PARTE 1
La noche en aquel pueblo de la meseta no era una noche.
Era un castigo bíblico envuelto en papel de lija.
El aire pesaba tanto que parecía que podías cortarlo con un cuchillo de sierra.
Elena sentía cómo la gota de sudor iniciaba su peregrinaje desde la nuca.
Bajaba lenta, tortuosa, como un recordatorio de que el verano no perdona a los inocentes.
A su lado, Javi roncaba con una fe que ella solo podía calificar de insultante.
¿Cómo podía dormir un hombre cuando el colchón parecía de lava volcánica?
Ella se movió, y el roce de la sábana de algodón —supuestamente transpirable— le devolvió un latigazo de calor seco.
Era agosto en el corazón de España, y el asfalto del día seguía escupiendo fuego desde las entrañas de la tierra.
Elena miró la persiana.
Estaba bajada hasta el último agujerito, ese que deja pasar una luz milimétrica pero nada de oxígeno.
Se levantó con el sigilo de un comando de élite.
Sus pies descalzos tocaron el suelo de baldosa, que era lo único que mantenía una temperatura humana.
Caminó hacia la ventana con la esperanza de alguien que busca el Santo Grial.
Agarró la cinta de la persiana.
El roce del tejido áspero le recordó que estaba a punto de cometer un acto de rebeldía.
Tiró con cuidado.
Click.
Clack.
El sonido en el silencio de la casa pareció una detonación de artillería pesada.
Elena aguantó la respiración, mirando hacia la puerta del pasillo.
Nada.
Siguió subiendo, centímetro a centímetro, hasta que el cristal quedó al descubierto.
Luego, con una delicadeza de cirujano, giró la manivela y abrió la hoja de par en par.
Un alivio casi místico la invadió.
No es que entrara aire fresco, porque el aire fresco no existía en un radio de quinientos kilómetros.
Pero entraba algo.
Una corriente, un susurro, el olor a los geranios secos del patio y al polvo del camino.
Elena se quedó allí, apoyada en el marco, dejando que el aire acariciara sus hombros empapados.
Cerró los ojos y, por un segundo, creyó en la felicidad.
Entonces, una sombra se proyectó en el pasillo.
No hubo pasos.
No hubo advertencias.
Solo la presencia.
Doña Paquita apareció en el umbral de la puerta como una aparición mariana, pero con camisón de flores y cara de pocos amigos.
Elena se sobresaltó tanto que casi se golpea con el pomo de la ventana.
—¿Qué estás haciendo, criatura? —preguntó Paquita.
Su voz no era un grito, era algo peor.
Era ese susurro sibilino cargado de autoridad ancestral que solo las suegras españolas dominan a la perfección.
—Abrir la ventana, suegra —respondió Elena, intentando recuperar el ritmo cardíaco—. Es que nos estamos asando.
Paquita dio un paso hacia el interior de la habitación, cruzándose de brazos sobre el pecho.
Miró la ventana abierta con el horror con el que un exorcista miraría un portal al infierno.
—¿Habéis dejado la ventana abierta? —preguntó de nuevo, como si no diera crédito a sus ojos.
—Sí, Paquita. Javi está empapado y yo no puedo ni cerrar los ojos.
La suegra soltó un suspiro largo, cargado de siglos de sabiduría popular y reproche.
—¡Va a entrar el aire de la noche y os vais a levantar con la cara torcida! —sentenció.
Elena parpadeó, confundida por la gravedad de la afirmación.
—¿La cara torcida? —repitió, con un tono que oscilaba entre la risa y el agotamiento.
—¡De lado! —insistió Paquita, haciendo un gesto con la mano como si se estuviera desencajando la mandíbula—. Se te queda un ojo mirando a Cuenca y la boca apuntando a Portugal.
—Eso es una exageración, suegra. Es solo que corra un poco de aire.
—No es aire, Elena. Es el sereno.
La palabra “sereno” salió de los labios de Paquita con una reverencia casi religiosa.
—El sereno es muy traicionero, hacedme caso —continuó la mujer, acercándose un paso más.
—Pero si hace cuarenta grados, Paquita —replicó Elena, sintiendo que el calor empezaba a subirle por las mejillas, y no era por el clima.
—Da igual la temperatura. El aire de la noche lleva una carga que el cuerpo no aguanta mientras duerme.
Elena miró a Javi, que seguía en su mundo de sueños, ajeno al drama que se gestaba a los pies de su cama.
—Javi no parece muy preocupado —dijo Elena, señalando a su marido.
—Porque mi hijo es un bendito y no sabe el peligro que corre —respondió Paquita—. Pero tú, que eres la que tiene que velar por la salud de este hogar, deberías saberlo mejor.
—Suegra, con todo el respeto, lo de la cara torcida es un mito —dijo Elena, intentando usar la lógica, ese arma inútil en estas situaciones.
—¿Un mito? —Paquita se indignó visiblemente—. Pregúntale a la prima Angustias, que se dejó el balcón abierto una noche de julio en el ochenta y cuatro.
Elena suspiró. Conocía la historia de la prima Angustias, o al menos una de sus versiones.
—Angustias tuvo una parálisis facial, Paquita. Seguramente por un virus o por estrés.
—¡Por el sereno! —recalcó la suegra, golpeando el aire con el dedo índice—. Se levantó para ir al baño y cuando se miró al espejo, se creía que le estaba dando un aire.
—Es que le dio un aire, pero no de esos —murmuró Elena.
—Tuvo que estar seis meses comiendo purés con una pajita porque no podía cerrar los labios.
Paquita se acercó a la ventana con la intención evidente de cerrarla.
Elena se interpuso suavemente, pero con firmeza.
—Por favor, suegra. Solo una rendija.
—Ni rendija ni “rendijo”. El sereno no necesita mucho espacio para entrar.
Elena sentía que la situación estaba alcanzando niveles de surrealismo dignos de un cuadro de Dalí.
Allí estaba ella, a las tres de la mañana, peleando por un poco de oxígeno con una mujer que creía que el aire nocturno era un gas tóxico medieval.
—Hace mucho calor en esta habitación, suegra —repitió Elena, como un mantra.
—Ponte un abanico. O mójate las muñecas con agua fría. Pero no me abras la ventana, que mañana me veo llevándoos a urgencias.
Elena miró hacia el techo, buscando una paciencia que se le agotaba por segundos.
—Si la cerramos, no vamos a pegar ojo.
