Posted in

El veredicto de las cartas en Madrid que sentencia al heredero legítimo ante una suegra cegada por el esoterismo

El veredicto de las cartas en Madrid que sentencia al heredero legítimo ante una suegra cegada por el esoterismo

Parte 1: El Despertar de la Pitonisa de Chamberí

Mira, yo no es por malmeter, que ya me conoces y sabes que soy más de “vive y deja vivir”, pero lo de mi suegra, doña Purificación, ha pasado de castaño oscuro a eclipse total de sol. No es que la mujer sea mala, es que tiene la cabeza tan llena de serrín esotérico que si le das un soplido, te monta una sesión de espiritismo en el salón. Y ahí estábamos nosotros, un martes cualquiera en Madrid, con ese calor pegajoso que se te mete en los vaqueros y te hace odiar hasta el asfalto de la Castellana, subiendo el cuarto piso sin ascensor de su casa en Chamberí.

Alberto, mi marido, iba delante resoplando como un buey. El pobre tiene la paciencia de un santo, o de un opositor a notarías, que viene a ser lo mismo. Llevaba bajo el brazo la carpeta azul, esa con los papeles de la herencia del tío Paco. Ya sabes, el tío Paco, el de los ultramarinos de Usera, que en paz descanse el hombre, pero que nos ha dejado un “marrón” legal de los que hacen época. El caso es que los papeles decían claramente que el piso de la calle Fuencarral era para Alberto. Blanco y en botella. Pero claro, en esta familia las leyes del Registro de la Propiedad tienen menos peso que un anuncio de compresas si Purificación decide consultar “las energías”.

—Alberto, hijo, que te noto el aura muy gris. Casi color rata —soltó Purificación nada más abrirnos la puerta. No nos dio ni las buenas tardes ni un beso. Nos plantó una varilla de incienso de sándalo en la cara que casi me deja ciega de un ojo.

—Hola, mamá. Es el cansancio, que vengo de trabajar, no el aura —contestó Alberto intentando esquivar el humo—. Traigo los papeles de la partición. Hay que firmar lo de la Gestoría para que no nos crujan a impuestos.

La casa de mi suegra es un museo de lo absurdo. Tienes la típica figurita de Lladró conviviendo con un Buda de plástico que brilla en la oscuridad y una pirámide de cristal que, según ella, purifica el agua del grifo. Huele siempre a una mezcla entre potaje de vigilia y tienda de productos “new age” de la calle del Pez. Es un ataque constante a los sentidos.

—Los papeles, los papeles… —murmuró ella, moviendo las manos como si estuviera apartando moscas invisibles—. Siempre con lo material, Alberto. No entendéis que el universo tiene sus propios tiempos. Y sus propios planes. Ayer mismo, mientras me tomaba el descafeinado, se me cayó una gota en el mantel y formó la silueta de un cuervo. ¿Sabes qué significa un cuervo en martes, hijo?

—¿Que tienes que comprar un mantel nuevo? —aventuré yo, ganándome una mirada de las que te congelan la sangre.

—Significa traición, Manuela. Traición y herencias mal habidas.

Me quedé de piedra. ¿Herencias mal habidas? Pero si el tío Paco adoraba a Alberto. Si se pasaron veranos enteros juntos en el pueblo mientras la tía abuela Segunda le enseñaba a podar parras. Pero no, para Purificación, lo que diga un manchurrón de Nescafé tiene más validez jurídica que el Código Civil.

Nos hizo pasar al comedor, que estaba en penumbra. Tenía las persianas bajadas a mitad, según ella para que no se “escapara el chi”, aunque yo sospecho que es para que no se vea el polvo acumulado sobre las enciclopedias. En el centro de la mesa camilla, bajo el tapete de ganchillo, no estaban las facturas de la luz ni el catálogo del súper. Había un tapete de terciopelo morado y una baraja de cartas que daban miedo solo de mirarlas.

—He llamado a Madame Lulú —dijo con una solemnidad que ni que fuera a anunciar la tercera guerra mundial.

—¿A quién? —preguntó Alberto, dejándose caer en la silla con un suspiro de derrota.

—Lulú. Es una eminencia. La conocí en el curso de “Alineación de Chakras por el Método del Garbanzo”. Ella ve lo que nosotros, pobres mortales cegados por el ruido de la ciudad, no podemos ver. Ha dicho que hoy es el día del Veredicto Final.

Yo miré a mi marido. Él me miró a mí. En sus ojos vi el reflejo de un hombre que se plantea seriamente la vida monástica. Alberto abrió la carpeta azul y sacó los folios oficiales, esos con el sello del notario y todo.

—Mamá, por favor. Madame Lulú cobra cincuenta euros la sesión y solo dice generalidades. Estos papeles son reales. El tío Paco quería que nos quedáramos con el piso para poder reformarlo y vivir allí. Sabes que estamos de alquiler en un zulo de treinta metros en Lavapiés donde el vecino de arriba ensaya la flauta dulce a las tres de la mañana. Esto es nuestra oportunidad.

Purificación ni le escuchaba. Estaba encendiendo una vela blanca y otra negra. Se puso unas gafas de cerca que tenían una cadena de perlas gordas y empezó a barajar las cartas con una destreza que ya quisiera el crupier del Casino de Torrelodones.

—El destino no se firma en una notaría, Alberto. El destino está escrito en el éter. Paco era un hombre complejo. Tenía sombras. Muchas sombras. ¿Y si este piso es una carga kármica? ¿Y si pertenece por derecho espiritual a tu primo Braulio?

—¿A Braulio? —salté yo, que ya no podía más—. ¿A Braulio, el que se gastó la entrada del coche en criptomonedas y ahora vive en el sofá de su exnovia? ¿El que le robó a su abuela los pendientes de oro para comprarse un detector de metales? ¿Ese Braulio tiene “derecho espiritual”?

Read More