Posted in

La ÚNICA PERSONA que vio mi SUFRIMIENTO ESCOLAR en Bilbao me ha contactado HOY pidiendo perdón pero el DAÑO PSICOLÓGICO es completamente IRREVERSIBLE

{"aigc_info":{"aigc_label_type":0,"source_info":"dreamina"},"data":{"os":"web","product":"dreamina","exportType":"generation","pictureId":"0"},"trace_info":{"originItemId":"7639282535524093205"}}

La ÚNICA PERSONA que vio mi SUFRIMIENTO ESCOLAR en Bilbao me ha contactado HOY pidiendo perdón pero el DAÑO PSICOLÓGICO es completamente IRREVERSIBLE

Parte 1: El temblor en el bolsillo y el sirrimiri del alma

Estaba lloviendo en Bilbao. Bueno, decir que estaba lloviendo en Bilbao es como decir que el agua moja o que el metro en hora punta huele a humanidad condensada; es una obviedad tan grande que roza el insulto. Pero no era una lluvia cualquiera, no era un chaparrón de esos que te obligan a refugiarte debajo del toldo de una panadería. Era ese sirrimiri traicionero, esa niebla meona, finita, microscópica, que parece que no te está calando pero que, cuando te quieres dar cuenta, te ha empapado hasta los calzoncillos y te ha dejado el espíritu tiritando.

Estaba yo en la Plaza Moyúa, haciendo malabares con un paraguas de esos que compras en los chinos por tres euros y que tienen la integridad estructural de un flan de huevo. En la mano derecha llevaba un café para llevar que ya estaba más frío que el abrazo de una suegra, y en la izquierda, intentaba sacar el bono del metro de la cartera sin que se me cayeran las llaves por la alcantarilla. Fue en ese preciso instante, en ese clímax de la incomodidad urbana y la miseria cotidiana, cuando el teléfono móvil vibró en el bolsillo de mi abrigo.

No fue una vibración normal. Yo tengo el móvil configurado para que vibre de manera distinta según quién sea. Si es mi madre, hace un zumbido corto y seco, como diciendo “coge rápido que se me queman las croquetas”. Si es del trabajo, es una vibración larga y sostenida, el equivalente digital a un dolor de muelas. Pero esta vibración fue genérica, un parpadeo háptico estándar. Un WhatsApp de un número que no tenía guardado, o de alguien que llevaba tanto tiempo enterrado en la fosa común de mis contactos que el propio teléfono había olvidado su tono personalizado.

Me apoyé contra la boca del metro, uno de esos “fosteritos” de cristal que parecen gusanos espaciales saliendo del suelo, me metí el vaso de café de cartón entre los dientes con peligro de quemarme la lengua (o de tragarme el cartón reblandecido, que a esas alturas sabía igual), e iluminé la pantalla.

El mensaje empezaba así: «Aupa Mikel. Soy Aitor. Sé que ha pasado mucho tiempo y que a lo mejor ni te apetece leerme, pero necesitaba escribirte. Te pido perdón.»

Aitor.

Aitor Uriarte.

En el tiempo que tardé en leer esas dos líneas, el mundo a mi alrededor, literalmente, se detuvo. El ruido de los autobuses de Bilbobus, el claxon de un taxista cabreado en la rotonda, el murmullo de la gente bajando las escaleras mecánicas… todo se silenció, absorbido por un vacío espantoso que se abrió en la boca de mi estómago. Me quedé mirando la pantalla con la boca entreabierta, el café amenazando con derramarse sobre mi bufanda, mientras una ola de frío que no tenía absolutamente nada que ver con el clima vasco me recorría la espina dorsal.

El daño psicológico es una cosa muy curiosa, ¿sabéis? La gente se cree que es como una herida, que le pones una tirita, le echas un poco de Betadine, escuece un rato, hace costra y un buen día te levantas y ya está, curado, a otra cosa mariposa. La gente que piensa eso no tiene ni puñetera idea de lo que habla. El daño psicológico, el de verdad, el que te fractura los cimientos de la personalidad cuando tienes catorce años, no es una herida. Es una humedad en la pared. Tú puedes pintar por encima. Puedes poner papel pintado, colgar un cuadro muy bonito del Guggenheim o poner un mueble de Ikea delante para taparlo. Y te pasas años invitando a gente a tu casa creyendo que nadie lo nota. Pero la humedad sigue ahí, comiéndose el ladrillo, pudriendo el yeso, y un martes cualquiera a las cuatro de la tarde, recibes un mensaje de WhatsApp y toda la puta pared se te viene abajo llenándote el salón de escombros.

