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PARTE 1 La noche en aquel pueblo de la meseta no era una noche. Era un castigo bíblico envuelto en papel de lija.

PARTE 1

La noche en aquel pueblo de la meseta no era una noche.

Era un castigo bíblico envuelto en papel de lija.

El aire pesaba tanto que parecía que podías cortarlo con un cuchillo de sierra.

Elena sentía cómo la gota de sudor iniciaba su peregrinaje desde la nuca.

Bajaba lenta, tortuosa, como un recordatorio de que el verano no perdona a los inocentes.

A su lado, Javi roncaba con una fe que ella solo podía calificar de insultante.

¿Cómo podía dormir un hombre cuando el colchón parecía de lava volcánica?

Ella se movió, y el roce de la sábana de algodón —supuestamente transpirable— le devolvió un latigazo de calor seco.

Era agosto en el corazón de España, y el asfalto del día seguía escupiendo fuego desde las entrañas de la tierra.

Elena miró la persiana.

Estaba bajada hasta el último agujerito, ese que deja pasar una luz milimétrica pero nada de oxígeno.

Se levantó con el sigilo de un comando de élite.

Sus pies descalzos tocaron el suelo de baldosa, que era lo único que mantenía una temperatura humana.

Caminó hacia la ventana con la esperanza de alguien que busca el Santo Grial.

Agarró la cinta de la persiana.

El roce del tejido áspero le recordó que estaba a punto de cometer un acto de rebeldía.

Tiró con cuidado.

Click.

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