En la alta sociedad pictoriana existían reglas para todo. Había una manera correcta de caminar, de hablar, de sonreír y hasta de servir una taza de té sin provocar un escándalo social. Teodore Ravensire, Duque de Ravencire, llevaba tantos años viviendo rodeado de normas y silencios impecables que ya ni siquiera recordaba cómo era sentirse verdaderamente feliz.
Después de una humillación amorosa que destruyó cualquier intención de volver a confiar en alguien, Teodore convirtió su enorme mansión en un lugar tan ordenado y frío como su propia vida. Los criados apenas hablaban en su presencia, las visitas eran escasas y la única persona capaz de desafiarlo sin miedo era su hermana viuda, Lady Agatha Wmore, quien insistía constantemente en que el mundo no podía terminarse únicamente porque un hombre decidiera volverse insoportable.
Sin embargo, ni siquiera ella imaginó el desastre encantador que estaba a punto de entrar en Ravenir Manner. Rosal Benet solo necesitaba un trabajo estable y un lugar donde empezar de nuevo. Después de un matrimonio frío, silencioso y lleno de decepciones, había jurado no volver a entregar su corazón a nadie.
Lo único que deseaba era una vida tranquila, lejos de hombres arrogantes y expectativas imposibles. El problema era que Rosali tenía una habilidad extraordinaria para alterar cualquier lugar al que llegaba. Hablaba demasiado, reía demasiado fuerte, tropezaba con muebles costosos y parecía incapaz de comportarse como una dama apropiada durante más de 5 minutos seguidos.
Por supuesto, aquello la convertía en exactamente el tipo de mujer que Teodore Ravenciide jamás habría permitido cerca de su hogar. Y precisamente por eso terminó cambiándolo todo. Lo que comienza como una convivencia imposible entre un duque excesivamente serio y una joven viuda incapaz de permanecer callada se transforma poco a poco en una historia llena de discusiones encantadoras, momentos divertidos y sentimientos inesperados.
Porque a veces el amor no aparece de manera elegante ni perfecta. A veces llega riéndose demasiado fuerte, llenando de flores una casa silenciosa y enseñándole a un hombre amargado que todavía es posible volver a sonreír. Y Teodore Ravencire descubrirá quizá demasiado tarde que haría cualquier cosa por verla feliz.
Capítulo 1. Una mujer completamente inadecuada. La lluvia golpeaba los enormes ventanales de Ravencire Manner con una insistencia casi irritante, mientras Teodore Ravensire permanecía de pie frente a la chimenea de la biblioteca, sosteniendo una carta entre los dedos con la misma expresión de disgusto que habría tenido un hombre obligado a beber medicina amarga.
Afuera, el cielo gris cubría las colinas como una manta pesada y silenciosa, pero dentro de la mansión el ambiente era aún más sombrío. El fuego crepitaba suavemente, el reloj marcaba cada segundo con precisión insoportable y ningún criado se atrevía siquiera a respirar demasiado fuerte cuando el duque estaba de ese humor, lo cual, para desgracia de todos, ocurría casi todos los días.
No necesito leer otra recomendación absurda, murmuró Teodore dejando la carta sobre el escritorio. ¿Qué parte de discreta y tranquila resulta tan difícil de entender? El mayordomo, el señor Pembroque, permaneció inmóvil junto a la puerta con la serenidad de un hombre que había sobrevivido demasiados años trabajando para un duque temperamental como para impresionarse por algo tan pequeño como una amenaza silenciosa.
Lady Agatha insiste en entrevistar personalmente a la candidata, su excelencia. Teodores cerró los ojos un instante. Aquello era exactamente lo que temía. Su hermana llevaba semanas empeñada en contratar una nueva dama de compañía y aunque él no comprendía la necesidad, había terminado aceptándolo únicamente porque el médico aseguraba que el aislamiento estaba empeorando la tristeza de Lady Agatha.
Desde la muerte de su esposo, dos años atrás, ella se había convertido en una sombra silenciosa de sí misma. Ya no tocaba el piano, apenas salía de sus habitaciones y rara vez sonreía. Teodore habría movido cielo y tierra para ayudarla, aunque jamás admitiría algo tan sentimental en voz alta. El problema era que las mujeres contratadas hasta ahora resultaban insoportables.
Una hablaba demasiado, otra lloraba cada vez que llovía y la última había intentado coquetear descaradamente con él durante la cena. Teodore todavía sentía escalofríos al recordar aquella experiencia. “¿Dónde está mi hermana?”, preguntó finalmente en el salón azul. Su excelencia, la señorita Benet ya ha llegado.
