GUARDÉ mi MAYOR PESADILLA escolar en un diario en Valencia y ahora un DESCONOCIDO acaba de ENVIARME una foto de la PRIMERA PÁGINA
PARTE 1: El fantasma del pasado con conexión a internet
Era un martes cualquiera, uno de esos martes con sabor a lunes que te hacen replantearte todas las decisiones vitales que has tomado desde la primera comunión. Yo estaba en mi cubículo de la oficina en Madrid, un espacio de dos por dos metros que olía a moqueta rancia y a la desesperación silenciosa de treinta oficinistas tecleando en Excel. Llevaba exactamente cuarenta y dos minutos mirando una hoja de cálculo que no tenía ningún sentido, intentando decidir si ir a la máquina expendedora a por un café que sabría a agua de fregar o si aguantar estoicamente hasta la hora de comer.
Mi vida, a mis treinta y cuatro años, se había convertido en un monumento a la mediocridad predecible. Javi, el de Recursos Humanos. Javi, el que siempre trae tupper con pollo a la plancha porque el menú del día está por las nubes. Javi, el que huyó de Valencia a los veintidós buscando “oportunidades” y acabó siendo un engranaje más en una consultora donde el jefe, un tal Borja de la Moraleja que llevaba chaleco fucsia incluso en agosto, nos llamaba “campeones” cada vez que nos pedía horas extra sin cobrar.
Eran las once y cuarto de la mañana. El sol castigaba los cristales tintados del edificio. Cogí mi móvil, un trasto con la pantalla agrietada en la esquina superior derecha que llevaba prometiéndome cambiar desde las Navidades pasadas, y lo desbloqueé por pura inercia. Un acto reflejo. Como el que se rasca una picadura de mosquito sabiendo que solo lo va a empeorar.
Tenía tres notificaciones. Un correo de Vodafone ofreciéndome una tarifa de datos que no necesitaba, un mensaje de mi madre preguntando si este fin de semana bajaría a Valencia porque había comprado “un arreglo para hacer puchero”, y un mensaje de WhatsApp de un número desconocido.
El número empezaba por +34, así que al menos era nacional, pero no tenía foto de perfil. Solo la silueta gris genérica que siempre me ha dado mal rollo, como de asesino en serie que no sabe cómo subir un selfie.
Abrí el chat sin pensar. Probablemente sería spam, alguna estafa de criptomonedas o alguien intentando venderme paneles solares.
Pero no era spam. Era una imagen. Y debajo, un texto breve.
La imagen tardó un par de segundos en cargar por culpa de la nefasta cobertura que teníamos en la cuarta planta, pero cuando los píxeles se enfocaron, sentí que el suelo de la oficina desaparecía bajo mis pies. Literalmente, tuve la sensación física de estar cayendo por el hueco del ascensor. Un sudor frío, helado, me recorrió la nuca y se instaló en la base de la columna vertebral. Se me secó la boca al instante, como si me hubiera tragado un puñado de arena de la playa de la Malvarrosa en pleno agosto.
En la pantalla de mi móvil, iluminada con ese brillo azulado que ahora me parecía diabólico, había una foto de un cuaderno.
No un cuaderno cualquiera. Era un cuaderno Oxford de anillas, de tapa dura y color azul marino, con las esquinas desgastadas y la espiral metálica ligeramente deformada. En la portada, pegada de cualquier manera y ya perdiendo el color, había una pegatina de Oliver y Benji, concretamente de Mark Lenders con las mangas remangadas. Pero lo que me hizo dejar de respirar no fue la cubierta. Era que la foto mostraba el cuaderno abierto por la primera página.
Reconocí mi propia letra al instante. Esa caligrafía espantosa, redonda e infantil de cuando tenía trece años, escrita con un boli Bic azul que soltaba goterones de tinta.
En la parte superior de la página, subrayado con regla, ponía: Las cosas que le haría a Kike si no fuera tan cobarde.
Debajo de eso, la foto estaba estratégicamente cortada, desenfocada aposta o tapada por la sombra de la mano de quien la había tomado, pero yo no necesitaba leer el resto. Yo sabía exactamente qué ponía ahí. Recordaba cada maldita palabra de ese diario. Cada insulto, cada plan de venganza patético, cada humillación detallada, cada descripción grotesca que mi mente de adolescente aterrorizado había inventado para lidiar con el infierno que supuso 2º de la ESO.
Y entonces, leí el texto que acompañaba a la imagen.
“Sé lo que hiciste en el patio. Sé lo que pasó detrás de los vestuarios. Y, sobre todo, sé lo infinitamente cobarde que fuiste. Tienes 24 horas antes de que escanee cada página de esta joyita y la mande al grupo de Facebook de antiguos alumnos del Colegio San Vicente. Hablamos luego, Javi.”
Dejé caer el móvil sobre la mesa. Sonó un golpe seco que hizo que Marta, la chica de Contabilidad que se sienta en la mesa de enfrente, asomara la cabeza por encima del separador de metacrilato.
—¿Estás bien, Javi? Estás más blanco que la pared, tío —me dijo, frunciendo el ceño y ajustándose las gafas de pasta—. ¿Te ha sentado mal el café de máquina? Te dije que la leche de avena lleva ahí desde el viernes.
—No… no, estoy bien —logré balbucear, notando que mi voz sonaba como si hubiera estado gritando en un concierto de rock durante tres horas—. Un mareo. Cosas de la tensión. Creo que necesito… necesito ir al baño.
Me levanté de un salto, empujando la silla de ruedas con tanta fuerza que chocó contra la cajonera de atrás. Las rodillas me temblaban como si fueran de gelatina. Caminé hacia los baños a paso rápido, casi corriendo, esquivando a un par de becarios que hablaban de sus criptocarteras.
Me encerré en el cubículo más alejado, bajé la tapa del váter y me senté, agarrándome la cabeza con las manos.
—No, no, no, no, no, no, me cago en mi puta vida, no —susurraba, balanceándome hacia adelante y hacia atrás.
Ese diario. Ese puto diario. Había pasado los últimos veinte años intentando convencerme a mí mismo de que lo había destruido. O al menos, intentando olvidar dónde lo había escondido.
Año 1999. El Colegio San Vicente, en pleno centro de Valencia. El calor húmedo y pegajoso del mes de mayo. Yo era un chaval enclenque, con gafas de culo de vaso que me hacían parecer un búho asustado, un flequillo cortado a tazón por mi madre y una incapacidad patológica para defenderme. Y luego estaba Kike. Enrique “El Mazo” Navarro. Un chaval que, a sus catorce años, ya medía uno ochenta, tenía sombra de barba y una crueldad innata que lo convertía en el dictador absoluto del patio.
Kike me había hecho la vida imposible. Me robaba el almuerzo —mis sagrados bocadillos de Nocilla—, me encerraba en las taquillas del vestuario, me humillaba delante de las chicas de nuestro curso, e incluso llegó a tirarme la mochila entera al contenedor de la basura el día antes del examen final de matemáticas.
Yo no tenía el valor para enfrentarme a él. Ni siquiera tenía el valor para decírselo a los profesores. El miedo me paralizaba por completo. Así que hice lo que haría cualquier adolescente con tendencias melodramáticas y cero habilidades sociales: empecé a escribir.
Compré ese cuaderno azul y lo convertí en mi retrete mental. Allí vertí toda mi rabia, mi odio, mi humillación. Pero no eran solo quejas. Era un diario de “venganza ficticia”. Detallaba, con un nivel de sadismo y creatividad que hoy me daría para escribir el guion de una película de terror de serie B, todas las cosas que quería hacerle a Kike. Desde envenenar su batido Puleva de chocolate con laxante para caballos, hasta planes absurdamente complejos que involucraban dejarle encerrado en las catacumbas de Valencia con una jauría de ratas hambrientas. Escribí sobre su familia, sobre su cara de simio, sobre cómo lloró una vez que un profesor le echó la bronca (un secreto que descubrí por accidente y que adorné con crueldad). Y, lo peor de todo, escribí confesiones íntimas y vergonzosas sobre mí mismo, sobre mis propios miedos, mis enamoramientos patéticos y lo minúsculo que me sentía.
Era una bomba nuclear de vergüenza ajena y humillación personal. Si eso veía la luz… no solo quedaría como el mayor pringado de la historia del colegio (etiqueta que creía haber superado), sino que quedaría como un psicópata en potencia y un resentido nivel dios.
Pero lo que me reventaba la cabeza en ese momento, sentado en el váter de mi oficina en Madrid, no era solo el contenido. Era el cómo.
¿Cómo cojones había conseguido alguien ese cuaderno?
El verano del 99, justo antes de empezar 3º de la ESO, decidí que no podía arriesgarme a que mi madre encontrara el diario mientras me ordenaba la habitación. Así que tomé una decisión drástica. Aprovechando que la abuela Carmen se había ido a pasar un mes a su pueblo en Cuenca, fui a su casa en el barrio de Ruzafa. La casa era una planta baja antigua, de esas con techos altos, vigas de madera y un patio interior lleno de macetas con geranios y una enredadera que amenazaba con comerse las paredes.
Fui al patio trasero. Al fondo, había un pequeño cuarto de los trastos donde la abuela guardaba botellas vacías, herramientas oxidadas y capazos de esparto. En una esquina, había una baldosa suelta debajo de un viejo mueble esquinero. Levanté la baldosa, envolví el cuaderno en tres bolsas de plástico del Mercadona, lo metí en el hueco lleno de polvo y escombros, y volví a poner la baldosa encima. Empujé el pesado mueble para taparlo todo.
Nadie lo sabía. Nunca se lo conté a nadie. Ni siquiera a Salva, mi mejor amigo.
Y la abuela Carmen murió hace cinco años. La casa se vendió poco después.
Saqué el móvil del bolsillo, con las manos aún temblorosas, y volví a mirar el mensaje. El pánico empezaba a dejar paso a una paranoia galopante. ¿Quién había comprado la casa? ¿Los albañiles que seguro que la estaban reformando para hacer un puto loft para guiris? ¿Y por qué un albañil se tomaría la molestia de buscar mi número de teléfono actual y amenazarme con subir mis memorias adolescentes a un grupo de Facebook?
No tenía sentido. Nada de esto tenía sentido.
Tenía que llamar a Salva.
PARTE 2: El gabinete de crisis y el almuerzo valenciano
Salva seguía viviendo en Valencia. Salva era la única constante en mi vida, el tipo que me conocía desde que íbamos a preescolar y nos comíamos los mocos juntos. Mientras yo me había ido a Madrid a ponerme corbata y amargarme la existencia en una oficina, Salva se había quedado en la terreta, había heredado el taller de chapa y pintura de su tío, y vivía una vida envidiablemente simple, basada en el fútbol, los esmorzarets de los viernes y una filosofía estoica que se resumía en “si no se puede arreglar con cinta americana, no tiene arreglo”.
