Descubrí en mi PEOR MOMENTO que mis íntimos amigos USARON MI IDENTIDAD en Valencia para dejarme con una DEUDA IMPOSIBLE
Parte 1: El Burofax y el Bocadillo de Chopped
Era martes. Un martes de esos que te pesan en el alma desde que pones un pie en el suelo. El calor en mi piso —si es que se le puede llamar piso a una caja de cerillas orientada al sur en la que el sol entra a matar desde las doce del mediodía— era insoportable. Estaba en la cocina, en calzoncillos, sudando como un pollo asado, intentando decidir si el chopped que llevaba abierto en la nevera desde el jueves pasado había cruzado ya la línea entre “comestible” y “arma biológica”. Decidí que, con mi cuenta bancaria marcando la gloriosa cifra de doce euros con treinta céntimos, mi estómago iba a tener que ser valiente.
Estaba en mi peor momento. La empresa de diseño gráfico en la que llevaba currando tres años como falso autónomo había cerrado de la noche a la mañana. El jefe, un tipo que siempre iba con trajes de lino y hablaba de “sinergias”, se fugó a Andorra dejando pufos por todas partes. Yo me quedé con una mano delante y otra detrás, tirando de ahorros hasta que los ahorros se convirtieron en calderilla. Llevaba semanas comiendo pasta con tomate frito de marca blanca y buscando ofertas de trabajo en InfoJobs que pedían “cinco años de experiencia, máster en neurociencia y disponibilidad para trabajar fines de semana por el salario mínimo”. Una maravilla.
Justo cuando le daba el primer bocado al sándwich de chopped dudoso, sonó el timbre. No era el sonido corto y amistoso del vecino que viene a pedir sal. Era un timbrazo largo, sostenido, de esos que traen malas noticias. Me asomé por la mirilla. Un tipo con un chaleco reflectante y cara de odiar su vida, su trabajo y el universo en general, sostenía una tablet y un sobre.
—¿Javier Torres? —preguntó el cartero cuando abrí la puerta, mirándome de arriba abajo. Supongo que mi aspecto de náufrago en ropa interior no inspiraba mucho respeto.
—Soy yo —dije, masticando con desgana.
—Burofax. Firme aquí, por favor.
El corazón me dio un vuelco. Un burofax nunca es para decirte que has ganado un crucero por las Bahamas. Un burofax es Hacienda, es un despido, o es una demanda. Firmé con un garabato tembloroso, cogí el sobre y cerré la puerta. El remitente ponía: “Créditos Levante Inmediato S.A.”. Fruncí el ceño. Yo no había pisado Levante en la vida, y mucho menos había pedido un crédito. Pensé que sería publicidad agresiva, pero la textura del papel y el sello certificado decían lo contrario.
Me senté en el sofá, apartando unos calzoncillos limpios que no había doblado, y abrí el sobre. Leí la primera línea. Luego la segunda. Luego dejé el bocadillo en el plato porque sentí que la poca sangre que me quedaba en el cuerpo se me iba a los pies.
“Estimado Sr. Torres. Nos ponemos en contacto con usted para reclamar el pago inmediato de la deuda contraída con nuestra entidad con fecha 14 de agosto del año en curso, cuyo importe principal, sumado a los intereses de demora, asciende a la cantidad de 45.320,50 euros.”
Cuarenta y cinco mil trescientos veinte euros. Con cincuenta céntimos.
Solté una carcajada histérica. Una risa seca, de esas que suenan a locura transitoria. —¡Cuarenta y cinco mil pavos! —grité al salón vacío—. ¡Si no tengo para comprarme unos calcetines sin agujeros!
Seguí leyendo. El documento detallaba que el préstamo se había concedido para la “reforma integral de un local comercial” en el barrio de Ruzafa, en Valencia. Adjuntaban una copia de mala calidad del DNI del solicitante. Era mi DNI. Mi foto, mi nombre, mi número. Pero la firma que había debajo era un garabato absurdo que no se parecía en nada a la mía.
Empecé a hiperventilar. Cogí el móvil con las manos sudorosas y busqué el número de la empresa. Me saltó una maquinita que me tuvo diez minutos escuchando la sintonía de Vivaldi en versión midi, destrozándome los tímpanos, hasta que una voz femenina y monocorde me atendió.
—Créditos Levante, le atiende Vanessa, ¿en qué puedo ayudarle?
—Vanessa, por el amor de Dios, me acaba de llegar un burofax reclamándome cuarenta y cinco mil euros. Esto es un error. Yo no he pedido nada. Yo vivo en Madrid, no he ido a Valencia en mi vida y no tengo ningún local en Ruzafa. ¡Me han robado la identidad!
—Un momento, señor Torres, compruebo sus datos —Vanessa tecleó algo con una parsimonia que me estaba matando—. A ver… Sí, consta aquí su DNI, su número de la Seguridad Social, y un certificado de empadronamiento temporal en Valencia. Todo avalado por la firma presencial en nuestra sucursal.
—¡Que esa firma no es mía! ¡Que me han suplantado! ¿Quién avalaba esto?
—El préstamo fue solicitado conjuntamente con otras dos personas, que figuran como co-titulares de la cuenta vinculada: Don Marcos Salgado y Don Daniel Rivas. ¿Le suenan esos nombres?
El aire abandonó mis pulmones. El salón empezó a dar vueltas. Marcos y Dani. Mis mejores amigos. Mis íntimos. Los tíos con los que había compartido pupitre en el instituto, borracheras en la universidad y penas de amor. Los mismos que llevaban todo el verano subiendo fotos a Instagram desde yates en Denia, comiendo paellas en la playa de la Malvarrosa y pidiendo botellas de champán con bengalas en las discotecas del puerto de Valencia.