—Mejor no dormir que despertarse con la sonrisa en la nuca —sentenció Paquita.
La suegra examinó la habitación con la mirada de un general inspeccionando las trincheras.
Vio el ventilador de pie que estaba apagado en un rincón.
—¿Y por qué no ponéis ese aparato? —preguntó.
—Porque hace un ruido que parece un helicóptero despegando —explicó Elena—. Y además, solo mueve aire caliente. Es como si un dragón te estuviera respirando en la cara.
—Pues mejor el dragón que el sereno —dijo Paquita, inflexible.
—Suegra, de verdad, que no va a pasar nada.
—Eso decía el tío Honorio, que en paz descanse.
Elena cerró los ojos un momento. Aquí venía otra anécdota familiar del cementerio de las imprudencias climáticas.
—¿Qué le pasó al tío Honorio? —preguntó, sabiendo que no tenía escapatoria.
—El tío Honorio dormía siempre con la puerta de la calle abierta en el pueblo —empezó Paquita, bajando el tono para darle más misterio—. Decía que él era de campo y que el aire no le hacía nada.
—¿Y?
—Y un día se levantó con un dolor de oído que le llegaba hasta el alma.
—¿Otitis? —sugirió Elena.
—¡El sereno! Se le metió el frío de la noche en el conducto y se le quedó la oreja como un pimiento morrón.
—Pero eso no tiene nada que ver con la cara torcida…
—Todo está conectado, Elena. El aire de la noche es un aire engañoso. Parece que te refresca, pero te está robando la salud por los poros.
Elena se apoyó en la pared, notando que el sudor ya no solo bajaba por su nuca, sino por todas partes.
La discusión estaba generando más calor que el propio sol del mediodía.
—Mírale a él —dijo Paquita señalando a Javi—. Mira qué cara de paz tiene ahora.
—Tiene cara de estar al borde de una deshidratación severa —corrigió Elena.
—Tiene la cara recta, que es lo importante —replicó la suegra—. Si dejas eso abierto, mañana no lo reconoce ni su madre.
—Paquita, por favor…
—Hacedme caso, que yo he visto cosas que vosotros, los modernos, no os creéis.
Elena pensó en preguntarle si había visto naves de ataque ardiendo más allá del hombro de Orión, pero decidió que la referencia a Blade Runner se perdería en aquel dormitorio de Ávila.
—Si cerramos, ¿me promete que se irá a dormir y nos dejará intentar descansar? —preguntó Elena, rindiéndose a medias.
—Yo me iré cuando sepa que mi hijo está a salvo del aire traidor —dijo Paquita, victoriosa.
Elena miró el cielo estrellado a través de la ventana abierta.
Se veía tan pacífico. Tan inofensivo.
¿Cómo podía aquel aire de campo, cargado de aroma a tomillo, ser un enemigo tan temible?
—Está bien —cedió Elena—. La bajo un poco.
—Un poco no. Del todo.
—Pero Paquita…
—¡Del todo! Que el sereno es como el humo, se cuela por cualquier grieta.
Elena agarró la cinta de la persiana con una tristeza profunda.
Sintió que estaba clausurando su última oportunidad de sobrevivir a la noche.
Clack.
Clack.
Clack.
La oscuridad volvió a apoderarse de la habitación.
El silencio, denso y sofocante, cayó sobre ellas como una manta de lana en pleno desierto.
—Así —susurró Paquita—. Ahora estaréis protegidos.
—Y asados —añadió Elena.
—Mejor asados que torcidos, niña. Que la belleza se pasa, pero una boca de lado es para siempre.
Paquita se dio la vuelta y salió del cuarto con la satisfacción del deber cumplido.
Elena se quedó de pie, en la penumbra total, escuchando cómo los pasos de su suegra se alejaban por el pasillo.
Oyó cómo se cerraba la puerta de su habitación.
Se dejó caer sobre la cama, sintiendo que el colchón la absorbía como si fuera arena movediza.
Javi se movió un poco y soltó un gruñido ininteligible.
—¿Qué pasa? —balbuceó él, a medio camino entre el sueño y la vigilia.
—Nada, Javi. Duerme. Tu madre nos ha salvado de una tragedia estética —respondió Elena con amargura.
—¿La persiana? —preguntó él, notando el cambio de flujo de aire.
—Cerrada. Por el sereno.
—Ah… —Javi pareció procesar la información durante tres segundos—. Pues tiene razón. Mi tía Angustias…
—Si mencionas a la tía Angustias, pido el divorcio mañana mismo —le cortó Elena.
Javi se quedó callado, dándose la vuelta para buscar el lado menos caliente de la almohada.
Elena se quedó mirando al techo invisible.
El calor empezó a acumularse de nuevo, rebotando contra las paredes de piedra.
Sentía que el aire se le acababa.
Sintió que sus pulmones pedían clemencia.
Cinco minutos pasaron.
Diez minutos.
Elena no aguantaba más.
Se incorporó lentamente.
—¿A dónde vas? —susurró Javi.
—A buscar un vaso de agua. O a morir, lo que ocurra primero.
Elena salió de la habitación, caminando de puntillas por el pasillo.
La casa estaba en calma, pero ella sabía que el peligro acechaba detrás de cada puerta cerrada.
Llegó a la cocina y bebió agua del grifo, que salía tibia.
Miró la ventana de la cocina.
Estaba cerrada a cal y canto.
Paquita no dejaba nada al azar.
Elena se sentó en una de las sillas de madera, sintiendo la opresión del ambiente.
No podía volver a ese horno. No podía pasar otras seis horas envuelta en ese sudor pegajoso.
Fue entonces cuando lo vio.
En el lavadero, al fondo de la cocina, había una pequeña ventana alta que servía para ventilar los vapores de la lejía.
Era pequeña, apenas un cuadrado de treinta por treinta centímetros.
Paquita no llegaba allí arriba ni con una escalera de tres peldaños.
Elena sonrió con malicia.
Se subió a un taburete.
Estiró el brazo y empujó el cristal hacia afuera.
Un chorro de aire fresco —fresco de verdad, o al menos no hirviente— entró directamente en su cara.
Elena cerró los ojos, disfrutando del momento.
“Toma ya, sereno”, pensó.
Se quedó allí unos minutos, simplemente respirando, como un buceador que sale a la superficie tras un descenso demasiado largo.
Pero entonces, un pensamiento la asaltó.
¿Y si Paquita tenía razón?
