campo un eco vivo de algo que no había terminado de cicatrizar. Ese origen lo marca Posadas o campo. No fue un hombre de iglesia por cultura o por conveniencia familiar. Fue un hombre de iglesia por convicción, construida en el contexto de un estado que había aprendido a sangre, que la fe y el poder político no podían coexistir sin fricciones.
Eso explica décadas después por qué cuando Posada Socampo vio lo que estaba pasando en México en los años 90, no pudo callarse, porque callar para él era una traición al único proyecto de vida que había tenido desde niño, ordenado sacerdote en 1936. Posadas o campo ascendió dentro de la estructura eclesiástica mexicana con la misma discreción metódica que caracteriza a los hombres que duran en las instituciones.
No fue el cura más brillante de su generación. No fue el más carismático, fue el más serio, el más riguroso, el que llegaba a las reuniones habiendo leído todo lo que había que leer, el que tomaba notas cuando otros improvisaban, el que construía sus posiciones sobre hechos verificados y no sobre intuiciones.
Esas virtudes, la seriedad, el rigor, la documentación lo llevaron a posiciones cada vez más importantes dentro de la jerarquía. Fue obispo de Tijuana en 1970. Fue obispo de Cuernavaca en 1976. Fue obispo de Puebla en 1984 y el 13 de abril de 1987, Juan Pablo I lo nombró arzobispo de Guadalajara, la arquidiócesis más grande e históricamente significativa del país.
Recuerda esa fecha, 1987. Porque lo que Posadas Campo encontró en Guadalajara cuando llegó no era simplemente una ciudad católica con sus rituales y sus tradiciones. Era el epicentro de algo que estaba cambiando México para siempre. Guadalajara en 1987 era al mismo tiempo la segunda ciudad más grande de México y el corazón operativo de lo que después el mundo conocería como el cártel de Guadalajara.
Miguel Ángel Félix Gallardo. El padrino, operaba desde ahí con una libertad que décadas después todavía resulta difícil de creer. Sus redes de distribución cubrían el país de norte a sur. Sus rutas de exportación cruzaban la frontera con Estados Unidos con una regularidad y un volumen que no podían existir sin complicidad institucional en los dos lados y sus relaciones con la clase política mexicana con funcionarios, con policías, con gobernadores, con figuras del gobierno federal eran conocidas en los círculos
correctos con el mismo nivel de detalle con el que hoy conocemos el organigrama de cualquier empresa. pública. No eran sospechas, eran hechos. El problema era que nadie con poder suficiente quería hacer nada con esos hechos. Para entender por qué, necesitas entender cómo funcionaba el narcotráfico en México en esa época, no como lo entendemos hoy, cárteles en guerra, violencia desbordada, geografías fragmentadas, sino como algo muy diferente.
Un sistema administrado. El narcotráfico en el México de los años 80 no era caos, era orden, un orden perverso, criminal, construido sobre la corrupción sistemática de las instituciones. orden. Al fin las plazas estaban asignadas, los grupos tenían territorios definidos y la relación entre los narcotraficantes y las instituciones del Estado, la policía, el ejército, la Dirección Federal de Seguridad era una relación de administración.
El Estado no perseguía al narcotráfico. El Estado cobraba por tolerarlo. Eso era el sistema en que Posadas Ocampo llegó a trabajar cuando se convirtió en arzobispo de Guadalajara. Y ese sistema, ese acuerdo implícito entre el crimen organizado y las instituciones del Estado, era tan conocido por quienes operaban en los círculos de poder que hablar de él en voz alta era considerado más que un acto de valentía, un acto de imprudencia.
Posadas o campo llegó a Guadalajara y se encontró con esa realidad, un hombre de su formación, de su rigor, de su convicción de que la Iglesia tenía la obligación moral de pronunciarse sobre lo que estaba destruyendo a las familias mexicanas. No podía ignorarlo. Los curas de su diócesis le reportaban lo que veían en sus comunidades.
Jóvenes reclutados por los cárteles, familias destrozadas por las adicciones, violencia que llegaba a barrios que antes habían sido tranquilos, dinero del narcotráfico, lavado a través de negocios locales que nadie tocaba porque todo el mundo sabía de quién eran. Eso era Guadalajara en los años en que Posadas Ocampo fue construyendo su conocimiento del problema.
Y en 1987, el mismo año en que Posadas llegó a Guadalajara, la DEA perdió a uno de sus agentes más importantes en territorio mexicano. Enrique Kiki Camarena, secuestrado, torturado y asesinado con la participación de funcionarios de la Dirección Federal de Seguridad. La policía política del Estado mexicano. El caso Camarena, abrió una herida entre México y Estados Unidos que no cicatrizó durante años y que en los archivos de la DEA dejó documentada la profundidad de la relación entre el cártel de Guadalajara y las instituciones del
Estado mexicano. Osadas o campo leyó esos reportes, los que circulaban, los que llegaban por canales diplomáticos a la anunciatura apostólica, los que le compartían sus contactos en la clase política y en la comunidad empresarial de Guadalajara, fue acumulando pieza por pieza, nombre por nombre y en 1989 la captura de Félix Gallardo por la policía federal cambió el mapa del narcotráfico mexicano.
La organización que él había construido se fragmentó. Los hermanos Arellano, Félix Ramón, Benjamín, Javier y los demás se quedaron con Tijuana y Baja California. Amado Carrillo Fuentes, tomó el control del cártel de Juárez y en Sinaloa, un hombre joven y ambicioso llamado Joaquín el Chapo Guzmán empezó a construir lo que décadas después sería el cártel más poderoso del mundo.
La fragmentación del cártel de Guadalajara no redujo el tráfico de droga, lo reorganizó y la reorganización trajo algo que el sistema anterior no tenía. competencia y la competencia entre organizaciones criminales, cuando no hay una autoridad regulatoria que las contenga, tiene una sola resolución posible, violencia. Esa violencia fue llegando a Guadalajara de forma gradual entre 1989 y 1993, primero en los municipios periféricos, después en las colonias populares, después en zonas que nunca habían visto nada de ese tipo. y el arzobispado de
Guadalajara, a través de sus párrocos, de sus trabajadores sociales, de sus escuelas y hospitales, lo veía todo de primera fila. Posada o campo recibía esos reportes cada semana y cada semana que pasaba, la lista de lo que sabía crecía. Mientras Posadas Campo acumulaba ese conocimiento, México vivía una transformación que en la superficie parecía modernización y en el fondo era algo más complicado.
Carlos Salinas de Gortari llegó a la presidencia en diciembre de 1988 en una elección que la oposición y buena parte del país consideraba fraudulenta. La caída del sistema. La noche del conteo de votos, los resultados que tardaron días en conocerse. La victoria oficial de Salinas, con un margen que nadie creía todo eso, quedó enterrado bajo la urgencia del proyecto económico que el nuevo presidente llegaba a implementar.
Salinas tenía un plan, un plan ambicioso, sofisticado, diseñado para transformar a México en un acto relevante de la economía global, privatizaciones, apertura comercial, modernización del estado y como pieza central del edificio, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el Telecá, que se estaba negociando en esos años y que se firmaría en enero de 1994.
Para que ese proyecto funcionara, Salinas necesitaba dos cosas: estabilidad política y la aprobación internacional, especialmente la aprobación de Estados Unidos. Y Estados Unidos tenía una pregunta muy concreta sobre México en esos años. ¿Qué está pasando con el narcotráfico? Esa pregunta no era retórica, era el centro de negociaciones diplomáticas, de reportes de inteligencia, de conversaciones directas entre la Casa Blanca y Los Pinos.
Y la respuesta que Salinas ofrecía siempre en todos los foros era una variante de la misma afirmación. México está combatiendo el narcotráfico con toda la fuerza del estado. Mientras tanto, en Guadalajara, el sucesor del cártel de Félix Gallardo, que para entonces ya estaba en la cárcel, pero cuya red seguía operando, se estaba reorganizando.
Los hermanos Arellano Félix se habían quedado con la plaza de Tijuana. Los amigos de Miguel Gallardo habían formado el cártel del Golfo en el noreste y en Jalisco, en Sinaloa, en Sonora, el narcotráfico seguía fluyendo con una libertad que contradecía de frente el discurso oficial de Salinas. Y no solo seguía fluyendo, seguía siendo administrado, porque la fragmentación del cártel no había eliminado los acuerdos con las instituciones del Estado, los había multiplicado.