—Señor Torres, ¿sigue ahí? —preguntó Vanessa, ajena a mi colapso existencial.
—Vanessa… —susurré, sintiendo una mezcla de náusea y una rabia asesina que me subía por la garganta—. Sí que me suenan. Me cago en mi puta vida, claro que me suenan.
Corté la llamada. Me quedé mirando la pantalla del móvil. Marcos y Dani. Los muy cabrones. Recordé entonces que en julio me pidieron una copia compulsada de mi DNI. “Es para un abono de fútbol a nombre de una peña, tío, que si somos tres nos hacen un descuento brutal”, me había dicho Marcos con su sonrisa de vendedor de coches usados. Yo, imbécil integral, confiado y en plena depresión por el cierre de mi empresa, se lo mandé sin pensar.
Habían usado mis putos datos para sacar un préstamo usurero, fundírselo en fiestas en la costa levantina, y dejarme a mí con el marrón mientras yo racionaba el chopped en Madrid.
Me levanté de un salto. El calor ya no me importaba. Me vestí en un tiempo récord, cogí una mochila, metí dos camisetas, el DNI real y una botella de agua. Miré mi cuenta: 12,30€. Suficiente para un Blablacar miserable si negociaba con el conductor. Me iba a Valencia. Y alguien me iba a devolver mi vida, o alguien iba a acabar en el fondo de la Albufera.
Parte 2: El Blablacar del Infierno y el Rastro de la Farsa
El viaje a Valencia fue una tortura diseñada por un sádico. Conseguí un viaje por diez euros en la aplicación, en un Opel Corsa del año noventa y tantos, conducido por un chaval llamado Borja que escuchaba música electrónica a un volumen que hacía vibrar la chapa del coche y que, por supuesto, tenía el aire acondicionado estropeado. Durante las casi cuatro horas de trayecto por la A-3, embutido en el asiento trasero entre un tipo que roncaba con la boca abierta y una señora que llevaba un transportín con un gato que no paraba de maullar, mi mente era una olla a presión.
“Cuarenta y cinco mil euros”. La cifra resonaba en mi cabeza al ritmo del bombo de la música de Borja. ¿En qué demonios se habían gastado ese dineral? Por muy caras que estuvieran las copas en Marina Beach, era imposible fundirse esa pasta en un mes, a menos que estuvieran comprando lingotes de oro o financiando un cártel a pequeña escala.
Llegamos a Valencia pasadas las cinco de la tarde. El calor húmedo me golpeó la cara nada más salir del coche cerca de la Estación del Norte. Era como entrar en una sauna en la que alguien hubiera derramado paella. No tenía dinero para un hotel, ni para un taxi. Solo me quedaban dos euros y treinta céntimos, lo justo para una botella de agua grande y un billete de autobús si las cosas se ponían feas.
Mi primer objetivo era la dirección del “local comercial” en Ruzafa que aparecía en el burofax. Caminé por las calles, arrastrando los pies, sudando a mares, repasando mentalmente lo que les iba a decir a mis supuestos “mejores amigos”. Crucé la Gran Vía y me adentré en Ruzafa, el barrio de moda, lleno de cafeterías vintage, restaurantes de fusión y tiendas de bicicletas fixie.
Llegué a la calle indicada. Miré el número. No había ningún local en obras. No había ningún negocio emergente. Lo que había en ese número era un bar de toda la vida, con un toldo descolorido de una marca de cervezas y un cartel que rezaba “Bar Casa Paco – Especialidad en Bravas”. Entré, empujando la puerta de tiras de plástico que espantaba a las moscas. El aire acondicionado, aunque débil, fue una bendición.
Me acerqué a la barra. Un hombre mayor, con delantal blanco y cara de haber visto demasiadas cosas en la vida, estaba secando unos vasos de tubo.
—Buenas tardes —dije, intentando poner voz de investigador privado, aunque con mi camiseta empapada en sudor debía parecer más bien un vagabundo.
—Buenas. ¿Qué te pongo, chaval? —preguntó Paco.
—Nada, gracias. Mire, vengo buscando a dos chicos. Marcos Salgado y Daniel Rivas. Supuestamente tienen un local por aquí, en este número.
Paco dejó el vaso y me miró entrecerrando los ojos, soltando una risotada ronca.
—¿Un local? ¡Estos dos sinvergüenzas no tienen un local ni en el Monopoly! —Paco se apoyó en la barra—. Claro que los conozco. Los “emprendedores”, les llamo yo. Venían por aquí todos los días de julio a almorzar. Se pedían el bocata entero de blanco y negro, con sus cacahuetes, sus olivas, su cremaet… Y siempre hablando de negocios, de criptomonedas, de inversiones en NFTs y no sé qué hostias.
—Entonces… ¿no hay ningún local de reformas? —pregunté, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies.
—Qué va, hombre. Alquilaron el piso de arriba, el de doña Reme, que se ha ido al pueblo. Un alquiler de temporada. Decían que estaban montando una “startup”. Pero lo único que montaban eran unas fiestas de cuidado. Hace dos semanas que no se les ve el pelo por aquí. Dicen que se han mudado a un chalet en El Cabanyal.
Apreté los puños. Así que el “local comercial” era una excusa para sacar el préstamo. Habían utilizado la dirección del piso de alquiler para que la empresa usurera tuviera un domicilio físico, y mi DNI para avalar la locura.
—¿Sabe por casualidad dónde paran ahora? —le pregunté a Paco.
