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EL PRIMER SUBTE DE LATINOAMÉRICA LO CONSTRUYÓ BUENOS AIRES EN 1913 — LO QUE LE HICIERON DESPUÉS

Buenos Aires quería medirse con las grandes capitales del mundo. La ciudad crecía, la población aumentaba, los trambías ya no alcanzaban y la avenida de Mayo se había convertido en una especie de vitrina urbana. Edificios elegantes, cafés, oficinas, bancos, hoteles, teatros, tráfico, ruido, velocidad.

 Debajo de esa avenida se abrió una obra que no parecía latinoamericana para su tiempo. Túneles, estaciones, electricidad, ventilación, andenes, sistemas de circulación. La línea Aó construirse en 1911 y se inauguró el 1 de diciembre de 1913, uniendo Plaza de Mayo con Plaza Miserere. En términos simbólicos, era casi perfecto, desde el centro político del país hasta una de las grandes puertas populares de la ciudad.

 Buenos Aires no estaba copiando tarde, estaba llegando temprano antes de San Paulo, antes de Ciudad de México, antes de Santiago, antes de Madrid, el subteporteño colocó a Buenos Aires en una categoría urbana que muy pocas ciudades del planeta tenían en ese momento. Y lo más importante es que no era una promesa dibujada en planos, funcionaba.

 Los coches la brujois, fabricados en Bélgica, llegaron como parte de esa modernidad. Eran vagones de madera, sí, pero no eran primitivos. Tenían detalles cuidados, construcción sólida, componentes pensados para una operación intensiva y una presencia que mezclaba tecnología y elegancia. Hoy se los mira como piezas patrimoniales.

 En 1913 eran máquinas de futuro. La imagen es poderosa. Una ciudad del sur global entrando bajo tierra antes que buena parte del mundo hispano, moviendo pasajeros por túneles eléctricos mientras muchas capitales latinoamericanas seguían organizando su transporte urbano en superficie. Pero la tragedia argentina muchas veces no está en no poder construir, está en construir algo extraordinario y después no saber sostenerlo, porque la línea A no fue abandonada de golpe.

 No hubo un día único en el que Buenos Aires decidió destruir su propio símbolo. Lo que ocurrió fue más lento, más difícil de filmar y más peligroso. La acumulación de postergaciones. Un sistema de transporte no se arruina solamente cuando se rompe, se arruina cuando cada gobierno decide que el problema puede esperar un poco más.

Primero se estira la vida útil de una formación, después se posterga la compra de repuestos. Después se adapta lo que se puede adaptar. Después se hacen reparaciones parciales. Después se celebra la resistencia del material antiguo como si fuera una virtud absoluta y cuando pasan suficientes décadas, la falta de renovación empieza a confundirse con identidad.

 Eso fue lo perverso del caso La Bruyois. Los vagones eran admirables, eran parte de la memoria urbana de Buenos Aires, pero también eran una evidencia física de que el sistema había envejecido sin reemplazo a tiempo. Cada puerta de madera, cada manija de bronce, cada asiento antiguo contaba dos historias al mismo tiempo, una de excelencia inicial y otra de abandono prolongado.

 La ciudad terminó usando la nostalgia para suavizar una falla de planificación. Durante décadas viajar en la línea A era entrar en un museo en movimiento. Para un turista podía ser encantador. Para un usuario diario era otra cosa. Era viajar en coches sin las condiciones de confort, seguridad, accesibilidad y eficiencia que una red moderna debía ofrecer.

 Mientras otras ciudades latinoamericanas inauguraban sistemas nuevos, Buenos Aires mantenía en servicio comercial los trenes más antiguos del mundo. Y no porque nadie supiera que eran viejos, todos lo sabían. Ese es el punto. La antigüedad de los coches no era un secreto técnico escondido en un informe. Era visible. Estaba en la madera, estaba en las ventanas, estaba en el sonido, estaba en el contraste brutal entre una ciudad que se decía moderna y una red que seguía arrastrando decisiones no tomadas durante generaciones. Los la brujois

sobrevivieron casi 100 años porque estaban muy bien hechos, pero también porque la política pública los usó como muleta. Ahí aparece la contradicción central del SUPTE de Buenos Aires, lo que al principio probaba capacidad industrial, urbana e institucional. Con el tiempo empezó a probar incapacidad de mantenimiento, inversión y continuidad.

La línea A no era solamente una línea, era una vara de comparación. Cuando fue inaugurada demostraba que Buenos Aires podía proyectarse como capital moderna. Cuando llegó al siglo XXI con sus coches originales todavía en circulación, demostraba otra cosa, que el país podía conservar una pieza histórica durante décadas, pero no siempre por decisión patrimonial, sino por falta de reemplazo oportuno. Y esa diferencia importa.

Conservar un tren antiguo, porque se entiende su valor, es cultura. Usarlo durante casi un siglo porque no se renovó a tiempo, es deterioro disfrazado de encanto. El problema se volvió más evidente cuando la propia red empezó a cambiar de manos. de responsabilidades y de modelo de gestión. El subteporteño pasó por concesiones, renegociaciones, discusiones tarifarias, transferencias de jurisdicción, promesas de modernización y planes de inversión que muchas veces llegaban tarde, incompletos o fragmentados. Cada etapa tenía su

explicación: crisis económica, falta de fondos, disputa entre nación y ciudad, tarifas congeladas, subsidios, contratos, inflación, prioridades políticas. Pero para el pasajero todo eso se traducía en algo mucho más simple. Estaciones deterioradas, escaleras que no funcionaban, demoras, trenes envejecidos, obras eternas, calor en verano, incertidumbre cotidiana.

 El deterioro de una red no siempre se ve en una catástrofe, a veces se ve en la repetición de pequeñas derrotas, una gotera en una estación, una formación fuera de servicio, un andén con pintura descascarada, un ascensor inutilizable, una señalética vieja, una espera más larga de lo normal, una promesa de renovación que vuelve a aparecer con otro logo, otro funcionario y otra fecha.

 El subte fue perdiendo algo más profundo que brillo. Perdió horizonte. Porque una red de metro no puede vivir solo de mantenimiento mínimo. Necesita expansión, planificación, frecuencia, material rodante actualizado, talleres eficientes, energía suficiente, estaciones accesibles, seguridad operativa y una idea clara de ciudad. Si no existe esa continuidad, el sistema sigue funcionando, pero cada año funciona más cerca del límite.

 Buenos Aires tuvo durante mucho tiempo una ventaja histórica enorme. Ya tenía túneles, ya tenía estaciones, ya tenía cultura de uso, ya tenía densidad urbana, ya tenía una población acostumbrada a moverse bajo tierra, mientras otras ciudades tenían que empezar de cero. Buenos Aires solo tenía que cuidar y ampliar lo que ya había construido y, sin embargo, lo dejó envejecer.

 No todo fue abandono absoluto. Hubo extensiones, nuevas estaciones, modernizaciones parciales, compras de material rodante, renovaciones en distintas líneas. Sería falso decir que el sistema quedó congelado desde 1913, pero esa no es la acusación más fuerte. La acusación real es otra. Buenos Aires nunca trató su SUPTE como la joya estratégica que era.

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