Teodore frunció el señó el apellido. Benet, eso suena peligroso. El señor Penroken no respondió, aunque la ligera tensión en su mandíbula sugería que quizá compartía la preocupación. Con resignación, Teodore abandonó la biblioteca y avanzó por los largos pasillos de Ravenir Manner, mientras la lluvia seguía golpeando las ventanas.
La mansión era imponente, elegante y absurdamente silenciosa, exactamente como él prefería. No soportaba el ruido innecesario, las conversaciones sin sentido ni las visitas escandalosas que parecían creer que reír demasiado fuerte era una señal de inteligencia. Sin embargo, apenas abrió la puerta del salón azul, comprendió que la paz de Ravenir Manner acababa de terminar.
La mujer arrodillada junto a la mesa había derramado una bandeja completa de té sobre la alfombra persa. “No se mueva”, exclamó ella levantando una mano hacia Lady Agatha. Si pisa aquí, probablemente empeorará todo. Aunque sinceramente no sé cómo podría empeorarse más que esto. Lady Agatha estaba sentada en el sofá con una expresión de absoluto desconcierto mientras una joven de cabello castaño oscuro intentaba secar el desastre usando inexplicablemente un pañuelo bordado que segamente valía más que todo su equipaje. Teodore
permaneció inmóvil junto a la puerta. La mujer levantó la vista y entonces ocurrió algo todavía peor. Le sonrió. No fue una sonrisa tímida ni elegante como las que las damas aristocráticas practicaban frente al espejo. Fue una sonrisa amplia, luminosa y completamente natural, como si no acabara de destruir una alfombra importada de Turquía dentro de la casa de un duque.
Go! dijo ella, poniéndose de pie demasiado rápido. Usted debe ser el duque. Teodore observó el desastre en el suelo. Esa deducción fue verdaderamente impresionante. Lady Agatha hizo un sonido sospechosamente parecido a una risa, lo cual era tan extraño que Teodore giró inmediatamente hacia ella. Hacía meses que no escuchaba a su hermana reír.
La joven pareció notar aquello también porque su expresión se suavizó un instante antes de volver a mirarlo. Rosal Benet dijo haciendo una torpe reverencia que casi termina con ella cayendo sobre la mesa. Le prometo que normalmente no ataco alfombras durante las presentaciones. Qué alivio ignoró por completo el sarcasmo. Aunque debo admitir que el viaje fue horrible y el carruaje perdió una rueda cerca del pueblo.
Después comenzó a llover, uno de mis bolsos cayó al barro y luego descubrí que tengo una increíble habilidad para derramarte en momentos críticos. Teodore parpadeó lentamente. Nunca en su vida había conocido a una mujer que hablara de esa manera. Las damas que frecuentaban Londres medían cada palabra como si estuvieran negociando tratados internacionales.
Rosal Benet, en cambio, parecía decir exactamente lo primero que aparecía en su cabeza y eso era profundamente alarmante. “Señorita Benet”, dijo él con frialdad, “Ravenire Manner es una casa tranquila. Mi hermana necesita estabilidad, discreción y serenidad.” “Perfecto, respondió ella sonriendo otra vez. Yo también necesito desesperadamente esas tres cosas.
Lady Agatha soltó una risa más clara. Esta vez Teodore la miró sorprendido. Rosali pareció darse cuenta de lo importante que era aquel pequeño sonido porque por primera vez desde que él había entrado, guardó silencio unos segundos. Después habló más suavemente. Su hermana tiene una risa muy bonita. Su excelencia.
debería escucharla más seguido. Aquellas palabras lo tomaron completamente desprevenido. Teodore sintió una incomodidad extraña en el pecho, como si alguien hubiera abierto una ventana en una habitación que llevaba demasiado tiempo cerrada y no le gustó en absoluto. Por eso tomó la decisión inmediata y lógica de despedirla antes de que destruyera algo más.
El problema fue que mientras intentaba hacerlo, Lady Agatha anunció tranquilamente que la señorita Benet ya había sido contratada. Capítulo 2. El duque más insoportable de Inglaterra. A la mañana siguiente, Ravenire Manner despertó su vida en una confusión absolutamente inusual. Una criada dejó caer una bandeja en la cocina porque alguien había empezado a cantar en el corredor principal a las 7 de la mañana.
El jardinero estuvo a punto de sufrir un infarto al descubrir a una mujer arrancando flores personalmente del invernadero. Y el señor Pembro que caminó por toda la mansión con una expresión tan tensa que los criados comenzaron a evitarlo por puro instinto de supervivencia. La responsable de todo aquello era, por supuesto, Rosal y Benet.