—Pues mira, el otro día vino el Dani a por un paquete que le había llegado aquí por error. Iba vestido con una camisa de flores, parecía un palmera andante. Me dijo que ahora estaban en la zona del puerto, que habían encontrado un “inversor ángel”. Yo no sé qué es un inversor ángel, pero seguro que ese ángel no sabe con quién se está juntando. Mencionó un bar por el Cabanyal, “La Pasiega” o algo así. Que ahí hacían el mejor esmorzaret de la ciudad y que era su nueva oficina.
Le di las gracias a Paco, sintiendo que le debía la vida, y salí a la calle. Tenía un destino: El Cabanyal. Y tenía un objetivo: estrangular a dos tíos con camisas de flores. Miré el reloj. Las seis de la tarde. En Valencia, a esa hora en pleno agosto, solo los guiris y los locos andan por la calle. Yo me sentía un poco de ambas cosas.
El trayecto hacia los poblados marítimos se me hizo eterno. Cogí un autobús, gastando casi todo mi capital, y me bajé cerca del mercado del Cabanyal. El barrio mantenía esa esencia de pueblo pescador, con sus casas bajas de fachadas de azulejos, aunque ahora mezcladas con locales modernos. Empecé a preguntar. Una pescadería, un kiosco, hasta que un señor mayor sentado en una silla de anea en la calle me señaló con su bastón.
—”La Pasiega” está doblando la esquina, chaval. Pero a estas horas ya solo sirven cervezas a los despistados.
Doblé la esquina y allí estaba. Un bar de fachada azul desconchada. Y en la terraza exterior, ocupando dos mesas juntas, rodeados de botellas de cerveza vacías, platos con restos de calamares y ceniceros a rebosar, estaban ellos.
Marcos llevaba unas gafas de sol de espejo y una camisa de lino abierta casi hasta el ombligo, luciendo un bronceado que gritaba “no he dado un palo al agua en meses”. Dani estaba a su lado, tecleando furiosamente en el último modelo de iPhone, con un reloj dorado en la muñeca que deslumbraba con el sol de la tarde. Se estaban riendo. Una risa fuerte, despreocupada. La risa de los que no tienen un burofax en la mesa del salón.
Me paré a unos metros, observándolos. La rabia que sentía era tan densa que casi podía tocarla. Me ajusté la mochila a la espalda, respiré hondo, preparándome para la confrontación más surrealista y violenta de mi vida, y caminé hacia ellos. La obra de teatro estaba a punto de terminar.
Parte 3: El Cara a Cara y los Criptobros
Me acerqué a la mesa despacio, como un depredador acechando a dos antílopes extremadamente idiotas. Ninguno de los dos me vio llegar. Estaban demasiado concentrados en lo suyo.
—…y te digo yo, Dani, que el Shiba Inu está a punto de dar el pelotazo —decía Marcos, gesticulando con un palillo en la boca—. Es el momento de meter otros cinco mil. En diciembre nos compramos un Porsche cada uno, hazme caso.
—No sé, tío, la gráfica de las últimas semanas parece un electrocardiograma de un muerto —respondió Dani, sin levantar la vista de la pantalla—. A lo mejor deberíamos sacar algo para ir tapando agujeros. El del alquiler ya me ha mandado tres audios amenazando.
—¡Qué poca visión de futuro tienes, colega! Mentalidad de tiburón, Dani. Tienes que visualizar el éxito.
—¿Y qué tal si visualizamos el burofax de cuarenta y cinco mil putos euros que me ha llegado esta mañana? —dije, apoyando ambas manos sobre la mesa de aluminio, haciendo que las botellas de cerveza tintinearan peligrosamente.
Los dos dieron un salto en sus sillas. Marcos se tragó el palillo, tosiendo y poniéndose rojo como un tomate maduro. Dani estuvo a punto de tirar su flamante iPhone al suelo de la impresión. Cuando consiguieron enfocar la vista y me reconocieron, sus caras pasaron del susto a una especie de pánico disimulado bajo una falsa alegría, el clásico mecanismo de defensa del culpable.
—¡Javi! ¡Javito! ¡Pero bueno, qué sorpresa, cabrón! —exclamó Marcos, levantándose con los brazos abiertos, intentando abrazarme. Le planté la palma de la mano en el pecho, frenándolo en seco.
—Ni te acerques, Marcos. Ni se te ocurra.
—Pero tío, ¿qué haces aquí en Valencia? ¿Por qué no has avisado? Te habríamos mandado un Uber Black a la estación —dijo Dani, sonriendo con una tensión que le marcaba las venas del cuello.
—¿Con qué dinero, Dani? ¿Con el mío? —arrastré una silla libre de la mesa de al lado y me senté, mirándolos fijamente. Los dos se miraron entre sí. El silencio que se hizo en la terraza fue espeso. Solo se oía el zumbido de un ventilador dentro del bar.
—A ver, Javi, tranquilo, te veo muy alterado —empezó Marcos, usando ese tono conciliador y condescendiente que siempre usaba cuando la cagaba—. Seguramente ha habido un malentendido con el papeleo. Toma, bébete una Turia fresquita, que estás sudando a chorros.
—No quiero una cerveza, Marcos. Quiero saber cómo es posible que “Créditos Levante Inmediato” me esté reclamando la deuda de un préstamo para reformar un local fantasma en Ruzafa, con un contrato que tiene mi nombre, mi DNI y una firma falsificada por un macaco con Parkinson.
Dani tragó saliva de forma audible. Miró a un lado y a otro de la calle, como buscando una salida de emergencia.