¿Y si realmente existía una fuerza mística en la noche española capaz de deformar los rasgos humanos?
Se tocó la mejilla.
Estaba normal.
Se tocó la comisura de los labios.
Todo en su sitio.
—Estás loca, Elena —se dijo a sí misma en voz baja—. Es solo aire.
Pero el silencio de la cocina empezó a jugar con sus nervios.
Cualquier crujido de la madera le parecía un síntoma de parálisis inminente.
Cualquier sombra le recordaba el rostro asimétrico de la mítica prima Angustias.
Decidió que se quedaría allí un rato más, solo hasta bajar la temperatura corporal, y luego volvería a la celda.
Pero el cansancio empezó a pesarle más que el calor.
Apoyó la cabeza en el borde de la mesa de la cocina.
Solo un momento, pensó.
Solo un momento para cerrar los ojos y sentir el aire del lavadero.
Sin darse cuenta, el sueño, ese traidor que no entiende de supersticiones ni de suegras, se apoderó de ella.
Elena se quedó dormida en la silla, con la mejilla derecha expuesta directamente a la corriente que venía de la pequeña ventana del lavadero.
El sereno, silencioso y acechante, empezó a hacer su trabajo.
O eso era lo que Paquita diría si la viera.
La noche avanzaba, y en el silencio del pueblo, solo se escuchaba el canto lejano de un grillo y el murmullo del aire entrando por el pequeño hueco.
Elena soñó con glaciares.
Soñó con pingüinos que bailaban flamenco.
Soñó que su cara era de plastilina y que alguien la estaba moldeando con dedos gélidos.
PARTE 2
El primer rayo de sol entró por la rendija de la persiana de la cocina como una lanza de fuego.
Elena se despertó con una sensación extraña en el cuello.
Tenía una contractura de las que hacen época, cortesía de haber dormido con la cabeza sobre una mesa de formica.
Se incorporó lentamente, gimiendo por el dolor de cervicales.
—Ay, Dios mío —susurró, llevándose la mano a la nuca.
Entonces, recordó.
La ventana del lavadero seguía abierta.
Se giró rápidamente para cerrarla, presa de un pánico irracional sembrado por las historias de su suegra.
Al hacerlo, notó algo.
Su mejilla derecha se sentía entumecida.
No era una sensación de hormigueo normal, era como si tuviera un bloque de hielo pegado a la mandíbula.
Se le aceleró el pulso.
Caminó hacia el espejo del pasillo, ese que tenía un marco de madera oscura y que siempre parecía juzgar a los que se miraban en él.
Se detuvo antes de llegar.
“No seas ridícula”, se reprendió mentalmente. “Es solo que has dormido mal”.
Se armó de valor y se plantó frente al espejo.
Se miró.
Abrió mucho los ojos.
No vio nada raro a primera vista.
Sus ojos seguían siendo dos, y estaban a la misma altura.
Intentó sonreír.
Fue entonces cuando el horror se apoderó de ella.
El lado izquierdo de su boca subió perfectamente, mostrando sus dientes con la naturalidad de un anuncio de dentífrico.
Pero el lado derecho… el lado derecho se quedó rezagado.
Apenas se movió un milímetro, creando un rictus extraño, una especie de mueca de desprecio involuntaria.
Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—No puede ser —balbuceó.
Intentó guiñar el ojo derecho.
No pudo.
El párpado se quedó a medio camino, vibrando como una persiana atascada.
—¡Javi! —intentó gritar, pero su voz salió distorsionada, como si estuviera hablando con la boca llena de polvorones—. ¡Javi, socorro!
Salió corriendo hacia el dormitorio, tropezando con una alfombra de pasillo que Paquita insistía en mantener a pesar de las temperaturas saharianas.
Entró en el cuarto como un vendaval de pánico.
Javi se despertó de un salto, desorientado.
—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Ha entrado un ladrón? —preguntó, sentándose en la cama con los pelos de punta.
Elena se plantó frente a él y le señaló su cara con un dedo tembloroso.
—¡Mira! —intentó decir, pero sonó más como un “¡Mina!”.
Javi la miró fijamente. Se frotó los ojos. Volvió a mirarla.
—Elena… ¿qué estás haciendo? ¿Por qué me miras así?
—¡Mi cara! —logró articular con esfuerzo.
Javi se acercó, examinando el rostro de su mujer con creciente preocupación.
—Tienes… tienes un gesto raro, Elena. ¿Te duele algo?
—¡Está torcida! —exclamó ella, sintiendo que las lágrimas empezaban a brotar, aunque solo de un ojo, porque el otro conducto lagrimal parecía estar también de huelga.
Javi palideció.
—Espera, no te muevas. Déjame ver bien.
Se levantó de la cama y encendió la luz de la mesilla, que en la penumbra de la persiana bajada arrojó una luz amarillenta y dramática sobre la escena.
—Hostia, Elena… —susurró Javi—. Tienes el lado derecho… un poco… perezoso.
—¿Perezoso? —Elena quería gritar, pero su mandíbula no cooperaba—. ¡Está muerto! ¡El sereno me ha matado la cara!
—No digas tonterías, el sereno no existe —dijo Javi, aunque su voz carecía de convicción.
En ese preciso momento, la puerta del dormitorio se abrió lentamente.
Doña Paquita entró con una bata de seda que le daba un aire de emperatriz romana en decadencia.
Traía una bandeja con tres tazas de café humeante, a pesar de que el termómetro ya debía de marcar los treinta grados.
—Buenos días —dijo Paquita con una sonrisa radiante—. ¿Habéis descansado bien con la persiana bajada?
Se hizo el silencio.
Paquita dejó la bandeja sobre la cómoda y se fijó en Elena.
La sonrisa de la suegra desapareció más rápido que un helado en el desierto.
Se llevó las manos a la cara, dejando escapar un grito sofocado.
—¡Madre del amor hermoso! —exclamó—. ¡Lo que yo me temía! ¡Lo que yo dije!
Elena se hundió en el pecho de Javi, que intentaba abrazarla sin saber muy bien qué hacer.
—¡La cara torcida! —gritó Paquita, acercándose a Elena como si fuera un experimento de laboratorio—. ¡Mírala! ¡Si parece un cuadro de Picasso en su etapa más complicada!
—No ayude, mamá —gruñó Javi—. No ayude.
—¿Que no ayude? ¡Si es que os lo advertí! ¡Os dije que el aire de la noche era veneno! —Paquita empezó a dar vueltas por la habitación, gesticulando con frenesí—. ¡Elena, niña! ¿Es que abriste la ventana cuando yo me fui?