Teodore lo descubrió en el exacto momento en que abrió la puerta del comedor y encontró a la nueva acompañante de su hermana sentada cómodamente junto a la ventana, untando mermelada sobre una tostada como si hubiera vivido allí toda la vida. El Duque se detuvo en seco. Rosali levantó la vista y sonrió con la misma naturalidad irritante del día anterior.
Buenos días, su excelencia. Teodore observó la mesa. ¿Por qué hay flores sobre mi desayuno? Rosalie miró el pequeño arreglo de flores silvestres colocado junto a la taza de té. Porque el comedor parecía un funeral elegante. El silencio que siguió habría congelado el río Tammesis. Lady Agatha, sentada frente a la ventana bajó rápidamente la mirada para ocultar una sonrisa.
Teodore tomó asiento lentamente. En esta casa no se modifican las cosas sin permiso. Entonces alguien debió advertirme antes de dejarme sola cerca del comedor. El señor Pembroque, que acababa de entrar con más té, cerró los ojos un instante como un hombre rezando por paciencia divina.
Teodore ignoró el comentario y comenzó a servirse café, decidido a mantener la poca paz mental que aún conservaba. No lo consiguió. siempre desayuna con esa expresión. Preguntó Rosalie de repente. Él levantó la vista lentamente. ¿Qué expresión? La de hombre que acaba de descubrir que heredó una deuda enorme o que accidentalmente mordió un limón.
Lady Agatha soltó una pequeña risa. Otra vez. Teodore comenzaba a sospechar que aquello era una conspiración organizada específicamente para destruir su tranquilidad. Señorita Benette, ¿acostumbra usted a analizar los rostros ajenos durante el desayuno? Solo los interesantes. Aquella respuesta fue tan rápida y sincera que él no supo que contestar durante un segundo y eso lo irritó todavía más.
Decidido a recuperar el control de la conversación, Teodore dejó la taza sobre la mesa. Mi hermana necesita calma y estabilidad. No, esto. Rosalie inclinó ligeramente la cabeza. Esto significa flores o conversaciones. Ambas cosas. Qué vida tan triste. Lady Agatha se atragantó suavemente con el té mientras Teodore permanecía completamente inmóvil.
Rosali pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir. Bo, Dios mío. Eso sonó mucho peor en voz alta. Me alegra saber que al menos existe una diferencia entre sus pensamientos y sus palabras. Ella hizo una mueca divertida, muy pequeña. Honestamente, por primera vez en muchos años, Teodore tuvo la absurda sensación de que alguien estaba hablando con él como si fuera un hombre normal y no un duque temido por media aristocracia inglesa.
Y aunque debería haberlo considerado una falta de respeto imperdonable, no podía negar que resultaba extrañamente refrescante. Aquello era peligroso, muy peligroso. Después del desayuno, Teodore decidió refugiarse en la biblioteca para escapar de la presencia de Rosal y Benet antes de que ella transformara el resto de la mansión en un festival de flores y comentarios insoportablemente alegres.
Sin embargo, apenas llevaba 20 minutos revisando documentos cuando escuchó un estruendo terrible proveniente del pasillo. Cerró los ojos. No quería saber. Realmente no quería saber. Otro golpe resonó seguido de una exclamación femenina. Con resignación absoluta, Teodore abrió la puerta de la biblioteca y encontró a Rosali intentando sostener una enorme armadura decorativa que claramente estaba a segundos de aplastarla.
“No se preocupe”, dijo ella con esfuerzo. “creo que puedo salvarla”. La armadura cayó de espaldas con un estrépito espantoso. Rosali quedó mirándola en silencio. Luego levantó la vista hacia él. Bien, tal vez no. Teodore la observó durante varios segundos sin hablar. Ella acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
Antes de que diga algo, quiero aclarar que estaba intentando moverla porque me parecía aterradora. La armadura lleva 30 años en ese lugar. Sí, pero probablemente nadie la había provocado antes. El duque respiró profundamente. ¿Existe algo dentro de Ravenir en Maner que usted no destruya accidentalmente? Rosalie se cruzó de brazos mientras pensaba.
Su mal humor parece bastante resistente. Aquello fue tan inesperado que Teodore estuvo peligrosamente cerca de sonreír. Afortunadamente, logró evitarlo a tiempo, o al menos eso creyó. Porque Rosali lo señaló inmediatamente con expresión triunfante. Ahí estuvo. Él frunció el seño. ¿Qué estuvo? La sonrisa duró menos de un segundo, pero la vi. Está delirando.
No, definitivamente fue una sonrisa bastante pequeña y ligeramente aterradora, pero aún así una sonrisa. Teodore sintió algo completamente absurdo ocurriendo dentro de su pecho. Una sensación cálida y extraña que no experimentaba desde hacía demasiado tiempo. Y aquello era aún más alarmante que la armadura destruida.