—Javi, de verdad, podemos explicártelo —balbuceó Dani—. Es que… surgió una oportunidad de negocio irrepetible. Íbamos a decírtelo, de verdad. Pero fue todo muy rápido.
—¡Una oportunidad de negocio! —grité, haciendo que un señor de la mesa de al lado se girara a mirarnos—. ¡Me habéis arruinado la vida! ¡La empresa en la que trabajaba cerró! ¡Llevo un mes comiendo macarrones blancos! ¡Y resulta que mi identidad está financiando vuestros “esmorzarets” y vuestros delirios de Wall Street de pacotilla!
Marcos se inclinó hacia adelante, bajando la voz, adoptando la pose de hombre de negocios serio que había visto en demasiadas películas.
—Javi, escúchame. Lo del DNI… vale, a lo mejor nos pasamos un poco de la raya. Pero necesitábamos un aval limpio. Dani y yo estamos en el ASNEF por lo de aquella movida de los patinetes eléctricos que montamos en 2021. No nos daban ni la hora. Y tú tenías nómina, estabas limpio…
—¡Ya no tengo nómina, genio! —le interrumpí—. ¡Y lo de la raya no es “pasarse un poco”, es un puto delito penal! ¡Es fraude, suplantación de identidad y falsedad documental! ¡Vais a ir a la cárcel, y yo voy a llevar las palomitas al juicio!
—¡No, no, espera! —Dani levantó las manos en actitud de rendición—. ¡No hables de cárcel, tío! Todo está bajo control. El dinero no nos lo hemos gastado en tonterías… bueno, no todo. La mayor parte está invertido en un proyecto revolucionario.
—¿Qué proyecto? ¿Criptomonedas? ¿Me estás diciendo que habéis pedido un préstamo usurero a mi nombre para jugar al casino digital?
—No es jugar, Javi, es el futuro —intervino Marcos, recuperando un poco de su arrogancia—. Es un Metaverso de bienes raíces. Hemos comprado parcelas virtuales en un mundo paralelo. En tres meses, eso valdrá el triple. Cubrimos el préstamo, te damos tu parte por las molestias, y todos contentos.
Me quedé mirándole, completamente petrificado por el nivel estratosférico de su estupidez.
—Déjame ver si lo entiendo —dije, articulando cada palabra lentamente—. Habéis robado mi identidad para pedir dinero a unos mafiosos, y ese dinero lo habéis usado para comprar… ¿aire en internet? ¿Tierra que no existe?
—¡Existen en la blockchain, tío! ¡Están certificadas! —defendió Dani, sacando el móvil—. Mira, aquí está la escritura del terreno virtual. Se llama “CryptoPalma”. Es una zona premium.
—¡Me importa tres cojones tu parcela digital, Dani! —golpeé la mesa—. ¡La empresa de créditos no quiere píxeles, quiere euros! ¡Y me los están pidiendo a mí!
El nivel de tensión era máximo. Yo estaba dispuesto a tirarles las cervezas por la cabeza y arrastrarlos por el cuello hasta la comisaría más cercana. Pero entonces, el teléfono de Marcos empezó a sonar. En la pantalla ponía un nombre que me hizo detener mi furia por un segundo: “Don Arturo – Créditos”.
Marcos palideció. Miró el teléfono como si fuera una bomba de relojería.
—Cógelo —le ordené.
—Javi, no, este tío es peligroso…
—¡Que lo cojas, he dicho! Y ponlo en altavoz.
Marcos tragó saliva, deslizó el dedo por la pantalla temblando y activó el altavoz.
—¿Sí, don Arturo? —dijo con un hilo de voz.
—Marquitos, campeón —sonó una voz ronca, áspera, con un acento valenciano muy marcado y un tono que helaba la sangre—. Hace dos días que venció el plazo de la primera cuota. Cuatro mil quinientos euritos. Y mi cuenta sigue vacía. Y a mí no me gusta que me hagan esperar, chaval.
—Don Arturo, vera, es que ha habido un pequeño retraso con las transferencias de los fondos de inversión…
—A mí no me cuentes milongas de tus jueguecitos de ordenador. He intentado cobrarle a tu amiguito el del DNI, el tal Javier, pero resulta que el chaval está más pelado que el culo de un mono. Su cuenta ha rebotado el cargo. Así que os toca a vosotros.
—Se lo pagamos, don Arturo, se lo juro, denos una semana…
—Te doy veinticuatro horas, Marcos. Mañana a las ocho de la tarde quiero los cuatro mil quinientos, en metálico, en el bar de la estación. Si no… bueno, digamos que el local de Ruzafa no es lo único que va a necesitar una reforma integral. Y dile a tu amigo Dani que le mande saludos a su madre, doña Asunción, en el pueblo. Sería una lástima que se asustara.
La llamada se cortó. El silencio volvió a caer sobre la mesa, esta vez mucho más oscuro y pesado. Dani estaba blanco como el papel. Marcos tenía la mandíbula encajada. Y yo… yo de repente comprendí que la situación era infinitamente peor de lo que había imaginado.
Parte 4: La Solución Desesperada y el Fin de la Farsa
Estábamos los tres sentados en la terraza de “La Pasiega”, rodeados de la alegre tarde valenciana, pero en nuestra mesa el ambiente era de velatorio. La amenaza de “Don Arturo” no era una carta certificada; era la vida real llamando a la puerta con un bate de béisbol.
—Tu madre, Dani… ¿Este mafioso sabe dónde vive tu madre? —pregunté, rompiendo el hielo.
Dani asintió, con los ojos llorosos.