Elena, incapaz de mentir con la mitad de la cara paralizada, asintió levemente.
—¡Ay, Señor! —Paquita se santiguó—. ¡Si es que no aprendéis! Los jóvenes os creéis que los virus y las bacterias lo son todo, ¡pero el sereno es el que manda en este país!
—Hay que ir al médico —dijo Javi, agarrando su camiseta—. Elena, vístete. Vamos a urgencias.
—¡Urgencias! —bufó Paquita—. ¿Para qué? ¿Para que le den una pastilla de esas que te dejan tonta? Esto se cura con calor y con paciencia.
—Mamá, por favor, esto parece serio —insistió Javi.
—¡Claro que es serio! —gritó Paquita—. ¡Es el sereno! Eso no es un catarro. Eso es que el nervio se ha asustado del frío.
Elena intentó decir algo sobre el hecho de que hacía cuarenta grados y era imposible tener frío, pero solo le salió un gemido ininteligible.
—No hables, hija, no hables, que se te va a quedar así el gesto —dijo Paquita, ahora en un tono maternal que daba más miedo que su enfado—. Javi, trae una toalla caliente. ¡Rápido!
Javi, superado por las circunstancias, obedeció.
Se fue al baño y Elena se quedó a solas con su suegra.
Paquita se sentó al borde de la cama y le cogió la mano.
—Pobre criatura —susurró—. Si es que sois como niños. Os pensáis que las paredes de esta casa se hicieron gruesas por capricho. Se hicieron para protegernos de lo que acecha fuera.
Elena la miraba con el único ojo que podía expresar algo. Sentía una mezcla de humillación, miedo y un calor insoportable.
—¿Sabes qué le pasó al primo Segismundo? —preguntó Paquita, bajando la voz.
Elena negó con la cabeza. No quería saberlo. Sabía que iba a ser horrible.
—Segismundo se quedó dormido en el patio después de una boda. Corría una brisa que daba gloria, según decía él.
Paquita hizo una pausa dramática.
—Se levantó con la boca tan torcida que para beber sopa tenía que usar un embudo lateral.
Elena cerró los ojos. La imagen mental era espantosa.
—Tres meses —continuó Paquita—. Tres meses dándole masajes con aceite de oliva virgen extra y rezándole a Santa Rita. Y aun así, cuando se ríe, parece que te está retando a un duelo.
Javi volvió con la toalla humeante.
—Aquí está.
Paquita cogió la toalla y, sin previo aviso, se la estampó a Elena en el lado derecho de la cara.
—¡Augh! —se quejó Elena. La toalla estaba hirviendo.
—¡Aguanta! —ordenó Paquita—. Hay que despertar al nervio. El nervio está dormido porque el sereno lo ha anestesiado.
Elena sentía que su piel se estaba pelando. El calor de la toalla, sumado al calor de la habitación, la estaba haciendo delirar.
—Mamá, yo creo que esto es una parálisis de Bell —dijo Javi, que había estado consultando el móvil—. Dice aquí que puede ser por un virus…
—¿Virus? —Paquita soltó una carcajada amarga—. El único virus que hay aquí es la cabezonería de vuestra generación. ¿Qué sabe internet de lo que pasa en este pueblo a las cuatro de la mañana?
—Pero pone que hay que dar corticoides…
—¡Corticoides ni corticoas! —sentenció la suegra—. Lo que hace falta es que ese aire malo salga del cuerpo. Javi, ve a la despensa y trae el bote de aguardiente que nos trajo el tío Paco de Galicia.
—¿Aguardiente? ¿Para qué? —preguntó Javi, atónito.
—Para frotarle las sienes. El alcohol fuerte engaña al sereno y lo saca hacia afuera.
Elena empezó a sospechar que si sobrevivía a la parálisis, no sobreviviría a los remedios de Paquita.
Se imaginaba a sí misma en urgencias, con la cara torcida, oliendo a orujo gallego y con quemaduras de segundo grado por la toalla caliente.
—Javi… —logró decir Elena—. Med-co. Por fa-vor.
Javi miró a su mujer y vio la desesperación en su mirada.
—Mamá, lo siento, pero nos vamos al centro de salud.
Paquita se levantó, ofendida en lo más profundo de su orgullo de curandera doméstica.
—Id, id. Gastad gasolina para que un médico de veinticinco años que no sabe ni freír un huevo os diga que no tiene ni idea.
—Es por seguridad, mamá.
—¡La seguridad es hacerme caso a mí! —gritó Paquita mientras ellos salían de la habitación—. ¡Y no os olvidéis de ponerle una bufanda a Elena para salir a la calle!
—¡Que hace treinta y cinco grados, mamá! —rugió Javi desde el pasillo.
—¡El contraste es lo que te mata! —fue lo último que oyeron de Paquita antes de cerrar la puerta principal.
El trayecto en el coche fue un suplicio.
Javi conducía a toda velocidad por las calles desiertas del pueblo, mientras Elena se miraba en el espejo del parasol cada treinta segundos.
—Sigue igual —decía ella, con voz pastosa.
—Tranquila, cariño. Seguro que es algo pasajero.
—¿Y si me quedo así para siempre? ¿Y si tengo que ir a la oficina con esta cara de sospechosa permanente?
—No digas tonterías. Te queda hasta bien. Te da un aire… interesante. Como de actriz de cine negro.
Elena le lanzó una mirada que, de haber podido usar ambos ojos, habría fulminado a Javi en el acto.
Llegaron al centro de salud. Estaba vacío, a excepción de un anciano que leía un periódico de hacía tres días y una administrativa que parecía estar contando los segundos para su jubilación.
—Urgencias —dijo Javi, jadeando.
La administrativa levantó la vista, miró a Elena, luego a Javi, y volvió a bajar la vista al ordenador.
—Nombre y apellidos.
—Elena Rodríguez. Tiene una parálisis facial.
La mujer suspiró como si las parálisis faciales fueran el trámite más aburrido del mundo.
—Esperen ahí. El médico está con un cólico nefrítico.
Se sentaron en los bancos de plástico duro. El aire acondicionado del centro de salud funcionaba a tal potencia que Elena empezó a tiritar.
—Ves —susurró—. Ahora me va a dar el sereno de interiores.
—Cállate, Elena —dijo Javi, aunque le pasó el brazo por encima para darle calor.
