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Él rezó ante la Virgen por su nieta perdida… y al día siguiente, todo el pueblo salió a buscarla.

 

 Ayudaba a las señoras mayores a cargar canastas, recogía flores silvestres para el altar de la capilla y compartía su lonche con otros niños que no llevaban nada. Nunca pedía juguetes ni dulces, solo rezaba por su abuelo y por los perritos callejeros. Pero una mañana todo cambió. Era lunes. Matías se despertó con la misma rutina.

puso a calentar agua en la olla, cortó un trozo de pan y lo dejó en la mesa junto con la lonchera de lucerito. El sol apenas se asomaba por el horizonte y la neblina cubría los cerros como un manto de algodón sucio. Esperó unos minutos más, luego llamó en voz alta. Lucerito, ya está el panija. Silencio.

 Subió los tres escalones de adobe hacia el cuarto de la niña. La cama estaba hecha, su vestido colgado, los zapatitos alineados bajo la silla, la lonchera intacta y la casa tan quieta que el corazón de Matías dio un vuelco. Buscó en el patio nada. caminó hasta el molino donde a veces ella ayudaba a doña Meli. No estaba.

 Preguntó al vecino, al panadero, al maestro. Nadie la había visto desde la tarde anterior. Fue entonces cuando el viejo Matías sintió que el aire se volvía pesado, como si cada bocanada fuera una piedra que le aplastaba el pecho. Con pasos lentos fue a la iglesia. Allí, como llevado por un presentimiento antiguo, cruzó la puerta sin decir palabra.

El templo estaba vacío, salvo por una vela encendida frente a la Virgen de Guadalupe. Y al pie del altar, sobre una tela blanca, había un moño rosa, el mismo que Lucerito usaba cada domingo, el que su madre le había bordado con pequeñas flores. Matías cayó de rodillas, no lloró, no gritó, solo susurró como quien entrega lo último que tiene.

 Madre santísima, no me dejes solo otra vez. No sabía cuánto tiempo estuvo ahí con el rosario entre las manos temblorosas cuando el sacristán entró y lo vio. El hombre conmovido lo ayudó a levantarse y le ofreció agua. Matías solo dijo una frase. Ella está aquí, lo siento. Esa misma tarde corrió la voz. Dio la voz por todo San Jacinto.

Lucerito ha desaparecido, decían unos. La Virgen la llamó, murmuraban otros. Pero nadie tenía una explicación. No había señales, ni huellas, ni testigos, solo un silencio espeso, como si el pueblo entero contuviera la respiración. Esa noche Matías volvió a la iglesia. Se sentó en la primera banca frente a la imagen de la Virgen.

 Le habló como a una madre, como a la única que podía entender su dolor. Tú sabes, reina del cielo, que mi nieta no haría daño a nadie, que solo tenía amor en el corazón. devuélvemela, aunque sea solo para despedirme. Y luego encendió una vela más y la colocó junto al moño. Así pasó la madrugada entre rezos, suspiros y recuerdos.

 Afuera el viento seguía soplando, pero ahora era más suave, como si algo invisible acariciara el alma del pueblo. A la mañana siguiente, al primer canto del gallo, Matías seguía allí. Y entonces ocurrió algo. Uno a uno los vecinos comenzaron a llegar a la iglesia. Algunos traían flores, otros velas. Nadie había dicho nada. Nadie había organizado nada, pero todos sentían lo mismo que era hora de buscar, que no podían dejar a un abuelo solo con su fe, que Lucerito, donde quiera que estuviera, los necesitaba.

 Cuando el reloj del campanario marcó las 8 más de medio pueblo, ya estaba reunido frente al templo. Doña Melió café en un termo. Don Pascual sacó sus binoculares viejos. Las señoras tejieron rebos con mensajes de esperanza. Los niños con dibujos de lucerito los pegaron en las paredes y Matías, con los ojos enrojecidos pero firmes, se puso de pie. Vamos a encontrarla.

La Virgen no nos ha dejado solos. Y así comenzó la búsqueda no solo de una niña, sino de algo más profundo, de la esperanza perdida, de la fe adormecida en los corazones de los hombres, del milagro que a veces se esconde en los caminos de tierra y en los rezos silenciosos de un abuelo. El grupo se dividió en tres.

 Unos tomaron el sendero que subía al cerro de la cruz. Otros siguieron el cauce seco del arroyo que cruzaba el pueblo. Y algunos más recorrieron casa por casa, preguntando con respeto como si el solo hecho de pronunciar su nombre pudiera hacerla aparecer. Nadie hablaba en voz alta. Era como si todos entendieran que el silencio en ese momento pesaba más que el ruido.

 Don Matías caminaba con un bastón de madera que él mismo había tallado años atrás. No lo necesitaba siempre, pero esa mañana lo llevaba como si le diera fuerza. Lo acompañaban tres niños compañeros de clase de lucerito que no querían quedarse en casa. Decían que ella nunca se burlaba que les daba dulces cuando tenía y que una vez les contó que si uno le pedía con amor a la Virgen, todo era posible.

 “¿Y si se escondió para hacer una sorpresa?”, preguntó uno de ellos con inocencia. Matías sonrió con tristeza. La ilusión de los niños es como la fe no entiende de imposibles. Buscaron entre nopaleras, revisaron cuevitas donde los pastores a veces dejaban a las cabras. Una anciana aseguró haber visto una luz azul cerca del jacal abandonado.

Otro dijo que soñó con Lucerito sonriendo junto a la iglesia, pero nada concreto, solo intuiciones, visiones o deseos que querían convertirse en pistas. Cuando el sol estuvo alto, el calor cayó sobre el pueblo como un manto espeso. El polvo se levantaba con cada paso. Algunas mujeres regresaron a sus casas para preparar tortillas y agua fresca para los que seguían buscando.

Nadie lo dijo, pero todos sabían que aquella niña no era solo de Matías, era del pueblo. Porque con su risa, con sus flores, con su forma de mirar, había tocado algo en cada corazón. En la tarde las campanas sonaron una vez sin que nadie las tocara. Nadie supo quién las hizo repicar. Algunos dijeron que fue el viento, otros que fue señal.

Lo cierto es que tras ese sonido algo cambió, como si el aire mismo se hubiera llenado de una presencia invisible. No era miedo, era otra cosa, algo suave pero intenso, algo que apretaba el pecho y humedecía los ojos. Esa noche la iglesia quedó abierta. Velas encendidas cubrían los bordes del altar. En el centro la imagen de la Virgen parecía más luminosa que nunca.

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