—En el contrato de aval suplementario… me pidieron una segunda dirección de contacto por si fallaba la tuya. Di la de mi pueblo sin pensar. Soy imbécil, Javi. Soy el tío más imbécil de España.
—Bueno, al menos en eso estamos de acuerdo —suspiré, pasándome las manos por la cara—. A ver, panda de inútiles. ¿Cuánto dinero real, físico, tocable, tenéis ahora mismo?
Marcos y Dani se miraron y empezaron a rebuscar en sus bolsillos y en las aplicaciones del móvil.
—Yo tengo… doscientos euros en la cuenta, y unos cincuenta en la cartera —dijo Marcos, cabizbajo.
—Yo tengo ciento y pico —añadió Dani—. Y el iPhone. Si lo vendo en un Cash Converters igual saco ochocientos.
—Genial —dije con sarcasmo—. Nos faltan unos ridículos tres mil quinientos euros para mañana por la tarde, y cuarenta mil más para liquidar la broma. Sin contar que vuestros terrenitos digitales valen ahora mismo lo que un céntimo de peseta. ¿A quién se le ocurre meter cuarenta y cinco mil euros prestados por la mafia en perros digitales y tierras imaginarias?
—Teníamos un plan infalible… —murmuró Marcos.
—¡Vuestro plan infalible era robarme! —salté, perdiendo la paciencia otra vez—. Escuchadme bien, porque no lo voy a repetir. Mañana a primera hora nos vamos a la comisaría de la Policía Nacional. Vais a declarar, voluntariamente, que suplantasteis mi identidad, que falsificasteis mi firma y que sois los únicos responsables de esa deuda.
—¡Pero Javi, nos meterán en el calabozo! —gimió Dani.
—¡Mejor el calabozo que el maletero del coche de Don Arturo, pedazo de subnormal! —le grité—. Además, es la única forma de que a mí me quiten de ese contrato. Si no lo hacéis, voy yo mismo, os denuncio y os aseguro que me encargaré de que os caiga la pena máxima.
Marcos tragó saliva. Se quitó las gafas de sol. Por primera vez en años, vi en sus ojos un terror absoluto y real. Había dejado de ser el lobo de Wall Street de Hacendado. Ahora era solo un chaval asustado que la había cagado a nivel cósmico.
—Vale —dijo Marcos, en un susurro—. Vale, lo hacemos. Vamos a la policía. Pero, ¿y Don Arturo? Si sabe que le hemos denunciado…
—La policía de delitos económicos y estafas estará encantada de saber cómo opera “Créditos Levante Inmediato” —dije, sintiendo que al fin tomaba las riendas—. Ellos se encargarán de Don Arturo. Vosotros confesaréis la estafa del DNI, y a cambio daréis todos los datos de la usura de ese tipo. Es vuestra única salida para que os protejan.
La noche cayó sobre Valencia. No cenamos. Nos fuimos al chalet de alquiler que habían cogido en el Cabanyal, que resultó ser una casa ruinosa por la que estaban pagando una fortuna, llena de cajas de pizza vacías y ordenadores encendidos mostrando gráficas en rojo. Dormí en un sofá sucio, con un ojo abierto, temiendo que estos dos genios intentaran fugarse a México de madrugada.
A la mañana siguiente, a las nueve en punto, los arrastré por el cuello de la camisa hasta la comisaría de la Avenida del Cid. Entraron cabizbajos, como dos niños a los que llevan al despacho del director.
El proceso fue largo, burocrático y humillante para ellos, lo cual disfruté en silencio. Un inspector con cara de perro viejo escuchó la historia, miró los papeles de la parcela en el Metaverso, suspiró profundamente frotándose las sienes y llamó a la unidad de delitos económicos. Efectivamente, a “Don Arturo” ya le tenían ganas. La falsificación de mi firma era tan chapucera que el propio perito de guardia se echó a reír al verla.
Al salir de allí, horas después, yo tenía en mis manos un informe policial de denuncia y un papel que certificaba la usurpación de identidad, mi salvoconducto para librarme de la deuda. Ellos tenían una citación judicial pendiente, las cuentas embargadas preventivamente, y el terror de tener que explicarle a Doña Asunción y al resto de sus familias por qué la policía estaba vigilando sus casas.
Nos paramos en la puerta de la comisaría. El sol valenciano volvía a golpear con fuerza.
—Bueno, Javi… supongo que ya no somos amigos, ¿no? —preguntó Dani, arrastrando los pies, mirando al suelo.
Los miré a los dos. Estaban patéticos. Habían querido jugar a ser ricos de la forma más estúpida, egoísta y delictiva posible, llevándose por delante la vida del único tío que los había aguantado siempre.
—No, Dani. Ya no somos amigos —dije, dándome la vuelta y empezando a caminar hacia la estación del AVE. Afortunadamente, me habían tenido que comprar el billete de vuelta a Madrid con lo poco que les quedaba en efectivo en la cartera.
—¡Javi, espera! —gritó Marcos desde lejos—. ¡Cuando el mercado de las criptos se recupere te invitamos a una cena por las molestias!
No me giré. Levanté la mano, les hice un corte de mangas majestuoso que se vio desde toda la Avenida del Cid, y seguí caminando. No tenía trabajo, no tenía un duro en el banco, y esa noche iba a volver a cenar pasta con tomate blanco. Pero dormía tranquilo. Y mi identidad, mi desgraciada y arruinada identidad, volvía a ser solo mía. Y eso, en ese momento, valía mucho más que todo el Metaverso entero.