Media hora después, una enfermera con cara de cansancio infinito los llamó.
—Pasen a la consulta tres.
El médico era, efectivamente, un chico joven que parecía llevar tres días sin dormir. Tenía ojeras que le llegaban a la mandíbula.
—A ver, ¿qué tenemos aquí? —preguntó, abriendo la ficha en la pantalla.
Elena intentó explicarlo, pero Javi tomó la palabra.
—Se ha levantado así. Creemos que es una parálisis de Bell. Dormimos con la ventana abierta y…
El médico se detuvo en seco. Miró a Javi, luego a Elena, y una pequeña sonrisa burlona apareció en sus labios.
—¿Con la ventana abierta? —preguntó.
Elena asintió vigorosamente.
—¿Y vuestra madre o vuestra suegra os ha dicho algo del sereno? —añadió el médico.
Javi y Elena se miraron.
—Sí —admitió Javi—. Mi madre está convencida de que ha sido eso.
El médico se echó hacia atrás en su silla y soltó una carcajada corta.
—Es increíble. No falla. En este pueblo el sereno es el responsable del noventa por ciento de las patologías, desde el reúma hasta la caída del pelo.
Elena sintió un alivio inmenso.
—Entonces… ¿no ha sido el aire de la noche? —preguntó, con la esperanza de poder restregárselo a Paquita.
El médico se puso serio de nuevo.
—A ver, técnicamente el “sereno” no existe como entidad médica. Pero las corrientes de aire frío y directo sobre la cara pueden provocar una inflamación del nervio facial.
Elena se quedó helada. Literalmente.
—¿Entonces Paquita tiene razón? —preguntó Javi, con los ojos como platos.
—No exactamente —dijo el médico, empezando a explorar la cara de Elena con una linterna—. No es un aire mágico ni traicionero. Es simplemente un cambio de temperatura brusco que afecta a un nervio que ya podría estar algo sensible por un proceso viral previo.
Examinó la movilidad de los músculos faciales de Elena.
—Cierre los ojos fuerte. Intente silbar. Suba las cejas.
Elena obedeció como pudo.
—Bueno —dijo el médico, escribiendo en el ordenador—. Es una parálisis periférica idiopática. Lo que llamamos parálisis de Bell. Es molesto, pero en la mayoría de los casos se recupera totalmente.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Elena, preocupada.
—Unas semanas. Quizás un par de meses. Le voy a recetar unos corticoides y unas gotas para el ojo, porque como no puede parpadear bien, se le puede secar la córnea.
Elena asintió, aunque la idea de estar semanas así no le hacía ninguna gracia.
—Y una cosa más —dijo el médico mientras imprimía las recetas—. Por lo que más quieran… no le digan a la madre de él que el médico ha mencionado que el aire frío tiene algo que ver.
—¿Por qué? —preguntó Javi.
—Porque entonces no volveré a tener paz en las guardias. Si las suegras de este pueblo confirman sus teorías conmigo, estoy perdido.
Salieron de la consulta con las recetas en la mano.
Elena se sentía un poco mejor por saber que no era algo permanente, pero el peso de la victoria de Paquita era una carga difícil de llevar.
—¿Cómo se lo vamos a decir? —preguntó Javi mientras caminaban hacia el coche.
—No le vamos a decir nada —respondió Elena—. Le diremos que el médico ha dicho que es un virus tropical traído por el cambio climático.
—No se lo va a creer.
—Lo sé. Pero prefiero que crea que soy una víctima de la ecología global a admitir que el sereno me ha ganado la batalla.
Subieron al coche. El calor de fuera ya era insoportable de nuevo.
Javi arrancó y puso el aire acondicionado.
Elena, por puro instinto, se tapó el lado derecho de la cara con la mano.
—Javi… —dijo ella.
—¿Sí?
—Pon el aire más bajo. Y que no me dé directamente.
Javi sonrió y ajustó las rejillas de ventilación hacia el techo.
—A tus órdenes, capitana Torcida.
Llegaron a la casa. Paquita los esperaba en la puerta, con los brazos en jarras y una expresión de “os lo dije” que se veía desde la otra punta de la calle.
—¿Y bien? —preguntó la suegra en cuanto bajaron del coche—. ¿Qué ha dicho el sabio de la medicina moderna?
Javi miró a Elena. Elena miró a Javi.
La tensión cómica en el ambiente era tan espesa que se podía masticar.
El duelo entre la ciencia y el sereno acababa de empezar su segunda ronda.
PARTE 3
Entrar en la casa fue como entrar en un tribunal de la Inquisición, pero con olor a sofrito de cebolla.
Paquita no se movió de la entrada.
Mantenía su posición, bloqueando el paso hacia el salón, esperando la confesión que confirmara su supremacía intelectual y biológica sobre la juventud descerebrada.
—¿Y bien? —repitió, elevando una ceja—. ¿Traéis el parte de guerra o es que el médico todavía está buscando en los libros qué es una cara de lado?
Javi carraspeó, tratando de ganar tiempo.
—Bueno, mamá… el médico dice que es una cosa del nervio. Un nombre raro… parálisis de Bell.
—¡De Bell! —exclamó Paquita, soltando una risotada—. ¡Claro! Como si le quieren poner el nombre del inventor del teléfono. ¡Eso es el sereno de toda la vida! ¡Bell ni qué niño muerto!
Elena pasó por su lado intentando mantener la dignidad, lo cual es complicado cuando solo puedes controlar la mitad de tu expresión facial.
—Dice que es un virus, Paquita —mintió Elena, aunque su voz sonó un poco gangosa—. Un virus que está en el ambiente por el calor.
Paquita se dio la vuelta, siguiéndolos al salón como un depredador que huele el miedo.
—¿Un virus? —dijo con desprecio—. ¿Y ese virus dónde estaba ayer? ¿En la despensa? ¿En el armario de los zapatos? ¡Ese virus entró por la ventana en cuanto os descuidasteis!
Se sentaron en el sofá de escay, que se pegaba a los muslos como si quisiera formar parte de su anatomía.
Paquita se quedó de pie frente a ellos.
—A ver las recetas —ordenó, extendiendo la mano.
Javi le entregó los papeles con resignación.
Paquita se puso las gafas de cerca, esas que iban colgadas de una cadena de perlas, y empezó a leer en voz alta con tono crítico.
—Prednisona… lágrimas artificiales… ¡Pero esto qué es! —gritó—. ¡Si esto es química pura! ¡Le van a dejar el estómago como un colador!