Marqué su número con urgencia. El tono de llamada sonó tres, cuatro, cinco veces.
—Venga, joder, cógelo, pedazo de inútil —murmuraba yo, mordiéndome la uña del pulgar derecho hasta casi hacerme sangre.
Al sexto tono, descolgó. Lo primero que escuché de fondo fue el estruendo de una máquina lijadora y el grito de un hombre exigiendo saber dónde estaba la llave inglesa del doce.
—¡Hombre, el madrileño! —bramó Salva al otro lado de la línea. Su voz era un trueno cargado de acento valenciano y buen rollo inmerecido—. ¿Qué pasa, nano? ¿Te han despedido ya por feo o qué?
—Salva. Calla y escúchame. Esto es grave. Muy grave. Nivel de gravedad extrema —dije, atropellándome con las palabras.
La lijadora de fondo se detuvo abruptamente. Salva debió notar el pánico absoluto en mi voz, porque su tono cambió de inmediato.
—Hostia, Javi. ¿Qué pasa? ¿Te ha dejado Laura? Te dije que esa chica era demasiada mujer para ti, que se iba a cansar de tus tonterías de…
—¡No es Laura, pedazo de animal! —le corté—. Y no me ha dejado, estamos perfectamente. Es… es otra cosa. Es del colegio. Del San Vicente.
Se hizo un silencio al otro lado de la línea. Solo se oía el sonido lejano de los coches pasando.
—¿Del San Vicente? Pero si hace veinte años que salimos de ahí, colega. ¿Qué me estás contando? ¿Te está reclamando el director la enciclopedia que perdiste en la biblioteca en sexto de EGB? Porque si es eso, diles que fui yo y que se vayan a cagar.
—Salva, alguien tiene El Cuaderno.
Otro silencio. Esta vez, más largo.
—¿El cuaderno? ¿Qué cuaderno? —preguntó Salva, genuinamente confundido.
Claro. Mierda. Nunca le hablé del cuaderno. En mi afán por ocultar mi humillación, ni siquiera a mi mejor amigo le conté mis sesiones de escritura nocturna.
—Vale, escucha. Cierra el pico y escucha atentamente. En segundo de la ESO, cuando Kike me hacía la vida imposible… bueno, cuando nos la hacía a todos, pero especialmente a mí. Empecé a escribir un diario. Un diario muy turbio, Salva. Escribí todo lo que pensaba de él. Y todo lo que pensaba de otra gente. De los profesores. De ti. De la chica que te gustaba, la de las coletas, Raquel. Escribí cosas… vergonzosas. Ridículas. Cosas de virgen amargado con sobredosis de hormonas y miedo.
—A ver, a ver, frena el carro —dijo Salva, arrastrando las palabras—. ¿Escribiste un diario? ¿En serio? ¿Como las niñas pequeñas con candadito y todo? Querido diario, hoy Kike me ha quitado el bocata de chopped y he llorado en el baño. Madre mía, Javi, eres más pringao de lo que recordaba.
—¡No es un diario con candado, cabrón! ¡Era un cuaderno de tapas duras! Y no era de llorar, era… era oscuro, ¿vale? Eran fantasías de venganza. Era patético. Y el caso es que lo escondí en casa de mi abuela Carmen, en Ruzafa. En el patio, bajo una baldosa, debajo del mueble de los trastos.
Escuché un chasquido al otro lado. Salva se estaba encendiendo un cigarro.
—Vale. Lo escondiste en el 99. La abuela Carmen murió. La casa se vendió a una inmobiliaria hace unos años. ¿Y qué? Ese puto cuaderno debe ser polvo ahora mismo. Se lo habrán comido las cucarachas de Ruzafa, que tienen el tamaño de un perro salchicha.
—¡Ese es el problema, Salva! —grité en un susurro, pegando el teléfono a mi cara—. ¡Alguien me acaba de mandar una foto de la primera página por WhatsApp!
Salva tosió. Se había atragantado con el humo del cigarro. Tosió durante unos diez segundos mientras yo me mordía los nudillos.
—¡Me cago en la leche, Merche! —exclamó finalmente, recuperando el aliento—. ¿Me lo juras? ¿Una foto? ¿De hoy? ¿Quién?
—¡Un número desconocido! Me ha mandado la foto del cuaderno abierto, con mi letra, y un mensaje diciendo que sabe lo que hice, que soy un cobarde y que me da 24 horas antes de escanearlo y subirlo al grupo de antiguos alumnos de Facebook.
—Hostia puta —murmuró Salva. El tono de broma había desaparecido por completo—. El grupo de Facebook. Tío, ahí hay como quinientas personas. Está hasta el Padre Tomás, que ahora es cura en no sé qué parroquia de Campanar. Y está Kike. Kike está en ese grupo, Javi. Sube fotos de su gimnasio todos los días. El cabrón está el doble de grande que antes y tiene menos pelo. Si lee que querías envenenarle el Puleva… te busca por todo Madrid y te rompe las piernas.
—¡Ya lo sé, Salva! ¡Por eso te llamo! ¿Qué cojones hago? ¿Quién puede ser?
—A ver, pensemos con lógica. Como en CSI, pero con más grasa de motor. ¿Quién tiene acceso a esa casa?
—Los nuevos dueños. Creo que hicieron una reforma integral.
—Exacto. Una reforma. Levantaron los suelos. Un paleta, un albañil, o el dueño mismo encontró el cuaderno. Lo leyó. Se partió la caja de risa viendo lo patético que eras. Y ahora… ¿qué? ¿Te quiere extorsionar? ¿Te ha pedido dinero?
—No. No me ha pedido dinero. Solo dice que tiene 24 horas y me llama cobarde.
—Eso es lo más raro de todo, nano —dijo Salva, adoptando un tono de detective de película negra que me habría hecho gracia si no estuviera a punto del infarto—. Si es un paleta al azar, te pediría pasta. “Dame dos mil pavos o subo esto a la red”. Pero no. Va a hacerte daño directo. A tu reputación. Bueno, a la reputación que te queda. Eso suena a algo personal.
—¿Personal? Pero si no conozco a nadie que trabaje en la construcción ni a quien comprara la casa.
—A lo mejor es alguien del colegio que de casualidad es el arquitecto de la obra. O a lo mejor… —Salva se detuvo. Pude escuchar el engranaje de su cerebro girando a la misma velocidad que la lijadora—. Javi. ¿Y si el que compró la casa… es alguien que conocíamos? ¿Y si fue Kike?
Se me paró el corazón. Literalmente sentí un salto en el pecho.
—¿Kike? ¿Kike comprando la casa de mi abuela? ¿Qué probabilidades hay de eso?
—Valencia es un pañuelo, tío. Y Ruzafa está de moda. Todos los hipsters y los pijos con pasta se van allí ahora a comer aguacate y beber cervezas artesanas que saben a pis de gato. A lo mejor Kike pegó un pelotazo, compró la casa para hacerla un Airbnb, hizo la obra, encontró el cuaderno y ahora te está vacilando antes de destruirte la vida.
La teoría era tan enrevesadamente posible que me dio mareos. Me apoyé contra la pared del baño.
—Salva, si es Kike, estoy muerto. Tienes que ir a la casa. Tienes que ir a la calle Cura Femenía y ver quién está ahí. Ahora mismo.
—¡Ché, qué dices! ¡Que estoy en el taller y tengo tres parachoques que pintar antes de las dos! Además, ¿qué quieres que haga? ¿Que llame a la puerta y diga: “Hola, buenas, perdone, ¿es usted el que está extorsionando a mi amigo el gafotas?”?
—¡Por favor, Salva! Eres mi única esperanza. Eres el único que está en Valencia.
—No, no, no. Tú te has metido en este marrón por ser un puto escritor de pacotilla frustrado, tú te sacas las castañas del fuego. ¿Tienes 24 horas? Pues ya estás pidiendo el día libre en esa oficina de pijos que tienes, te coges el primer AVE que salga de Atocha y te plantas aquí. Vamos a esa casa juntos. Si hay que partirle la cara a Kike, se la partimos entre los dos. Bueno, se la parto yo y tú te escondes detrás de un contenedor, como en los viejos tiempos.
Suspiré profundamente. Sabía que tenía razón. No podía delegar esto. Era mi diario, era mi humillación, y era mi vida la que estaba a punto de convertirse en el hazmerreír de toda mi generación escolar.
—Vale. Vale. Voy a buscar un billete de tren. Espérame en la Estación Joaquín Sorolla. Estaré allí en un par de horas.
—Aquí te espero, campeón. Y Javi…
—¿Qué?
—Intenta no llorar en el tren, que los billetes están muy caros para ir mojando el asiento. Venga, un abrazo.
Colgó.
Me quedé mirando el teléfono. La cuenta atrás había empezado. Salí del baño, caminé hasta mi mesa ignorando las miradas curiosas de mis compañeros, recogí mi mochila, agarré la chaqueta y fui directo al despacho de mi jefe.
—Borja —le dije, abriendo la puerta sin llamar. Estaba practicando su swing de golf con un paraguas—. Me encuentro fatal. Creo que tengo gastroenteritis aguda. Me voy a casa. O al hospital. No me llames hoy.
Antes de que pudiera responderme con alguna de sus frases motivacionales, salí de la oficina, bajé a la calle y pedí un taxi hacia la estación de Atocha. El viaje a Valencia iba a ser el más largo de mi vida.
PARTE 3: El regreso a la terreta y el misterio de la puerta verde
El trayecto en el AVE fue una agonía absoluta. Compré el billete con tarifa flexible porque era el único que quedaba en el tren de las 12:40, y me dolió soltar ciento y pico euros, pero en ese momento habría pagado con un riñón si fuera necesario.
Me tocó asiento de pasillo al lado de una señora mayor que se pasó todo el viaje comiendo mandarinas y viendo un culebrón turco en su iPad a un volumen cuestionable. Yo, en cambio, me pasé la hora y cincuenta minutos sudando frío, revisando el móvil cada tres segundos por si el psicópata del cuaderno había vuelto a dar señales de vida, y rememorando, con doloroso detalle, cada entrada de aquel maldito diario.
Intentaba recordar. ¿Qué había escrito exactamente el 14 de noviembre de 1999? Ah, sí. Fue el día que Kike me bajó los pantalones de chándal en medio de la clase de Gimnasia mientras el profesor de Educación Física, un señor gordo con bigote que siempre olía a Soberano, miraba hacia otro lado. Recuerdo haber llegado a casa llorando de rabia, encerrarme en la habitación, coger el cuaderno azul y escribir durante dos horas seguidas. Había detallado un plan en el que secuestraba a Kike, lo ataba a una silla en medio de la Plaza del Ayuntamiento el día de la mascletà, y lo dejaba allí mientras le obligaba a escuchar un casete de Camela en bucle. Era absurdo, infantil y profundamente patético. Y había peores. Había poemas. ¡Poemas oscuros de adolescente inadaptado que se creía Edgar Allan Poe pero con la cara llena de acné!