Ahora, en lugar de un solo interlocutor, Félix Gallardo, había varios y cada uno de esos interlocutores requería sus propios acuerdos, sus propias complicidades, sus propios funcionarios dispuestos a cobrar y a mirar hacia otro lado. El sistema no se había roto, se había complejizado. Osadas o campo veía todo eso y en algún punto de esos años, los documentos no establecen una fecha exacta, empezó a juntarlo, a construir un expediente propio, a guardar lo que le llegaba, a verificar en la medida de sus posibilidades
lo que sus fuentes le decían, a quién le contó lo que estaba juntando. Esa es una de las preguntas centrales de esta historia. Porque Posadas Campo no era el tipo de hombre que guardaba información sin hacer nada con ella. Era el tipo de hombre que creía que la información tenía una obligación, la de ser usada para corregir lo que estaba mal.
Y lo que estaba mal en México en los años que anteceden a su muerte era tan grande, tan sistémico, tan profundamente incrustado en las instituciones, que cualquier intento de hablar sobre ello se convertía automáticamente en una amenaza para personas muy poderosas. Eso es lo que pone tan en riesgo a Posadas o campo en los meses previos a su muerte, no sus intenciones, su conocimiento, no verina.
Para entender el 24 de mayo de 1993, necesitas entender el primer trimestre de ese año. 1993. No es un año cualquiera en la historia de México. Es el año en que Salinas está en la cima de su poder. El TLC está en proceso de ratificación en el Congreso de Estados Unidos. La imagen internacional de México.
La imagen que Salinas había construido con tanto cuidado durante 5 años está en su punto más alto. Las portadas de las revistas económicas internacionales presentan a México como el milagro latinoamericano, como el país que había dejado atrás el populismo y el estatismo y estaba listo para integrarse al primer mundo. En enero de 1993, el secretario de Estado de Estados Unidos, Warren Christopher, visitó la Ciudad de México y se reunió con Salinas.
Las conversaciones fueron, según los reportes diplomáticos de la época, cordiales y optimistas. El telecan avanzaba. La relación bilateral estaba en su mejor momento y en ese mismo mes en Guadalajara los Arellano Félix y los hombres del Chapo Guzmán tuvieron su primer enfrentamiento serio por el control de las plazas del occidente. Hubo muertos.
No se reportaron públicamente. La policía local no intervino. Ese es el contraste. que Posada Socampo vivía en tiempo real. El presidente de la República en las portadas de las revistas internacionales construyendo el milagro mexicano. Y en la ciudad donde él vivía y trabajaba, dos organizaciones criminales matándose entre sí mientras las instituciones del Estado miraban, ese contraste no lo podía sostener.
Y al mismo tiempo, en esos meses de principios de 1993, Posada Socampo empezó a recibir información de fuentes que lo urgían a actuar, fuentes dentro del sistema que sabían cosas que no podían decir públicamente, fuentes que entendían que si no había alguien con autoridad moral suficiente para llevar esa información al nivel correcto, iba a seguir sepultada indefinidamente, posadas campo era esa figura, no porque fuera un político, precisamente porque no era un político, un cardenal de la Iglesia Católica que llega al gobierno federal
con un portafolio lleno de documentos y dice, “Esto es lo que sé y quiero hablar con el presidente. No puede ser ignorado de la misma forma que un periodista o un presidio académico. Tiene un peso institucional, una red de contactos internacionales, una plataforma moral que ningún operador político puede simplemente aplasta con un llamado telefónico, pero puede ser silenciado de otra forma.
Y así fue. Novérmido, los cárteles estaban en guerra. La disputa por la plaza de Guadalajara entre los Arellano Félix y el Chapo Guzmán había escalado de forma dramática a principios de 1993. Ya había habido enfrentamientos, ya había muertos, ya había operaciones armadas en el área metropolitana de Guadalajara que la policía local veía sin intervenir, porque intervenir significaba tomar partido.
Y tomar partido significaba enemistarse con alguno de los dos grupos y enemistarse con cualquiera de los dos grupos. En esa plaza era un ejercicio que nadie en la estructura policial local estaba dispuesto a hacer. Eso es el contexto. Eso es lo que hay en Guadalajara. Cuando Posadas Oampo sale de su residencia arzobispal la mañana del 24 de mayo de 1993, el cardenal Posadas Ocampo no llegó al 24 de mayo de 1993 de forma accidental.
llegó después de años de acumulación, años de audiencias, de fuentes, de documentos, de conversaciones con personas que sabían cosas que no podían decir públicamente y que necesitaban que alguien en una posición de autoridad moral las escuchara. ¿Qué sabía exactamente, Harfla? Cuando revisas los 56 tomos del expediente de Posadas o campo y digo revisas, porque revisarlos de verdad, no ojearlos significa semanas de trabajo.
Lo primero que te impacta no es lo que encontraron, es lo que no buscaron. Hay líneas de investigación que se abrieron en los primeros días y se cerraron sin explicación. Hay testimonios que se recogieron y que después desaparecieron del expediente. Hay análisis forenses que se iniciaron y que no tienen conclusión.
Un expediente de 56 tomos con ese nivel de vacíos no es un expediente incompleto por negligencia. Es un expediente intervenido. Lo que Posadas sabía tiene tres capas. La primera capa es la que todo el mundo conoce. sabía de la existencia de los cárteles, de sus operaciones en Jalisco y en el noroeste del país, de los niveles de violencia que la disputa territorial estaba generando.
Eso no era un secreto para nadie en los círculos que él frecuentaba. Era el tema de conversación entre los políticos, los empresarios, los obispos de las diócesis del norte que le reportaban lo que vivían sus comunidades. Pero la primera capa no es lo que te matan por saber. La segunda capa es más específica. sabía de las conexiones entre los cárteles y figuras del gobierno federal, no como rumor, como información documentada que había recibido por al menos dos canales distintos.
Uno de esos canales era la anunciatura apostólica, el representante diplomático del Vaticano en México, el cardenal Girólamo Prigione, que tenía sus propias fuentes de inteligencia y que había estado involucrado en mediaciones políticas de alto nivel en los años anteriores. El otro canal era una fuente dentro de la PGR.
La Procuraduría General de la República, cuya identidad los documentos de Arfuch protegen todavía bajo el código fuente JE7. Recuerda ese código Fuente J7 porque reaparece en una parte muy específica de esta historia. La fuente JE7 era alguien con acceso directo a los expedientes de inteligencia que la PDR manejaba sobre las organizaciones criminales.
Alguien que veía en esos archivos nombres que no deberían estar ahí, nombres de funcionarios cuyas comunicaciones con líderes del narcotráfico estaban documentadas. Nombres de operadores que facilitaban movimientos específicos de cargamentos. nombres de personas que cobraban en efectivo en lugares específicos por servicios específicos que el Estado no sabía que estaba prestando.
Esa fuente empezó a comunicarse con Posadas o campo a través de un intermediario cuya identidad tampoco está revelada en los documentos disponibles en algún punto de 1992. Y aquí está lo que hace a la fuente J7 particularmente relevante. Según los documentos de Arfuch, fuente J7 no actuaba solo por convicción moral, actuaba también por miedo.
Había visto lo que le pasaba a la gente que intentaba hacer lo correcto dentro del sistema. Había visto expedientes archivados, había visto investigaciones canceladas, había visto colegas desplazados, silenciados, en algunos casos peor que eso. Y entendía que si la información que tenía iba a tener algún efecto, si iba a romper de alguna forma, el ciclo de impunidad tenía que salir por un canal que el sistema no pudiera controlar.
La iglesia era ese canal, posadas o campo era ese canal. Un cardenal de 80 años con una reputación irreprochable, con acceso al Vaticano, con vínculos internacionales. Esa era la persona menos controlable del sistema, la persona a la que no podía silenciar con un llamado telefónico o con una transferencia bancaria. La persona que si empezaba a hablar, la audiencia que la escucharía no era solo México, era el mundo.
La fuente J7 calculó eso y entregó lo que tenía, lo que no calculó o lo que calculó y decidió aceptar como costo. es que la entrega de esa información no protegería a Posadas o campo, lo marcaría porque en el sistema que administraba la información en el gobierno de Salinas, cuando alguien de adentro empezaba a filtrar, había mecanismos para detectar esa filtración, mecanismos para identificar al filtrador y mecanismos para seguir el rastro de la información filtrada hasta el destinatario.
¿Cuándo se enteró el sistema de que Posadas o Campo tenía esos documentos? No lo sabemos con precisión. Lo que sí sabemos por la cadena de eventos que culminó el 24 de mayo de 1993, es que para esa fecha alguien en una posición suficientemente alta del gobierno federal sabía exactamente lo que el cardenal llevaba en su portafolio y sabía que ese mismo día el cardenal iba a intentar dar el primer paso para sacarlo.
no podía ser simplemente ignorado, no podía ser desacreditado con la facilidad con que se desacredita a un periodista o a un opositor político y tenía acceso directo a la anunciatura apostólica, que a su vez tenía canales hacia el Vaticano y hacia las embajadas de países, cuya opinión el gobierno de Salinas no podía ignorar.