Rosali comenzó a recoger una de las piezas metálicas del suelo mientras seguía hablando con absoluta tranquilidad. Creo que su problema, su excelencia, es que está demasiado acostumbrado a ser infeliz. Él la miró fijamente. ¿Y usted cree poder solucionarlo? Rosalie sonrió apenas. No lo sé todavía, pero haría cualquier cosa por ver feliz a la gente que quiero.
Las palabras fueron pronunciadas con una sinceridad tan simple que Teodore no encontró ninguna respuesta sarcástica capaz de protegerlo de ellas. Y por primera vez en años aquello lo dejó completamente desarmado. Capítulo 3. Una apuesta completamente absurda. Tres días después de la llegada de Rosal y Benet, Ravenire Manner había dejado de parecer una residencia ducal y comenzaba a asemejarse peligrosamente a una casa habitada por personas felices.
Teodore consideraba aquello una tragedia personal. Las flores silvestres seguían apareciendo en lugares inesperados. Los criados ya no caminaban aterrados por los pasillos y para horror absoluto del señor Pembroque, Lady Agatha había comenzado a bajar al salón principal después de la cena, en lugar de encerrarse en sus habitaciones.
Incluso el viejo perro de la mansión, un animal gruñón llamado Winston, que normalmente odiaba a todo el mundo, parecía seguir a Rosali con devoción ridícula. Teodore no entendía cómo aquella mujer había conseguido alterar el ambiente de Ravenir Manner tan rápido y tampoco entendía por qué cada vez le resultaba más difícil mantenerse molesto con ella.
La mañana del desastre definitivo comenzó con relativa tranquilidad. Teodore estaba revisando correspondencia en el salón pequeño cuando escuchó risas provenientes del jardín delantero. Frunció el seño inmediatamente. En su experiencia, las risas femeninas a esas horas casi nunca significaban nada bueno.
Se acercó a la ventana y lamentó profundamente haberlo hecho. Rosali corría por el césped perseguida por Winston mientras Lady Agatha observaba la escena sentada en una silla de hierro blanco, riéndose con una libertad que Teodore no había visto en años. El problema era que Rosali llevaba el vestido ligeramente levantado para no tropezar y estaba completamente despeinada por el viento, lo cual resultaba escandalosamente impropio y extrañamente encantador.
Teodore se apartó de la ventana de inmediato. Aquello tampoco le gustó. 5 minutos después, Rosalie entró al salón con las mejillas rosadas por el frío y el cabello castaño cayendo desordenadamente sobre sus hombros. “Su perro intentó asesinarme”, anunció apenas cruzó la puerta. Teodore levantó una ceja.
“Winston tiene excelente criterio.” Ella dejó escapar una risa. Ve, eso estuvo cerca de ser una broma. No era una broma. Claro que sí. Rosali tomó una manzana del frutero sin pedir permiso y se dejó caer en el sofá frente a él con una naturalidad que seguía desconcertándolo profundamente. Las damas de Londres pasaban años aprendiendo a sentarse correctamente, hablar correctamente y respirar correctamente.
Rosalie Benet, en cambio, parecía existir sin preocuparse en absoluto por la opinión ajena y eso la volvía peligrosamente diferente. Lady Agatha quiere ir a la feria del pueblo mañana”, dijo ella mordiendo la manzana. Teodore ni siquiera levantó la vista de sus papeles. No, ni siquiera lo pensó. Porque no necesito hacerlo.
Qué agotador debe ser vivir así. Él suspiró lentamente. Las ferias están llenas de ruido, barro, niños gritando y personas intoxicadas con cidra barata. Exactamente. Suena maravilloso. Teodore la observó fijamente. Mi hermana necesita tranquilidad. Su hermana necesita vivir otra vez. Aquellas palabras hicieron que el silencio cambiara de golpe.
Rosalie bajó un poco la voz. Perdón. Sé que intenta protegerla. Lo noto cada vez que la mira. Pero proteger a alguien no siempre significa encerrar lo lejos del mundo. Teodore sintió una punzada incómoda en el pecho. No le gustaba que la gente hablara como si pudiera entenderlo, mucho menos ella. No irán a ninguna parte, dijo finalmente.

Rosali lo miró durante unos segundos antes de cruzarse de brazos. Entonces, hagamos una apuesta. Teodore parpadeó. ¿Qué? Una apuesta. Si mañana logra pasar un día entero sin quejarse, criticar, gruñir o mirar a alguien como si quisiera despedirlo, cancelaremos la visita a la feria. Él la observó como si hubiera perdido completamente la razón.