—Es lo que hace falta para bajar la inflamación, mamá —explicó Javi.
—Lo que hace falta es lo que yo os dije. Calor seco y orujo. Y un parche en el ojo, que pareces un pirata de las rebajas, hija mía.
Elena se hundió en el sofá. La idea del parche empezaba a no parecerle tan mala, al menos así dejaría de notar que el ojo derecho se le estaba quedando seco como una pasa.
—Me voy a la cama un rato —dijo Elena—. Me duele la cabeza.
—Normal —sentenció Paquita—. El sereno te ha entrado por el ojo y te está empujando el cerebro hacia el otro lado.
Elena no tuvo fuerzas para rebatir esa teoría neurológica tan innovadora.
Se fue al dormitorio, que seguía a oscuras y con el aire viciado.
Se tumbó encima de la colcha, tratando de encontrar una posición en la que no sintiera que su cara pesaba cinco kilos más de un lado que del otro.
Al poco rato, oyó murmullos en el pasillo.
Eran Javi y su madre.
—Mamá, deja de agobiarla, por favor —decía Javi—. Ya tiene bastante con lo que tiene.
—¡Si no la agobio yo, no la cura nadie! —replicaba Paquita—. Esa niña es muy frágil, Javi. Tiene la piel muy fina y el aire de este pueblo no es el de la ciudad. Aquí el aire tiene mala leche.
—Que no es el aire, mamá…
—¡Que sí! Que te digo yo que esta noche le vamos a poner una bufanda de lana aunque se derrita. Hay que sudar el sereno. Si no sale por los poros, se le queda dentro y se le amarga el carácter.
Elena cerró los ojos con fuerza. ¿Una bufanda de lana? ¿En agosto? ¿En Castilla?
Eso no era un remedio, era un intento de homicidio involuntario.
Se quedó medio traspuesta, flotando en ese limbo de duermevela donde el calor se mezcla con los sueños extraños.
Soñó que Paquita era una especie de chamana que controlaba los vientos con un abanico gigante.
Se despertó un par de horas después, empapada en sudor.
Al abrir el ojo izquierdo, vio una figura sentada en una silla al lado de la cama.
Era Paquita.
No decía nada. Solo la observaba con una mezcla de lástima y triunfo.
En el regazo tenía una cesta con cosas que Elena no alcanzó a identificar de inmediato.
—Ya has despertado —dijo Paquita suavemente.
—¿Qué hora es? —preguntó Elena, sintiendo la lengua pesada.
—Las seis de la tarde. La hora en la que el calor empieza a ser traicionero porque parece que se va, pero se queda agazapado.
Paquita se levantó y se acercó a la cama.
—Traigo el tratamiento de verdad. Olvida las pastillas esas del médico niño.
—Paquita, me he tomado la prednisona…
—Bueno, eso para el estómago. Pero para la cara, vamos a usar la ciencia de la abuela Remedios.
De la cesta sacó un paño de lino blanco y un bote de cristal sin etiqueta que contenía un líquido amarillento.
—¿Qué es eso? —preguntó Elena con desconfianza.
—Aceite de hipérico macerado a la luz de la luna —respondió Paquita con total seriedad—. Y esencia de romero. Esto te lo froto yo por el cuello y el nervio se pone derecho por las buenas o por las malas.
Elena quiso protestar, pero Paquita ya estaba destapando el bote.
Un olor penetrante, una mezcla entre bosque antiguo y farmacia de pueblo, inundó la habitación.
—¡Cierra el ojo bueno! —ordenó la suegra.
Elena obedeció por puro instinto de supervivencia.
Sintió las manos de Paquita, rugosas y cálidas, aplicándole el aceite con movimientos circulares desde detrás de la oreja hasta la barbilla.
—Sana, sana, colita de rana… —empezó a tararear Paquita en voz baja.
—¿En serio, suegra? —dijo Elena, a medio camino entre la indignación y la risa histérica.
—No te rías, que la fe mueve montañas y el sereno le tiene miedo a los rezos —replicó Paquita sin detener el masaje.
Lo cierto es que el masaje no era desagradable. El calor de las manos de la mujer y el aroma del aceite empezaron a relajar la tensión acumulada en el cuello de Elena.
—¿Sabes por qué os pasa esto a los de ciudad? —preguntó Paquita mientras seguía con su faena.
—¿Por qué?
—Porque vivís en cajas de cristal con aire acondicionado. Vuestro cuerpo no sabe lo que es el mundo real. Tenéis los poros cerrados por la comodidad.
Elena no dijo nada. Estaba demasiado ocupada intentando no quedarse dormida de nuevo bajo el influjo de las manos de su suegra.
—Cuando llegáis aquí, vuestra piel se asusta —continuó Paquita—. Ve un poco de aire de verdad y dice: “¡Ay, qué horror, aire natural!”. Y se cierra. Y el nervio se queda atrapado.
—Es una teoría interesante, Paquita.
—No es una teoría, es la pura verdad. El sereno es la forma que tiene la naturaleza de castigar la soberbia del hombre que cree que puede controlar el clima con un mando a distancia.
Tras quince minutos de masaje, Paquita dio por terminada la sesión.
—Ahora, lo más importante —dijo, sacando algo largo y peludo de la cesta.
Elena abrió los ojos y estuvo a punto de volver a cerrarlos del susto.
Era una bufanda de lana virgen, de esas que pican solo con mirarlas, de color marrón tierra.
—No —dijo Elena de forma rotunda—. Eso sí que no.
—¡Eso sí que sí! —replicó Paquita—. Tienes que mantener el calor del aceite. Si te da un mínimo de corriente ahora, se te queda la cara como un nudo marinero.
—Paquita, que estamos a treinta y ocho grados en esta habitación. ¡Me va a dar un golpe de calor!
—¡Mejor un golpe de calor que una vida de perfil! —sentenció la suegra.
Sin esperar respuesta, le rodeó el cuello con la bufanda, dándole dos vueltas apretadas.
Elena sentía que se asfixiaba. El picor de la lana era insoportable.
—Parezco un eccehomo —se quejó Elena, mirándose en el reflejo del televisor apagado.
—Pareces una mujer que se está curando —corrigió Paquita—. Ahora, quédate ahí quieta. Voy a traerle a Javi un poco de limonada, que el pobre está sufriendo mucho viéndote así.
Paquita salió de la habitación con paso firme.