La segunda capa es suficientemente peligrosa, pero no es lo que hace al portafolio de posadas o campo absolutamente intocable. La tercera capa es la que hace eso. La tercera capa es que Posadas sabía de un acuerdo, un acuerdo entre el gobierno federal y una facción específica del narcotráfico. Un acuerdo que establecía de forma implícita que ciertas operaciones de transporte de droga, ciertas rutas, ciertos volúmenes, ciertos momentos no serían interferidas por las autoridades federales.
a cambio de un nivel controlado de violencia y de una participación económica de funcionarios identificados, ese acuerdo no estaba escrito en ningún papel oficial, pero sus consecuencias sí eran verificables. Las cifras de incautación de droga en ciertas regiones durante ciertos periodos no correspondían con la actividad que la inteligencia policial documentaba.
Había operativos de la policía federal que llegaban a su objetivo y encontraban el lugar vacío como si alguien hubiera avisado. Había cargamentos que cruzaban la frontera en puntos donde se habían reportado refuerzos de vigilancia y que, sin embargo, llegaban a su destino sin problema. Las matemáticas no cuadraban. Y cuando las matemáticas de los cárteles no cuadran, la diferencia tiene una sola explicación posible.
Los documentos en el portafolio de Posadas o campo, según fuentes cercanas a la investigación de Arfuch, no eran en su mayoría documentos que él había generado. eran documentos que le habían entregado, copias, fotografías de páginas, transcripciones de conversaciones, nombres y fechas que alguien alguien dentro del sistema había decidido que tenían que salir a la luz.
¿Quién se los dio? Esa pregunta lleva directamente a la segunda promesa, pero todavía no es el momento. Eh, antes de llegar al aeropuerto, necesitas entender la dinámica de poder en la que Posadas Campo estaba moviéndose en esos meses. Carlos Salinas de Gortari no era solo el presidente, era el arquitecto de un proyecto político que dependía en su totalidad de mantener una imagen internacional limpia durante los siguientes 9 meses.
El tiempo que faltaba para que el TLC entrara en vigor en enero de 1994. Cualquier escándalo esa magnitud, cualquier revelación pública de que el gobierno mexicano tenía acuerdos con el narcotráfico hubiera podido hundir la ratificación del tratado en el Congreso de Estados Unidos y derrumbar con ella el proyecto político que Salinas había construido en 6 años.
Eso es lo que estaba en juego. No solo la carrera de Salinas, el proyecto completo de modernización que Salinas presentaba como el futuro de México y Posadas o Campo tenía documentos que amenazaban exactamente eso. Pero hay algo más que necesitas saber sobre la relación entre Posadas o Campo y Salinas de Gortari en ese periodo. No eran desconocidos.
se habían reunido en múltiples ocasiones formales. La relación entre la Iglesia Católica y el Estado mexicano en los años de Salinas era una relación peculiar. Formalmente, la Constitución de 1917 seguía siendo laicista con restricciones severas a la participación de la Iglesia en la vida pública. Pero en la práctica, Salinas había impulsado cambios legales.
las reformas constitucionales de 1992, que reconocieron formalmente a las iglesias como entidades jurídicas que habían mejorado de forma significativa la relación entre los Pinos. Y el Vaticano, Posadas Ocampo era uno de los beneficiarios de esa mejora. era el interlocutor eclesiástico más importante del gobierno en la región occidente.
Tenía acceso directo a las más altas esferas del gobierno federal y usó ese acceso para intentar plantear lo que sabía. En al menos dos ocasiones anteriores al 24 de mayo de 1993, según fuentes cercanas a la investigación, Posadaocampo intentó conseguir una audiencia formal con el presidente para tratar el tema del narcotráfico y las complicidades institucionales.

Las dos veces la audiencia fue postergada, no cancelada, postergada con mensajes corteses, con promesas de que se encontraría el momento adecuado, el momento nunca encontraba y Posada Campo empezó a entender que el canal formal no iba a funcionar, que si quería que la información llegara a donde tenía que llegar, iba a tener que forzar el acceso de una forma que no permitiera más postposiciones.
La visita del nuncio apostólico a Guadalajara el 24 de mayo. Era esa oportunidad. El nuncio Prigione tenía acceso directo al Vaticano. El Vaticano tenía acceso directo a la comunidad internacional y la comunidad internacional la que estaba mirando a México con atención en 1993 por el TLC era el foro al que Salinas más le temía. posadas o campo.
No iba al aeropuerto solo a recibir a un colega eclesiástico. Iba a dar el primer paso de un proceso que, si todo salía bien, pondría los documentos de su portafolio en manos de personas que Salinas no podría controlar. Alguien lo sabía y ese alguien actuó antes de que Posadas llegara al avión. Ahora aquí llega la primera cosa que te prometí.
La reunión de la mañana del 24 de mayo de 1993. Esa mañana, antes de salir hacia el aeropuerto, Posadas o Campo, estuvo en una reunión en la ciudad de Guadalajara. Las versiones sobre quiénes exactamente estaban en esa reunión no son completamente consistentes entre sí, pero los testimonios que Arfuch tiene documentados coinciden en puntos centrales.
En esa reunión había al menos dos personas con vínculos directos al gobierno federal. No eran miembros del gabinete, no eran figuras de primer nivel, eran lo que en el lenguaje político mexicano se llama operadores. Hombres que no tienen cargos visibles, pero que mueven cosas, que transmiten mensajes que sirven de intermediarios entre los que ordenan y los que ejecutan.
Posadas habló en esa reunión. habló con una franqueza que, según los testigos, sorprendió a los presentes. Dijo que tenía información sobre la participación de funcionarios del gobierno federal en acuerdos con el narcotráfico. Dijo que esa información estaba documentada y dijo con una claridad que dejó al cuarto en silencio, que tenía la intención de transmitirla directamente al presidente de la República.
y si era necesario hacerla pública. Todos sabemos que muchos políticos importantes están haciendo negocio del narcotráfico y eso no debemos permitirlo. Los operadores le pidieron que esperara, que no actuara todavía, que hubiera un canal formal para manejar la información. Posadas se negó, dijo que ya había esperado suficiente y se fue.
Lo sacaron a empujones. 3 horas después, en el estacionamiento del aeropuerto Miguel Hidalgo de Guadalajara, 14 balas terminaron la conversación que Posadas o Campo había decidido que ya no podía seguir posponiéndose y los operadores que estaban en esa reunión, ninguno fue llamado a declarar en la investigación oficial, ni uno solo.
Pero espérate, porque la segunda promesa todavía viene y conecta directamente con algo que ningún fiscal ha querido tocar en 30 años. Lo que Arfuch encontró en los 56 tomos no fue solo la historia de un asesinato, fue el mapa de una operación de encubrimiento ejecutada desde los primeros minutos con una precisión que solo tiene una explicación posible.
Alguien en el gobierno federal sabía exactamente qué había que esconder y cuánto tiempo tenía para esconderlo. Son las 3:47 de la tarde del 24 de mayo de 1993, el aeropuerto Miguel Hidalgo de Guadalajara, la zona de estacionamiento exterior entre las terminales, el gran marquis blanco del cardenal Posadas Ocampo llega al estacionamiento.
El chóer frena Posadas está adentro con su portafolio sobre las piernas viene a recibir al nuncio apostólico Girólamo Prigione, que aterriza en unos minutos. En ese mismo momento, en otro punto del estacionamiento, hay al menos dos vehículos con hombres armados. La versión oficial dice que son dos grupos enemigos.
El grupo de los Arellano Félix buscando al Chapo Guzmán. y los hombres del Chapo intentando protegerlo. La versión oficial dice que el cardenal fue una víctima accidental de ese fuego cruzado, que los sicarios de los Arellano confundieron el gran marquis blanco del cardenal con el vehículo en que viajaba el Chapo, que también era un gran marquis blanco.
Esa versión tiene un problema, varios problemas. En realidad, el primero, los testigos presenciales en el estacionamiento. Testigos que declararon en las primeras 24 horas antes de que alguien pudiera hablar con ellos describen un escenario diferente. Describieron a hombres que se acercaron al vehículo del cardenal de forma directa, sin la confusión propia de un enfrentamiento entre dos grupos.
Describieron disparos que iban en una sola dirección. Describieron que cuando el cuerpo del cardenal cayó, algunos de los hombres se acercaron al vehículo, abrieron la puerta y buscaron algo adentro. No es el comportamiento de sicarios que acaban de matar a la persona equivocada. Es el comportamiento de sicarios que mataron a la persona correcta y están recuperando lo que vinieron a recuperar.
