Sasha, con casi 30 años, viviendo sola en un país ajeno y mandando dinero a su madre en Argentina, aceptó. Esos 30 segundos le dieron una fama que ninguna película seria le habría dado, pero también le pusieron una marca que nunca pudo quitarse. Bellas de noche fue un fenómeno. Los productores entendieron que habían descubierto un género entero.
Lo llamaron cine de ficheras y Sasha Montenegro, sin pretenderlo, se convirtió en su figura más reconocida. vinieron una tras otra a un ritmo que hoy parece imposible. La vida difícil de una mujer fácil oye Salomé, muñecas de medianoche, las cariñosas Blancanieves y sus siete amantes, La pulquería, La Golfa del barrio, Pedro Navaja, casi 50 películas en 15 años.
Pero aquí está la contradicción que nadie contaba. Sasha Montenegro odiaba ese trabajo. Lo dijo ella misma con esas palabras en una entrevista posterior con el periodista Gustavo Adolfo Infante. Dijo que esas películas le habían dado, en sus propias palabras una imagen que le costó décadas superar. Dijo que nunca imaginó que 30 segundos de desnudo afectaran tanto a una sociedad entera.
dijo que la gente la veía en la calle y reaccionaba como si la conociera de una manera que nunca fue real. Y mientras decía todo eso, mientras renegaba del cine que la había hecho millonaria, seguía firmando contratos, película tras película, porque el dinero entraba, porque su madre seguía en Argentina y ella mandaba cheques, porque la niña refugiada que había sobrevivido por accidente sabía una cosa, el que para de generar desaparece.
Su carácter mientras tanto se endurecía. Los compañeros de rodaje hablaban de una mujer que llegaba al set hacía su escena y se iba a su camerino sin socializar con nadie. Una mujer que vivía sola fuera de las pantallas en un departamento sin lujos donde leía hasta tarde y comía poco. Una mujer que esperaba algo, aunque todavía no supiera exactamente qué. Era abril.
Sevilla olía a Asa y a Cera derretida. Sasha Montenegro había viajado a España con una compañía de teatro para montar una comedia musical. Tenía 38 años. Estaba en el momento más alto de su carrera y aprovechó una pausa en los ensayos para escaparse a Sevilla durante la Semana Santa. Caminaba sola por una calle empedrada, perdida entre la multitud, mirando pasar una procesión entre nubes de incienso.
Y entonces una voz masculina con acento mexicano gritó su nombre por encima del ruido. Ella volteó y vio a un hombre que conocía perfectamente por los noticieros y las portadas de los periódicos. un hombre que había gobernado México desde 1976 hasta 1982. Un hombre que 2 años antes había salido del poder, envuelto en un escándalo de corrupción que el país entero todavía no le perdonaba.
José López Portillo tenía 62 años. Estaba casado con Carmen Romano desde hacía más de tres décadas. Tenía tres hijos. La invitó a tomar algo. Ella aceptó. Aquí la historia oficial se divide en dos versiones. La de Sasha, una casualidad, una procesión, dos personas que se encuentran por azar, la de López Portillo, en sus memorias tituladas umbrales.
Él escribió que ya se conocían de antes, que ese encuentro no fue el primero, que lo que ocurrió en Sevilla fue un reencuentro que ambos sabían que iba a ocurrir. Una de las dos versiones es falsa. Conviene tenerlo presente porque fue la primera de muchas versiones contradictorias que caracterizarían esta relación durante los siguientes 20 años.
Lo que sí está documentado es lo que ocurrió después. Sasha terminó la gira, pero no regresó de inmediato a México. Se quedó en Europa. Se reencontró con López Portillo en Roma y ahí, lejos de los periodistas mexicanos, lejos de Carmen Romano, que esperaba en la Ciudad de México, sin saber nada, comenzó una relación.
