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EL MILLONARIO ACOGE A UNA PAREJA DE ANCIANOS ABANDONADOS, PERO LA VERDAD SORPRENDE A TODOS

 Era una costumbre que nadie le había visto hacer en la ciudad, solo en este tramo, solo en esta carretera, siempre disminuía la velocidad aquí. No lo explicaba, no era necesario. Entonces los vio. Primero pensó que eran dos árboles, dos manchas oscuras al costado del camino, donde la vegetación rala dejaba paso a una franja de tierra seca.

Luego la mancha de la derecha se movió y próspero entrecerró los ojos y frenó sin pensarlo y los vio de verdad por primera vez. Un hombre y una mujer de entre 70 y 80 años caminando despacio sobre el acotamiento. Él con el brazo extendido sosteniéndola a ella, ella con una bolsa de tela colgada del hombro izquierdo.

 La bolsa tenía letras bordadas en hilo café. Próspero necesitó 3 segundos para leerlas desde el carro. La encarnación apagó el motor. El calor entró de golpe, como siempre entra el calor cuando uno se detiene en campo abierto, sin avisar, sin gradaciones, como si hubiera estado esperando justo afuera de la ventana.

Próspero bajó de la camioneta y cerró la puerta con cuidado, no de golpe, y caminó hacia el acotamiento con las manos metidas en las bolsas del pantalón. El hombre lo vio venir y se detuvo. Tenía la cara quemada de años y años de sol, los ojos achicados por la costumbre de mirar la luz directa y sostenía a la mujer con una firmeza que contrastaba con lo tembloroso que se le veía el brazo.

 No dijo nada, solo miró a próspero con la tranquilidad específica de quien ya no tiene mucho que perder. La mujer tampoco habló. Tenía el cabello completamente blanco, recogido en una trenza corta que le caía sobre el hombro derecho. Los zapatos que traía puestos eran de los que ya no se venden, negros con la suela cocida a mano, gastados en la punta hasta casi mostrar el dedo.

Cargaba la bolsa de la encarnación como si dentro hubiera algo frágil. ¿A dónde van?, preguntó próspero. El hombre tardó un momento. ¿A dónde se pueda llegar? Dijo. Próspero los miró. Los miró de verdad con esa forma de mirar que tiene la gente que aprendió a leer el campo antes de aprender a leer las palabras.

Vio el polvo en los tobillos de los dos. vio la mancha oscura en la rodilla del pantalón del hombre donde se había caído en algún momento del camino. Vio que la mujer respiraba un poco más rápido de lo que debería respirar alguien parado sin moverse. “Súbanse”, dijo. No fue una pregunta. El hombre abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla.

No queremos molestar, dijo. Ya me molestaron dijo próspero. Súbanse. Se llamaban Dagoberto y Consuelo Mireles. Y habían caminado desde las 9 de la mañana. Próspero lo supo cuando la mujer, Consuelo, lo dijo desde el asiento de atrás con una voz que no era de queja, sino de reporte, como quien da información técnica sobre algo que ya pasó y no puede cambiar.

 habían salido de la hacienda a las 8:30, les habían dado hasta las 8 para recoger sus cosas, así que en realidad habían salido con 30 minutos de retraso y el señor Peralta ya estaba impaciente desde las 8:5. “¿Qué hacienda?”, preguntó próspero. Consuelo señaló la bolsa que había colocado entre los dos en el asiento de atrás.

La encarnación, dijo, 42 años llevábamos ahí. Próspero no dijo nada, puso la mirada en el camino. El señor Peralta nos explicó que ya no era necesario seguir con nosotros. Continuó Consuelo con esa misma voz de reporte, que la hacienda iba a cambiar de dirección, que a nuestra edad ya merecíamos descansar. Dagoberto en el asiento del copiloto tenía las manos apoyadas en los muslos y miraba por la ventanilla sin pestañear.

Desde que subió al carro no había vuelto a hablar. El retrato de la foto seguía en el asiento entre él y la puerta. Y en algún momento Dagoberto lo había mirado solo una vez sin decir nada. ¿Tienen a dónde ir? Preguntó próspero. Nuestra nieta está en Guadalajara. dijo Consuelo. La paloma 8 años tiene. Le dijimos que nos esperara.

 Le dijeron que venían caminando. Silencio. No, dijo Consuelo. Próspero asintió. Cambió la velocidad. Siguió manejando. La Ram dejó el camino de terracería y tomó la carretera federal hacia Guadalajara. Y el sol fue pasándose del parabrisas a la luneta trasera a medida que cambiaban de dirección y por un momento largo nadie habló y el único sonido fue el motor de la camioneta y el viento que entraba por la ventanilla de Dagoberto, que seguía sin decir nada, que seguía mirando el campo como si estuviera buscando algo que se le había

quedado ahí. Consuelo habló sin que nadie le preguntara. 42 años, repitió. Dagoberto entró de mozo cuando tenía 28. Yo entré de cocinera a los 26. Criamos a tres generaciones de esa familia. Próspero apretó el volante con la mano derecha, un nudillo, luego el siguiente, luego volvió a soltar. “¿Y el señor Peralta, ¿cuánto tiempo lleva en la hacienda?”, preguntó. 11 años.

dijo Consuelo, desde que el patrón se enfermó. ¿Qué patrón? El señor Ernesto. Ernesto Villanueva. El silencio que siguió fue de otro tipo. Dagoberto giró la cabeza muy despacio y miró a Próspero de perfil. Lo estudió un momento con esa paciencia específica de los viejos que ya han visto demasiadas cosas, como para apresurarse a concluir nada.

 Luego volvió a mirar por la ventanilla. No dijo nada. Consuelo tampoco. Próspero siguió manejando con los dos pulgares en el volante, como siempre hacía en este tramo, como siempre había hecho desde que tenía 18 años y se fue de esa hacienda sin mirar atrás y sin prometerle nada a nadie. El retrato de la foto estaba entre Dagoberto y la puerta.

 Era la foto de un hombre y una mujer, jóvenes, tomada hace muchos años en un estudio fotográfico. La mujer tenía una trenza. El hombre tenía los ojos achicados de quien está acostumbrado a mirar el sol de frente. Nadie lo mencionó. El hotel en Guadalajara se llamaba Las Camelias y tenía tres estrellas y un lobby con plantas de plástico y una recepcionista que miraba la pantalla de su computadora con la dedicación de alguien que está viendo algo que no tiene nada que ver con el trabajo.

 Próspero, pagó dos noches por adelantado. En efectivo, sin decir por qué, pagaba dos noches si ellos solo necesitaban una. Y la cena, preguntó Consuelo desde atrás de él, con esa voz que no cambiaba de tono, ni hacia arriba ni hacia abajo. ¿Cuánto le debemos por la cena? Nada, dijo próspero. No somos de recibir regalos. Yo tampoco soy de darlos, dijo próspero.

Mañana hablamos. Estaba a punto de salir del lobby cuando escuchó una voz a sus espaldas. Oiga, joven, joven del sombrero. Próspero no traía sombrero. Se dio vuelta de todas formas. Era un hombre de unos 65 años con el bigote cano y una camisa de cuadros desabotonada hasta el tercer botón que lo miraba con la confianza absoluta de quien nunca ha tenido vergüenza de nada en su vida.

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