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La familia de mi marido ENTREGÓ su finca en Andalucía a una DESCONOCIDA, destapando una DOBLE VIDA y los hijos que yo NO LE DI

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La familia de mi marido ENTREGÓ su finca en Andalucía a una DESCONOCIDA, destapando una DOBLE VIDA y los hijos que yo NO LE DI

PARTE 1: A cuarenta y dos grados a la sombra y con la progesterona por las nubes

Si alguien me hubiera dicho hace diez años que mi matrimonio iba a terminar en un salón forrado de papel pintado de flores, con un calor de cuarenta y dos grados a la sombra, oliendo a naftalina y a sudor de notario, probablemente me habría ahorrado los miles de euros que me dejé en la clínica de fertilidad. Pero claro, la vida tiene un sentido del humor que, sinceramente, es una auténtica putada.

Era agosto. Pleno agosto en un pueblo de la provincia de Sevilla del que prefiero no acordarme del nombre, no vaya a ser que me dé una urticaria solo de teclearlo. El abuelo de mi marido, don Arturo, había estirado la pata a la nada desdeñable edad de noventa y cuatro años. Un infarto fulminante mientras dormía la siesta, decían. Yo, que conocía al viejo, estoy convencida de que se murió de puro aburrimiento al escuchar por enésima vez a su nuera, mi queridísima suegra Asunción, quejarse del precio del aceite de oliva virgen extra.

El caso es que allí estábamos todos, reunidos en el cortijo familiar, esa casa inmensa, de techos altos y paredes encaladas que Carlos, mi todavía marido, llamaba cariñosamente “la finca”. La Finca ‘La Herradura’. Para mí, madrileña de asfalto y atascos en la M-30, aquello siempre había sido un secarral infestado de moscas donde te picaban mosquitos del tamaño de gorriones, pero para la familia de Carlos, los “señoritos”, aquello era el equivalente al Palacio de Buckingham, pero con tractores y olor a estiércol.

—Marta, hija, tienes mala cara —me soltó Asunción nada más cruzar el umbral del patio interior, abanicándose con un abanico de nácar que sonaba como el castañeteo de unos dientes postizos—. ¿Te ha sentado mal el gazpacho del almuerzo? Ya te dije que le echabas demasiado ajo. Los de Madrid no sabéis hacer un buen gazpacho, os pasáis de modernos.

—No, Asunción, no es el gazpacho —respondí, forzando una sonrisa que me tiraba de las comisuras de los labios—. Es que hace un calor que se caen los pájaros fritos, y, para qué engañarnos, los funerales no son precisamente mi parque de atracciones favorito.

Carlos me dio un codazo suave en las costillas. Llevaba ese traje negro de lino que se había comprado en Cortefiel para las “ocasiones serias”, y que ahora mismo, pegado a su espalda por el sudor, le hacía parecer un pingüino que se había equivocado de continente.

—Marta, por favor, un poco de respeto, que es mi abuelo —susurró Carlos, pasándose un pañuelo de tela por la frente—. Mamá está nerviosa por lo del testamento. Don Venancio está a punto de llegar.

Ah, sí. Don Venancio. El notario. El hombre más esperado del pueblo en ese momento, más incluso que el camión de los helados.

Me dejé caer en una silla de enea en el salón principal, ese que solo se abría para Navidad, Semana Santa y velatorios. Me dolía la cabeza, los ovarios y el alma. Llevaba siete años casada con Carlos. Siete años intentando darle el maldito bisnieto a don Arturo, el nieto a Asunción y el heredero a la “dinastía” de los cojones. Siete años de mi vida que se podían resumir en termómetros basales, tiras de ovulación que siempre daban negativo, ecografías transvaginales más frías que el abrazo de mi suegra, y pinchazos diarios de hormonas en la barriga que me dejaban el abdomen como el corcho de un bar de dardos.

—Carlos, sigo manchando un poco —le dije en voz muy baja, mientras el resto de la familia se arremolinaba alrededor de la mesa de caoba buscando su asiento. Habíamos hecho nuestra quinta in vitro hacía dos semanas, y el test de embarazo había vuelto a ser negativo. Un maldito blanco nuclear que me había hecho llorar en el baño del hotel en Sevilla antes de coger el coche hacia el pueblo.

—Shhh, Marta, ahora no, cariño —me cortó él, mirándome con esa mezcla de condescendencia y cansancio que llevaba meses poniéndome de los nervios—. Estamos a lo que estamos. Luego hablamos de tus cosas con el médico, ¿vale? Ahora vamos a centrarnos en la familia.

“Tus cosas”. Así llamaba a nuestra infertilidad. Como si fuera un hobby mío, como hacer macramé o coleccionar sellos. Como si su esperma vago, que el urólogo definió sutilmente como “poco combativo”, no tuviera nada que ver en el asunto. Yo me tragaba las pastillas, yo me hinchaba a retener líquidos, yo me volvía loca con los cambios de humor por la progesterona, pero eran “mis cosas”.

Suspiré, sintiendo que el aire caliente del ventilador de techo solo conseguía mover el polvo del salón de un lado a otro. Miré a mi alrededor. Allí estaba Paco, mi suegro, un hombre gris que llevaba cuarenta años asintiendo a todo lo que decía su mujer; Maribel, mi cuñada, que no paraba de mirarse el rímel corrido en el reflejo de la vitrina de las copas; y los primos, tíos y demás fauna local que esperaban su porción del pastel.

—¿Creéis que el abuelo habrá dejado estipulado lo de la cómoda isabelina del pasillo? —preguntó de pronto Maribel, rompiendo el silencio sepulcral—. Porque yo le dije a mamá que esa cómoda quedaba perfecta en mi pisito de Fuengirola.

—Maribel, por Dios, que el cuerpo del abuelo todavía está caliente —le recriminó Asunción, dándose golpes de pecho figurados—. ¡Qué falta de tacto, niña! Además, esa cómoda es para tu hermano Carlos, que es el primogénito y el varón. Las cosas de valor se quedan en la casa principal.

Yo rodé los ojos tan fuerte que casi me veo el cerebro. La “casa principal”. Nuestra casa de Madrid era un piso de ochenta metros cuadrados en el barrio de Salamanca, pero para ellos, si no había tractores en la puerta, no era una casa de verdad.

En ese momento, llamaron a la pesada puerta de madera con aldaba de bronce. Era él. Don Venancio. Un hombre bajito, rechoncho, con un maletín de cuero gastado y unas gafas de culo de vaso que le resbalaban constantemente por la nariz sudada.

—Buenas tardes tengan todos ustedes, y mi más sentido pésame a la viuda… eh… a la familia, quiero decir —carraspeó el notario, secándose la calva con un pañuelo a cuadros.

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