Años después, Sasha la describió con una frialdad que resultaba desconcertante. No fue amor a primera vista, dijo. Pero el Señor era impactante, tenía mucha presencia. Era un conquistador nato, 24 años de diferencia de edad. Él 62, ella 38. Para entender lo que vino después, hay que entender quién era Carmen Romano.
No era una mujer cualquiera. Era pianista, era culta. Había sido primera dama de México durante 6 años. Había acompañado a su marido a recibir reyes, presidentes y papas. Había tenido tres hijos con él y había aguantado, según documenta la escritora Sara Seevchovic en su libro La suerte de la consorte, un matrimonio que era en gran parte una fachada desde mediados de los años 70.
Carmen sabía que su esposo le era infiel. La prensa había hablado en susurros de otras mujeres durante el sexenio. Carmen había aprendido a no preguntar. a no investigar, a vivir en la mansión tocando el piano mientras por dentro se le iba muriendo todo. Pero lo que llegó con Sasha Montenegro fue diferente. Sasha no era una relación discreta, era una de las caras más reconocidas del cine mexicano.
Y en 1985, un año después del encuentro en Sevilla, Sasha tuvo una hija con el expresidente. La llamaron Navila. La propia Sasha reconoció después que ese primer hijo no fue planeado. Pero dos años más tarde, en 1987, tuvo un segundo hijo con López Portillo, un varón llamado Alexander. Y sobre ese segundo hijo dijo algo que merece atención.
Lo hablamos como pareja, dijo. Lo planeamos juntos. Detente un momento en esa frase. Estaban en 1987. Carmen Romano seguía viva. Seguía siendo ante la ley y ante el país la única esposa legítima del expresidente. Pero del otro lado de la ciudad, ese mismo hombre planeaba con su amante el nacimiento de un segundo hijo.
Hay que hablar de la mansión porque sin ella no se entiende nada de lo que viene después. En bosques de las lomas, en el oeste de la ciudad de México, López Portillo mandó construir durante su último año de gobierno un complejo de cuatro mansiones en 12, 17 campos de fútbol de extensión, biblioteca de tres pisos en forma de caracol con 30,000 libros, gimnasio, alberca, cuarto de armas, cúpula con observatorio astronómico, todo edificado con recursos del Estado, mientras el peso mexicano se desplomaba y millones de familias perdían sus
ahorros. Un diputado de oposición lo denunció en el Congreso en 1982. La revista Proceso lo publicó. El país entendió por primera vez lo que el expresidente le había hecho al herario. Semanas antes, [carraspeo] López Portillo había prometido en un discurso oficial defender el peso. Usó una frase que México nunca olvidó.
Lo defendería como un perro. El peso se devaluó de todas formas. Y alguien con la ironía que solo tiene la gente que no tiene nada que perder, le puso nombre a las mansiones, la colina del perro. Así la bautizó el pueblo mexicano y así se quedó. Esa mansión, ese símbolo de la corrupción de los años 80 iba a convertirse décadas después en el escenario de lo que la familia del expresidente describió como un infierno doméstico.
En 1991, Carmen Romano aceptó el divorcio. Después de 40 años de matrimonio, después de tres hijos, después de soportar lo que soportó, dejó de ser oficialmente la esposa de José López Portillo. El divorcio no la liberó, la hundió. Lo que ocurrió en los años siguientes está documentado en registros notariales y en los expedientes de los juicios que la familia libró después.
En 1993, López Portillo firmó un documento de donación. Le entregó a Sasha Montenegro en vida, una parte enorme de la colina del perro. Más de 5000 m cuadrados, una mansión completa, la biblioteca de tres pisos, todo lo que Carmen Romano había visto construirse durante su matrimonio, todo lo que sus tres hijos esperaban heredar, firmado a favor de la otra mujer mientras Carmen Romano todavía respiraba.
