene una conocida que es administrativa en una gestoría, una mujer muy apañada que se acaba de quedar viuda. A lo mejor te interesa conocerla.
Paco se incorporó, sintiendo que los muelles del colchón le habían dejado un mapa de relieve en la columna vertebral.
— Mamá, por el amor de Dios, que hace doce horas que me han echado de mi casa. No estoy para viudas apañadas. Estoy para un café negro y para que alguien me devuelva mi Ibiza.
— El coche ya se verá, Paco. Ahora lo importante es que te asees. Pareces un náufrago de las películas de sobremesa. He puesto tus calzoncillos a remojo con lejía, que tienen un tono grisáceo que no me gusta nada. Marisa nunca supo usar el blanco nuclear.
Paco se levantó y se dirigió al baño. Al mirarse al espejo, vio a un hombre que no reconocía. Tenía los ojos hinchados y el pelo enredado. Se lavó la cara con agua fría, intentando recuperar un poco de la bravuconería que le caracterizaba en el bar de la esquina. Pero al intentar afeitarse, se dio cuenta de que se había dejado el recambio de las cuchillas en el armario de su casa.
— ¡Marisa! —gritó por costumbre, antes de darse cuenta de que Marisa estaba a diez kilómetros de distancia, probablemente desayunando tostadas de aguacate en “su” cocina.
Se vistió con la ropa arrugada que sacó de las bolsas verdes. Se puso la chaqueta de pana, a pesar de que el sol ya empezaba a calentar el asfalto madrileño. Tenía una misión. No iba a quedarse allí, viendo cómo su madre clasificaba su ropa por niveles de suciedad.
— Me voy, mamá. Tengo cosas que hacer —dijo, cogiendo el tupperware azul por inercia.
— ¿A dónde vas con el cacharro ese, hijo? —preguntó Doña Virtudes desde la cocina.
— A recuperar mi dignidad, mamá. O al menos el mando del garaje.
Paco bajó a la calle. Su primera parada fue el bar de siempre, el “Rincón de Manolo”. Necesitaba público. Necesitaba que alguien le diera la razón, que le dijera que Marisa era una exagerada y que la ley en España estaba hecha para hundir al varón ibérico.
Al entrar, Manolo, el dueño, le saludó con un gesto de cabeza mientras secaba un vaso con un trapo que había visto mejores épocas.
— ¿Qué pasa, Paco? Hoy vienes tarde. ¿Te has quedado pegado a las sábanas o es que Marisa te ha puesto a limpiar los cristales? —preguntó Manolo con una risilla cómplice.
Paco dejó el tupperware azul sobre la barra con la solemnidad de un documento oficial.
— Marisa me ha dado el divorcio, Manolo. Me ha echado de casa. Con papeles, abogados y una carpeta azul que parecía el testamento de un duque —soltó Paco, esperando una explosión de indignación colectiva.
El bar se quedó en silencio un segundo. Luego, un jubilado que estaba en la punta de la barra leyendo el diario Marca soltó una carcajada.
— ¡Pues ya era hora, Paco! —dijo el jubilado—. Si todos sabíamos que esa mujer te aguantaba por pura caridad cristiana. El otro día te vimos en la terraza de la plaza invitando a fanta a una que podría ser tu hija. Marisa no es tonta, Paco. Marisa tiene ojos hasta en el cogote.
Paco se puso rojo como un pimiento morrón.
— ¡Eso era una reunión de trabajo! ¡Una clienta potencial para la gestoría!
— Sí, claro. Y yo soy el delantero centro del Atlético de Madrid —replicó el jubilado, volviendo a su periódico.
Manolo le puso el café frente a él. No le cobró, lo cual Paco interpretó como un gesto de lástima que le dolió más que la demanda.
— Mira, Paco —dijo Manolo en voz baja—. Aquí te queremos mucho, pero las cosas como son. Llevas años viviendo en un mundo de fantasía. Marisa te ha dado libertad porque tú ya te la tomabas por tu cuenta sin pagar la factura. Lo de la carpeta azul… pues oye, que me ha dicho mi mujer que Marisa lleva meses preparando el terreno. Que se ha apuntado a clases de dibujo y que está radiante.
— ¿Radiante? ¿Cómo que radiante? ¡Debería estar hundida! ¡Debería estar llorando por las esquinas porque ya no tiene a nadie que le arregle la antena de la tele! —protestó Paco, bebiendo el café de un trago.
— La antena te la arreglaba el técnico, Paco, que tú una vez intentaste tocarla y casi nos dejas a todo el bloque sin ver la final de la Copa del Rey —le recordó el jubilado desde el fondo.
Paco salió del bar hecho una furia. Su plan de buscar apoyo moral se había convertido en una humillación pública. Decidió que su siguiente parada sería la carnicería. Quería ver la cara de sorpresa del carnicero, ese que supuestamente “le preguntaba por ella todos los días”.
Al llegar a la carnicería de Paco (se llamaban igual, lo que para Paco era una señal de hermandad inquebrantable), se puso a la cola detrás de tres señoras que discutían sobre el precio de los cuartos traseros de pollo.