“El cuervo vuela sobre el patio / mi dolor es un zapato desatado / Kike es un cerdo sin corazón / ojalá te comas un bocata de jamón… envenenado”.
Cerré los ojos con fuerza en el tren y solté un gemido sordo. La señora de las mandarinas me miró de reojo y acercó su bolso hacia sí misma de forma preventiva.
Si esa basura veía la luz, tendría que mudarme de país. Cambiarme el nombre. Irme a vivir a una granja de alpacas en Perú.
Cuando el tren salió del túnel y la luz cegadora del sol valenciano inundó el vagón, vi por la ventana los campos de naranjos y, poco después, el perfil urbano de mi ciudad natal. Valencia no perdonaba. Era finales de mayo, pero el calor y la humedad ya te recibían como una bofetada en la cara nada más pisar el andén de Joaquín Sorolla.
Bajé del tren arrastrando los pies y la moral. Atravesé la estación esquivando a turistas cargados con maletas y a gente con prisas. Al salir por las puertas correderas, lo vi.
Salva estaba apoyado contra su vieja furgoneta Renault Kangoo de color blanco (bueno, blanco hace quince años, ahora era de un color hueso con manchas de óxido y pintura de todos los colores). Llevaba un mono azul de mecánico desabrochado hasta la mitad, una camiseta blanca debajo llena de lamparones de grasa, y unas gafas de sol de mercadillo. Estaba fumando un cigarrillo rubio y, al verme, levantó una mano enorme y encallecida.
—¡Hombre, el autor revelación del año! —gritó, lo suficientemente alto como para que dos señoras que pasaban por su lado se giraran a mirarnos—. ¿Qué tal el Premio Planeta?
—No tiene gracia, Salva —le dije, llegando hasta él y chocando la mano—. Estoy a un ataque de pánico de entrar en coma.
—Mírate, tío. Tienes unas ojeras que pareces un mapache con insomnio. Anda, sube al carro, que he puesto el aire acondicionado a tope, aunque creo que solo echa aire caliente con olor a pino.
Me subí al asiento del copiloto, apartando unos albaranes de entrega y una lata vacía de Monster. Salva arrancó la furgoneta, que tosió como un fumador empedernido antes de empezar a rodar, y nos incorporamos al tráfico caótico del centro de Valencia.
—He estado haciendo mis deberes mientras tú venías en el tren de los pijos —dijo Salva, esquivando a un repartidor de Glovo con un golpe de volante que me hizo agarrarme al asidero de la puerta—. He tirado de contactos. Ya sabes, el cuñado de mi hermana trabaja en el ayuntamiento, en el registro de la propiedad. Le he llorado un poco, le he prometido que le pintaría la aleta del coche gratis, y me ha mirado quién es el dueño actual de la casa de tu abuela en la calle Cura Femenía.
Giré la cabeza hacia él con los ojos muy abiertos.
—¿En serio? Eres un dios, Salva. ¿Quién es? ¿Es Kike? Dime que no es Kike.
—Tranquilo, respira, que te va a dar un parraque. No, no es Kike. El dueño de la casa es una empresa. “Inversiones Turia Levante SL”. La compraron hace dos años. Pero aquí viene lo interesante: hace tres meses empezaron una obra de reforma integral. Tiraron paredes, cambiaron el suelo, rehicieron el patio… todo.
—La obra —murmuré—. Levantaron el suelo del patio. Encontraron la baldosa falsa. Encontraron el cuaderno.
—Premio para el caballero. La empresa de reformas que está haciendo el curro se llama “Reformas El Llarg”. Es un tipo de aquí de toda la vida, un tal Paco que es más bruto que un arado. Yo no creo que ese tipo se dedique a leer diarios de adolescentes y mandar chantajes por WhatsApp. Ese te ve un billete de cincuenta, se lo guarda y tira el cuaderno a la escombrera.
—Entonces, ¿quién fue? —pregunté, desesperado.
—Esa es la pregunta del millón, amigo mío. Por eso vamos para allá. Vamos a hacer una labor de reconocimiento táctico. Aparcaremos la furgo, nos acercaremos con disimulo y veremos quién está en la obra. Si hace falta, le digo a Paco el Llarg que soy de la inspección de trabajo, que tiene una pinta de tener a la mitad de la plantilla sin dar de alta que no veas.
Llegamos al barrio de Ruzafa. Lo que en mi infancia era un barrio obrero, lleno de comercios de toda la vida, carnicerías y abuelos sentados a la fresca, ahora era el epicentro de la modernidad valenciana. Había cafeterías de especialidad en cada esquina, tiendas de ropa vintage, bicis antiguas aparcadas en las farolas y un montón de gente con tatuajes geométricos bebiendo Kombucha en las terrazas.
Salva aparcó la furgoneta en doble fila, encima de un paso de cebra, le puso los cuatro intermitentes y me miró.
—Técnica valenciana de aparcamiento nivel experto. Tenemos cinco minutos antes de que pase la grúa. Vamos.
Bajamos de la furgoneta. El sol de la una de la tarde caía a plomo. Caminamos un par de calles hasta llegar a Cura Femenía. Mi corazón latía tan fuerte que podía escucharlo en mis oídos.
Ahí estaba. El número 14. La antigua casa de la abuela Carmen.
La fachada, que yo recordaba de un color crema deslucido con desconchones, ahora estaba pintada de un azul cobalto modernísimo. La vieja puerta de madera pesada había sido sustituida por una puerta metálica verde oscura, y había un contenedor de escombros enorme plantado justo en frente, lleno de sacos de cemento vacíos, trozos de azulejos rotos y tuberías viejas.
Un ruido sordo venía de dentro. Mazazos.
—Están currando —susurró Salva, acercándose a la puerta verde, que estaba entreabierta.
Nos asomamos con cuidado. El pasillo, que antes estaba lleno de fotos familiares y olía a lavanda y a guiso, ahora era un túnel de ladrillo visto, polvo en suspensión y cables colgando del techo. Al fondo, en lo que antes era el salón que daba al patio, había un tipo bajito, fuerte, cubierto de polvo blanco de pies a cabeza, pegándole mazazos a un tabique con una furia inusitada.
—¡Eh, jefe! —gritó Salva, entrando con la naturalidad de quien entra en su propia casa.
Yo me quedé petrificado en el umbral de la puerta, encogido, como si Kike fuera a salir de detrás de una columna para robarme el almuerzo.
El tipo de la maza paró el golpe, se limpió el sudor de la frente dejando un surco oscuro de barro en su piel, y nos miró con mala cara.
—¿Qué pasa? Si sois los del pladur, llegáis tarde y mal, me cago en la ostia.
—No, no, no somos del pladur, jefe —dijo Salva, acercándose con las manos en los bolsillos, pisando cascotes—. Somos… bueno, él es el antiguo propietario de la casa. Su abuela vivía aquí. Pasábamos por el barrio y nos ha dado nostalgia. ¿Qué, dándole duro?
El obrero nos miró de arriba abajo con suspicacia, escupió en el suelo y apoyó la maza.
—Pues ya ves. Tirando este muro maestro de los cojones que el arquitecto dice que sobra. Los arquitectos saben mucho de dibujar en el ordenador, pero luego ponte tú aquí a picar. ¿Qué queréis? No tengo tiempo para visitas guiadas, eh.
—Nada, nada, era curiosidad —intervine yo, tratando de que mi voz no temblara, acercándome un poco, tragando polvo—. Es que… mi abuela tenía un patio atrás. Y debajo de un mueble… bueno, había escondido unas cosas de valor sentimental. Unas chucherías, un cuaderno azul, cosas de chiquillos. Por casualidad, al levantar el suelo… ¿no encontrasteis nada, verdad?
El albañil me miró como si le estuviera hablando en arameo.
—¿Un cuaderno azul? Chaval, yo aquí solo levanto mierda, cucarachas muertas y tuberías de plomo podridas. Toda la runa va directa al contenedor ese de ahí fuera. Si tu abuela escondió oro, se lo habrá llevado el camión de la basura al vertedero de Dos Aguas.
—¿Nadie más ha estado aquí? —insistió Salva—. ¿El jefe de la obra? ¿El arquitecto? ¿El dueño?
—El dueño es un sieso. Un tipo joven, un estirado que viene a veces por las tardes a tocar las narices y a mirar si los acabados están “alineados con su visión”. Un gilipollas integral, si me preguntas a mí. Se pasa el día haciendo fotos para su Instagram.
Salva y yo nos cruzamos una mirada.
—¿Y ese dueño… cómo se llama? —pregunté, con un hilo de voz.
—Yo qué sé. En los papeles pone Don Álvaro no sé qué. Un niñato con gafas de pasta, zapatos caros y una bufanda aunque estemos a cuarenta grados. Vino ayer por la tarde, por cierto. Se metió en el patio a mirar cómo habíamos echado la solera nueva, se puso a rebuscar entre unos trastos viejos que habíamos sacado del cuarto del fondo y se llevó unas cuantas cosas en una bolsa de tela de esas ecológicas. Dijo que era “material vintage para la decoración”. Tocaté los huevos. Material vintage. Eran macetas rotas y porquería.
Sentí que el alma se me caía a los pies.
“Se puso a rebuscar entre los trastos viejos del cuarto del fondo. Se llevó cosas”.
Ese era. Álvaro. El dueño de la casa. El estúpido hipster que quería poner decoración vintage en su loft y había encontrado mi vergüenza más profunda.
Justo en ese preciso instante, mientras el polvo de la obra se asentaba sobre mis hombros, mi teléfono vibró en el bolsillo de mi pantalón.
Di un salto, casi tropezando con un saco de cemento. Lo saqué con manos temblorosas.
Nuevo mensaje de WhatsApp. El mismo número desconocido.
“Veo que has venido a la ciudad. Muy rápido. Me gusta esa actitud, Javi. Demuestra que este pequeño cuaderno azul te importa mucho más de lo que quieres admitir. ¿Quieres recuperarlo y evitar que medio Valencia sepa que mojabas la cama hasta los doce años por miedo a Enrique Navarro? Te espero en la Horchatería Daniel, en Alboraya. En una hora. Ven solo. O tu diario será literatura pública de la buena. Pide una docena de fartons, que invito yo.”
Me quedé mirando la pantalla, pálido.
—¿Qué pasa? —preguntó Salva, acercándose y mirando por encima de mi hombro—. Madre mía… ¿Alboraya? ¿A este tío qué le pasa, es un psicópata con debilidad por la chufa?