El segundo problema, la balística. El médico forense que examinó el cuerpo de Posadas o campo en los primeros momentos antes de que se le ordenara detener su trabajo, documentó 14 impactos de bala. Todos en la parte superior del cuerpo, todos con una trayectoria que indicaba que los disparos habían sido realizados a corta distancia de frente o en un ángulo mínimo.
La dispersión entre los impactos era mínima. Los disparos de un tiroteo confuso entre dos grupos rivales en un espacio abierto como un estacionamiento no tienen esa característica. El fuego cruzado dispersa, los blancos se mueven, los ángulos cambian. Los 14 impactos en posadas o campo no se explican con el fuego cruzado, se explican con una ejecución deliberada.
Hay otro detalle balístico que los investigadores independientes han señalado consistentemente y que la versión oficial nunca abordó de forma satisfactoria. La altura de los impactos. 14 balas en la parte superior del cuerpo con ángulo descendente en un hombre sentado dentro de un vehículo. Eso sugiere que quien disparó estaba de pie junto a la ventanilla del pasajero.
A corta distancia, con el cuerpo estático del blanco frente a él, no hay confusión posible en esa imagen. Quien apretó el gatillo sabía exactamente a quién le estaba disparando. El tercer problema es el más grave. ¿Dónde está el portafolio? El portafolio que posada su campo llevaba consigo esa tarde. El portafolio que contenía los documentos que había mencionado en la reunión de esa mañana no apareció en la escena del crimen, no apareció en el vehículo, no apareció en el hospital al que fue llevado el cuerpo, no apareció
en ningún inventario de evidencias, simplemente no estaba. ¿Cómo desaparece el portafolio de un cardenal asesinado en el estacionamiento de un aeropuerto? Con decenas de testigos presentes en una escena que en teoría debería haber sido asegurada por las autoridades. Esa pregunta tiene una sola respuesta posible.
Alguien lo tomó antes de que la autoridad llegara. alguien que sabía que tenía que tomarlo, alguien que sabía exactamente qué había adentro. Y hay un cuarto problema que raramente se nombra, pero que en cualquier investigación sería, hubiera sido una señal de alarma inmediata. El nuncio Prigione aterrizó en Guadalajara.
esa misma tarde llegó al aeropuerto, vio la escena, habló con los primeros respondientes y posteriormente en varias entrevistas el nuncio dijo algo que generó más preguntas que respuestas. dijo que Posadas sabía que había una amenaza contra su vida, que en días anteriores le había dicho que tenía información, que no iba a poder guardar por mucho más tiempo.
¿Por qué el nuncio apostólico no fue citado a declarar formalmente en la investigación sobre ese punto específico? ¿Por qué su testimonio sobre la conciencia que Posadas tenía del peligro no figura en ninguno de los 56 tomos del expediente oficial? ¿Por qué la PDR nunca siguió ese hilo? Porque ese hilo lleva a un lugar que la PDR de Salinas no podía ir.
Nexa, aquí llega la segunda cosa que te prometí. Y prepárate porque el encubrimiento del asesinato de posadas o campo no empezó después, cuando el caso ya era público y la presión política era máxima. Empezó esa misma tarde. En las primeras 2 horas después de los disparos, Carlos Salinas de Gortari fue informado del asesinato antes de que los medios de comunicación lo supieran.
La cadena de llamadas está documentada. La Procuraduría General de la República recibió el reporte desde Guadalajara, lo transmitió a Los Pinos y antes de que cualquier boletín oficial saliera a la luz pública, los pinos ya habían dado instrucciones. ¿Qué instrucciones? La primera, no autopsia.
Esa instrucción, esa orden de que no se le practicara autopsia al cuerpo del cardenal. llegó a los médicos forenses del Hospital Civil de Guadalajara por vía telefónica desde la PDR, antes de que transcurrieran 4 horas del asesinato, un cardenal de la Iglesia Católica, el hombre de mayor jerarquía eclesiástica en el país, asesinado a tiros en un espacio público con 14 impactos de bala.
Y el presidente de la República ordena que no se practique autopsia para proteger que la respuesta más inmediata, la que los forenses que revisaron el caso décadas después señalan consistentemente es que la trayectoria de los proyectiles hubiera establecido con certeza las posiciones desde las que se disparó. Y esas posiciones no eran consistentes con el fuego cruzado.
No había fuego cruzado. Pero la orden de no autopsia también protege algo más. el estado del cuerpo en los momentos posteriores al asesinato. En los primeros minutos después de que Posadas cayó, varias personas se acercaron al vehículo. Si la autopsia hubiera incluido análisis de tejido y de la ropa de la víctima, podría haber establecido con más precisión no solo la trayectoria de los disparos, sino también la presencia de personas en el vehículo en esos primeros momentos.
La orden de no autopsia eliminó esa posibilidad. Fue una decisión de una eficiencia clínica que solo tiene sentido si quien la tomó sabía exactamente qué podría encontrarse en un análisis forense completo. La segunda instrucción, la escena de crimen no fue correctamente asegurada. Los testigos que estaban en el estacionamiento no fueron detenidos ni identificados de forma sistemática.
En los primeros registros de la PDR de ese día, el número de testigos que dieron declaración en las primeras horas es llamativamente bajo para una escena con la cantidad de personas que estaban presentes. ¿Por qué? Porque algunos de esos testigos, los que habían visto lo que realmente pasó, ya no estaban disponibles.
Hay tres testimonios recogidos por periodistas independientes en los días siguientes al asesinato, que describen a hombres vestidos de civil, acercándose a los testigos inmediatamente después de los disparos. Hombres que los identificaban, hombres que les decían lo que habían visto, hombres que les explicaban de formas que no necesitaban hacerse explícitas por qué era conveniente no contradecir la versión del fuego cruzado.
Eso no es una investigación, es un operativo de contención. Y el operativo de contención tenía una tercera pata que es quizás la más reveladora. En los días siguientes al asesinato, varios testigos que habían dado declaraciones en las primeras horas fueron contactados nuevamente por funcionarios de la PDR. En esas segundas entrevistas se les mostraron fotografías, se les pidió que identificaran a personas y en varios casos las declaraciones que firmaron en esa segunda ronda contradecían en puntos específicos lo que habían declarado en la primera. Los investigadores que
revisaron el expediente décadas después notaron ese patrón. No una o dos contradicciones aislables como error de memoria. un patrón sistemático de corrección de testimonios en dirección de la versión oficial. Los testimonios no se corregían solos, los corregían. Y lo que lo hace más grave todavía es que alguien de la propia PDR lo vio, lo documentó y se atrevió a escribirlo.
Mira, mira. Et. Aquí llega la tercera promesa. Necesito que pongas atención porque esta es la parte del expediente que nadie ha explicado públicamente de forma satisfactoria. En los primeros días después del asesinato de Posadas o campo, el subprocurador general de la República, uno de los funcionarios de más alto rango dentro de la PDR, le envió una carta al procurador general, Jorge Carpizo.
Esa carta existe, está en el expediente, no es una filtración ni una leyenda urbana. Y en esa carta, el subprocurador acusa al propio procurador de haber intervenido en la investigación desde el primer momento, de haber ordenado líneas de investigación que no correspondían con la evidencia disponible, de haber cerrado otras que sí correspondían, de haber creado condiciones para que la versión del fuego cruzado se convirtiera en la versión oficial antes de que la evidencia forense lo respaldara.
¿Cómo reaccionó Jorge Carpizo ante esa acusación? La carta no generó ninguna acción formal dentro de la PDR. El subprocurador, que la escribió fue desplazado de su cargo meses después y Jorge Carpizo continuó siendo el procurador general de la República hasta que Salinas dejó el poder en diciembre de 1994. ¿Entiendes lo que eso significa? Un funcionario de alto rango dentro de la PDR, denunció por escrito que su propio jefe estaba manipulando la investigación del asesinato del cardenal.
Esa denuncia fue archivada. El denunciante fue removido y el investigado continuó en su cargo. En un sistema que funciona. Esa denuncia genera un procedimiento, genera una investigación externa, genera consecuencias para alguien. En el sistema de Salinas en 1993, esa denuncia generó una sola cosa. El silencio del denunciante.
Páralo un segundo. Un subprocurador de la República acusó al procurador de manipular el caso por escrito con su firma. Esa carta está en el expediente. Nadie hizo nada con ella. Cuántas veces necesitas que te digan que algo estuvo mal para que lo creas. Pero hay algo más en esa carta que raramente se menciona. El subprocurador no solo acusaba al procurador de manipular la investigación, también señalaba de forma más velada con el lenguaje cuidadoso del funcionario, que sabe que está cruzando una línea, que las instrucciones que había recibido
carpizo no eran instrucciones que él había tomado por iniciativa propia, eran instrucciones que alguien le había dado, alguien con más autoridad que el procurador, alguien que en mayo de 1993 tenía autoridad sobre todos los procuradores, sobre todos los ministros, sobre todas las instituciones del Estado mexicano.