— ¡Siguiente! —gritó el carnicero—. ¡Hombre, Paco! ¿Qué te pongo hoy? ¿El medio kilo de filetes de siempre para que Marisa haga esos rollitos rellenos que tanto te gustan?
Paco carraspeó, sintiendo que todas las señoras de la cola se giraban para mirarle.
— Ponme… ponme un filete, solo uno. De los de vuelta y vuelta. Marisa y yo ya no… bueno, ya no compartimos menú, Paco. Nos hemos divorciado.
El carnicero detuvo el cuchillo en el aire. Miró a Paco, luego miró al tupperware azul que Paco llevaba bajo el brazo.
— ¿Divorciado? ¡No me digas! —exclamó el carnicero con un entusiasmo sospechoso—. Pues fíjate, que ayer pasó Marisa por aquí y se llevó un solomillo de ternera de los caros. Me dijo: “Paco, hoy voy a celebrar que he cerrado una cuenta que me salía muy deficitaria”. Yo pensé que hablaba de un préstamo del banco, pero ahora lo entiendo todo.
Las señoras de la cola empezaron a murmurar. Una de ellas, la señora Reme, que vivía en el segundo, le dio una palmadita en el brazo a Paco.
— No te preocupes, hijo. Ahora tendrás más tiempo para tus cosas. A ver si así dejas de hacer tanto ruido con la moto esa cuando entras en el garaje a las dos de la mañana. Marisa me decía que le despertabas siempre. Pobrecilla, qué paciencia ha tenido.
Paco salió de la carnicería con su filete envuelto en papel de estraza y el alma por los suelos. No había refugio. No había aliados. El barrio, su patria, le había dado la espalda. Se dio cuenta de que Marisa no era la “terrible estratega del mal”; era simplemente una mujer que había hecho partícipe a todo el mundo de su cansancio mientras él estaba demasiado ocupado siendo “el rey de la pista”.
Volvió a casa de su madre, arrastrando los pies. Al entrar en el portal, se cruzó con el portero, que estaba limpiando los espejos.
— ¡Ánimo, Paco! —le dijo el portero—. Que la vida son dos días y uno nos lo pasamos pagando pensiones alimenticias. ¡Ya verás qué bien se vive sin que nadie te diga que bajes el volumen de la tele!
Paco subió en el ascensor. Al entrar en casa de Doña Virtudes, vio que su madre había extendido toda su ropa en la mesa del comedor. Estaba cosiendo botones y remendando calcetines con una parsimonia monacal.
— He encontrado esto en tu bolsa verde, Paco —dijo la madre, mostrándole una foto pequeña y arrugada.
Era una foto de ellos dos, de hacía diez años, en una excursión a la sierra. Marisa sonreía a la cámara, apoyada en el Ibiza rojo. Él salía con el pecho fuera, orgulloso, sujetando una fiambrera.
— Mira qué guapa estaba —dijo Doña Virtudes—. Y mira qué cara de felicidad tenías tú con tu tortilla. Paco, hijo, la libertad está muy bien, pero la libertad sin nadie que te mire mientras te la comes, sabe a poco.
Paco se sentó a la mesa, cogió su tupperware azul y lo abrió. Estaba vacío, por supuesto. Pero por primera vez en su vida, sintió que el vacío no estaba en el recipiente, sino dentro de él. Se dio cuenta de que Marisa no le había quitado sus bienes; le había quitado el contexto que le daba sentido.
Cogió el filete de la carnicería, lo puso dentro del tupperware y se fue a su antigua habitación. Se sentó en la cama estrecha, miró el póster de la selección del 84 y se dispuso a cenar solo.
Mañana tendría que ir a recoger la moto de agua para llevarla al desguace. Mañana tendría que buscar un piso compartido. Mañana tendría que aprender a poner la lavadora para no tener que depender de la lejía de su madre.
— Calculada… —susurró Paco, pinchando el filete frío—. Tenías razón, Marisa. Lo tenías todo calculado. Hasta mi incapacidad para ser libre.
En el silencio de la habitación de Chamberí, Paco empezó a comer, dándose cuenta de que “su libertad” tenía el sabor metálico del arrepentimiento y el olor persistente de la naftalina. Y mientras masticaba, se juró a sí mismo que, algún día, volvería a comprar un tupperware azul, pero esta vez, aprendería a cocinar la tortilla él mismo. Porque la verdadera libertad no es que te den los papeles; es no necesitar que nadie te los firme para saber quién eres cuando se apagan las luces del salón.
Paco cerró los ojos y, por primera vez en dieciocho años, se acordó de que el cumpleaños de Marisa era la semana siguiente. No le compraría perfume. Quizá, solo quizá, le enviaría un mensaje para decirle que el filete estaba duro y que él era, efectivamente, un idiota de mutuo acuerdo. Pero por ahora, solo le quedaba el filete, el tupperware y el tic-tac del reloj de cuco de su madre, marcando el inicio de su nueva, solitaria y perfectamente calculada libertad.