—Salva —dije, tragando saliva—. Tenemos que ir a Alboraya. Y voy a tener que enfrentarme al tal Álvaro.
—De eso nada de ir solo, chaval. Yo voy contigo. Me siento en la mesa de al lado con un periódico con dos agujeros en los ojos si hace falta, pero a mi amigo no le hace chantaje un hipster aficionado a la horchata sin que yo esté presente. Vamos a por el puto cuaderno, Javi. Y si se pone tonto, le meto un farton por donde le quepa.
PARTE 4: Horchata, fartons y el giro más ridículo de la historia
El trayecto en la furgoneta de Salva desde Ruzafa hasta Alboraya fue digno de una película de acción de bajo presupuesto, principalmente porque el aire acondicionado terminó de estropearse por completo y cruzamos la ciudad sudando como pollos asados, con las ventanillas bajadas y el ruido del motor ensordeciéndonos.
Llegamos a la Avenida de la Horchata. La mítica Horchatería Daniel estaba llena hasta la bandera. Señoras mayores de merienda, turistas enrojecidos por el sol, familias enteras pidiendo litros de horchata líquida, granizada y mixta. Todo tenía un ambiente dolorosamente normal y festivo, un contraste absurdo con el drama vital de proporciones épicas que se estaba librando en mi estómago.
Yo estaba a punto de potar.
—Vale, el plan es este —dijo Salva, aparcando la furgoneta subida a una acera de forma flagrantemente ilegal—. Tú entras. Buscas al tipo. Gafas de pasta, bufanda ridícula, cara de gilipollas. Yo entro un minuto después. Me pido un granizado de limón en la barra y me quedo observando. Si el tío saca el cuaderno, tú tratas de negociar. Si se pone chulo y amenaza con darle al botón de enviar, yo me acerco por detrás, le hago la llave del sueño que aprendí viendo la WWF en los noventa, tú le quitas el cuaderno y salimos corriendo. ¿Entendido?
—Salva, no estamos en El Equipo A. No vas a hacerle ninguna llave a nadie. Si haces un escándalo, alguien llamará a la policía y acabaré saliendo en los periódicos además de en Facebook: “Detenido por robar su propio diario de pubertad”. Yo hablaré con él. Solo quiero saber qué quiere. Si es dinero, tengo algo ahorrado. Le doy lo que sea.
Me bajé de la furgoneta y caminé hacia la entrada. El dulce aroma a chufa fresca y repostería artesanal me revolvió las tripas. Entré en el amplio local, esquivando a un camarero que llevaba una bandeja con veinte fartons, y empecé a escanear las mesas.
Mi vista pasó por encima de ancianos, niños pringados de azúcar glaseado y parejas discutiendo. Y entonces, lo vi.
Al fondo del local, en una de las mesas de mármol que daban a un ventanal, había un tipo que encajaba perfectamente en la descripción del albañil. Y en la descripción mental que me había hecho de mi verdugo.
Tenía unos treinta y pocos años. Llevaba una camisa estampada de flores que parecía comprada en un mercadillo de segunda mano en Berlín, unas gafas de montura redonda de carey gigantescas, el pelo recogido en un moño en la parte superior de la cabeza y, efectivamente, un fular fino de color mostaza enrollado al cuello a pesar del calor asfixiante que hacía en Valencia a mediados de mayo.
Pero lo que confirmó mis sospechas no fue su atuendo. Fue lo que tenía sobre la mesa.
Justo al lado de su vaso de cristal largo lleno de horchata líquida, estaba mi cuaderno azul. Mi diario. Mi condena.
Respiré hondo. Noté que el aire no me llegaba a los pulmones. Mis piernas parecían estar hechas de corcho blanco. Me acerqué paso a paso, cruzando la sala como si estuviera caminando hacia la guillotina. Al llegar a su mesa, me detuve en seco.
El tipo levantó la vista de su teléfono móvil, me miró de arriba abajo con una ceja arqueada, y esbozó una sonrisa que me pareció la cosa más siniestra y repelente que había visto en mi vida.
—Javi, supongo —dijo, con una voz extrañamente suave, casi teatral—. Puntual. Eso me gusta. Un hombre que valora el tiempo, a pesar de haber perdido tanto en el pasado. Siéntate, por favor. He pedido una docena de fartons. Están recién hechos.
Me senté en la silla de enfrente, rígidamente, con los puños apretados sobre mis rodillas por debajo de la mesa. Miré el cuaderno. Estaba a medio metro de mi mano. Por un instante salvaje, pensé en lanzarme sobre él, agarrarlo y salir corriendo, saltando por la ventana si hiciera falta. Pero me contuve.
—Tú eres Álvaro, supongo —dije, tratando de que mi voz sonara firme, aunque salió como el chillido de un hámster.
—Álvaro, sí. Encantado —respondió él, tomando un farton, mojándolo delicadamente en la horchata y dándole un mordisco elegante—. Tienes que probarlos. La repostería valenciana es un arte incomprendido.
—Mira, Álvaro, no sé qué cojones quieres —salté, perdiendo los nervios y olvidándome de la diplomacia—. Has comprado la casa de mi abuela. Has encontrado mi diario debajo del suelo. Felicidades. Eres un asqueroso cotilla. Pero no entiendo este chantaje. No te conozco de nada. No te he hecho nada. ¿Qué quieres? ¿Dinero? ¿Cuánto quieres por el cuaderno? Dime una cifra.
Álvaro paró de masticar, se limpió la comisura de los labios con una servilleta de papel y me miró con una expresión de profunda decepción.
—¿Dinero? Oh, Javi. Javi, Javi, Javi. Qué mentalidad tan… capitalista y vacía. Qué decepción. Creí que tú, de todas las personas, entenderías la magnitud de lo que estamos tratando aquí.
—¿Qué magnitud? ¡Es el puto diario de un adolescente acosado! ¡No es un incunable!
—Es literatura cruda, Javi. Es dolor puro. Es… la narrativa del trauma español de la LOGSE —dijo Álvaro, apoyando los codos en la mesa y entrelazando los dedos, mirándome con una intensidad que me incomodó profundamente—. Cuando mis obreros sacaron esta maravilla de debajo de los cascotes y lo abrí por curiosidad… esperaba leer las notas de la lista de la compra de una abuela. Pero en su lugar, me encontré con esto.
Álvaro posó su mano pálida sobre la cubierta de Oliver y Benji y la acarició suavemente. Sentí un escalofrío de asco.
—Leí la primera página. “Las cosas que le haría a Kike si no fuera tan cobarde”. Empecé a leer de pie, en medio del patio lleno de polvo. Y no pude parar, Javi. Me lo llevé a mi piso de alquiler en el Carmen. Me pasé la noche en vela leyéndolo. Cada lágrima, cada plan de venganza, cada insulto, cada poesía patética.
—Devuélvemelo —exigí, alargando la mano.
Álvaro retiró el cuaderno rápidamente, poniéndolo sobre su regazo.
—No, no, no. Aún no. Verás, Javi, yo soy guionista. Bueno, soy aspirante a guionista. He presentado proyectos a Movistar, a Netflix, a HBO… y siempre me rechazan porque dicen que mis historias carecen de “verdad”. De “conexión humana”. Carecen de sangre.
Me quedé mudo. Parpadeé un par de veces, asimilando lo que me estaba diciendo. Por el rabillo del ojo, vi a Salva en la barra, bebiendo su granizado de limón y fulminando a Álvaro con la mirada, preparado para saltar a la mínima señal.
—¿Eres… guionista? —balbuceé.
—Sí. Y este diario… —Álvaro suspiró, elevando los ojos al techo de la horchatería, como en un éxtasis místico—. Este diario es la hostia, Javi. Es la historia de un antihéroe cobarde. Es el retrato sociológico de la crueldad infantil en la España del año 2000. Ese tal Kike es el antagonista perfecto. Es puro mal. Y tú… tú eres un protagonista patético, complejo, lleno de odio y miedo, que planea venganzas rocambolescas que nunca ejecuta. Es brillante.
Yo sentía que la cabeza me iba a explotar. La surrealidad de la situación era absoluta.
—¿Me estás chantajeando… porque te gusta cómo escribo? —pregunté, sintiendo que estaba metido en una broma de cámara oculta.
—Te estoy chantajeando —aclaró Álvaro, inclinándose hacia adelante, bajando la voz en tono conspiratorio— porque quiero los derechos de adaptación.
El silencio cayó entre nosotros, solo roto por el ruido de la máquina registradora al fondo y el alboroto general de la gente.
—¿Qué? —fue lo único que logré articular.
—Lo que oyes. Quiero basar mi próxima serie en tu diario. Se llamará El Cuaderno Azul. O quizás Sangre en el Recreo. Aún estoy dándole vueltas al título. El problema, Javi, es que si voy por las buenas y te pido permiso para adaptar las vergonzosas y humillantes memorias de tu infancia, sabiendo que vas a quedar como un completo pringado delante de toda España, me dirás que no. Es lógico.
—Por supuesto que te diría que no, pedazo de enfermo. Es mi vida privada. Son mis traumas infantiles. ¡Y hay nombres reales!
—Exacto. Por eso he tenido que forzar la situación. El chantaje. O firmas este contrato de cesión de derechos sobre la obra literaria y las anécdotas en ella contenidas, autorizando la libre adaptación audiovisual… —Álvaro sacó de su bolsa de tela ecológica una carpeta de cartón y deslizó un fajo de folios grapados sobre la mesa hacia mí— o subo las fotos de tu patético diario al grupo de Facebook de tu colegio, se lo mando por mensaje directo a ese tal Kike, que, por cierto, he investigado y ahora tiene un gimnasio de CrossFit en Benimaclet y parece alguien con muy mal carácter… y te arruino la vida a nivel local. Tú eliges, Javi. Ser un pringado anónimo humillado en tu ciudad natal, o ser la inspiración para el próximo éxito nacional de la televisión.
Me quedé mirando el contrato. Luego miré a Álvaro. Estaba loco. Completamente loco de atar. Era el típico intenso de la escuela de cine que había cruzado la línea entre el arte y el delito penal.
Miré hacia la barra. Salva me hizo un gesto con la cabeza, levantando una ceja. Yo le hice una pequeña señal con la mano, pidiéndole que esperara.
Pensé en mis opciones. Opciones reales.
Opción A: Levantarme, pegarle un puñetazo, quitarle el cuaderno y salir corriendo. Riesgo: que ya le hubiera hecho fotos a todas las páginas (muy probable) y las subiera por despecho.
Opción B: Firmar. Dejar que este cretino hiciera una serie. Cambiarían los nombres. Quizás nadie sabría que era yo. Pero yo lo sabría. Sabría que mi humillación se emitiría en prime time o en alguna plataforma de streaming.
—Álvaro —dije, con una calma que me sorprendió a mí mismo—. Hay un pequeño detalle que has pasado por alto en tu brillante plan maestro de guionista.