Eso es absurdo. ¿Por qué sabe que perdería? Porque soy un duque, señorita Benet. No participo en apuestas infantiles. Rosali sonrió lentamente. Entonces tiene miedo. Teodore sintió un impulso irracional de demostrar inmediatamente que no tenía miedo de nada, lo cual era ridículo considerando que era un hombre adulto discutiendo con una mujer que probablemente había declarado la guerra a una armadura tres días antes.
No le tengo miedo a una apuesta. Perfecto. Entonces, si pierde, acompañará a Lady Agatha y a mí a la feria. Él soltó una risa incrédula. No perderé. Rosali extendió la mano hacia él. Acepta. Teodore miró aquella mano pequeña durante un instante demasiado largo. No debería hacerlo. Sabía perfectamente que aquella mujer era caos disfrazado de sonrisa bonita y que cualquier interacción con ella terminaba alterando peligrosamente su paz mental.
Sin embargo, antes de poder detenerse, estrechó su mano. Rosali sonrió triunfante y Teodore tuvo la terrible sensación de haber cometido un error enorme. La apuesta comenzó exactamente 12 minutos después, porque apenas Rosali salió del salón, el señor Pembroke apareció anunciando la llegada inesperada de Lady Margaretobel, una aristócrata londinense famosa por hablar sin respirar y por su desesperado interés en convertirse en duquesa.
Teodores cerró los ojos lentamente. No, definitivamente no tenía paciencia para aquello. Lady Margaret entró al salón envuelta en perfume excesivo y plumas ridículas. “Duque Ravencire”, exclamó acercándose demasiado. “¡Qué alegría verlo otra vez! Teodore intentó responder algo mínimamente educado. Realmente lo intentó, pero entonces Lady Margaret soltó una risita aguda y añadió, “Aunque debo decir que se ve usted tan serio como siempre, a veces creo que debería sonreír más.
Desde la puerta, Rosalia apareció silenciosamente con una bandeja de té y apenas Teodore giró hacia ella, la vio levantar un dedo lentamente. Uno. Ella estaba contando. mujer. Teodore apretó la mandíbula. Lady Margaret siguió hablando sin notar absolutamente nada. Oh, ¿quién es ella? preguntó mirando a Rosali con desprecio apenas disimulado.
Rosali sonrió encantadoramente. La mujer que probablemente evitará que el duque pierda una apuesta muy importante. Teodore sintió el inicio de un dolor de cabeza monumental. Y lo peor era que Lady Agatha, observando toda la escena desde el sofá, parecía estar disfrutando cada segundo. Capítulo 4.
El peor día de la vida del duque Ravenciide. Teodore Ravensire descubrió muy pronto que intentar pasar un día entero sin quejarse era una experiencia absolutamente insoportable para un hombre acostumbrado a criticar hasta el clima. Desde el momento en que abrió los ojos aquella mañana, todo pareció conspirar en su contra.
Primero encontró a Winston dormido en medio del pasillo principal y estuvo a punto de caer por las escaleras. Después descubrió que alguien había reemplazado las flores sobrias del comedor por girasoles enormes y escandalosamente amarillos. Y para empeorar todavía más las cosas, Rosal Benet apareció durante el desayuno usando un sombrero ridículo lleno de pequeñas flores azules que parecían multiplicarse cada vez que él lo miraba.
Buenos días, su excelencia”, dijo ella sentándose frente a él con una sonrisa sospechosamente inocente. Se lo ve muy callado. Teodore la observó fijamente. Rosali levantó lentamente una cucharita de plata y golpeó una vez la taza de té. Eso estuvo cerca de una queja. Lady Agatha soltó una risa divertida mientras Teodore tomaba café con expresión fúnebre.
Nunca en toda su vida había sido vigilado de aquella manera. Y lo peor era que Rosali parecía disfrutarlo inmensamente. “No entiendo por qué insiste tanto en esta feria absurda”, dijo finalmente el después de varios minutos de silencio. Rosalie señaló inmediatamente hacia él con entusiasmo. Queja. Eso no fue una queja.
Fue una observación razonable. Con tono gruñón. Cuenta igual. Teodore apretó la mandíbula. Lady Agatay ya ni siquiera intentaba ocultar su diversión. Horas más tarde, el duque todavía seguía resistiendo heroicamente el impulso de expulsar a medio mundo de la mansión. Incluso soportó en silencio cuando el cocinero arruinó una salsa y cuando uno de los lacayos derramó tinta sobre documentos importantes.
Comenzaba a convencerse de que quizá realmente podría ganar aquella apuesta absurda. Entonces, Rosali decidió llevar a Lady Agatha al pueblo para comprar cintas nuevas. Y contra toda lógica, Teodore terminó acompañándolas. Todavía no entendía cómo había sucedido exactamente. Tal vez fue porque Lady Agatha lo miró con una expresión tan esperanzada que resultó imposible negarse.