Parte 5: La Burocracia, el AVE y el Retorno del Macarrón
El viaje en AVE de vuelta a Madrid fue una experiencia mística. Para empezar, porque el billete, pagado con las últimas raspas de la cuenta bancaria de Marcos —que casi llora al ver cómo su saldo bajaba a un euro con veinte céntimos—, era de clase turista, pero a mí me supo a primera clase en un vuelo a Dubái. Me recosté en el asiento, cerré los ojos y dejé que la vibración del tren me acunara. No tenía trabajo, mi nevera seguía siendo un ecosistema hostil para la vida humana y mi futuro a corto plazo era más negro que el sobaco de un grillo, pero pesaba cuarenta y cinco mil euros menos. Y oye, eso te quita unos cuantos años de encima.
Llegué a Atocha con la sensación de ser un héroe de guerra que vuelve del frente. Un frente lleno de horteras con camisas de flores, pero un frente al fin y al cabo. Lo primero que hice al entrar en mi zulo recalentado fue ir directo a la cocina, abrir la nevera y mirar el chopped. Seguía ahí. Había adquirido un tono tornasolado, entre verdoso y grisáceo, que recordaba a las auroras boreales. Lo cogí con dos dedos, como si fuera material radiactivo, y lo tiré a la basura. Celebré mi victoria preparándome un plato de macarrones con tomate frito. Sin queso rallado, que no estábamos para excesos, pero con la satisfacción del deber cumplido.
A la mañana siguiente, me desperté con una misión: restregarle la denuncia en la cara a “Créditos Levante Inmediato”. Cogí el informe policial, lo escaneé con el móvil bajando a un locutorio porque no tenía impresora, y me preparé un café de sobre. Marqué el número de la usura. La misma musiquita infernal de Vivaldi en midi me taladró el cerebro durante quince minutos. Ya estaba a punto de rendirme cuando la voz monocorde de Vanessa apareció al otro lado.
—Créditos Levante, le atiende Vanessa, ¿en qué puedo ayudarle?
—Vanessa, alegría de mis mañanas. Soy Javier Torres. El de los cuarenta y cinco mil euros. ¿Te acuerdas de mí?
Hubo un silencio de unos segundos, acompañado del sonido de un teclado.
—Sí, señor Torres. Su expediente sigue abierto y en fase de reclamación de impago. Le recuerdo que la vía ejecutiva…
—Frena, frena, Vanessa. Abre tu correo electrónico corporativo. Acabo de mandarte un regalito. Un PDF precioso que se titula “Denuncia_Policia_Nacional_Usurpacion.pdf”.
Escuché cómo Vanessa tecleaba. Luego un clic. Y luego un silencio mucho más largo.
—Señor Torres… esto es una denuncia por suplantación de identidad.
—¡Premio para la empleada del mes! Efectivamente, Vanessa. Esos dos infraseres que firmaron en vuestra sucursal no era yo. Y la firma es tan falsa que hasta un niño de tres años con los ojos vendados lo vería. Así que haced el favor de borrar mi nombre, mi DNI y mi historial de vuestra base de datos, o la próxima vez que hablemos será a través de mi abogado. Que no tengo dinero para pagarle, pero ya me buscaré uno de oficio que tenga ganas de bronca.
—Comprendo la situación, señor Torres —la voz de Vanessa había perdido un uno por ciento de su tono robótico, lo cual era un avance—. Sin embargo, el departamento jurídico tiene que evaluar este documento. El proceso puede tardar…
—No me cuentes milongas burocráticas, Vanessa. La Policía Nacional de la Avenida del Cid ya tiene a vuestro “Don Arturo” en el punto de mira. Si queréis seguir reclamándome un dinero que no he pedido mientras la unidad de delitos económicos os respira en la nuca, adelante. Pero yo que tú le pasaría ese PDF a tus jefes antes de irte a tomar el café.
Colgué. Me sentí como el puto amo. Esa euforia me duró exactamente tres horas, el tiempo que tardé en abrir mi cuenta del banco y ver que el recibo de la luz estaba a punto de pasar y yo tenía diez euros. Salvarte de la mafia está muy bien, pero Endesa no perdona.
Empezó entonces mi verdadera penitencia: buscar trabajo en pleno agosto en Madrid. Madrid en agosto es un páramo postapocalíptico donde solo quedan turistas asados y gente que no ha podido huir. Me pasaba los días enviando currículums a ofertas delirantes. “Buscamos ninja del diseño gráfico, que sepa programar en Python, hacer malabares con fuego y que acepte cobrar en experiencia”. Mi vida se redujo a actualizar InfoJobs compulsivamente y a mirar la pared desconchada de mi salón.
De Marcos y Dani no supe nada durante semanas. Los había bloqueado en WhatsApp, en Instagram y hasta en LinkedIn. Aunque lo de LinkedIn daba igual, porque sus perfiles de “CEO en CryptoPalma Ventures” debían ser ahora mismo el hazmerreír de toda la red. A veces, por las noches, me preguntaba si Don Arturo les habría partido las piernas o si estarían trabajando en la obra para pagarle. No voy a mentir: la imagen de Marcos acarreando sacos de cemento a cuarenta grados me producía una sonrisa perversa antes de dormir.
Hasta que un día de noviembre, cuando el frío ya pelaba y yo había conseguido un trabajo de media jornada maquetando folletos de pizzerías de barrio —un curro deprimente, pero que me permitía comer pollo de vez en cuando—, recibí una carta del juzgado. Era una citación. Tenía que ir a declarar como testigo y perjudicado en el caso “El Estado contra Arturo Valls Gadea (alias Don Arturo) y otros”. Los “otros”, obviamente, eran mis ex-mejores amigos.