Aitor no era el que me pegaba. No era el que me esperaba a la salida del colegio en Indautxu para tirarme la mochila a un charco. No era el que me escupía en el abrigo, ni el que me llamaba “subnormal” delante de las chicas de las que yo estaba secretamente enamorado con la torpeza típica de un adolescente con acné y gafas de culo de vaso. Los que hacían eso eran Gorka, Iker y Jon. Los típicos matones de colegio concertado, hijos de papás con dinero que llevaban polos de marca y zapatos náuticos incluso en invierno. A esos tres les tengo un odio puro, cristalino, casi terapéutico. Si mañana me entero de que Gorka se ha caído por las escaleras y se ha roto el fémur, yo no os voy a mentir, descorcho una botella de Txakoli y me la bebo entera a su salud.

Pero Aitor… Aitor era otra cosa. Aitor era mi mejor amigo.

Nos conocíamos desde primero de primaria. Habíamos compartido bocadillos de Nocilla en los recreos, habíamos cambiado cromos de la liga hasta desgastar el cartón, habíamos jugado al fútbol en la plaza hasta que las rodilleras de los pantalones se nos deshacían y nuestras madres nos amenazaban con no dejarnos salir nunca más. Aitor y yo éramos uña y carne. En Bilbao, el concepto de la “cuadrilla”, del grupo de amigos, es sagrado. Es una institución más férrea que el matrimonio. Tú naces, te asignan una cuadrilla, y te mueres con ellos. Si pierdes a tu cuadrilla, estás socialmente muerto. Eres un fantasma vagando por las Siete Calles.

Y Aitor, mi hermano, mi escudero, la persona que se sentaba a mi lado en clase de matemáticas, la única persona en el mundo que sabía que yo me ponía a llorar de pura ansiedad cuando no entendía las ecuaciones… Aitor vio cómo me destruían día tras día, mes tras mes, y no hizo absolutamente nada.

Miré de nuevo el móvil. El pulgar me temblaba tanto que casi le doy a la videollamada sin querer, lo cual habría sido el equivalente a tirarme por un puente directamente. Respiré hondo. El café ya no importaba. Lo tiré a una papelera con un gesto mecánico, cerré el paraguas (que decidió atascarse y tuve que pelearme con él durante quince segundos de humillación pública adicional) y decidí que no podía seguir de pie en medio de la calle. Necesitaba sentarme. Necesitaba oxígeno. Necesitaba, de manera urgente, asimilar que el fantasma más grande de mi vida acaba de llamar a la puerta de mi teléfono pidiendo entrar.

Bajé las escaleras del metro casi a trompicones, ignorando el “bip” de la máquina validadora, buscando refugio en las profundidades de la tierra como si me estuvieran bombardeando. Porque, en cierto modo, lo estaban haciendo.

Parte 2: La parálisis, la tortilla de patatas y el ruido del silencio

Salí del metro en la parada de San Mamés. No me preguntéis por qué; mi cerebro, en modo de supervivencia, me llevó lo más lejos posible del centro, a un barrio de bares de toda la vida donde el olor a fritanga actúa como un sedante para el sistema nervioso de cualquier bilbaíno que se precie. Entré en el primer bar que vi abierto. Uno de esos locales con la barra de acero inoxidable, el suelo lleno de servilletas de papel arrugadas, palillos de dientes esparcidos y cáscaras de gambas, y una televisión en la esquina emitiendo sin volumen un partido de pelota vasca o las noticias de ETB, nadie lo sabe con certeza porque nadie la mira nunca.

—¿Qué te pongo, chaval? —me preguntó el camarero, un tipo con los brazos del tamaño de mis muslos y una toalla al hombro que probablemente había visto más cosas que un veterano de guerra.

—Un café solo. Doble. Y un pintxo de tortilla. El más grande que tengas —murmuré, con la voz sonando como si hubiera tragado papel de lija.

Read More