—¿Ah, sí? Sorpréndeme —dijo él, cruzándose de brazos con suficiencia.
—Has dicho que leíste que planeaba cosas que le haría a Kike. Cosas… horribles.
—Brillantemente horribles. La de las ratas en las catacumbas es mi favorita. Tarantino estaría orgulloso.
—¿Y has leído la parte en la que… escribo sobre el hermano mayor de Kike? —mentí, improvisando sobre la marcha. No tenía ni puta idea de si había escrito sobre el hermano de Kike, pero a esas alturas, mi mente de trece años seguro que había disparado a todo lo que se movía.
Álvaro frunció el ceño ligeramente.
—¿El hermano mayor? No lo recuerdo. No he terminado de analizar los personajes secundarios.
—Kike tenía un hermano mayor. El Rober —seguí inventando, echando mano de los recuerdos del barrio—. El Rober, en el año 2000, ya tenía antecedentes. Estuvo metido en un asunto de alunizajes. Un tío peligroso. Y en el diario… escribí cosas sobre él. Cosas que vi una noche desde mi ventana. Cosas que la policía nunca supo.
Los ojos de Álvaro se abrieron de par en par detrás de sus gafas de carey. Su postura de seguridad vaciló por un milímetro.
—¿De qué me estás hablando?
Me incliné yo esta vez sobre la mesa, apoyando los antebrazos, acercando mi cara a la suya. Decidí jugar al mismo juego absurdo de intensidad melodramática.
—Te estoy hablando de que si Kike lee ese diario en Facebook, no solo vendrá a buscarme a mí por humillarle. Va a leer lo que escribí sobre el Rober. Y Kike sabe dónde vives ahora, Álvaro. Porque has comprado la casa de mi abuela. Mi nombre y mi antigua dirección están en ese diario. Cuando Kike lo lea, vendrá a la calle Cura Femenía. Y a quien va a encontrar en esa casa no es a mí. Es a ti. Un hipster con bufanda en mayo. ¿Crees que le vas a poder explicar a Kike, el del CrossFit, que todo es por “la narrativa del trauma español”?
Álvaro tragó saliva de forma audible. El farton a medio comer descansaba triste sobre su plato.
—E… eso es mentira. Estás mintiendo. Te lo estás inventando para asustarme —dijo, pero su voz había perdido todo el aplomo teatral.
—Lee la página 42 —dije, soltando el número al azar con una convicción absoluta—. Y luego decide si quieres publicar eso en Facebook o llevarlo a una productora de Netflix. Si vas a una productora con eso, y la serie se estrena… ¿cuánto crees que tardará el Rober en reconocer la historia de su vida delictiva y venir a pedirte explicaciones sobre los derechos de autor con una barra de hierro?
El silencio esta vez fue denso, pesado, cortable con un cuchillo.
Álvaro miró el cuaderno en su regazo como si de repente fuera radiactivo. Pude ver en su cara el conflicto interno del cobarde enfrentándose a una amenaza física imaginaria. Era poesía. Yo, el cobarde original, utilizando la leyenda del matón para asustar al nuevo cobarde.
Justo en ese momento, Salva se acercó a la mesa. Se paró a mi lado, cruzó sus enormes brazos manchados de grasa y miró a Álvaro desde su metro noventa de altura.
—Oye, perdona que me meta, Javi —dijo Salva, con su vozarrón profundo y su acento cerrado, mirando a Álvaro con cara de pocos amigos—. ¿Este es el tonto del haba del que me hablabas? ¿El que tiene mi cuaderno de deudas del taller?
Álvaro levantó la vista hacia Salva, aterrorizado.
—¿Tu… tu cuaderno de deudas? —tartamudeó el hipster, mirando de Salva a mí en estado de shock.
—Sí —dije yo sin pestañear—. Álvaro, te presento a Rober. El hermano mayor de Kike. Ahora es dueño de un taller de chapa y pintura, pero no te aconsejo que le debas dinero.
Salva, que era lento para las sutilezas pero rápido para seguir un farol cuando había intimidación de por medio, dio un golpe con la palma abierta sobre la mesa de mármol que hizo tintinear los vasos de cristal.
—A ver, gafotas. Ese cuaderno azul es de mi socio. Me lo ha dejado para apuntar unas chapuzas. Me lo devuelves ahora mismo por las buenas, o te juro por la Mare de Déu de los Desamparados que te meto la bufanda esa por la garganta y te saco los moños por la nariz. ¿Entendido?
Álvaro estaba lívido. Había perdido todo color en la cara. Miró a Salva, un auténtico armario ropero de barrio valenciano sudado y cabreado, y luego miró el cuaderno. Sus sueños de ganar un premio Ondas por el mejor guion original se desvanecieron en el aire como el humo de la pólvora después de una mascletà.
Lentamente, con las manos temblorosas, Álvaro cogió el cuaderno de su regazo y lo puso sobre la mesa, deslizándolo hacia mí.
—Yo… yo no quería problemas —murmuró, casi sin voz—. Solo… solo pensaba que era una buena historia.
—Las historias de los demás se dejan tranquilas, campeón —dijo Salva, agarrando el cuaderno con una de sus manazas antes de que yo pudiera tocarlo y metiéndoselo bajo el brazo—. Y la próxima vez que hagas reformas, tira la basura al contenedor sin leerla. Vamos, Javi. La horchata la paga aquí el Steven Spielberg del Turia.
Me levanté, sintiendo que un peso de tres toneladas desaparecía de mis hombros. Miré a Álvaro, que estaba encogido en su silla, pareciendo diez años más joven y mil veces más asustado que yo en 1999.
—Adiós, Álvaro. Y suerte con tus guiones —le dije, dándome la vuelta.
Salimos de la horchatería, nos subimos a la furgoneta ardiente de Salva y arrancamos. Condujimos un par de calles en silencio, hasta que Salva no pudo aguantar más y estalló en una carcajada tan fuerte que tuvo que frenar la furgoneta.
—¡Madre mía, “Rober, el hermano de Kike”! ¡Te lo has sacado de la manga, cabrón! —reía Salva a carcajadas, golpeando el volante—. Y el cara de pringao que se le ha quedado cuando he pegado el golpe en la mesa… ¡ay, que me meo!
Yo también empecé a reír. Una risa floja, nerviosa, histérica, de alguien que acaba de desactivar una bomba nuclear con un clip y un chicle.
Salva sacó el cuaderno azul de debajo del brazo y me lo tendió.
—Toma, escritor. Tu obra maestra.
Cogí el cuaderno. El tacto del cartón gastado me trajo una oleada de recuerdos, pero ya no me daban miedo. Sentía una liberación absoluta. Miré la pegatina de Oliver y Benji.
—¿Qué vas a hacer con él? —me preguntó Salva, arrancando de nuevo la furgoneta en dirección a Valencia—. ¿Lo vas a guardar en una caja fuerte en Madrid? ¿O vas a dejar que lo lea y nos echamos unas risas a tu costa?
Acaricié la tapa.
—No. Se acabó el guardarlo. Y desde luego que no te voy a dejar leerlo, pedazo de cotilla. Para a la derecha, en ese descampado.
Salva frenó junto a un descampado polvoriento cerca de las vías del tren, en la salida de Alboraya. Bajamos los dos. Hacía un calor abrasador y no había nadie a la vista.
Fui a la parte trasera de la furgoneta, abrí las puertas traseras y busqué entre los trastos de Salva. Encontré una lata de disolvente y un mechero viejo.
Caminé hasta el centro del descampado, rodeado de malas hierbas y tierra seca. Tiré el cuaderno al suelo. Rocié las páginas con un chorro generoso de disolvente. El olor químico me inundó las fosas nasales, tapando el recuerdo del polvo y de la angustia.
—Adiós, Kike. Adiós, miedos de mierda. Adiós, Javi el pringao —murmuré.
Encendí el mechero y lo dejé caer.
Las llamas prendieron al instante con un sonido sordo, ¡vump!. El fuego azul y amarillo empezó a devorar las páginas, consumiendo la tinta, los años de vergüenza, las venganzas infantiles y las pesadillas escolares. Salva se puso a mi lado, con las manos en los bolsillos, viendo cómo el pasado se convertía en ceniza.
—¿Sabes qué es lo más gracioso de todo esto, Javi? —me dijo Salva, mirando el fuego.
—¿Qué?
—Que el guionista pijo ese tenía razón. Tú, acojonando al notas ese inventándote lo del hermano de Kike… eso sí que es un giro de guion bueno de verdad. Igual tienes futuro en esto del cine, nano.
Solté una carcajada, viendo cómo la pegatina de Mark Lenders se derretía en el fuego. El cuaderno ya era solo un bloque negro y humeante. La amenaza había desaparecido para siempre.
—Cállate, Salva —dije, dándole una palmada en el hombro—. Invítame a un buen arroz del senyoret, que me has hecho saltarme el almuerzo por culpa de mi mayor pesadilla, y me muero de hambre.
Salva sonrió, mostrando sus dientes manchados de tabaco.
—Eso está hecho, figura. Eso está hecho.
Y mientras volvíamos a la furgoneta, dejando atrás mis demonios hechos ceniza en un descampado de Alboraya, pensé que, por primera vez en muchos años, estaba genuinamente contento de haber vuelto a Valencia. Aunque solo fuera para prenderle fuego a mi propia estupidez.
PARTE 5: El socarrat, la cerveza helada y el fantasma de LinkedIn
El trayecto desde aquel descampado polvoriento de Alboraya hasta la Albufera fue, con toda probabilidad, el viaje más catártico de mi vida. Atrás quedaba una pequeña mancha negra de ceniza humeante que antes había sido la materialización de todos mis traumas infantiles, y delante de mí solo había una carretera recta, flanqueada por la Dehesa del Saler, con los pinos filtrando la luz del sol del mediodía y el olor inconfundible a mar y a pinocha recalentada.
Salva había bajado las ventanillas de la furgoneta al máximo. Puso un casete —sí, un casete real— de Seguridad Social a un volumen que hacía vibrar los retrovisores, y cantó Chiquilla a pleno pulmón mientras yo apoyaba la cabeza en el marco de la ventanilla, sintiendo cómo el viento me alborotaba el pelo y me limpiaba el sudor frío que había acumulado durante las últimas cinco horas.
Me sentía ligero. Literalmente, como si me hubieran quitado una mochila llena de yunques de la espalda. Había vencido. Bueno, en realidad había ganado por pura potra y gracias a que mi mejor amigo tenía el tamaño y la sutileza de un gorila de discoteca, pero el resultado era el mismo. El pasado había quedado reducido a cenizas, el hipster del demonio se había llevado el susto de su vida, y yo volvía a ser simplemente Javi, el tipo normal y corriente de Madrid que trabaja en una consultora y tiene una vida aburrida pero segura.
