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Mauricio Garcés: el Asqueroso Secreto que Ocultó hasta Morir

 Y lo que ese niño aprendió en esa cocina de Tampico le iba a costar todo. 40 años después. Hay una imagen que un primo lejano de Mauricio recordaba años después en una entrevista pequeña [música] hecha en una radio local de Tamaulipas que casi nadie escuchó. Decía que cuando los niños del barrio jugaban en la calle y se ensuciaban las rodillas, todas las madres salían a llamar a sus hijos a gritos [música] para que entraran a comer.

 La madre de Mauricio nunca gritaba. Aparecía en la puerta, miraba al niño desde el umbral. Levatá hacía un gesto pequeño con la mano [música] y Mauricio dejaba la pelota, se separaba del grupo, caminaba hacia ella sin protestar. Los demás niños se quedaban mirando. Algo en esa escena los inquietaba sin que ninguno supiera explicarlo.

La obediencia era demasiado limpia. La conexión entre esos dos cuerpos era demasiado exclusiva. Ese primo lejano, ya viejo, cuando lo entrevistaron, lo dijo con palabras simples. Dijo que entre Mauricio y su madre había una frontera invisible que ninguna otra persona del mundo logró cruzar nunca. Ni el padre mientras [música] vivió, ni los hermanos, ni más tarde algún amigo, alguna novia, algún colega, nadie.

[música] El padre de Mauricio, en cambio, es una figura que casi no [música] aparece en ningún relato sobre la infancia del actor. Era un hombre callado, dedicado al comercio, presente físicamente, pero ausente emocionalmente. Cuando murió durante la juventud temprana de Mauricio, el luto familiar duró el tiempo correcto, pero no más.

 La madre se vistió de negro. Mauricio se vistió de negro y la dinámica de la casa, en la que la madre ya era la figura central, se cerró por completo en torno al hijo varón. A partir de aquel funeral discreto en una iglesia de Tampico, de la que casi no quedan registros, Mauricio Féz Jazbeck se convirtió en el único hombre de la vida de su madre.

tenía 18 años y desde ese día hasta que ella murió cuatro décadas después, no hubo otro varón con derecho a entrar de verdad en esa casa. La familia se mudó a Ciudad de México cuando Mauricio era un adolescente, poco después de la muerte del padre. Y ahí empezó la transformación. El muchacho descubrió el cine.

 Iba a las salas oscuras del centro histórico cuatro y cinco veces por semana. Se sentaba en la fila de en medio, se quedaba a las funciones dobles, veía las películas dos veces seguidas y podía pagarlas y se enamoró de tres hombres que no existían, Clark Gable, Gary Cooper y Carry Grant. Tres galanes anglosajones cuyos nombres empezaban con la misma letra.

 La G Mauricio se obsesionó con esa letra. Decidió que su nombre artístico [música] también tenía que empezar con una G. probó variantes en una libreta Garrido, Games, Galván [música] y al final eligió uno que sonaba español, cinematográfico, aristocrático, [música] garcés. El día que firmó su primer contrato con ese apellido nuevo, [música] Mauricio Féz Jazbeck desapareció por los costados de la pantalla.

 Mauricio Garcés ocupó su lugar, pero cambiar el apellido no cambia lo que un niño aprendió en la cocina de su casa. Un hombre con dos nombres ya empezó dividido. Su carrera arrancó a finales de los años 40 con papeles pequeños, películas que hoy nadie recuerda. Aparecía 2 minutos, decía tres frases, cobraba poco. Pero el público mexicano empezó a notar algo en ese muchacho moreno, alto, con voz grave [música] y modales europeos.

 Lo notaron las mujeres primero, los productores después. Para 1967, con 40 años cumplidos, [música] Mauricio Garcés se convirtió en un fenómeno cuando se estrenó Don Juan 67. Una comedia ligera sobre un seductor maduro que conquistaba a mujeres más jóvenes con una facilidad casi mágica. La película fue un éxito brutal.

 Después vinieron El matrimonio es como el demonio. [música] Click. fotógrafo de modelos, departamento de soltero, modisto de señoras, el sinvergüenza. Cada película era una variación sobre el mismo personaje. Un hombre soltero, elegante, ligero, irresistible. Un hombre que vivía en un departamento moderno con barra de bar, música de jazz y una procesión interminable de mujeres entrando y saliendo.

 Las películas eran pícaras, divertidas, [música] un éxito de taquilla constante y construyeron en la cabeza del público mexicano una idea muy concreta. Mauricio Garcés era ese hombre, el don [música] Juan, el seductor sin edad, el que nunca dormía solo. La calle, las amas de casa, los chóeres, los vendedores de tortas le gritaban al pasar frases pícaras como si lo conocieran.

 Y él sonreía y seguía caminando, porque eso era lo que el personaje pedía. Para 1970, Mauricio Garcés cobraba más por película que ningún otro actor de comedia en México y vivía exactamente como vivían sus personajes, o eso parecía porque en cuanto se apagaban las cámaras, el hombre que volvía a su casa tenía muy poco que ver con ese personaje y eso lo sabían muy pocas personas, sus amigos más cercanos del medio, sus compañeros de filmación, los maquilladores y las vestuaristas que pasaban con él.

 Ahora sin que pasara absolutamente nada. Un puñado de actrices que habían intentado [música] acercarse a él fuera de pantalla y se habían encontrado con un muro educado, perfumado, sonriente, [música] infranqueable. Mauricio Garcés en su vida real era tímido y reservado, casi monástico. Vivía en un departamento ordenado hasta el detalle obsesivo, sin restos de fiestas que las revistas anunciaban con titulares enormes y que en realidad nunca habían ocurrido.

 Comía a horas fijas, leía mucho, escuchaba ópera por las tardes, hablaba poco por teléfono, recibía a poca gente en su propia casa y a casi nadie pasada cierta hora. Y nunca en toda su vida pública se le conoció una novia, ni una. Las revistas de espectáculos de los años 60 y 70 lo intentaron todo. Lo seguían a los estrenos, le tendían trampas con actrices en eventos, le hacían preguntas tendenciosas en entrevistas, inventaban romances con las protagonistas de sus películas.

 Cuando Mauricio aparecía en una foto saludando a Maric Cruz Olivier, al día siguiente la portada decía que estaban juntos. Cuando posaba con Norma Lazareno en un fotocol, la prensa los daba como pareja en secreto. Pero ninguno de esos romances duró jamás más allá de la semana de promoción de la película. [música] Ninguno.

 Y la pregunta repetida en bares, redacciones, camerinos, fiestas privadas y pasillos de televisión era siempre la misma, que ya no susurraba nadie, que ya se decía en voz alta, [música] ¿por qué Mauricio Garcés no tenía mujer? ¿Por qué no se le conocía ninguna? ¿Por qué el galán más deseado de México volvía cada noche a un departamento donde no lo esperaba nadie más que su madre? Y aquí es donde todo se complica, porque en 1959, cuando Mauricio tenía 32 años, ocurrió algo que la prensa de la época reportó con una euforia nunca vista. Mauricio

Garcés se había casado. La noticia salió primero en una revista de espectáculos. Decían que el galán había sucumbido por fin, que había encontrado a la mujer de su vida, que la elegida era nada menos que Elsa Aguirre, una de las actrices más bellas y elegantes de la época. Una mujer rubia, sofisticada, deseada por medio país.

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