El subprocurador no escribió ese nombre en la carta, pero lo apuntaba con toda la precisión que un hombre en esa posición se podía permitir. A lo mejor tienes en tu propia vida el recuerdo de un momento en que viste algo injusto y te callaste porque el costo de hablar parecía demasiado alto. O a lo mejor tienes el recuerdo de alguien que sí habló y lo que le pasó después.
Si tienes ese recuerdo, entiendes exactamente lo que debe haber sentido. Ese subprocurador cuando envió esa carta sabía lo que arriesgaba. lo hizo de todas formas y el sistema lo aplastó de todas formas. Así funciona la impunidad en los niveles más altos, no persiguiendo activamente a los que hablan, simplemente neutralizándolos, simplemente asegurándose de que nadie que importe los escuche.
Pero el tercer grupo todavía no ha salido y ese es el corazón de todo. Pero lo que Arfuch encontró después cambiaría la forma en que entiendes, no solo el asesinato de Posadas o campo, sino todos los asesinatos políticos de 1993, porque Posadas no fue el único y el hilo que los conecta pasa por el mismo lugar. Y no, y no y no.
Necesito que te concentres en lo siguiente, porque es el núcleo de todo. La versión oficial del asesinato de Posadas o campo descansa sobre una premisa, que los sicarios de los arellanos félix confundieron el gran marquis blanco del cardenal con el gran marquis blanco en que supuestamente viajaba el Chapo Guzmán hacia el aeropuerto.
Esa premisa tiene un problema fundamental que los investigadores independientes han señalado durante décadas. El Chapo Guzmán no iba al aeropuerto. Esa tarde el Chapo viajaba desde su zona de operaciones en el noroeste hacia otra parte, no hacia Guadalajara. Los Arellano Félix, que tenían su propia inteligencia sobre los movimientos del Chapo, lo sabían.
Entonces, ¿por qué iban a montar un operativo de esa magnitud con múltiples vehículos y decenas de hombres armados en el aeropuerto de Guadalajara a esperar a alguien que no estaba yendo ahí? La respuesta corta. No iban a matar al Chapo. Entonces, ¿a quién iban a matar? Hay que detenerse aquí un momento para entender la mecánica de cómo funcionan los operativos de los cárteles en ese periodo.
Cuando un grupo del narcotráfico monta un operativo de esa escala con vehículos, con hombres armados, con una zona específica identificada, lo hace después de un trabajo de inteligencia. Saben quién va a estar dónde, saben a qué hora, saben cuánta seguridad va a haber. ¿Saben qué ruta de entrada y salida a usar? Ese nivel de planeación no se improvisa.
Y para el aeropuerto de Guadalajara, el 24 de mayo de 1993, un espacio público con presencia policial, con flujo de personas, montar un operativo de esa magnitud requería información muy específica. Requería saber que habría una persona específica en ese estacionamiento a esa hora en ese vehículo. ¿Quién tenía esa información? El equipo del cardenal, el arzobispado y los operadores a los que Posadas había dicho esa mañana que iba al aeropuerto a encontrarse con el nuncio.
Esa concatenación de hechos, la reunión de la mañana, la revelación del destino, el operativo en el aeropuerto esa misma tarde no tiene una explicación inocente. Arfuch habla. Uno de los hallazgos más importantes del trabajo de revisión del expediente es que hay evidencia de la presencia de un tercer grupo en el aeropuerto esa tarde.
Un grupo que no corresponde con los hombres identificados como Arellano Félix, ni con los hombres identificados como del Chapo. Hay testimonios de al menos cuatro testigos independientes que describen a un grupo de hombres que actuaron de forma separada a los otros dos grupos. que se acercaron al vehículo del cardenal de forma directa y que se retiraron antes de que llegaran las primeras patrullas.
Un tercer grupo, no los Arellano, no el Chapo, un tercer grupo que llegó al aeropuerto esa tarde con un solo objetivo. ¿De dónde vino ese tercer grupo? Los documentos que Arfuch tiene en su poder no establecen esa respuesta con certeza absoluta. Lo que sí establecen es una serie de conexiones que señalan en una dirección específica.
Uno de los hombres que varios testigos describen como parte del tercer grupo fue identificado años después en un proceso judicial distinto como operador de una estructura de inteligencia que en 1993 reportaba directamente a funcionarios de primer nivel del gobierno federal. no era narcotraficante, era operativo del Estado.
Y hay algo más en la composición de ese tercer grupo que resulta significativo cuando lo lees con cuidado. Algunos de los hombres que los testigos describen como parte de ese tercer grupo estaban vestidos de forma diferente a los sicarios habituales de los cárteles. Los sicarios de los Arellanos Félix y del Chapo en ese periodo tendían a usar ropa casual jeans, tenis, camisas sueltas, la ropa que permite moverse con discreción en espacios públicos.
Varios testigos del tercer grupo describen hombres con ropa más formal, con cortes de cabello y posturas que, en la memoria de quienes los vieron, evocaban no tanto a delincuentes, sino a personas acostumbradas a entornos institucionales. Eso es un detalle pequeño, pero en una investigación seria. Ese tipo de detalles, la forma de vestir, la postura, la manera de moverse son exactamente el tipo de evidencia que un investigador forense debería haber explorado.
Ningún investigador oficial lo exploró porque ese hilo llevaba a un lugar que la PDR de Salinas no podía ir. No era narcotraficante, era operativo del Estado. Eso es lo que Arfuchs llama la pieza que falta en el expediente oficial. Porque si el tercer grupo era un operativo del Estado, si el gobierno federal tenía hombres en ese estacionamiento, esa tarde entonces la versión del fuego cruzado accidental no es solo imprecisa, es una mentira construida deliberadamente para proteger a quienes ordenaron el asesinato.
Y ahora la cuarta promesa, la más pesada de todas. Porque lo que acabas de escuchar la reunión de la mañana, el portafolio desaparecido, la carta del subprocurador, el tercer grupo, cada una de esas piezas tiene peso por sí sola, pero cuando las pones juntas, cuando las ves en el contexto de lo que estaba pasando en México en 1993, aparece algo que va más allá del caso Posadas o campo.
Parece un patrón y ese patrón empieza antes de Posadas o campo. En 1984, 9 años antes del asesinato del cardenal, fue asesinado Manuel Buenía, el columnista político más leído de México en esa época, autor de la columna Red Privada en el periódico Excelsior. Buen día. Llevaba años investigando la relación entre el gobierno mexicano y las agencias de inteligencia de Estados Unidos, y en los meses previos a su muerte había empezado a publicar información sobre los vínculos entre funcionarios de la Dirección Federal de Seguridad y el Narcotráfico. Buen Día
fue asesinado de cuatro balazos en la espalda mientras caminaba hacia su automóvil. Su agresor fue eventualmente identificado y condenado, pero los que le dieron la orden nunca fueron procesados de forma satisfactoria. Buen día. Es el antecedente, la señal de que en el sistema salinista que heredó las estructuras del priismo clásico, había un protocolo para silenciar a quienes se acercaban demasiado.
cierta información. Posadas o campo muere el 24 de mayo de 1993, 8 meses después. El 23 de marzo de 1994, Luis Donaldo Colosio es asesinado en Tijuana. Colosio era el candidato presidencial del PRI, el sucesor designado de Salinas, el hombre que, según varias fuentes cercanas a su campaña, había empezado a tomar distancia del salinismo.
El hombre que en un discurso pronunciado semanas antes de su muerte había dicho con una claridad poco común en la política mexicana que había que reformar al PRI, separar al Estado del partido, cambiar las formas del poder. Ese discurso pronunciado el 6 de marzo de 1994 en el monumento a la revolución en la ciudad de México fue interpretado en los círculos del poder como una declaración de independencia, como una señal de que Colosio, si llegaba a la presidencia no iba a ser el presidente que Salinas había diseñado. Manejable, agradecido,
continuador del proyecto. Colosio también sabía cosas. Colosio también tenía su propia versión de lo que estaba pasando dentro del gobierno de Salinas. Y Colosio también estaba a punto de ganar acceso a los instrumentos del Estado, la presidencia, la PDR, la Secretaría de Gobernación que le permitirían hacer algo con lo que sabía.
Fue asesinado en Lomas Taurinas, Tijuana, durante un mitín de campaña. Un balazo en la cabeza. Mario Aburto fue detenido en el lugar, fue condenado. Y la pregunta que lleva 30 años sin respuesta oficial es, ¿quién le dijo a Mario Aburto que fuera a ese mitín con un arma? El propio hermano de Carlos Salinas, Raúl Salinas, de Gortari, fue señalado en varias investigaciones como parte de una conspiración más amplia relacionada con el asesinato de Colosio.