—¡Javi, nano, que tienes una cara de felicidad que pareces un tonto con un lápiz nuevo! —gritó Salva por encima de la música, dándome un codazo amistoso que casi me disloca el hombro—. Te dije que todo esto se arreglaba con un poco de mano dura y presencia valenciana. Ese Álvaro no vuelve a comprar un puto cuaderno de anillas en su vida. Seguro que a partir de ahora escribe los guiones en servilletas del Mercadona por si acaso.
—Salva, de verdad, te debo la vida —le contesté, riéndome con ganas—. Si no llegas a aparecer por detrás y soltarle lo del cuaderno de deudas… te juro que estaba a punto de firmar los papeles de la serie. Ya me veía en la alfombra roja de los Goya, escondido debajo de una butaca para que Kike no me encontrara.
—¡Qué vas a firmar tú, alma de cántaro! Tú no firmas nada sin la presencia de tu abogado, que soy yo. Y mis honorarios, como ya te he dicho, se pagan en especie. Concretamente, en una paellera de hierro forjado llena de arroz del senyoret, con su marisquito pelado para que los señoritos de Madrid no os manchéis las manos, un alioli que pique lo justo para matar vampiros, y dos jarras de cerveza Turia que estén llorando del frío.
Llegamos a El Palmar pasadas las dos y media de la tarde. El pueblo estaba a rebosar de turistas y domingueros que habían tenido la misma brillante idea que nosotros. Esquivamos a los captadores de los restaurantes que se abalanzaban sobre los coches ofreciendo paseos en barca por el lago, y Salva aparcó la furgoneta en un descampado de tierra detrás de una acequia, con la misma pericia y desprecio por las normas de tráfico que había demostrado toda la mañana.
Caminamos hasta “Casa Carmela”, un restaurante de toda la vida que olía a leña de naranjo y a caldo de pescado desde cincuenta metros antes de llegar a la puerta. Salva conocía al dueño, un señor con bigote que nos saludó con un abrazo rompecostillas y nos llevó a una mesa en la terraza interior, bajo un cañizo que daba una sombra gloriosa.
El ritual fue rápido. No hizo falta mirar la carta. Salva pidió por los dos. A los cinco minutos, teníamos delante unas bravas crujientes, unos calamares a la romana que se deshacían en la boca y dos jarras de cerveza helada cubierta de escarcha.
Levanté mi jarra.
—Por el hermano de Kike —brindé, con una sonrisa de oreja a oreja—. El mejor personaje de ficción que he creado en mi vida. Que Dios lo tenga en su gloria imaginaria.
Salva soltó una carcajada ronca, chocó su jarra con la mía derramando un poco de espuma sobre el mantel de papel, y bebió la mitad de un trago.
—Por el Rober. Y por nosotros. Que nos quiten lo bailao, chaval.
Estábamos en mitad del festín, justo cuando el camarero plantó la paellera gigante en el centro de la mesa. El arroz tenía ese color dorado y rojizo perfecto, con las gambas peladas y los trozos de sepia asomando como pequeños tesoros. El olor era absolutamente embriagador. Agarré la cuchara de madera, preparándome para el primer bocado directo de la paellera, como manda la tradición.
Y entonces, mi móvil vibró en el bolsillo de mi pantalón.
No fue el tono de WhatsApp. Fue un zumbido diferente. Más formal. Más corporativo. Era el sonido de una notificación de LinkedIn.
Dejé la cuchara en el borde de la paellera, limpiándome las manos en la servilleta.
—Vaya —dije, sacando el móvil—. Será mi jefe, Borja, para ver si sigo vivo o si me ha matado la gastroenteritis que me he inventado. Igual me está pidiendo que revise un Excel desde la cama del hospital.
Desbloqueé la pantalla sin darle mucha importancia. Salva ya estaba sirviéndose una montaña de arroz en su lado y echándole una cucharada generosa de alioli casero.
Abrí la notificación.
No era Borja.
El corazón se me detuvo en el pecho. El bocado de calamar que aún tenía en el estómago pareció convertirse en una piedra de plomo que me arrastró hacia el fondo del mar. La cerveza helada que acababa de beber se transformó en ácido sulfúrico.
El mensaje era de Enrique Navarro. Kike. El Kike real.
Su foto de perfil de LinkedIn era aterradora. Salía con los brazos cruzados, llevando un polo negro ajustado que parecía a punto de reventar por la presión de unos bíceps del tamaño de mi cabeza. Estaba calvo, con una barba perfectamente perfilada, y tenía una mirada de pocos amigos que me teletransportó directamente al año 1999, al rincón más oscuro del patio del Colegio San Vicente. Su puesto de trabajo decía: “CEO y Head Coach en Spartan Turia CrossFit. Superando límites”.
Y el mensaje, enviado a las 14:45, decía lo siguiente:
“Hola, Javier. He visto en tu perfil que has venido a Valencia hoy. Qué casualidad. Ha llegado a mis manos una cosita muy interesante. Una página de un diario azul que me menciona. Supongo que sabes de lo que hablo. Tenemos que hablar cara a cara de lo que escribiste. Hoy. A las 18:00 en mi gimnasio en Benimaclet. No me hagas ir a buscarte. Un saludo.”
El móvil se me resbaló de las manos y cayó sobre la mesa con un golpe seco, aterrizando a dos centímetros de una cáscara de mejillón.
Salva, que estaba a punto de meterse una cucharada gigante de arroz en la boca, se detuvo a mitad de camino al ver mi cara.
—Javi… ¿qué pasa? —preguntó, frunciendo el ceño—. Te acabas de quedar blanco nivel Casper otra vez. ¿Te ha despedido el pijo del chaleco fucsia? Si es así, que le den por saco, te vienes al taller a lijar aletas, que se cobra mejor y no hay que llevar corbata.
Yo no podía hablar. La garganta se me había cerrado por completo. Señalé el teléfono con un dedo tembloroso, incapaz de articular palabra.
Salva dejó la cuchara, cogió el móvil con cuidado, entrecerró los ojos para enfocar la pantalla y leyó el mensaje en voz alta.
Cuando terminó, se hizo un silencio absoluto en nuestra mesa, solo interrumpido por el murmullo de las otras mesas y el sonido de los platos chocando en la cocina. Salva miró la foto de perfil de Kike. Luego me miró a mí. Luego volvió a mirar la foto.
—La mare que va… —susurró Salva, y por primera vez en todo el día, vi un destello de preocupación genuina en sus ojos—. Este tío no es humano, Javi. Este tío es un armario de tres puertas de roble macizo. Mira esos brazos. Podría partirte por la mitad como si fueras un farton seco.
—¡Me va a matar! —chillé en un susurro histérico, agarrándome la cabeza y tirándome del pelo—. ¡Salva, me va a matar de verdad! ¡Pero cómo cojones se ha enterado! ¡Si acabamos de quemar el diario!
Salva se pasó la mano por la barbilla manchada de alioli, con la mirada perdida en un punto infinito de la paellera, procesando la información a la velocidad que le permitía su cerebro de mecánico.
—El puto hipster… —murmuró de repente, apretando los dientes—. El Álvaro de los cojones.
—¿Qué? ¿Qué dices?
—¡Piénsalo, Javi! El tío nos dijo en la horchatería que había estado investigando a Kike. Que sabía que tenía un gimnasio en Benimaclet. Y nos amenazó con mandarle las fotos si no firmabas el contrato.
—Pero no firmé. Y le quitamos el cuaderno.
—Sí, pero seguro que el muy cabrón, para preparar el terreno y tener munición, ya le había mandado un mensajito a Kike por la mañana. Una fotito de prueba por Instagram o por LinkedIn. Un “oye, mira lo que he encontrado sobre ti, ¿te interesa ceder tu imagen para una serie?”. ¡Y Kike habrá visto la página donde dices que querías envenenarlo y se le habrán cruzado los cables!
La teoría de Salva era dolorosamente lógica. Álvaro, en su afán de crearse un dossier de producción para su estúpida serie, había encendido la mecha de la bomba antes incluso de reunirse conmigo. Y ahora la bomba estaba a punto de explotarme en la cara. Y no era una bomba metafórica. Era una bomba de cien kilos de puro músculo y rencor acumulado, vestida con mallas de CrossFit.
—Me voy a Madrid —dije, levantándome de golpe, tirando la servilleta sobre la silla—. Me voy ahora mismo. Me pido un Uber. Directo a Joaquín Sorolla. Me cojo el primer AVE. Y si no hay AVE, me cojo un autobús, un Blablacar, o me voy andando por la autovía A-3. Me da igual. Pero yo a las seis de la tarde estoy escondido debajo de mi cama en Chamberí.
Salva me agarró de la muñeca con una fuerza que me hizo volver a sentarme de golpe.
—Tú no te vas a ninguna parte, madrileño de pacotilla —me dijo, mirándome muy seriamente—. Escúchame bien. Kike sabe que estás en Valencia. Te ha localizado por LinkedIn, que manda huevos que un matón de patio de colegio use esa mierda de red social para amenazar, pero lo ha hecho. Si te vas a Madrid ahora, le estás demostrando que sigues siendo el mismo cobarde de hace veinte años.
—¡Es que soy el mismo cobarde de hace veinte años, Salva! ¡Ese es el maldito problema! ¡No he evolucionado! ¡Sigo teniendo miedo de que me encierren en la taquilla, solo que ahora la taquilla es mi cubículo de la oficina!
—No. Hoy has plantado cara. Le has echado un farol monumental a un imbécil en una horchatería y has quemado tu pasado. No puedes huir ahora. Además… —Salva señaló la paellera con solemnidad religiosa—. Tenemos un puto arroz del senyoret de sesenta pavos delante. Aquí no se levanta nadie hasta que no hayamos rascado el socarrat. Es ley valenciana.
—¿Pero tú estás loco? ¿Cómo quieres que coma? ¡Tengo el estómago del revés! ¡A las seis de la tarde voy a ser yo el que necesite una funeraria!
Salva soltó mi muñeca, agarró su cuchara de madera y se zampó un bocado enorme de arroz, masticando con parsimonia mientras me miraba fijamente.
—Come —ordenó con la boca medio llena—. Vamos a comer. Vamos a pedirnos un par de orujos de hierbas para hacer la digestión. Y luego, vamos a coger la furgoneta y vamos a ir a ese gimnasio de Benimaclet. Juntos. Como los putos Blues Brothers, pero en versión huerta.
—Salva, si vamos, nos va a inflar a hostias a los dos. Has visto la foto. Tú eres grande, pero él está hecho de fibra de carbono. Te va a hacer una llave de judo y te va a usar de pesa rusa.