En 1995, Carmen Romano agonizaba gravemente enferma. Ese mismo año, López Portillo se casó por lo civil con Sasha en una ceremonia en la residencia de Cuajimalpa, una boda mientras la primera esposa todavía estaba viva. Carmen Romano murió en mayo del año 2000. Un mes después, en junio del mismo año, López Portillo y Sasha Montenegro se casaron por la iglesia. 30 días.
Ese fue el tiempo que esperó el expresidente para subirse al altar con la mujer con quien ya llevaba años conviviendo. José López Portillo sufrió un infarto cerebral en mayo de 1999. El derrame le afectó el habla, los movimientos y la memoria. Un hombre que se cansaba al caminar 20 pasos. Un hombre que necesitaba ayuda para vestirse.
Un hombre que, según sus médicos, no debía recibir presiones de ningún tipo. Ese hombre vivía a solas con Sasha Montenegro en la colina del perro. Los hijos del primer matrimonio comenzaron a notar cosas. Si llamaban por teléfono, los empleados decían que el expresidente estaba descansando. Si llegaban en persona, los hacían esperar horas.
Cuando por fin lograban verlo, encontraban a un hombre encogido en una silla que se quedaba en silencio cada vez que Sasha entraba a la habitación. Un día, Margarita López Portillo, hermana mayor del expresidente, decidió ir a la mansión sin anunciarse. Entró a la habitación, le dio a su hermano un beso en la frente, le habló en voz baja y sin pensarlo le acarició el brazo a través de la manga de la camisa.
El expresidente dio un respingo de dolor. Margarita le subió la manga. Encontró marcas oscuras, recientes, distribuidas a lo largo del antebrazo. Marcas que no correspondían a un golpe accidental. Marcas que tenían la forma de dedos que han apretado con fuerza en el mismo lugar más de una vez.
Le revisó el otro brazo, más marcas, le miró el cuello, más señales similares asomando por encima del cuello de la camisa. El expresidente bajó la mirada y le pidió a su hermana que no dijera nada. Por favor, Margarita, no quiero más problemas. Antes de salir de la mansión ese día, Margarita encontró al médico personal de su hermano.
Lo abordó en el pasillo, le exigió respuestas. El médico llevaba meses callando. Llevaba meses viendo lo que veía sin atreverse a documentarlo, por miedo, según reconoció él mismo, a perder su trabajo. Finalmente habló. Le dijo que las marcas no eran nuevas, que tenían meses que aparecían y desaparecían en ciclos.
le dijo que el expresidente había llegado a revisiones médicas con señales similares en otras ocasiones y que cada vez que él intentaba anotarlo en el expediente, alguien le sugería que mejor lo dejara así. y le dijo algo más, que López Portillo le había confesado en una consulta a Solas que tenía miedo de quedarse solo con su esposa, que cuando se quedaban solos comenzaban las discusiones fuertes, los empujones que en las peores noches le quitaban los medicamentos cuando se enojaba y lo dejaban solo en la oscuridad de esa mansión enorme durante horas.
que su mayor miedo era morir encerrado ahí sin que nadie llegara a tiempo. Margarita salió de la colina del perro con las manos temblando. Esa misma noche reunió a los hijos del expresidente y les contó todo. La decisión fue unánime. Iban a sacar a su padre de esa casa. Iban a presentar una demanda. Iban a pelear con todo lo que tuvieran.
Lo que ninguno imaginaba era que Sasha Montenegro llevaba meses preparándose para ese momento. En 1999, semanas después del derrame cerebral del expresidente, aparecieron en los principales medios de México un texto firmado por López Portillo, una carta abierta donde el expresidente defendía a su esposa con palabras encendidas, casi líricas.
La carta decía con sus palabras textuales que las acusaciones eran un escándalo injusto. Que él era, y aquí está la frase que más se repitió, un viejo enamorado. Que el amor seguía rigiendo su vida, que tal vez no se había muerto a tiempo y que esa era la única razón por la que todo eso estaba saliendo a la luz.
