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El silencio del gotelé y el olor a tormenta

Parte 1: El silencio del gotelé y el olor a tormenta

Paco entró en el portal con la pesadez de quien arrastra no solo su propia existencia, sino también el calor asfixiante de un Madrid que en pleno julio no perdona ni a los santos. El aire en el descansillo olía a una mezcla de desinfectante de pino de la vecina del segundo y a ese guiso de legumbres que, por alguna razón mística, siempre se cocina en las casas españolas cuando el termómetro marca cuarenta grados a la sombra. Llevaba la camisa de lino pegada a la espalda, formando un mapa de humedades que él intentaba disimular con una dignidad de caballero andante venido a menos.

Al girar la llave en la cerradura, Paco no esperaba nada fuera de lo común. Su rutina era un mecanismo de relojería suiza, pero de imitación comprada en un mercadillo: llegar, soltar las llaves en el cuenco de cerámica que su cuñado le trajo de la última feria de artesanía de Cuenca, quitarse los zapatos con un gruñido sordo y preguntar qué había para cenar. Sin embargo, en cuanto el “clic” de la puerta resonó en el pasillo, un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado —que Marisa siempre ponía a una temperatura que rozaba la criogenización para ahorrar— le recorrió la espina dorsal.

El salón estaba en una penumbra sepulcral. Las persianas estaban bajadas hasta el último agujerito, esa barrera defensiva contra el sol que solo las madres y las esposas españolas saben manejar con precisión militar. En el sofá de escay, Marisa estaba sentada. Pero no estaba “echando la siesta” ni viendo el concurso de la tarde con el volumen bajo. Estaba erguida, con la espalda recta como si se hubiera tragado el palo de una escoba, y los ojos fijos en la mesa de centro, una pieza de caoba heredada que siempre estaba cubierta por un mantel de encaje y revistas de decoración que nadie leía.

— Hombre, el trabajador del mes —dijo Marisa. Su voz no era la habitual, esa que oscilaba entre la queja por el precio de la luz y el recordatorio de que había que llamar al fontanero. Era una voz plana, de una calma que Paco asoció inmediatamente con el ojo de un huracán.

— Qué calor, Marisa, de verdad, que parece que han abierto las puertas del infierno en la Puerta del Sol —balbuceó Paco, dejando la bolsa del pan sobre el aparador. Notó que ella no se movía—. ¿Te pasa algo? Estás ahí como si estuvieras esperando una citación judicial.

Marisa no respondió con palabras. Simplemente señaló con el dedo índice hacia la mesa de centro. Allí, justo encima de un posavasos con la imagen de la Giralda, descansaba una carpeta azul, impecable, con un fajo de folios grapados con una pulcritud que a Paco le dio vértigo.

Paco se acercó, arrastrando los pies. Su mente, que en ese momento solo pensaba en una cerveza Mahou bien fría y en si el Real Madrid ficharía por fin al delantero de turno, empezó a procesar la información con la velocidad de un ordenador de los años ochenta. Cogió la carpeta. En la primera página, en letras Times New Roman, cuerpo catorce y en negrita, leyó palabras que no solían aparecer en su vocabulario diario: “Demanda”, “Mutuo Acuerdo”, “Disolución”.

¿Qué es esto? —preguntó Paco, y la voz le salió en un falsete impropio de un hombre de cincuenta y dos años que se jactaba de ser el rey de su casa.

Marisa se levantó del sofá con la elegancia de una pantera que lleva veinte años aguantando que le pisen la cola. Se acercó a él, invadiendo su espacio vital, pero sin tocarlo. El olor de su perfume, ese que él le regalaba cada Navidad porque no sabía qué otra cosa comprar, se mezcló con el sudor de Paco en una combinación química explosiva.

Tu libertad. Firmada y calculada —respondió ella, cruzando los brazos sobre el pecho.

Paco parpadeó, sintiendo que el suelo de parqué, que tanto les costó barnizar el verano del mundial, empezaba a ondularse bajo sus pies.

— ¿Mi libertad? Pero si yo no quiero ser libre, Marisa. Si yo soy feliz. Bueno, a veces discutimos por lo del mando a distancia o por tu madre, pero eso es normal. Es… español. Es matrimonio. ¿A qué viene esta carpeta de gestoría? ¿Es una broma de esas de la cámara oculta? ¡Sole! ¡Cuñado! ¡Salid ya de detrás de la cortina, que ya me habéis asustado!

Marisa soltó una carcajada seca, desprovista de cualquier ápice de humor. Era la risa de alguien que ha cruzado un puente y luego lo ha dinamitado por puro placer estético.

— No hay cámaras, Paco. Y no es una broma. Es el resultado de diecisiete meses de observación científica, de cuadernos de notas y de hablar con un abogado que, por cierto, es el primo de esa chica a la que tú siempre le dabas propinas de más en el bar de abajo. Se llama Rodrigo, y es un hacha. Me ha dicho que tu cara al ver esto sería para ponerle un marco.

Paco se dejó caer en el sillón de orejas, el que él consideraba su trono, sintiendo que el faldón de la silla le rozaba las pantorrillas de forma burlona. Volvió a mirar los papeles. Había números. Muchos números. Columnas de euros, porcentajes, fechas y una lista de bienes que parecía el inventario de un museo de la clase media.

¿Calculada? —repitió Paco, sintiendo que la lengua se le trababa—. ¿Cómo que calculada, Marisa? ¿Qué has estado haciendo? ¿Llevando una contabilidad paralela mientras yo veía el Chiringuito de Jugones?

Sí. Casa, coche, cuentas y pensión. Todo está incluido —sentenció ella, dándole un golpecito con la uña a la carpeta azul—. No se me ha escapado ni el juego de café de la Cartuja que nos regaló tu tía abuela Segunda, esa que decía que yo no sabía cocinar lentejas. Hasta eso está valorado y dividido.

Paco sintió que el mundo, tal como lo conocía, se estaba desintegrando. La idea de una Marisa sumisa, que se limitaba a suspirar cuando él dejaba los calcetines hechos una pelota en el pasillo, se esfumó en la penumbra del salón. Frente a él estaba una estratega militar, una mujer que había convertido su descontento en un plan de logística digno de la invasión de Normandía.

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