—Tranquilo. En mi furgoneta tengo un bate de béisbol, una barra de hierro de las suspensiones de un Seat León, y una llave inglesa del veinticuatro. Si se pone tonto, le aplicamos el reglamento del polígono industrial. Pero tú no vas a huir, Javi. Ya está bien de huir. Hoy cerramos este capítulo para siempre.
Miré a mi mejor amigo. Salva, con su mono de mecánico desabrochado, su camiseta manchada de grasa y la barbilla llena de alioli, me parecía la persona más valiente y leal del universo. Sabía que su plan era un suicidio táctico, pero también sabía que tenía razón. Si cogía ese tren de vuelta a Madrid, el fantasma de Kike me perseguiría hasta el día de mi muerte. Cada vez que viera a alguien calvo y cachas por la calle, me cruzaría de acera.
Respiré hondo. Mis pulmones temblaron. Cogí la cuchara de madera.
—Vale —dije, con la voz quebrada—. Vamos a ir. Pero si muero hoy, quiero que sepas que en mi testamento te dejo mi colección de cómics de Spiderman y mi suscripción a Netflix.
—Trato hecho —sonrió Salva—. Ahora come, que el marisco se enfría y eso sí que es un crimen que no perdona ni Dios.
PARTE 6: Operación Benimaclet y el sudor táctico
La comida fue una tortura. Mientras Salva devoraba su mitad de la paellera con la alegría de un condenado que acaba de recibir el indulto, yo masticaba cada grano de arroz como si fuera arena del desierto. La comida no tenía sabor. Solo podía pensar en la cuenta atrás. Faltaban tres horas. Luego dos. Luego una y media.
Terminamos con los cafés y los famosos chupitos de hierbas que Salva había prometido. El licor bajó por mi garganta como fuego líquido, dándome una falsa sensación de valentía térmica que duró exactamente lo que tardamos en salir del restaurante y volver a sentir el calor asfixiante de la tarde.
Nos subimos a la furgoneta. El viaje desde El Palmar hasta Benimaclet fue silencioso. Salva ya no cantaba. Conducía con el ceño fruncido, concentrado, mientras yo repasaba mentalmente todos los escenarios posibles de mi inminente defunción.
—A ver, Javi, escúchame —dijo Salva de repente, mientras entrábamos por la Avenida del Cid, esquivando el tráfico caótico de las cinco de la tarde—. Tenemos que tener una estrategia. No podemos entrar en el gimnasio ese a lo loco, como si fuéramos a pedir peras al olmo.
—¿Estrategia? Mi estrategia es entrar, ponerme de rodillas, pedirle perdón por tener una imaginación desbordante a los trece años, ofrecerle pagarle una cuota vitalicia en su gimnasio y rezar para que no me rompa el tabique nasal.
—No, no, no. Eso es de perdedores. Actitud. Todo es actitud. Cuando entremos, tú mantienes la cabeza alta. Tú ya no eres el gafotas enclenque. Eres un profesional de Madrid. Un consultor. Hablas con palabras raras que él no entiende, como “sinergias”, “flujo de caja” y “optimización de recursos”. Eso confunde al enemigo.
—Salva, dudo mucho que a un tipo que levanta ruedas de tractor gigantes le importe el flujo de caja. Le va a importar que escribí que su cara parecía el resultado de cruzar a un mandril con un buzón de correos.
—Hostia, es verdad, pusiste eso —se rio Salva, golpeando el volante—. Eras un pequeño cabronazo con talento, las cosas como son. Pero bueno, al grano. Yo me mantendré un paso por detrás de ti. En posición de escolta. Si veo que el tío tensa los músculos, aprieta los puños o hace ademán de lanzarse, yo entro en acción.
—¿Con qué? ¿Con la llave inglesa del veinticuatro? Por favor, Salva, no traigas armas. Si sacas un hierro, nos meterán en la cárcel. A mí por difamación y a ti por intento de homicidio con herramientas de automoción.
—Vale, sin armas. Pero me pongo en modo guardia de seguridad de discoteca. Brazos cruzados. Pecho palomo. Mirada de loco. A mí en el barrio de Torrefiel no me tose nadie.
Eran las 17:45 cuando encontramos aparcamiento (sorprendentemente legal) a un par de calles del local de Kike. Benimaclet, que siempre ha sido un barrio de estudiantes, bohemios y abuelos, contrastaba brutalmente con el cartel luminoso de neón rojo que anunciaba el “SPARTAN TURIA CROSSFIT”.
El local era una antigua nave industrial reconvertida. Las puertas dobles estaban abiertas de par en par. Desde la acera de enfrente, podíamos escuchar el retumbar de una música electrónica machacona que hacía vibrar los cristales de los coches aparcados. El sonido iba acompañado de golpes secos contra el suelo de goma y gritos guturales que sonaban como si estuvieran torturando a osos pardos en el interior.
Nos quedamos en la acera, mirando la entrada. Yo sudaba tanto que la camisa se me pegaba al cuerpo como una segunda piel desagradable.
—Bueno —dijo Salva, frotándose las manos—. Es la hora. ¿Estás listo, Rocky?
—No. Pero vamos a acabar con esto.
Cruzamos la calle. Cada paso me costaba un mundo. Sentía que mis piernas pesaban toneladas. Al llegar a la puerta, el olor a sudor rancio, magnesio en polvo y testosterona me golpeó la cara como un ladrillazo.
Entramos en el recinto. Era inmenso. Había unas treinta personas distribuidas por el espacio, todas sudando a mares, colgándose de barras, levantando barras con discos gigantescos o saltando sobre cajas de madera de forma obsesiva y repetitiva. Nadie nos prestó atención. Éramos dos intrusos en un templo del culto al dolor.
Miré a mi alrededor, buscando frenéticamente a Kike, pero había tanta gente moviéndose que era imposible distinguir a nadie.
—Allí —señaló Salva con un gesto seco de la cabeza.
Al fondo del local, cerca de una pizarra gigante llena de nombres, números y acrónimos incomprensibles como WOD y AMRAP, había un pequeño cubículo de cristal que hacía las veces de oficina.
Y dentro de la oficina, sentado detrás de un escritorio, estaba él.
Enrique Navarro. Kike “El Mazo”.
Incluso sentado, se veía gigantesco. La foto de LinkedIn no le hacía justicia. Sus hombros eran tan anchos que parecía que tenía que entrar de lado por las puertas. Llevaba una camiseta de tirantes que dejaba a la vista unos brazos cubiertos de tatuajes tribales y venas que parecían cables de alta tensión. Estaba mirando un ordenador portátil, tecleando con un solo dedo, con el ceño fruncido.
—Vamos —susurró Salva, dándome un empujoncito en la espalda—. Recuerda. Sinergias. Actitud.
Caminamos por el borde del gimnasio, esquivando a un chico que arrastraba un trineo de pesas y a una chica que lanzaba un balón medicinal contra la pared con una fuerza aterradora. Llegamos a la puerta de cristal de la oficina. Estaba abierta.
Me detuve en el umbral. Sentí un nudo en el estómago del tamaño de un puño. Salva se colocó justo detrás de mí, a mi derecha, cruzando los brazos y poniendo una cara de matón de barrio que le salió tan natural que me habría dado la risa en cualquier otra situación.
Carraspeé.
—¿Enrique? —dije. Mi voz sonó patética, aguda, como si no hubiera llegado a la pubertad.
Kike dejó de teclear. Levantó lentamente la cabeza. Sus ojos oscuros, bajo unas cejas pobladas que recordaba perfectamente, se clavaron en mí. Me escrutó de arriba abajo durante unos segundos interminables. Luego, miró a Salva. Luego, volvió a mirarme a mí.
No hubo reconocimiento inmediato. Solo una mirada en blanco. Claro, yo había cambiado. Ya no tenía gafas de culo de vaso, ni el corte de pelo a tazón. Ahora llevaba ropa medianamente moderna y lentillas.
—Soy… soy Javi. Javier. Del San Vicente.
El cambio en la expresión de Kike fue instantáneo. Sus ojos se abrieron, su mandíbula se tensó y se levantó de la silla con un movimiento rápido y ágil. Era aún más alto de lo que recordaba. Al ponerse de pie, tapó casi por completo la luz que entraba por la ventana de la oficina.
—Javi —dijo, con una voz profunda, ronca, que retumbó en las paredes de cristal del cubículo—. Has venido. Pasa. Cierra la puerta.
La orden sonó a sentencia de muerte. Miré a Salva de reojo. Salva asintió, entró detrás de mí y cerró la puerta de cristal, aislando un poco el ruido ensordecedor de la música tecno y los golpes de las pesas.
Nos quedamos los tres en silencio. Kike caminó alrededor del escritorio hasta quedar frente a frente con nosotros. Nos sacaba una cabeza a mí, y a Salva lo miraba directamente a los ojos.
—Así que… tú eres el del cuaderno —dijo Kike, cruzándose de brazos, haciendo que sus bíceps parecieran a punto de estallar—. Vaya. Cuánto tiempo, eh.
—Mira, Kike… Enrique —empecé a balbucear, moviendo las manos compulsivamente frente a mi pecho en señal de rendición pacífica—. Antes de que hagas nada. Antes de que me pegues. O de que me mates y me entierres debajo de una de esas ruedas de tractor. Quiero explicártelo. Todo tiene una explicación. Yo tenía trece años. Era un crío con problemas de autoestima. Tú… bueno, tú me asustabas. Me asustabas muchísimo. Y escribir era mi única válvula de escape. Era todo mentira. Una fantasía. Jamás habría envenenado tu batido, te lo juro por mi madre. Y lo del mandril… era una metáfora literaria, nada personal, es que me gustaban mucho los documentales de La 2.
Estaba vomitando palabras sin sentido. Salva me dio una pequeña patada en el tobillo para que me callara.
Kike no movió un músculo. Seguía con los brazos cruzados, mirándome fijamente, con una expresión inescrutable.
Entonces, metió la mano en el bolsillo de su pantalón de chándal y sacó su teléfono móvil. Desbloqueó la pantalla, buscó algo y me puso el teléfono en la cara.
Era una captura de pantalla de un mensaje de Instagram. El remitente era una cuenta llamada @AlvaroGuiones. Y adjunto en el mensaje, había una foto nítida y perfectamente iluminada.
Era la página 14 de mi diario. Lo sabía porque reconocía el garabato que había hecho en el margen, un dibujo penoso de una calavera. En esa página relataba con lujo de detalles mi plan para robarle a Kike las zapatillas Nike en el vestuario, llenarlas de pegamento extrafuerte y luego ver cómo intentaba quitárselas y se arrancaba la piel de los pies. Al final de la página, había escrito: “Y ojalá se quede pegado al suelo para siempre y deje de existir, el muy desgraciado y matón”.
