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Mujer rica se viste con harapos en un mercado de Bilbao buscando esposa para su hijo y la chica más hermosa llama a la POLICÍA para echarla

Mujer rica se viste con harapos en un mercado de Bilbao buscando esposa para su hijo y la chica más hermosa llama a la POLICÍA para echarla

PARTE 1: La marquesa de los bajos fondos

Si a doña Begoña Urrutia y Zubizarreta le hubieran dicho hace diez años que acabaría frotando un jersey de cachemira de mil quinientos euros contra la rueda de su Mercedes para llenarlo de grasa, habría despedido a su psiquiatra por incompetente. Pero la desesperación de una madre vasca con un hijo soltero y con el corazón demasiado blando puede llevar a extremos insospechados. Begoña, viuda del mayor naviero de Bilbao, matriarca de una fortuna que mareaba al propio banco, y residente en una de esas mansiones de Neguri que tienen más metros cuadrados de jardín que todo el casco viejo junto, tenía una misión. Y cuando una mujer de Bilbao tiene una misión, que se quite la OTAN.

—Señora, por el amor de Dios, que me va a dar un parraque —se lamentaba Concha, la ama de llaves que llevaba en la familia desde que Franco era corneta. Concha observaba horrorizada cómo su jefa, una mujer que habitualmente olía a Chanel Nº5 y a dinero antiguo, se embadurnaba la cara con un corcho quemado.

—Calla, Concha, y pásame esa chaqueta de pana. La que usaba el difunto don Javier para ir a cazar setas en el ochenta y dos. La que está apolillada.

—Señora, esa chaqueta huele a naftalina y a perro mojado. ¿No podemos buscarle una novia al señorito Gorka de otra manera? ¿Qué hay de las hijas de los de Ibarra? Son chicas estupendas, juegan al pádel, van a misa…

Begoña soltó el corcho quemado y se miró en el espejo veneciano de su vestidor. El contraste era grotesco. Llevaba unos pantalones de chándal gris con rodilleras dadas de sí, unas zapatillas que había rescatado del contenedor de la obra de la calle de al lado, y una blusa que parecía haber sobrevivido a tres guerras carlistas.

—Las hijas de los de Ibarra son unas víboras de cuidado, Concha —sentenció Begoña, ajustándose un gorro de lana calado hasta las cejas—. A la mayor la pillé mirando los cuadros de Goya del salón y calculando a cuánto salía la pincelada en Sotheby’s. Gorka es un pan bendito. Es ingeniero naval, sí, tiene dos másteres, también, pero en cosas del querer es más simple que el mecanismo de un chupete. Se me enamora de cualquiera que le ponga ojitos y le diga que qué bien le sienta el polo de Ralph Lauren.

Y era verdad. Gorka, a sus treinta y dos años, era un sol de muchacho. Alto, de espaldas anchas, con esa nobleza en la mirada típica de quien nunca ha tenido que pelear por llegar a fin de mes, pero con una alarmante falta de radar para las cazafortunas. Ya había tenido tres novias en los últimos cuatro años. La primera lo dejó cuando descubrió que la cuenta de Suiza estaba a nombre de la madre; la segunda le intentó convencer de invertir dos millones de euros en una “startup de yoga para perros” en Marbella; y la tercera, bueno, la tercera directamente se fugó con el instructor de esquí de Baqueira llevándose el reloj de pedida.

Begoña no iba a permitir un cuarto fracaso. Quería una mujer de verdad para su hijo. Alguien que no viera el apellido Urrutia como un cajero automático sin PIN. Una mujer con empatía, con alma, con lo que en Bilbao se llama “fundamento”. Y había decidido que la única manera de encontrar oro puro era buscando en el barro. O, en su defecto, disfrazándose de barro ella misma.

—El plan es perfecto, Concha. El cuento de la Cenicienta pero al revés. Voy a ir al Mercado de la Ribera. Allí va todo el mundo. Las de Indautxu a por el pescado fresco y las de los barrios obreros a por la oferta de la carne. Me sentaré allí, como una pobre mendiga, y observaré. Le pediré ayuda a las chicas jóvenes. La que me trate con dignidad, la que me mire a los ojos y no como si fuera un saco de pulgas, esa… esa será la elegida para mi Gorka. Luego ya me encargaré yo de presentarlos “por casualidad”.

Concha se persignó.

—Usted está loca, doña Begoña. Loca de atar. Si la ve alguien de la junta del club marítimo, la expulsan.

—Si me ve alguien del club marítimo con estas pintas y me reconoce, es que estoy haciendo mal mi trabajo —replicó Begoña, dándose un último toque de ceniza en la mejilla—. Llama a Iñaki. Que traiga el coche. Pero no el Bentley. Que saque la furgoneta de reparto del servicio, esa blanca que tiene un bollo en la puerta. Y que me deje a dos manzanas del mercado. No vaya a ser que me bajen del asiento de cuero con chófer uniformado y se me joda el teatro.

El viaje en la furgoneta fue un poema. Iñaki, el chófer, miraba por el retrovisor de reojo, sudando frío y rezando para que no los parara un control de la Ertzaintza. Su jefa iba en la parte de atrás, sentada sobre una caja de patatas vacía para “meterse en el papel”, murmurando frases de pedigüeña para ensayar el acento.

—”Una limosnita por la Virgen de Begoña, hermosa… que Dios te lo pague con un buen marido… un eurito para un café caliente…” ¿Qué tal suena, Iñaki? ¿Suena a que llevo tres días sin comer?

—Suena a que necesita usted un Lorazepam, señora —murmuró el chófer, que gozaba de la confianza que dan treinta años de servicio.

Aparcaron cerca de San Antón. La mañana en Bilbao había amanecido plomiza, con ese sirimiri tradicional que te cala los huesos sin que te des cuenta. Era el día perfecto para dar pena. Begoña se bajó de la furgoneta, sintiendo el frío asfalto húmedo a través de la fina suela de sus zapatillas rescatadas de la basura. El puente de San Antón se erguía ante ella, y a su derecha, el majestuoso edificio del Mercado de la Ribera, un mastodonte de cristal y hormigón junto a la ría, latiendo con el ruido de cientos de voces, olores a salitre, bacalao, pimientos choriceros y café recién hecho.

Begoña arrastró los pies deliberadamente. Ensayó una ligera cojera en la pierna izquierda, encorvó la espalda imitando a su tía abuela Remedios cuando le daba la lumbalgia, y cruzó la calle. La transformación era total. Ya no era la mujer que decidía los destinos de quinientos trabajadores de los astilleros. Era una sombra gris en los márgenes de la sociedad. Una vieja invisible.

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