O quizá porque Rosalie había sonreído de esa manera insoportablemente luminosa mientras decía, “Vamos, su excelencia. Prometo que el mundo exterior no es tan aterrador como cree. El pueblo entero pareció entrar en estado de SOC. Cuando el carruaje ducal apareció frente a la plaza principal, los comerciantes se enderezaron de inmediato.
Las mujeres comenzaron a susurrar entre ellas y varios niños dejaron de correr solo para observar al famoso Duque Ravencire caminando por la calle principal junto a dos mujeres sonrientes. Rosali, por supuesto, saludaba a todo el mundo como si hubiera vivido allí desde siempre. “Buenos días, señora Miller”, dijo deteniéndose frente a una panadería.
Sus tartas huelen deliciosas. La mujer detrás del mostrador sonrió encantada. ¿Quiere probar una, señorita? No debería aceptar comida de desconocidos, murmuró Teodore automáticamente. Rosali giró hacia el triunfante. Otra queja. Eso era sentido común. No, eso era amargura elegante. Lady Agatha comenzó a reír otra vez y Teodore sintió la absurda necesidad de mirar a su hermana solo para asegurarse de que aquella felicidad era real, porque realmente estaba sonriendo.
Después de años de tristeza silenciosa, Agatha volvía a verse viva. Y la responsable de aquello era la mujer que ahora discutía con un panadero sobre la cantidad correcta de azúcar en una tarta de manzana. Teodore no sabía qué hacer con esa información. La situación empeoró todavía más cuando llegaron a la feria.
Había música, niños corriendo, perros ladrando y suficiente ruido como para hacer sufrir a cualquier hombre civilizado. Teodore apenas descendió del carruaje y ya quería regresar a la mansión. Rosali, en cambio, parecía encantada. Esto es perfecto”, dijo girando lentamente mientras observaba los puestos decorados con cintas de colores.
Parece un caos. Exactamente por eso es divertido. Antes de que él pudiera responder, un grupo de niños pasó corriendo y uno chocó accidentalmente contra Rosali. Teodore reaccionó de inmediato, sujetándola por la cintura para evitar que cayera al barro. El mundo entero pareció detenerse un segundo.
Rosali levantó la vista hacia él. Teodore sintió sus dedos aferrándose suavemente a su brazo y, por una razón completamente incomprensible, olvidó soltarse de ella. Sus ojos marrones se encontraron con los de él mientras el ruido de la feria parecía desaparecer alrededor. Rosali fue la primera en hablar. Bueno, esto habría sido mucho más romántico si no oliera tanto a caballos.
Teodore soltó una risa inesperada, una risa real, profunda, completamente involuntaria. Rosalie abrió los ojos con expresión triunfante. Ahí está, exclamó señalándolo. Lady Agatha lo escuchó. El duque sí sabe reír. Varias personas giraron inmediatamente hacia ellos. Teodore recuperó la compostura demasiado tarde.
Lady Agatha estaba riéndose tanto que tuvo que apoyarse en el carruaje. Rosali seguía mirándolo como si acabara de descubrir un milagro y Teodore comprendió algo aterrador en ese instante. No recordaba cuando había sido la última vez que se había sentido tan ligero, tan normal, tan peligrosamente feliz. Aquello debería haberlo alarmado muchísimo más de lo que lo hizo.
Capítulo 5. El hombre que empezaba a sonreír demasiado. El regreso a Ravencir Manner después de la feria fue extrañamente silencioso. Lady Agatha dormía recostada cómodamente en un extremo del carruaje, agotada después de pasar toda la tarde caminando entre puestos, riendo con Rosali y comprando cosas completamente innecesarias que Teodore estaba seguro de que jamás serían utilizadas.
Winston roncaba en el suelo como si también hubiera disfrutado el paseo y frente a Teodore, Rosali observaba distraídamente el paisaje nocturno a través de la ventana. Por primera vez desde que ella había llegado a la mansión, no estaba hablando y aquello le resultó decepcionante. Teodore apartó inmediatamente ese pensamiento de su cabeza.
Definitivamente estaba perdiendo el juicio. Las luces del pueblo quedaron atrás mientras el carruaje avanzaba entre los caminos oscuros y húmedos. Rosali seguía mirando hacia afuera con una pequeña sonrisa cansada en el rostro, como si estuviera recordando algo divertido. ¿Por qué sonríe? Preguntó Teodore antes de poder evitarlo. Ella giró lentamente hacia él.
Porque hoy fue un buen día. Aquella respuesta sencilla lo tomó desprevenido. Rosalia acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. Lady Agatha no dejaba de reír. La vio cuando intentó ganar aquella muñeca de trapo en el juego de lanzamiento. Teodore resopló apenas. Casi derriba al pobre hombre del puesto.