Las acusaciones no prosperaron formalmente en relación con Colosio, pero sí en otro caso. Dos meses después de la muerte de Colosio, en junio de 1994, es asesinado José Francisco Ruiz Maieu, secretario general del PRI, cuñado de Salinas, hombre que también había tomado distancia del grupo duro del salinismo y que estaba, según sus propios testimonios registrados en esa época, preparando una exposición pública de irregularidades dentro del partido.
Muerto también en 1995. Raúl Salinas de Gortari fue arrestado acusado de ser el autor intelectual del asesinato de Ruiz Massie. Fue procesado. Fue condenado a 27 años de prisión. La sentencia fue después reducida y Raúl Salinas eventualmente obtuvo su libertad en 2005, pero el proceso judicial dejó documentada en registros oficiales la participación de la familia Salinas en al menos uno de los asesinatos de ese año y simultáneamente al proceso de Raúl surgió otro escándalo que agregó una capa más a todo esto. En las cuentas
bancarias de Raúl Salinas de Gortari en Suiza, donde guardaba dinero bajo identidades falsas, se encontraron depósitos por cientos de millones de dólares, cuyo origen nunca fue explicado de forma satisfactoria, centenas de millones de dólares en cuentas suizas, de un hombre que nunca tuvo un cargo oficial en el gobierno federal.
¿De dónde venía ese dinero? Las investigaciones suizas, que procedieron con mucha más seriedad que las mexicanas, apuntaron en una dirección específica. Parte de ese dinero provenía de organizaciones del narcotráfico. Era el pago por la protección que el círculo más cercano de Salinas había garantizado a ciertos grupos criminales durante el sexenio.
Eso es lo que Raúl Salinas guardaba en Suiza. Y Raúl no operaba solo. Tres hombres en 11 meses. Buen día, Colosio. Ruth, Masir y antes de todos ellos, Posadas o campo, los cuatro con información sensible sobre el sistema de complicidades entre el gobierno y el crimen organizado, los cuatro silenciados, los cuatro en circunstancias en que la versión oficial resultó insatisfactoria.
Eso no es una coincidencia, eso es un patrón y el patrón tiene un centro. No estoy diciéndote que Carlos Salinas ordenó personalmente cada uno de esos asesinatos. Lo que te estoy diciendo es que en el sistema que Salinas construyó un sistema donde la información era poder, donde el poder era la capacidad de silenciar a quienes amenazaban el proyecto y donde las instituciones estaban diseñadas para proteger al que estaba arriba y no al que tenía la verdad.
Esos asesinatos no eran accidentes, eran consecuencias. Consecuencias de un sistema que había decidido que cierta información no podía salir nunca a ningún precio. Esa decisión que cierta información nunca salga requiere que alguien esté en la cima del sistema para asegurarla. y en 1993, en 1994, en los meses en que cuatro personas que sabían demasiado murieron en circunstancias que nadie ha logrado explicar satisfactoriamente en 30 años.
El hombre en la cima del sistema era uno solo. Carlos Salinas de Gortari. Si Raúl Salinas ordenó el asesinato de Ruiz Maieu, ¿qué ordenó Carlos Salinas? Esa pregunta, la pregunta que Posadas o Campo llevaba en su portafolio sigue sin tener respuesta oficial 32 años después. Pero los documentos de Arfuch señalan en una dirección: “Volvamos al portafolio.
” Porque el portafolio no es solo un objeto que desapareció. es el símbolo central de esta historia, el objeto que conecta todo. Hm. Si el portafolio solo hubiera contenido documentos eclesiásticos, correspondencia ordinaria, agenda de compromisos, materiales para la recepción del nuncio, no habría razón para robarlo.
Un portafolio que se roba en una escena de crimen se roba porque contiene algo que no debe ser encontrado. ¿Qué había en ese portafolio? Harf habla. Según las fuentes que revisamos, en el portafolio de posadas o campo había al menos tres categorías de documentos. La primera, registros de conversaciones, apuntes tomados por posadas o por personas de su entorno en reuniones específicas con fechas y nombres.
La segunda, copias de documentos que le habían sido entregados por terceros y que vinculaban a funcionarios federales con operaciones de narcotráfico. Y la tercera, la más delicada, una lista. Una lista con nombres, con cargos, con montos. No sabemos si era exhaustiva, no sabemos si era definitiva, pero lo que sí sabemos por los testimonios que tenemos es que Posada Socampo la describió a al menos dos personas en los días anteriores a su muerte, como la lista de los que cobran.
La lista de los que cobran. Cinco palabras. Y cuando entiendes a quién podían referirse esas palabras en el contexto del gobierno federal de Salinas en 1993, en el contexto de los acuerdos que se habían establecido con los cárteles, en el contexto de los funcionarios que Posadas había identificado a través de Fuente J7, ¿entiendes por qué ese portafolio no podía llegar a ninguna mesa de fiscal ni a ningún un periodista, ni al Vaticano ni a ningún lugar, porque si esa lista llegaba a salir, no era solo el gobierno de Salinas lo que caía, era el proyecto
completo, el TLC, la modernización, el milagro mexicano, todo eso caía con una sola lista. Pero hay algo más en la historia del portafolio que raramente se menciona. Posadas o campo era un hombre meticuloso. No era el tipo de persona que cargaba documentos únicos sin copias. En las conversaciones que tuvo en los días previos a su muerte, conversaciones que sus allegados recuerdan con el detalle que dan los momentos que después resultan ser los últimos posadas.
mencionó que había dejado resguardos de la información más importante. ¿Qué eran esos resguardos? ¿Dónde estaban? ¿Llegaron a alguien? Hay una versión no confirmada, pero tampoco descartada por los investigadores que han revisado el caso, que dice que parte de esa información llegó al Vaticano, no a través de canales oficiales, sino a través de un contacto personal que Posadas tenía en la curia romana.
una persona que habría recibido sobre después de la muerte del cardenal con instrucciones de abrirlo solo, si algo le ocurría a posadas. Si esos documentos existen en algún archivo vaticano, están protegidos por la confidencialidad más hermética del mundo. Y nadie en el gobierno mexicano, en ningún gobierno de los últimos 32 años ha tenido el peso político o la voluntad de pedirle al Vaticano que lo sabra.
Porque para pedir eso, primero tendrías que estar dispuesto a recibir la respuesta. Y eso, esa disposición es lo que nunca ha existido. Hay algo en la historia de Posadas o Campo que va más allá de la política y del narcotráfico. Hay algo que es profundamente humano y que creo que esta historia merece que lo nombremos.

Posada Campo tenía 81 años cuando lo mataron. 81 años. un hombre que había construido su vida entera dentro de una institución que le pedía exactamente dos cosas: fe y paciencia, que había ascendido durante décadas a través del servicio y la discreción, que había llegado a la cima de su carrera eclesiástica en su vejez y que en ese momento, en los últimos meses de su vida, tomó una decisión que cualquier persona razonable, valorando los riesgos, hubiera podido justificar diferente.
Pudo haberse dicho, “Ya tengo 81 años. Ya di lo que tenía que dar. Que otros más jóvenes carguen con esto. Que otros más poderosos lo resuelvan.” No se lo dijo. Se le nota en las crónicas de las personas que lo conocieron en esos meses que había en él algo parecido a la urgencia. la sensación de que ya no había tiempo para esperar al canal correcto, al momento adecuado, a que las condiciones fueran perfectas, que si algo iba a hacerse, tenía que hacerse ya.
A lo mejor tú conoces ese momento, el momento en que decides que ya no puedes seguir mirando hacia otro lado, en que el costo de callarte se vuelve más alto que el costo de hablar, en que te das cuenta de que si no lo dices tú, nadie más lo va a decir o lo van a decir cuando ya sea demasiado tarde. Posadas o campo tuvo ese momento y le costó la vida.
Pero la historia no termina con la muerte de Posadas. Termina o más bien no termina con lo que vino después, con los 30 años de impunidad, con los intentos fallidos de reabrir el caso, con lo que Carlos Salinas de Gortari ha dicho y lo que no ha dicho en cada entrevista en que le han preguntado y con algo más, una investigación reciente que está moviendo piezas que estaban quietas desde 1994.
Necesito que conozcas lo que pasó con la investigación oficial en los años siguientes, porque la impunidad en el caso Posadas o Campo no fue estática. No fue simplemente que el expediente se cerró y nadie lo volvió a tocar. Fue dinámica, fue activa. Cada vez que alguien intentó reabrir el caso, algo ocurría.