Elena se quedó sola, envuelta en aceite de hipérico y lana marrón, sintiendo que el sudor empezaba a brotar de nuevo con una fuerza renovada.
Intentó mover la boca.
Seguía igual.
Intentó cerrar el ojo.
Seguía igual.
—Esto es el fin —susurró para sí misma—. Voy a morir de hipertermia con la cara de Sylvester Stallone.
En ese momento entró Javi, con un vaso de limonada en la mano y una cara de no saber si reír o llorar.
Se detuvo al ver a su mujer.
—Elena… —dijo, conteniendo una carcajada—. Pareces un kebab envuelto en lana.
—Cállate, Javi —dijo ella, con voz ahogada—. No tiene gracia.
—Lo siento, de verdad. Pero es que mi madre ha sacado la artillería pesada. Esa bufanda la tejió mi abuela para las nevadas de los años cincuenta.
—Sácame de aquí, Javi. Vámonos a la ciudad. Vámonos a un sitio donde el sereno no sea un dios vengativo.
Javi se sentó a su lado y le dio un sorbo de limonada.
—No podemos irnos ahora, Elena. Mi madre se moriría de un disgusto si cree que te vas sin curar. Además, el coche no tiene aire acondicionado desde hace dos días, ¿te acuerdas?
Elena suspiró, lo cual hizo que la bufanda le picara aún más en la barbilla.
—Es verdad. El destino quiere que me quede aquí, asándome a fuego lento.
Pasaron las horas. La tarde cayó y el cielo se tiñó de un naranja violento sobre los campos de Castilla.
La casa empezó a enfriarse un poco, bajando de los treinta y cinco grados a los treinta y dos, lo cual para Paquita era motivo suficiente para cerrar todas las puertas “para que no se escape el frescor”.
La cena fue un evento silencioso. Elena intentaba comer una sopa de fideos —elección de Paquita, porque “los sólidos cuestan más con la cara así”— mientras el caldo se le escapaba por el lado derecho de la boca.
Javi la miraba con una ternura infinita, limpiándole la comisura con una servilleta de tela cada pocos segundos.
Paquita, mientras tanto, comía su sopa con la satisfacción de quien ha salvado una vida.
—Mañana ya verás cómo estás mejor —dijo la suegra—. El aceite de hipérico es mano de santo.
—Espero que sí —dijo Elena, que ya se había acostumbrado al picor de la bufanda, o quizás es que sus nervios sensoriales también se habían rendido.
De repente, un ruido rompió el silencio de la noche.
Era un trueno. Lejano, pero profundo.
Paquita se quedó helada, con la cuchara a medio camino.
—¿Habéis oído eso? —preguntó.
—Va a haber tormenta —dijo Javi—. Hacía falta que refrescara.
—¡Tormenta! —Paquita se levantó de la mesa como si le hubieran dado un calambre—. ¡Eso es lo peor para el sereno!
—¿Por qué? —preguntó Elena, temiendo la respuesta.
—Porque la electricidad de los rayos agita el aire nocturno. Lo vuelve loco. ¡Javi, comprueba que todas las ventanas estén no solo cerradas, sino bloqueadas!
—Mamá, por favor…
—¡Hazme caso! Que cuando hay tormenta de verano, el sereno se vuelve rabioso.
Javi suspiró y fue a hacer la ronda de inspección para calmar a su madre.
Elena se quedó en la mesa, mirando su plato de sopa.
Sentía que la situación estaba escalando hacia un clímax de locura doméstica.
Afuera, el viento empezó a soplar con fuerza, haciendo que las ramas de los árboles golpearan contra las paredes de la casa.
El aire, cargado de ozono y de la promesa de la lluvia, buscaba cualquier rendija para entrar.
Paquita se acercó a Elena y le apretó más la bufanda.
—No dejes que te toque ni un ápice de ese aire que viene ahora —susurró—. Ese aire trae la fuerza del rayo.
Elena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
La tormenta estaba cerca.
Y en aquella casa, la lucha entre la superstición y la realidad estaba a punto de alcanzar su punto de ebullición.
¿Sería el sereno tan poderoso como decía Paquita? ¿O sería la tormenta la que finalmente traería la cordura —y un poco de frescor— a sus vidas?
Elena cerró el ojo bueno y esperó.
El primer rayo iluminó la cocina, seguido casi instantáneamente por un trueno que hizo temblar los cristales.
La batalla final por la cara de Elena había comenzado.
PARTE 4
La tormenta estalló con una furia que solo se conoce en los veranos de la estepa.
No era una lluvia mansa; era un bombardeo de agua y granizo que repicaba contra las tejas como si mil tambores estuvieran tocando a la vez.
En el interior de la casa, la tensión era eléctrica.
Paquita iba de un lado a otro, santiguándose cada vez que un relámpago iluminaba las grietas de la pared.
—¡Cerrad las persianas a cal y canto! —gritaba—. ¡Que el rayo busca el hierro y el sereno busca los ojos abiertos!
Javi intentaba mantener la calma, pero el estruendo era tal que costaba no contagiarse del nerviosismo de su madre.
Elena, sentada en el sofá con su bufanda de lana y su cara a medio gas, se sentía como una espectadora en una película de terror de bajo presupuesto.
—Suegra, por Dios, siéntese —dijo Elena, con su voz distorsionada—. Nos va a dar un ataque de nervios a todos.
—¡Tú no hables, que tienes el cuerpo abierto al aire malo! —replicó Paquita—. Javi, pon las toallas debajo de la puerta de la calle, ¡que está entrando un aire que corta!
—Es solo corriente, mamá —insistió Javi, aunque fue a buscar las toallas para evitar un drama mayor.
De repente, un estruendo seco, mucho más cercano que los anteriores, sacudió los cimientos.
La luz parpadeó una, dos veces, y finalmente se apagó.
El silencio que siguió, solo roto por el rugido de la lluvia, fue absoluto.
—¡Ya estamos! —exclamó Paquita en la oscuridad—. ¡La tormenta se ha llevado la luz! ¡Ahora sí que estamos a merced de lo que venga!
Elena sintió que el corazón le latía con fuerza. La oscuridad total, sumada a la parálisis facial y al calor sofocante de la bufanda, le estaba provocando una sensación de claustrofobia insoportable.
—Voy a por las velas —dijo Javi. Su voz, aunque firme, sonaba lejana en la negrura.
Elena oyó los pasos de Javi alejándose hacia la cocina.