Sí, pero fue maravilloso. Él observó la expresión cálida de Rosali mientras hablaba de su hermana y sintió otra vez esa sensación extraña y peligrosa instalándose en su pecho. Rosalie no parecía alegrarse únicamente por sí misma. Disfrutaba genuinamente ver felices a los demás. Y Teodore comenzaba a comprender que aquella clase de bondad era mucho más rara de lo que el mundo imaginaba.
“Gracias”, dijo él de repente. Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. Rosalie abrió los ojos con sorpresa. “¿Acaba de agradecerme algo?” Teodore ya se arrepentía profundamente. No vuelva a acostumbrarse. Ella sonrió lentamente. Demasiado tarde. Aquella sonrisa volvió a provocar el mismo efecto desconcertante dentro de él.
Teodore desvió la mirada hacia la ventana porque empezaba a sospechar que observar demasiado a Rosal y Benet representaba un riesgo real para su estabilidad mental. Cuando llegaron a Ravencir Manner, Lady Agatha despertó de inmediato y anunció con entusiasmo inesperado que quería tomar chocolate caliente antes de dormir.
El simple hecho de escuchar a su hermana pedir algo con ilusión bastó para que Teodore ignorara el cansancio y ordenara que prepararan el salón pequeño. Media hora después, los tres estaban sentados junto al fuego mientras la lluvia golpeaba suavemente las ventanas. Rosali sostenía la taza entre las manos y contaba una historia absurda sobre una cabra que había perseguido a un obispo durante una fiesta de verano en el pueblo donde creció.
Lady Agatha se reía tanto que apenas podía respirar. Y Teodore, Teodore estaba sonriendo otra vez. Lo descubrió demasiado tarde. Rosali lo señaló inmediatamente. Ahí está de nuevo. Él frunció el seño automáticamente. ¿Qué cosa? La sonrisa. No estaba sonriendo. Claro que sí. Lady Agatha sintió divertida. definitivamente estaba sonriendo, Teodore.
El duque los observó a ambas como si hubieran decidido arruinarle la vida del liberadamente. Esto empieza a parecer una persecución organizada. Rosali soltó una pequeña carcajada. No, su excelencia, solo estamos celebrando un acontecimiento histórico. Teodore intentó responder algo sarcástico, pero antes de lograrlo, el señor Penroke apareció junto a la puerta con expresión solemne.
Su excelencia, acaba de llegar una carta urgente desde Londres. El ambiente cambió inmediatamente. Teodore tomó el sobre y reconoció el sello antes incluso de abrirlo. Lord Pervalose, uno de los hombres más insoportables de toda la aristocracia inglesa. Rosali observó como la expresión del duque se endurecía apenas comenzó a leer.
“Malas noticias”, preguntó ella suavemente. Teodore dejó la carta sobre la mesa. Lord Mantros llegará mañana a Ravensir Emana. Lady Agatha hizo una mueca de horror. Oh, no. Rosali miró a uno y luego al otro. ¿Quién es Lord Mantro? Teodore se dejó caer contra el respaldo del sofá como un hombre agotado antes de una batalla.
Un varón arrogante, insoportable y convencido de que el universo entero existe para admirarlo. Rosalie inclinó ligeramente la cabeza. Entonces ustedes se llevarán perfectamente bien. Lady Agatha soltó una carcajada tan fuerte que casi derramó el chocolate caliente. Incluso Teodore estuvo peligrosamente cerca de reír otra vez.
Pero el problema no era ese. El verdadero problema era que Lord Mantrous llevaba años intentando acercarse a la familia Ravenire con la esperanza de fortalecer sus vínculos con uno de los ducados más influyentes de Inglaterra. Y Teodore conocía perfectamente a hombres como él, hombres arrogantes, encantadores cuando les convenía y peligrosamente insistentes cuando descubrían a una mujer capaz de llamar la atención de toda una habitación.
Rosal Benett, con su sonrisa luminosa y su manera desastrosamente encantadora de existir, definitivamente llamaba la atención. Mucha atención. Y por alguna razón que Teodore todavía no quería analizar demasiado, la idea de Lord Mantrous acercándose a ella le resultaba profundamente desagradable y aquello no le gustó absolutamente nada. Capítulo 6.
Un hombre peligrosamente celoso. Lord Percibalman Trus llegó a Ravens en Manner exactamente a las 4 de la tarde del día siguiente, envuelto en un abrigo demasiado elegante para el campo inglés y con la expresión confiada de un hombre convencido de que el universo entero existía únicamente para admirarlo.