Esa carta calmó a la prensa. Le pintó a Sasha Montenegro como una mujer incomprendida, perseguida por herederos resentidos. Y a los hijos de Carmen Romano los dejó como buitres, que inventaban acusaciones contra una mujer que solo cuidaba a su esposo enfermo. Pero hay un detalle que nadie señaló en ese momento.
José López Portillo, después del derrame de 1999, tenía dificultades graves para hablar. Confundía palabras, no podía sostener argumentos largos. Los neurólogos que lo trataban habían dejado constancia en sus expedientes de que su capacidad de redacción compleja estaba muy afectada, pero esa carta estaba escrita con una elegancia retórica perfecta, frases largas, complejas, llenas de imágenes literarias.
Una carta que parecía sacada del libro Umbrales que López Portillo había escrito muchos años antes, cuando todavía gozaba de plena salud. cognitiva. Esa carta no la escribió López Portillo, la firmó y esa diferencia lo es todo. Esa firma frenó la primera ola de denuncias y le compró a Sasha Montenegro exactamente 4 años más.
4 años que fueron los últimos que el expresidente vivió. La familia no se rindió. En 2003, un año antes de la muerte del expresidente, lograron que López Portillo firmara una demanda de divorcio contra Sasha Montenegro. El argumento legal era claro: maltrato físico y verbal sostenido, aprovechamiento del estado de salud del marido para retener bienes.
Pedían la disolución del matrimonio y la restitución de la mansión. El juez de primera instancia falló a favor de la familia. Reconoció las pruebas médicas y los testimonios. Dictó la disolución del matrimonio. Sasha apeló. Perdió en segunda instancia también, pero llevó el caso al Tribunal Federal, la instancia más alta.
Y ahí presentó una sola prueba, la carta abierta de 1999. Sus abogados argumentaron que esa carta demostraba que el expresidente había declarado públicamente que su matrimonio era feliz y que las acusaciones eran falsas, y que, por lo tanto, cualquier demanda firmada posteriormente por un hombre con capacidad mental comprometida no tenía validez legal.
Es decir, usó el deterioro mental de su propio esposo como escudo legal. argumentó que él no podía firmar la demanda de divorcio porque ya no estaba en condiciones, mientras al mismo tiempo defendía la validez del testamento que ese mismo hombre había firmado a su favor años antes. Los magistrados federales atrapados en ese laberinto fallaron a favor de Sasha Montenegro.
El divorcio se canceló. La mansión siguió siendo de ella en los papeles y la familia López Portillo, después de tres juicios y años de litigio, salió con las manos vacías. Lo único que dijo Margarita López Portillo al salir del tribunal fue una frase que los que estaban ahí nunca olvidaron. Le ganó al país, le ganó a la ley.
José López Portillo entró en estado terminal en febrero de 2004. Los diagnósticos oficiales hablaron de neumonía y complicaciones cardíacas, un sistema inmune debilitado por años de enfermedad. Los empleados de la mansión que hablaron después contaron que en esos últimos días el expresidente apenas hablaba, que pasaba las horas mirando al techo, que cuando Sasha entraba a la habitación, él cerraba los ojos como si ya no pudiera más.
En la madrugada del 17 de febrero de 2004, López Portillo dejó de respirar. Tenía 83 años. La ambulancia no se llamó hasta las 4:42 de la madrugada, 1 hora y 27 minutos después de que el expresidente dejara de respirar, una hora y media en la que Sasha Montenegro estuvo sola en esa habitación. La familia intentó investigar ese lapso después. Para cuando llegaron los peritos, ya era demasiado tarde.
El caso se cerró con la causa oficial. complicaciones cardíacas. Sasha Montenegro salió del funeral con la cabeza alta. Había ganado todos los juicios. Tenía la mansión y como viuda legítima del expresidente de México, le correspondía una pensión vitalicia que el Estado mexicano pagaba a las viudas de los exmandatarios.