Se quedó a solas con Paquita, que respiraba con dificultad a pocos metros de ella.
—¿Elena? —susurró la suegra.
—Aquí estoy, Paquita.
—No te muevas. Pase lo que pase, no te quites la bufanda. El sereno en la oscuridad es doblemente traicionero.
—Paquita, no creo que el aire de la noche tenga visión nocturna —bromeó Elena, intentando aliviar la tensión.
—No te rías, niña. La oscuridad es el manto del sereno.
En ese momento, una ráfaga de viento especialmente violenta golpeó la ventana del salón.
Se oyó un crujido.
Y luego, un cristal rompiéndose.
Un chorro de aire frío, cargado de humedad y de ese olor metálico de la lluvia, entró con fuerza en la estancia.
—¡La ventana! —gritó Paquita—. ¡Se ha roto el cierre de la ventana!
Elena sintió el impacto del aire directamente en su rostro.
Después de tantas horas de calor asfixiante, aquel frío era casi doloroso.
Sintió cómo el aire nocturno, el mítico sereno, la envolvía por completo.
—¡Elena, quítate de ahí! —chilló Paquita, lanzándose hacia ella en la penumbra.
Pero Elena no se movió.
Se quedó allí, recibiendo el azote del viento y la lluvia que empezaba a salpicarle la cara.
Sentía una extraña vibración en el lado derecho de su rostro.
No era dolor. Era como un cosquilleo eléctrico, un despertar súbito.
—¡Javi! —gritaba Paquita—. ¡Javi, trae una manta! ¡La niña se nos queda torcida para siempre!
Javi apareció con una vela encendida, cuya llama bailaba salvajemente por la corriente.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, viendo el cristal roto y a su madre intentando cubrir a Elena con su propio cuerpo.
—¡El sereno ha entrado por la fuerza! —gritó Paquita—. ¡La ha golpeado de lleno!
Elena, en medio del caos, cerró los ojos.
Sintió que el frío de la tormenta penetraba en su mejilla entumecida.
Y entonces, ocurrió.
Un espasmo. Un pequeño tirón involuntario.
Elena se llevó la mano a la cara.
Notó que el párpado derecho, ese que llevaba horas inmóvil, acababa de vibrar por sí solo.
—Javi… —dijo ella. Su voz sonaba más clara—. Alumbra aquí.
Javi se acercó con la vela, iluminando el rostro de Elena.
Paquita se quedó quieta, conteniendo el aliento.
Elena intentó sonreír.
Lentamente, con una torpeza que parecía un milagro, la comisura derecha de sus labios empezó a subir.
No fue una sonrisa perfecta, pero fue una sonrisa.
—¡Se mueve! —gritó Javi—. ¡Elena, se mueve!
Paquita se frotó los ojos, sin dar crédito.
—¿Cómo es posible? —balbuceó la suegra—. Si le ha dado el aire de lleno…
Elena se quitó la bufanda de lana con un gesto triunfal y la lanzó al suelo.
—Parece que el sereno ha decidido arreglar lo que rompió —dijo Elena, riendo ahora con ambos lados de la boca, aunque todavía un poco desigual.
—¡Es un milagro! —exclamó Paquita, santiguándose cinco veces seguidas—. ¡Santa Rita se ha metido en la tormenta!
—O quizás es que el contraste térmico ha hecho reaccionar al nervio —sugirió Javi, intentando mantener su fe en la ciencia.
—¡Qué contraste ni qué ocho cuartos! —sentenció Paquita—. Es que el sereno se ha asustado de lo guapa que es mi nuera y ha decidido soltarla.
Javi y Elena se miraron y, por primera vez en aquel viaje, soltaron una carcajada conjunta que llenó el salón oscuro.
La tormenta empezó a remitir tan rápido como había llegado.
La lluvia se transformó en un goteo rítmico y el viento se calmó, dejando tras de sí un aire limpio y, esta vez sí, verdaderamente fresco.
Javi puso un cartón provisional en el cristal roto mientras Paquita insistía en que Elena se bebiera una taza de caldo caliente “para asentar el susto”.
—Bueno —dijo Elena, sentada a la mesa con una toalla seca sobre los hombros—. Supongo que después de esto, tendré que darte la razón, suegra.
Paquita, que estaba recogiendo los restos del aceite de hipérico, se detuvo y la miró con una sonrisa de absoluta victoria.
—¿En qué, hija?
—En que el aire de la noche es… especial —concedió Elena—. No sé si es traicionero o milagroso, pero desde luego no es un aire cualquiera.
Paquita se acercó y le dio un beso en la mejilla, justo en la que se acababa de curar.
—Hacedme caso siempre, niños —dijo con ternura—. Que la vieja no sabe por vieja, sino por haber dormido muchas noches con la persiana bajada.
Esa noche, Elena y Javi durmieron en el sofá del salón, lejos de la ventana rota.
La temperatura era perfecta.
No había ruidos de ventiladores ni sudores fríos.
Elena se tocó la cara una última vez antes de quedarse dormida.
Todo estaba en su sitio.
—Javi —susurró.
—¿Qué?
—Mañana, cuando volvamos a la ciudad… ¿crees que el sereno nos seguirá?
Javi soltó una risita y la abrazó fuerte.
—En la ciudad no hay sereno, Elena. Solo hay contaminación y ruido. Pero por si acaso… dormiremos con la ventana cerrada. No quiero arriesgarme a que te despiertes pareciendo un cuadro cubista otra vez.
—Hecho —dijo Elena.
Y así, bajo el silencio reparador de la meseta tras la tormenta, los tres habitantes de la casa descansaron en paz.
Paquita, en su habitación, dormía con una sonrisa de oreja a oreja.
Sabía que había ganado una batalla cultural que duraría generaciones.
Y Elena, aunque nunca admitiría ante un médico que el aire nocturno tenía poderes mágicos, guardó la bufanda de lana en su maleta.
Por si acaso.
Porque en España, el sol calienta los cuerpos, pero es el sereno el que, según dicen las abuelas, pone a prueba el alma… y la simetría facial.
A la mañana siguiente, el sol volvió a salir con la misma fuerza de siempre.
Pero la cara de Elena estaba recta.
Y la ventana, por supuesto, seguía cerrada a cal y canto.
¿Y vosotros?
¿Dormís con la ventana abierta en verano o tenéis miedo al “sereno”?
Tened cuidado.
Porque el aire de la noche no perdona.
Y las suegras, mucho menos.