Debajo de la foto, el mensaje de Álvaro decía: “Hola, Enrique. Estoy trabajando en un proyecto audiovisual sobre el acoso escolar en los 90. He conseguido este material real, un diario donde un chico al que acosabas documenta su sufrimiento. Como ves, tu nombre aparece repetidas veces. Me gustaría reunirme contigo para hablar de ceder los derechos de tu imagen como ‘antagonista’. Hay dinero de por medio”.
El hijo de la gran puta del hipster. Había disparado a todos los frentes.
—Me mandó esto ayer por la noche —dijo Kike, con voz ronca y pausada—. Lo leí. Y luego leí lo que me decía este pijo del cine.
—Kike, te juro que no le he dado permiso —intervine rápidamente, casi ahogándome—. Ya he hablado con ese tipo. Ya le he quitado el cuaderno. El diario original está destruido. Reducido a cenizas. Nadie va a hacer ninguna serie. Nadie va a saber nada. Te doy mi palabra de honor de que esto acaba aquí.
Kike bajó el teléfono. Se pasó la mano por la cabeza calva, soltó un largo suspiro, y de repente, ocurrió algo que me dejó completamente paralizado.
Kike dejó caer los brazos a los lados del cuerpo, bajó la mirada al suelo, y sus hombros macizos se encogieron hacia adelante.
Y empezó a llorar.
PARTE 7: El karma, el budismo y las lágrimas de un titán
Me quedé petrificado. Salva, a mi lado, soltó un suspiro de confusión tan fuerte que pareció un bufido de caballo.
—¿Qué… qué haces? —preguntó Salva, desconcertado, bajando la guardia y descruzando los brazos.
Enrique Navarro, el terror del Colegio San Vicente, el gigante tatuado y calvo que levantaba pesas como si fueran de algodón, estaba sollozando. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas curtidas y se perdían en su barba perfilada. Se llevó las manos a la cara y se sentó de golpe en la silla de oficina, que crujió peligrosamente bajo su peso.
—Yo… yo era un monstruo —sollozó Kike, hablando a través de sus manos—. Un puto monstruo, Javi.
Yo miré a Salva. Salva me miró a mí. Los dos teníamos la misma expresión de absoluta incomprensión. Si esto era una táctica psicológica antes de pegarme una paliza, era brillante. Pero no lo parecía. Parecía genuino. Parecía que el hombre estaba colapsando emocionalmente delante de nosotros.
—Kike… eh… ¿estás bien? —pregunté, acercándome un paso, cautelosamente, como quien se acerca a un animal herido pero muy peligroso.
Kike apartó las manos de su cara. Tenía los ojos enrojecidos. Cogió un pañuelo de papel de una caja que tenía sobre la mesa y se sonó la nariz con un ruido estruendoso.
—No. No estoy bien —dijo, negando con la cabeza—. Llevo cuatro años en terapia, Javi. Cuatro malditos años yendo a un psicólogo conductual para tratar de perdonarme a mí mismo por la clase de adolescente que fui.
Se hizo el silencio en el despacho. Solo se oía el pum-pum-pum del bajo de la música de fuera y el sonido de alguien jadeando mientras hacía dominadas.
—¿Te… terapia? —pregunté, incapaz de procesar el giro de los acontecimientos.
—Sí, tío, terapia —respondió Kike, mirándome con una tristeza infinita—. Fui un abusón. Un matón de manual. Proyectaba mis propias inseguridades, la violencia que veía en mi casa con mi padre… lo proyectaba todo sobre vosotros. Sobre ti, Javi. Especialmente sobre ti, porque eras callado y porque… joder, porque eras más inteligente que yo.
Se sonó la nariz otra vez. Salva seguía con la boca medio abierta.
—Cuando recibí este mensaje anoche… y leí esa página… —continuó Kike, señalando el móvil—. Se me cayó el mundo encima. Llevo años intentando convencerme de que no fui tan malo. De que eran “cosas de niños”. Pero leerlo así… ver el dolor que te causé, las barbaridades que tenías que imaginar para poder sobrevivir al día a día… Javi, te destrocé la infancia. Fui tu pesadilla.
Kike se levantó de la silla. Di un paso atrás por instinto, chocando contra el pecho de Salva. Pero Kike no levantó los puños. Solo se acercó a mí, con los ojos llorosos, y extendió una mano enorme hacia mí.
—He intentado buscar a varios compañeros por Facebook para pedirles perdón. Pero a ti no te encontraba. Te habías ido a Madrid. Y cuando vi que habías venido… sentí que era el universo, el karma, dándome la oportunidad de cerrar el círculo. Javi… te pido perdón. Te pido perdón desde lo más profundo de mi alma. Lo siento muchísimo.
Miré su mano extendida. Luego miré su cara. No había ni rastro de burla, ni de maldad. Solo había un tipo de treinta y cuatro años, igual que yo, lidiando con los fantasmas de su pasado de la única manera que sabía.
El alivio que sentí fue tan inmenso que las rodillas me fallaron un poco. Salva me sostuvo por el hombro.
Lentamente, levanté mi propia mano y estreché la de Kike. Su agarre era firme, pero no agresivo. Estaba caliente y un poco sudoroso.
—Está… está bien, Kike. Enrique —dije, y para mi sorpresa, me di cuenta de que lo decía en serio—. Fueron otros tiempos. Éramos niños. Idiotas y crueles, pero niños. Yo… acepto tus disculpas. De verdad.
Kike soltó un suspiro de alivio que pareció desinflarlo físicamente. Una sonrisa débil asomó bajo su barba.
—Gracias, tío. No sabes el peso que me quitas de encima. Mi terapeuta va a flipar cuando se lo cuente en la sesión de mañana. Se llama Maribel, es una crack del mindfulness y la gestión de la ira. Me ha enseñado a meditar y a canalizar mi energía en el deporte. Por eso monté el box de CrossFit. Es mi templo zen.
—Ya veo, ya… un templo zen con música de Skrillex y gente vomitando en cubos de plástico en la esquina —intervino Salva por primera vez, sin poder contener su habitual sarcasmo, señalando hacia el exterior del despacho—. Muy relajante todo.
Kike miró a Salva y se echó a reír. Una risa franca y sonora que no se parecía en nada a la risa cruel que recordaba del patio del colegio.
—Y tú eres Salva, ¿verdad? —dijo Kike, señalándolo—. El de las motos y el taller de Torrefiel. A ti nunca me atreví a tocarte mucho las narices, estabas medio loco ya con catorce años.
—Y sigo estándolo, figura —contestó Salva, con una sonrisa ladeada, relajando por fin los hombros y metiendo las manos en los bolsillos—. Pero hoy venía en son de paz. Más o menos. Javi pensaba que ibas a usarle de saco de boxeo.
—¡Qué va, qué va! Ya te digo, cero violencia. Namasté total —dijo Kike, juntando las manos a la altura del pecho y haciendo una pequeña reverencia—. Oye, ¿y qué pasó con el tío ese, el del mensaje de Instagram? ¿El guionista? Le contesté esta mañana diciéndole que si intentaba hacer una serie usando mi nombre real o difamando a nadie, le iba a meter un paquete legal a través del abogado de mi gimnasio que lo iba a dejar temblando.
—Digamos que tuvimos una reunión con él —sonreí, recordando la cara de terror de Álvaro en la horchatería—. Salva fue muy… persuasivo. El cuaderno azul ya no existe. Y el guionista ha decidido cambiar de género literario. Probablemente ahora se dedique a la poesía bucólica.
Kike asintió, visiblemente aliviado.
—Me alegro. Hay historias que es mejor que se queden en el pasado.
Se hizo otro silencio, esta vez mucho menos tenso. Era un silencio casi amistoso. Una situación surrealista. Estaba en el despacho del matón de mi colegio, que ahora era un cruce entre un monje budista y un gladiador romano, y sentía que acababa de cerrar el capítulo más doloroso de mi vida.
—Bueno —dijo Kike, frotándose las manos—. ¿Y qué hacéis ahora? Yo acabo mi turno en media hora. ¿Os hace una cerveza por el barrio? Invito yo. Por los viejos tiempos… o por los nuevos, mejor dicho.
Miré a Salva. Salva se encogió de hombros, con esa actitud valenciana de no decirle nunca que no a la bebida gratis.
—¿Qué pasa, madrileño? —me preguntó Salva, dándome un codazo—. ¿Tienes que coger un AVE o nos tomamos la penúltima con el maestro del zen?
Yo también sonreí. Había pasado de estar al borde de un ataque al corazón en una oficina de Madrid a enfrentarme a mis peores miedos, quemar un diario tóxico, amenazar a un hipster, comer paella, y ahora estaba a punto de irme de cañas con mi mayor agresor infantil, que resultó ser un tío en terapia que abrazaba el mindfulness.
La vida, sin duda, era un guion mucho mejor, más raro y más divertido que cualquier cosa que el estúpido de Álvaro pudiera haber escrito jamás.
—Claro, Kike. Una cerveza suena de lujo —dije, sintiendo que por primera vez en años, los hombros me pesaban exactamente lo que tenían que pesar—. Pero eso sí, el primer brindis lo propongo yo.
Salimos del gimnasio una hora más tarde. La tarde caía sobre Valencia tiñendo el cielo de ese color naranja característico de la ciudad. El calor empezaba a dar una pequeña tregua, y la brisa del mar llegaba tímidamente hasta Benimaclet.
Nos sentamos en la terraza de un bar de toda la vida, de esos con sillas de aluminio y mesas cojas. Kike pidió tres dobles de Turia y un plato de cacaos del collaret.
Cuando el camarero trajo las cervezas con su capa de condensación perfecta por el frío, levanté mi vaso. Salva y Kike levantaron los suyos.
—¿Por qué brindamos, Javi? —preguntó Kike, con una sonrisa sincera, chocando su vaso con el mío.
—Por el cuaderno azul —dije, mirándolos a los dos—. Por las cosas que escribimos, por las que no hicimos, y por el bendito fuego que lo quema todo. Y también, qué coño… por Valencia.
—Por Valencia, sí señor —añadió Salva, dándole un trago largo a su cerveza—. Y porque nunca, jamás, haya que volver a lidiar con pijos con bufanda en el mes de mayo. Eso sí que es el verdadero mal de esta ciudad.
Bebimos. El frío de la cerveza, el sabor salado de los cacaos, y las risas de Salva y de Kike se mezclaron en la tarde. Miré mi teléfono una última vez antes de guardarlo en el bolsillo. No había notificaciones. No había amenazas. Solo silencio digital.
Sonreí. Mañana volvería a Madrid. A los Excels, a mi cubículo y al chaleco fucsia de Borja. Pero algo había cambiado. Ya no era Javi el cobarde. Era Javi, el tipo que se enfrentó a su pasado, ganó la partida, y descubrió que los monstruos de la infancia, a veces, solo necesitan un buen terapeuta y una clase de CrossFit para dejar de asustar.