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El asfalto de Madrid burbujeaba como una sopa de alquitrán bajo el sol de julio. Era ese tipo de domingo en el que los pájaros no cantaban, sino que buscaban

PARTE 1

El asfalto de Madrid burbujeaba como una sopa de alquitrán bajo el sol de julio.

Era ese tipo de domingo en el que los pájaros no cantaban, sino que buscaban desesperadamente una sombra donde entregar el alma.

Elena sentía que su propia piel se había convertido en una armadura de lija pegajosa.

Cada paso que daba hacia el portal de su suegro era un acto de fe.

Javi, su marido, caminaba dos pasos por delante, cargando una sandía de ocho kilos como si fuera un artefacto explosivo.

Él no decía nada, pero el sudor le bajaba por las patillas formando un río bravo que moría en el cuello de su polo.

Llegaron al rellano y el olor a humedad antigua y a sofrito de domingo los recibió como una bofetada.

Elena pulsó el timbre con el dedo índice, que se sentía extrañamente hinchado por el calor.

Al otro lado de la puerta de madera oscura, se oyeron los pasos lentos y rítmicos de Don Paco.

Eran pasos de un hombre que no tenía prisa, porque la prisa, según él, era lo que mataba a la gente en verano.

Se oyó el descorrer de tres cerrojos, una cadena de seguridad y, finalmente, el crujido de la bisagra.

Don Paco apareció en el umbral, impecable, con su guayabera de lino y unos pantalones de pinzas que parecían ignorar las leyes de la termodinámica.

No tenía ni una gota de sudor en la frente.

—Pasad, pasad, que se escapa el fresco —dijo Don Paco con esa voz de barítono jubilado que tanto le caracterizaba.

Elena entró en el salón y sintió que el tiempo se había detenido en 1984.

Las persianas estaban bajadas hasta el último milímetro, dejando la estancia en una penumbra sepulcral.

Apenas un par de rendijas dejaban pasar unos haces de luz donde bailaban motas de polvo en suspensión.

Era el búnker contra el calor que Don Paco construía cada mañana a las siete de cero.

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