Esa pensión equivalía, según los cálculos del diario oficial, a más de 100.000 1000 pesos mensuales pagados con dinero del pueblo mexicano. El mismo pueblo al que su esposo había prometido defender el peso como un perro. Durante 18 años cobró esa pensión, casi 29 millones de pesos en total. Mientras tanto, la Vin Colina del Perro fue desapareciendo pedazo por pedazo.
En 2013, los hijos de Sasha vendieron una parte a un fideicomiso que construyó una torre de departamentos. En 2015, los hijos de Carmen Romano vendieron su parte para un fraccionamiento de lujo. En 2018, la biblioteca de tres pisos en forma de caracol, con sus 30,000 libros, fue demolida con bulldozcers en cuestión de horas.
De aquel monumento a la corrupción de los años 80 no quedó nada. polvo, escombros y un fraccionamiento donde hoy viven familias que no saben lo que ocurrió en ese terreno. En julio de 2022, el presidente Andrés Manuel López Obrador anunció la cancelación de las pensiones vitalicias a los expresidentes y a sus viudas. Sasha Montenegro dejó de recibir ese ingreso de golpe.
Unos meses después, en 2023, los médicos le entregaron un diagnóstico. Cáncer de pulmón en etapa avanzada. Sasha había fumado durante toda su vida adulta. En las películas de ficheras se le ve fumando en casi todas las escenas. En las entrevistas de los años 90 también. El cáncer llegó a cobrar una factura que llevaba décadas acumulándose.
El 14 de febrero de 2024, día de San Valentín, Sasha Montenegro murió en su casa de Cuernavaca después de un derrame cerebral provocado por el cáncer de pulmón. La velaron en Cuernavaca, la enterraron sin demasiada ceremonia. Los hijos de Carmen Romano no acudieron al funeral. Margarita López Portillo había muerto unos años antes sin ver el final de Sasha.
Y la colina del perro, el terreno donde un hombre anciano había vivido con marcas en los brazos que su propia hermana descubrió un día sin avisar, ya no existía. Era un fraccionamiento con vecinos que jugaban con sus hijos los domingos por la tarde, sin sospechar nada de lo que había ocurrido ahí. La historia de Sasha Montenegro es la historia de una mujer que construyó su vida entera sobre una habilidad que aprendió de niña en Bari y en Mendoza.
La capacidad de sobrevivir en cualquier circunstancia, de adaptarse a cualquier ambiente, de encontrar la grieta en cualquier sistema. Esa habilidad la sacó de Buenos Aires, la convirtió en la figura más reconocida de un género entero del cine mexicano. Le abrió las puertas de una relación con el expresidente del país más poblado de habla hispana.
le permitió ganar tres juicios consecutivos contra una de las familias más poderosas de México y al final no le alcanzó para comprar lo único que el dinero y los abogados no pueden comprar. Murió el día de San Valentín, la fecha más romántica del calendario. La mujer que destruyó el matrimonio de Carmen Romano murió un 14 de febrero, tres días antes del aniversario de la muerte del hombre al que había acompañado en sus últimos años, sin la pensión que la había sostenido durante casi dos décadas, sin la mansión que ya había sido demolida, sin el
reconocimiento de la industria que la había hecho famosa, sin el cariño de la familia de su esposo. Sola en Cuernavaca, la niña que sobrevivió por accidente a la guerra, al exilio, a la pobreza, a 50 películas que odiaba, a tres juicios que ganó contra todo pronóstico, no sobrevivió al cáncer.
Y el universo, que a veces lleva las cuentas con una precisión que ningún tribunal puede igualar, eligió el día de San Valentín para presentarle la última factura. Si esta historia te hizo pensar, si conectó algo que ya sabías con algo que no sabías, hay tres cosas que puedes hacer ahora mismo. Suscríbete para que estas historias lleguen a más personas.
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