En 1994, el gobierno de Salinas utilizó el caso Posadas o Campo como parte de su operación contra los cárteles, específicamente como justificación para la persecución de Joaquín el Chapo Guzmán, que fue capturado en Guatemala en junio de 1993, apenas semanas después del asesinato del cardenal y señalado como uno de los responsables del fuego cruzado.
El Chapo desde su celda negó estado en el aeropuerto de Guadalajara ese día. Sus declaraciones no fueron tomadas en cuenta, pero hay algo en la captura del Chapo que vale la pena señalar, porque raramente se menciona en el contexto de este caso. El Chapo fue capturado en Guatemala fugitivo apenas tres semanas después del asesinato de posadas o campo.
La velocidad de esa captura fue para los estándares de la PDR en ese periodo inusual. Las operaciones de inteligencia para localizar a un fugitivo de ese nivel normalmente toman meses o años, tres semanas. ¿Por qué tan rápido? Una explicación es que la presión internacional, especialmente la presión de Estados Unidos, que seguía el caso, posadas con mucha atención, dado el impacto que tenía en la ratificación del telecán, empujó al gobierno de Salinas a producir un detenido visible con rapidez.
El Chapo era el detenido visible perfecto. Era un narcotraficante real, con historial criminal documentado, con suficiente peso en las organizaciones para que su captura pareciera un golpe significativo. Y al mismo tiempo era alguien cuya captura no exponía nada de lo que el gobierno federal más necesitaba proteger. Los nombres, los acuerdos, los funcionarios de la lista de posadas o campo.
El Chapo fue el detenido presentable. El caso podía cerrarse y se cerró, pero no del todo. En 1997, la Comisión Nacional de Derechos Humanos presentó un informe sobre el caso Posadas o Campo, en el que señalaba inconsistencias graves en la investigación oficial, inconsistencias en la balística, inconsistencias en los testimonios recabados.
inconsistencias en la cadena de custodia de la evidencia. El informe recomendaba la reapertura de la investigación. El informe fue recibido con cortesía y archivado. En 1999, el periodista Sergio Aguayo publicó una investigación en la que documentó, con un nivel de detalles sin precedentes hasta ese momento las inconsistencias del caso.
Guayo había pasado años revisando documentos, entrevistando testigos y reconstruyendo la cadena de eventos del 24 de mayo de 1993. Sus conclusiones eran inequívocas. La versión oficial no podía sostenerse. La investigación de Aguayo fue un hito periodístico y no generó ninguna acción legal. En 2000, con la victoria de Vicente Fox y el fin del PRI en el poder, hubo expectativas de que los casos, sin resolver del periodo salinista serían revisados.
Durante el gobierno de Fox se crearon comisiones especiales para revisar varios casos de la guerra sucia y de los crímenes del pasado reciente. El caso Posadas o Campo apareció en varias listas de casos a revisar. La comisión especial que Fox creó para crímenes del pasado tuvo un presupuesto acotado, un mandato difuso y una resistencia institucional que convirtió sus trabajos en una acumulación de archivos sin consecuencias prácticas.
El caso Posadas fue uno de los muchos que se revisaron sin que esa revisión produjera ningún imputado, ninguna orden de aprensión y ninguna sentencia. Fox tampoco quería abrir demasiado esa caja porque algunas de las personas que los documentos de posadas señalaban todavía tenían presencia en la vida política mexicana.
En 2007, durante el gobierno de Calderón, el caso apareció brevemente en el radar cuando una investigación paralela sobre el asesinato de otro prelado en Guadalajara produjo testimonios que referenciaban el caso Posadas. La PDR abrió una línea de investigación, duró meses, fue cerrada. En 2013, el vigésimo aniversario del asesinato generó una nueva oleada de reportajes e investigaciones periodísticas.
La Iglesia Católica, a través de la Conferencia del Episcopado Mexicano, emitió un comunicado pidiendo que se esclareciera definitivamente el caso. Varios exfuncionarios de la PGR de la época dieron entrevistas en que señalaban con distintos niveles de detalle que la versión oficial era incompleta.
Ninguna acción legal se derivó de esas declaraciones. En 2019, al inicio del gobierno de AMLO, hubo nuevamente expectativas. AMLO había prometido en campaña que abrirían los archivos, que se investigarían los crímenes del pasado, que la impunidad histórica de los poderosos terminaría. El caso Posadas o Campo no fue reabierto.
Carlos Salinas de Gortari no fue citado a declarar 30 años. 30 años sin que nadie con la capacidad real de actuar haya actuado. ¿Por qué, Harf habla? La respuesta simple es que el caso Posadas o Campo siempre estuvo protegido por personas que todavía tienen capacidad de causar daño a quienes lo abran. No estoy hablando solo de Salinas, que a pesar de todo lo que se sabe sobre él, sigue viviendo con impunidad absoluta.
Estoy hablando de una red de complicidades que se construyó en esos años y que aunque transformada, aunque reorganizada en distintas formas, sigue existiendo. Los casos que permanecen sin resolver en México no permanecen sin resolver por olvido. permanecen sin resolver por conveniencia activa. Conveniencia activa, eso es lo que 30 años de impunidad significa.
No negligencia, no olvido. Elección en y sí, cama. Y Carlos Salinas de Gortari. ¿Qué ha dicho Carlos Salinas de Gortari en 30 años sobre el caso Posadas o Campo? Lo que siempre dice Carlos Salinas cuando le preguntan por algo que lo compromete, que lo condena, que lo lamenta, que colaboró con las investigaciones, que fue una tragedia para México.
En 2013, en el vigéso aniversario, Salinas concedió varias entrevistas en las que habló del caso. Dijo que había ordenado una investigación exhaustiva. dijo que los responsables habían sido identificados y procesados. Dijo que la muerte del cardenal fue un crimen que marcó al país, lo que nunca dijo.
¿Por qué ordenó que no se practicara autopsia? Esa orden, esa instrucción específica documentada, transmitida en las primeras horas después del asesinato, es la pieza que Salinas nunca ha podido explicar de forma satisfactoria, porque no hay explicación satisfactoria. Las únicas razones para ordenar que no se practique autopsia a un cuerpo con 14 impactos de bala son que no quieres saber qué causó la muerte o que ya lo sabes y no quieres que nadie más lo sepa en ninguna entrevista en 32 años, ni en la televisión, ni en la radio, ni en los
libros que ha publicado. defendiendo su gestión. Carlos Salinas de Gortari ha ofrecido una explicación sobre esa orden que tenga sentido, porque no existe esa explicación. Lo que sí existe es una serie de decisiones que tomadas en conjunto dibujan el retrato de un hombre que sabía exactamente qué había en ese estacionamiento del aeropuerto de Guadalajara esa tarde y que actuó en consecuencia no autopsia.
testigos intervenidos, investigación dirigida, culpable presentable, caso cerrado, esa es la secuencia. Y cada paso de esa secuencia requería que alguien con autoridad suficiente la coordinara, alguien que tuviera acceso simultáneo a la PGR, a Los Pinos, a la Policía Federal y a los mecanismos de inteligencia del Estado.
En mayo de 1993, el único hombre con ese acceso era el presidente de la República, Carlos Salinas de Gortari hoy vive en México. Tiene 75 años. Da entrevistas ocasionales en que habla de economía y de historia reciente con la tranquilidad del hombre que sabe que nadie lo va a tocar. sale a caminar, visita a sus hijos, aparece en eventos de la élite empresarial y cuando alguien se atreve a preguntarle sobre los muertos de 1993 sobre Posadas, sobre Colosio, sobre Ruiz Maieu, responde con la misma ecuanimidad que ha cultivado durante tres décadas.
La ecuanimidad del hombre al que nada le cuesta, porque nada le ha costado. Ningún fiscal lo ha citado a declarar sobre la orden de no autopsia. Ningún juez ha pedido que explique. Nadie ha preguntado en un espacio con consecuencias reales. 32 años después del asesinato de Posadas o campo. 32 años.
En ese tiempo, cuatro presidentes mexicanos, Cedillo, Fox, Calderón, Peña Nieto, tuvieron en sus manos el expediente. Tuvieron el poder para ordenar la reapertura. Tuvieron el poder para citar a Salinas a declarar. Tuvieron el poder para hacer lo que ningún sistema de justicia en este país ha hecho todavía. Ninguno lo hizo, porque en México el pacto entre los que llegaron al poder del mismo sistema es más fuerte que cualquier expediente de 56 tomos.
Y ese pacto, ese acuerdo no escrito de que los poderosos no se persiguen entre sí, es exactamente lo que Posadas Campo intentó romper con su portafolio y exactamente lo que lo mató. ¿Qué queda de esta historia 32 años después? Queda el aeropuerto de Guadalajara. Nadie que pasa por el aeropuerto Miguel Hidalgo. Hoy ve nada que recuerde lo que pasó ahí el 24 de mayo de 1993.