El juicio iba a ser en enero, en Valencia. Esta vez, al menos, el billete de tren y las dietas me las pagaba la Administración de Justicia. Iba a volver al lugar del crimen, pero esta vez con la cabeza alta, con abrigo, y con ganas de ver el último acto de la comedia más patética de la historia.
Parte 6: El Juzgado, el Metaverso y la Justicia Terrenal
Ciudad de la Justicia de Valencia. Enero. Hacía un viento helado que se colaba por los huesos. Yo iba con mi mejor traje, el único que tenía, el de las bodas y las entrevistas de trabajo importantes, que me quedaba un poco grande porque la dieta del estrés y los macarrones me había hecho perder un par de kilos.
Entré en el inmenso edificio de cristal y busqué la sala de vistas. Fuera, en los bancos del pasillo, había un panorama digno de un cuadro de Goya. En un extremo, estaba Don Arturo. Era un tipo bajito, ancho de espaldas, con un traje de raya diplomática que parecía a punto de reventar por las costuras y una calva reluciente. Estaba flanqueado por dos abogados que sudaban profusamente mientras él les susurraba cosas con cara de pocos amigos.
En el otro extremo del pasillo estaban ellos. Marcos y Dani. Casi no los reconozco. Habían perdido el bronceado, la chulería y las camisas de flores. Iban vestidos con trajes baratos, arrugados. Marcos tenía ojeras hasta el suelo y Dani se mordía las uñas con tanta ansiedad que me sorprendió que le quedaran dedos. Estaban acompañados por una señora mayor, vestida de negro riguroso, que no paraba de darle collejas a Dani mientras lloraba a moco tendido. Deduje que era Doña Asunción, la madre de Dani. Sentí un poco de pena por ella, la verdad. Educar a un hijo para que te salga criptobro estafador tiene que ser un palo durísimo.
Pasé por delante de ellos sin mirarles. Me senté en un banco vacío, esperando mi turno. Cuando el ujier gritó mi nombre, entré en la sala. El juez era un señor mayor, con gafas de culo de vaso y una expresión de estar absolutamente harto de la raza humana. Me senté en la silla del testigo y juré decir la verdad.
El fiscal empezó el interrogatorio. Fui directo al grano. Conté cómo me pidieron el DNI para la supuesta peña de fútbol, cómo me llegó el burofax, mi viaje a Valencia en Blablacar y la confrontación en el bar “La Pasiega”. Cuando terminé, el juez me miró por encima de las gafas.
—Señor Torres, ¿usted tenía algún conocimiento de la supuesta empresa “CryptoPalma Ventures” que los acusados decían dirigir? —preguntó el magistrado con voz grave.
—Señoría, yo pensaba que mis amigos eran simplemente un poco fantasmas. Jamás imaginé que montarían una estructura financiera basada en aire y deudas mafiosas. Yo me dedico a hacer carteles para pizzerías, no entiendo de Metaversos.
El juez asintió lentamente.
—Créame, señor Torres, yo tampoco entiendo de Metaversos. Llevo cuarenta años en la judicatura y es la primera vez que veo un caso donde el botín del delito son… parcelas imaginarias.
Luego le tocó el turno a los abogados defensores. El de Don Arturo intentó desacreditarme preguntando por qué le di mi DNI a nadie, insinuando que yo era cómplice. Le contesté que ser confiado y tonto no era un delito penal, pero falsificar firmas y prestar dinero con intereses del trescientos por ciento sí lo era. El juez le llamó la atención al abogado.
Terminada mi declaración, me permitieron quedarme en el público para ver el resto del circo. Llamaron a declarar a Marcos. Subió al estrado arrastrando los pies. El interrogatorio del fiscal fue una carnicería.
—Señor Salgado —empezó el fiscal—, ¿puede explicar a la sala por qué solicitaron un préstamo de más de cuarenta mil euros a una entidad que está siendo investigada por usura y extorsión, usando la identidad de su amigo?
Marcos tragó saliva. Su voz temblaba.
—Pensábamos… pensábamos que era un préstamo puente. Una inyección de liquidez a corto plazo. Íbamos a devolverlo en un mes.
—¿Y cómo planeaban conseguir esa rentabilidad del cien por cien en un mes para cubrir el capital y los intereses desorbitados, señor Salgado?
Marcos se ajustó el nudo de la corbata, que le quedaba flojo.
—Habíamos adquirido unos activos digitales… unos NFTs de terrenos en una zona muy exclusiva del Metaverso de Sandbox. Había rumores de que Snoop Dogg iba a comprar una parcela al lado, lo que habría disparado el valor de nuestra inversión un quinientos por ciento…
El juez golpeó la mesa con la mano plana, interrumpiéndole.
—A ver, a ver, pare el carro, señor Salgado. ¿Me está usted diciendo en sede judicial que suplantó la identidad de su amigo y le pidió dinero a una red de prestamistas ilegales porque… un rapero americano iba a comprarse una casa de mentira al lado de la suya?
La sala entera guardó silencio. Hasta Don Arturo soltó un bufido de incredulidad desde el banquillo de los acusados.
—No es una casa de mentira, señoría —intentó defenderse Marcos, con un hilo de voz—. Es un activo digital respaldado por la tecnología blockchain…
—¡Pero vamos a ver! —estalló el juez, perdiendo la compostura—. ¡Que han arruinado ustedes a un pobre chico de Madrid y se han metido en la cama con una mafia local para comprar píxeles! ¡Píxeles, por el amor de Dios! ¡Que tengo nietos que juegan a los Sims con más cabeza que ustedes!
