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FUI DESALOJADO a la calle en Barcelona y mi GRUPO DE AMIGOS alquiló mi antiguo apartamento riéndose de mi desgracia

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FUI DESALOJADO a la calle en Barcelona y mi GRUPO DE AMIGOS alquiló mi antiguo apartamento riéndose de mi desgracia

PARTE 1

El frío en Barcelona en pleno mes de febrero no es un frío normal. No es ese frío seco de Madrid que te pones un buen abrigo y se te pasa. Qué va. Es un frío húmedo, traicionero, un frío con acento mediterráneo que se te mete por debajo del anorak, te cala los huesos y te susurra al oído que tu vida es una absoluta miseria. Y si a ese frío le sumas estar parado en la acera de la calle Astúries, en pleno barrio de Gràcia, rodeado de tres bolsas azules de IKEA que contienen toda tu existencia material, el nivel de miseria alcanza cotas que ni en una novela de Dickens.

Eran las once y media de la noche de un martes. Un puto martes. Yo, Javi, un treintañero con un trabajo en una agencia de marketing que apenas me da para no comer arroz blanco todos los días de la semana, acababa de ser literalmente expulsado a la calle.

Todo había empezado dos horas antes con unos golpes en la puerta que sonaron como si la Guardia Civil viniera a buscar al Dioni. Era don Eusebio, mi casero. Don Eusebio es un señor que huele permanentemente a Varón Dandy rancio y a puro barato, con un bigote que parece una oruga a punto de morir y una moralidad que haría quedar a un buitre carroñero como una ONG.

—Buenas noches, Javier —me había dicho, plantado en el rellano, flanqueado por dos tipos que parecían sacados de un casting para hacer de matones en una serie de los noventa.

—Don Eusebio… ¿Qué hace usted aquí a estas horas? —pregunté, en pijama, con un calcetín de cada color y un bol de cereales a medio comer en la mano derecha.

—Verás, chaval. Ha habido un… cambio de planes con tu contrato.

—¿Qué cambio de planes? Si me quedan dos años de alquiler y pago religiosamente el día uno de cada mes. Incluso le pagué los gastos de comunidad cuando se rompió la tubería y usted se hizo el loco alegando que el seguro no cubría humedades “por causas cósmicas”.

—Sí, sí, muy bonito todo —Eusebio agitó una mano, quitándole importancia a mis derechos civiles—. Pero mi sobrino Manolito se muda a Barcelona a estudiar un máster de… de… de criptomonedas o algo de eso de los ordenadores. Necesita el piso. Y según la cláusula catorce, apartado B de tu contrato, si un familiar de primer grado o allegado consanguíneo necesita la vivienda, tienes veinticuatro horas para desalojar.

—¡Eso es ilegal! —grité, escupiendo un poco de leche con cereales al suelo del rellano—. ¡Su sobrino Manolito tiene cuarenta años y vive en Móstoles con su madre! ¡Me lo dijo usted el mes pasado!

—Manolito es un espíritu libre que busca nuevos horizontes —sentenció Eusebio con una frialdad espeluznante—. Los señores que me acompañan son de una empresa de desokupación preventiva. Amigos míos. Te sugiero que cojas tus cosas y salgas por las buenas, o entenderé que te estás resistiendo y tendré que cambiar la cerradura contigo dentro y llamar a los Mossos d’Esquadra diciendo que te has atrincherado con intenciones pirómanas.

La discusión duró unos cuarenta y cinco minutos. Fueron cuarenta y cinco minutos de gritos, amenazas de llamar a mi abogado (un amigo mío que suspendió Derecho Romano tres veces y ahora vende seguros de coche), y de Eusebio paseándose por mi salón tasando mis muebles con la mirada. Al final, la pura intimidación de los dos gorilas que no paraban de crujir los nudillos me hizo claudicar.

Así que ahí estaba yo. Empaquetando mis calzoncillos, mi Play 5, mis sartenes rayadas del Mercadona y mis libros a toda prisa, metiéndolo todo en bolsas de plástico como un refugiado del mercado inmobiliario. Me tiraron a la calle sin miramientos. El portazo que dio Eusebio todavía resonaba en mis oídos mientras el viento helado me cortaba la cara en la calle Astúries.

Saqué el móvil. Tenía un 12% de batería. Estaba en la calle, con tres bolsas de IKEA y mi planta de interior, un poto llamado “Paco” que estaba medio mustio. Necesitaba asilo. Necesitaba a mis amigos. Mi grupo. Mi tribu. Esas personas con las que he compartido borracheras épicas, viajes a Ibiza en Ryanair durmiendo en el suelo del aeropuerto, y lloros de madrugada por exnovias que no valían la pena. Marcos, Laura y Guille. Mis hermanos.

Marqué primero a Marcos. Marcos es el típico tío que va al gimnasio seis días a la semana, bebe batidos de proteínas que huelen a pescado muerto y siempre te está intentando meter en algún esquema piramidal de inversión.

Tres tonos.

—¿Qué pasa, bro? —contestó, con la música a tope de fondo.

—Marcos, tío, me acaban de echar del piso. Literalmente. Estoy en la calle. Un desahucio exprés ilegal del cabrón de mi casero. Necesito dormir en tu sofá esta noche, por favor. Hace un frío que pela.

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