No hay placa, no hay señalización, no hay nada que le diga al pasajero que en ese estacionamiento, hace tres décadas, un hombre de 81 años fue ejecutado con 14 balas porque se negó a callarse. El aeropuerto sigue funcionando. Los vuelos salen y llegan. La gente camina con sus maletas, revisa sus teléfonos, busca la salida y nadie que no lo sepa de antemano tiene manera de saber que en ese espacio ordinario, hace tres décadas ocurrió uno de los asesinatos más significativos de la historia política mexicana moderna. Eso también es
impunidad. La impunidad que borra los lugares, que normaliza los espacios, que convierte el sitio del crimen en parte del paisaje cotidiano. Para que nadie tenga que recordar nada, queda el expediente. 56 tomos, miles de páginas, décadas de trabajo de decenas de personas. Y la conclusión de todo ese trabajo es la misma que tenemos hoy.
La verdad oficial no explica lo que pasó y la verdad real, la que Posadas Ocampo estaba a punto de poner sobre una mesa sigue sin ser nombrada oficialmente. 56 tomos que en teoría contienen todo lo que se investigó y que en la práctica contienen un mapa de lo que no se quiso investigar. Cada tomo es un archivo de lo que un sistema de justicia debería haber hecho y no hizo.
Cada página con un vacío es una firma implícita de alguien que decidió que ese vacío era más seguro que la verdad. Queda la familia, la familia del cardenal Posadas Campo, sus sobrinos, sus allegados, las personas que lo conocieron y que durante décadas han pedido justicia en foros que nadie escucha, sigue esperando, sigue creyendo con una fe que ya no tiene mucho de ingenua y sí mucho de obstinación, que llegará el día en que alguien con el poder real de actuar decida actuar, pero los años pasan, los testigos mueren, los recuerdos se desdibujan,
los documentos se vuelven frágiles y cada año que pasa sin sentencia es un año más de ventaja para quienes más necesitan que esa sentencia nunca llegue. Queda la Iglesia, la Iglesia Católica en México nunca ha soltado este caso. en sus archivos internos en la memoria institucional de la Conferencia del Episcopado Mexicano, el caso Posadas o Campo sigue abierto, sigue siendo el caso que define la relación entre la Iglesia y el Estado mexicano en la segunda mitad del siglo XX.
No la cooperación de los años de Salinas, no las reformas constitucionales de 1992, sino ese estacionamiento, esas 14 balas, ese portafolio que nunca apareció. Eso es lo que la iglesia no olvidó. Y queda la pregunta que posada su campo dejó sin respuesta pública. ¿Quiénes estaban en la lista? ¿Quiénes eran los que cobraban? Los nombres que estaban en ese portafolio que alguien tomó del vehículo del cardenal antes de que llegaran las patrullas son hoy, en su mayoría, nombres de personas que o bien murieron o bien llevan décadas
viviendo con la tranquilidad del impune. Algunos de esos nombres están en libros, en investigaciones periodísticas, en los archivos desclasificados de la DEA y del Departamento de Justicia de Estados Unidos, fragmentados, dispersos, nunca reunidos oficialmente en un documento con membrete de la PGR o de la FGR, porque el día que se reúnan oficialmente, el día que alguien conor autoridad jurisdiccional los ponga juntos con nombre y consecuencia.
La narrativa de lo que fue el salinismo, el milagro mexicano, la modernización, el proyecto del primer mundo, colapsa y hay personas que llevan 32 años asegurándose de que ese día no llegue. Personas que todavía están vivas, personas que todavía tienen poder, personas que todavía tienen la capacidad de hacer que ciertas conversaciones sigan sin terminarse. Rece Iber.
Hay un detalle de los últimos días de posadas o campo que nadie nombra y que me parece el más significativo de todos. En los días anteriores a su muerte, Posadas Ocampo celebró varias misas en la Catedral de Guadalajara, en al menos una de ellas, según el testimonio de personas que estuvieron presentes al momento de la consagración.
El cardenal se detuvo por un segundo antes de continuar con la liturgia. Solo un segundo. Las personas que lo conocían bien dicen que ese gesto era inusual, que Posadas celebraba la misa con una fluidez y una disciplina de décadas que nunca interrumpía. ¿En qué pensaba en ese segundo? No lo sabremos. Pero quienes lo conocían dicen que en esos últimos días parecía no asustado.
Esa no es la palabra, sino cargado, como alguien que lleva algo demasiado pesado y que ya no puede seguir cargándolo solo. Y hay algo en eso que reconocerás. El peso de saber algo que no deberías saber, el peso de tener información que nadie más tiene, el peso de decidir si hablas o si te quedas callado.
Y saber que las consecuencias de hablar son reales y las consecuencias de callarte también son reales. De otra forma, para otras personas, Posada Socampo cargó ese peso durante años. Lo cargó mientras acumulaba documentos. mientras verificaba nombres, mientras construía la carpeta, que después fue a ese aeropuerto y en algún punto de esos últimos días decidió que ya no podía seguir cargándolo solo, que el costo de callarse era mayor que el costo de hablar, que había personas, familias de tabasqueños, de sinaloes, de jóvenes que
estaban siendo destruidos por una industria criminal que el gobierno protegía. cuyo sufrimiento pesaba más que su propia seguridad. Eso no es lo que hacen los héroes de película, es lo que hace un hombre de 81 años que ha construido su vida entera sobre la convicción de que ciertas cosas no pueden seguir en silencio.
Decidió no seguir cargándolo solo. Y eso, esa decisión de hablar, de sacar lo que sabía, de ponerlo frente a quien tenía el poder de hacer algo con ello, fue exactamente lo que lo mató. Y hay algo en la muerte de Posadas o campo en la forma específica en que sucedió, en el lugar, en la hora, en la presencia del nuncio, llegando en esos mismos momentos que los investigadores que han profundizado en el caso describen como un mensaje, no solo una eliminación, un mensaje.
matar a un cardenal en un aeropuerto público con decenas de testigos en el momento en que va a reunirse con el representante diplomático del Vaticano. Eso no es la forma en que eliminas a alguien cuando tienes opciones. Hay formas más limpias, más discretas, más difíciles de rastrear. Si quien dio la orden hubiera querido silenciar a Posada Campo de forma que nunca se supiera quién había sido, habría elegido otro momento, otro lugar, otra circunstancia.
Lo que eligió fue un aeropuerto lleno de gente con el nuncio a punto de llegar. ¿Por qué? Porque en el lenguaje del poder político mexicano de esa época, la elección del escenario era parte del mensaje. El mensaje era, “Esto se puede hacer en cualquier lugar, a cualquier persona, en cualquier momento, y nadie va a hacer nada con ello.
32 años de impunidad” le dieron la razón. En México, en 1993, eso era suficiente para morir. Lo que el caso Posadas o Campo revela no es solo la corrupción de un gobierno específico, revela el mecanismo mediante el cual México ha gestionado su propia historia, no procesándola, no juzgándola, sino enterrándola en expedientes que se cuentan por tomos y que nunca llegan a sentencia.
32 años después del asesinato del cardenal, los archivos siguen ahí, los nombres siguen ahí, las pruebas, las que no desaparecieron siguen ahí. Lo que falta no es evidencia. Lo que falta es la voluntad de un estado que se atreva a verse a sí mismo sin el filtro de la conveniencia. Ese estado no existió en 1993. No existió en 2000. No existió en 2018.
La pregunta, la única que importa hoy es si va a existir ahora, si esta historia te impactó, si llegaste hasta aquí sintiendo que hay algo en México que no termina de resolverse, que la justicia siempre llega tarde o no llega, entonces sabes exactamente por qué estas historias importan. Suscríbete, no por el algoritmo, sino porque los expedientes que nadie quiere abrir necesitan voces que los nombren y mientras más seamos, más difícil será ignorarlos.
Si llegaste hasta aquí, deja el like porque eso me dice que vale la pena seguir cabando. Mándaselo a alguien que todavía cree que lo de Posadas o campo fue un error. No para pelear, para que tenga más elementos. La próxima semana voy a contarte la historia de Miguel Nazar. Aro, el hombre que desapareció a cientos de mexicanos durante la guerra sucia, que operó con impunidad total durante décadas.
y que murió en su cama en 2012 sin que ningún juez lo tocara nunca. Te garantizo que lo que hacía con los detenidos es peor de lo que imaginas. Antes de irte, una pregunta para los comentarios. ¿Tú crees que Carlos Salinas de Gortari va a ser juzgado algún día por lo que pasó en 1993? ¿O crees que en México los hombres que llegaron tan arriba siempre encuentran la puerta de escape?