Doña Asunción sollozó sonoramente desde la primera fila. Dani se tapaba la cara con las manos. Yo, desde mi asiento al fondo, tuve que morderme el labio inferior con tanta fuerza que casi me hago sangre para no soltar una carcajada que resonara en todo el edificio. Era justicia poética servida en bandeja de plata.
El turno de Don Arturo no fue mejor. Su abogado intentó argumentar que Créditos Levante era una empresa financiera legítima y que los intereses altos se debían al “riesgo de la operación”. El fiscal le enseñó grabaciones telefónicas, testimonios de otros estafados y el propio burofax que me mandaron a mí. Arturo Valls Gadea acabó rojo de ira, balbuceando excusas sobre que él era un simple inversor incomprendido.
El juicio duró dos días. Al salir de la última sesión, en la puerta de los juzgados, me encontré con Marcos y Dani. Estaban fumando un cigarrillo a medias, con la mirada perdida en el tráfico de la rotonda. Me paré a un par de metros.
—Javi… —dijo Marcos, tirando la colilla y pisándola. No se atrevió a mirarme a los ojos—. Sé que no sirve de nada, pero… perdona, tío. Somos escoria. Nos hemos destrozado la vida.
—La vuestra me da igual —contesté fríamente—. El problema es que casi destrozáis la mía.
—Tengo que trabajar de peón en un almacén de naranjas catorce horas al día para pagar a los abogados —murmuró Dani, con voz ronca—. Y mi madre me ha quitado las llaves de casa. Duermo en la habitación de invitados de mi tía abuela. Y los terrenos del Metaverso… la plataforma quebró. Lo perdimos todo.
Los miré. No sentí rabia. No sentí lástima. Sentí un vacío inmenso y una fatiga infinita. Habían sido mis amigos, mis hermanos. Y por una avaricia estúpida e infantil, lo habían quemado todo.
—Creced de una puta vez, chavales —fue lo único que les dije. Me di la media vuelta, me subí el cuello del abrigo y bajé las escaleras del juzgado hacia la parada de taxis. El Estado me pagaba la carrera hasta la estación, y pensaba aprovecharla.
Parte 7: El Karma, el Jamón Ibérico y la Vida Sigue
La sentencia salió un mes después. Fue un barrido limpio. Arturo Valls Gadea, alias Don Arturo, se comió una pena de cuatro años de prisión por usura continuada, extorsión y pertenencia a grupo criminal. La supuesta financiera “Créditos Levante Inmediato” fue desmantelada por completo, sus cuentas bloqueadas y sus activos embargados.
Para mis dos ex-íntimos amigos, el juez no tuvo piedad, aunque se libraron de la cárcel por no tener antecedentes. Marcos y Dani fueron condenados a dos años de prisión suspendida, cien mil euros de multa solidaria por falsedad documental y estafa, y el pago de las costas del juicio. Además, la deuda original quedó anulada por provenir de un contrato nulo por usurpación y estar ligada a un entramado criminal. Yo estaba oficialmente limpio. Mi nombre volvía a ser solo mío, libre de hipotecas virtuales y mafiosos reales.
La ironía de la vida es que esta pesadilla me trajo algo de suerte. Unos días después de la sentencia, recibí una llamada de un número desconocido. Resultó ser uno de los abogados de la acusación particular de otro de los afectados por la trama de Don Arturo. Había leído mi declaración, se había enterado de que era diseñador gráfico y que estaba en el paro, y resulta que su bufete necesitaba a alguien para rehacer toda su imagen corporativa, su página web y la maquetación de sus dossieres legales. Me ofrecieron un contrato indefinido, un sueldo decente y la posibilidad de teletrabajar.
Acepté antes de que el abogado terminara la frase.
La vida empezó a coger color. Dejé el curro de las pizzerías. Me compré ropa nueva, sin rotos y sin manchas de pintura. Empecé a salir un poco, a conocer gente que no me pedía el DNI para apuntarse a nada, y a reconstruir esa confianza en el prójimo que se me había quedado hecha trizas en una terraza del Cabanyal.
Un viernes por la tarde, a finales de primavera, estaba haciendo la compra en un supermercado de mi barrio en Madrid. Pasé por la sección de charcutería. Miré las piezas de chopped envasado en plástico. Recordé aquel sándwich asqueroso, aquel martes caluroso y el burofax que me partió la vida en dos. Me eché a reír yo solo en el pasillo, haciendo que una señora que miraba latas de atún se alejara de mí con disimulo.
Pasé de largo del chopped. Me fui a la zona de los ibéricos. Pedí cien gramos de jamón de bellota cortado a cuchillo. Me costó una barbaridad, pero me daba exactamente igual. Pagué con mi tarjeta de débito, la que ahora tenía fondos y ningún embargo pendiente, y me fui a casa.
Me preparé un buen plato, abrí una cerveza fría y me senté en el sofá. Mi móvil vibró. Era un correo electrónico. Lo abrí. Era spam. El asunto decía: “¡Última oportunidad! Invierte en el nuevo Metaverso Inmobiliario y multiplica tus ahorros por diez”.
Sonreí, di un sorbo a la cerveza y arrastré el correo a la carpeta de eliminados. Hay lecciones que te cuestan cuarenta y cinco mil euros aprenderlas, y otras que te salen gratis. Yo, por suerte, aprendí las mías a costa de los idiotas más grandes de Valencia. Y oye, el jamón, cuando no tienes mafiosos persiguiéndote, sabe a gloria bendita.