Teodore lo supo apenas escuchó su voz resonando en el vestíbulo principal. Ravenside, viejo amigo exclamó el varón entrando a la mansión como si fuera el dueño del lugar. Este sitio sigue siendo tan silencioso como un monasterio. Teodore descendió lentamente las escaleras con una calma engañosa. Y aún así decidiste venir.
Después del saludo inicial, Teodore informó con evidente resignación que Ravenire Manner celebraría un gran baile benéfico aquella misma semana. Lady Agatha llevaba meses organizándolo junto a varias familias importantes del condado B. Aunque Teodore habría preferido enfrentarse a una tormenta antes que recibiera medio mundo en su casa.
Ya era demasiado tarde para cancelarlo. Será una velada elegante, comentó Lady Agatha con una sonrisa tranquila. música, cena y una subasta para recaudar fondos para el orfanato del pueblo. Percibal pareció encantado. Entonces, he llegado en el momento perfecto. Rosalie levantó una ceja divertida. Le gustan los bailes benéficos. Me gustan las fiestas donde sirven buen vino y aparecen mujeres interesantes.
Teodore tomó lentamente su copa. Qué discurso tan conmovedor. Rosali soltó una pequeña risa mientras Percibal sonreía divertido. Debo admitir, Ravenire, que nunca imaginé verte organizando algo tan social. No lo estoy organizando yo. Lady Agatha sonrió inocentemente. Teo solo está financiándolo y soportándolo con sufrimiento admirable.
Percibal soltó una carcajada exagerada mientras entregaba sus guantes a un criado claramente incómodo. Lord Mantrous era atractivo, elegante y perfectamente consciente de ello. Tenía el cabello oscuro, cuidadosamente peinado, una sonrisa demasiado segura y el desagradable talento de hacer que las personas confiaran en él apenas lo conocían.
Teodore llevaba años sospechando que aquel hombre sobrevivía únicamente gracias a su encantó y a la incapacidad del resto del mundo para estrangularlo. Lady Agatha saludó Percibal inclinándose sobre la mano de ella apenas entraron al salón. Cada día luce más hermosa. Agatha sonrió con cortesía. Y usted sigue exagerando exactamente igual, Lord Mantros.
Rosali, sentada junto a la ventana con un libro entre las manos, levantó la vista apenas escuchó el nombre. Percibal giró inmediatamente hacia ella y Teodore lo vio. Esa mirada masculina de interés instantáneo que aparecía cuando un hombre encontraba inesperadamente a una mujer bonita. El duque sintió la mandíbula tensarse de inmediato.
“No creo que hayamos sido presentados”, dijo Percibal acercándose a Rosalie con naturalidad impecable. Ella dejó el libro sobre la mesa y se puso de pie. Rosal y Benet. Percibal sonrió apenas. Percibal Mantros. Y debo decir que Ravenire Manner se ve considerablemente más alegre desde que llegué. Rosalie soltó una pequeña risa.
Eso probablemente significa que usted nunca conoció esta casa antes. Teodore cruzó los brazos. Rosali. Ella giró hacia él. Sí, su excelencia. No animes al invitado. Percibal dejó escapar una carcajada divertida. Dios mío, ahora entiendo por qué la señorita Benet parece tan valiente. Sobrevivir a tu mal humor diariamente debe fortalecer el carácter.
Rosali mordió su labio inferior para ocultar una sonrisa y Teodore descubrió algo terrible. No le gustaba verla sonreírle a otro hombre. Aquella revelación cayó sobre él con la sutileza de un carruaje desbocado. Durante el resto de la tarde intentó ignorarlo. Realmente lo intentó, pero cada vez que Percibal hablaba con Rosalie, cada vez que ella reía o inclinaba ligeramente la cabeza para escucharlo, Teodore sentía una irritación absurda creciendo dentro de él.
Y lo peor era que no tenía ningún derecho a sentirse así. Rosali no era su esposa, ni su prometida, ni siquiera le agradaba la mitad del tiempo. Entonces, ¿por qué demonios quería arrojar a Percibal por una ventana cada vez que el varón sonreía demasiado cerca de ella? La respuesta apareció unas horas más tarde durante la cena. Rosali estaba contando una historia sobre su infancia mientras Lady Agatha reía abiertamente y hasta el señor Pembro que parecía luchar por mantener la compostura detrás de la silla del duque. Y entonces mi tía decidió
esconder el pastel para evitar que yo lo arruinara otra vez, explicó Rosalie divertida, pero olvidó que yo sabía perfectamente dónde guardaba las llaves de la despensa. Percibal sonrió fascinado. Señorita Benet, usted debió haber sido un verdadero desastre de niña. Oh, fui muchísimo peor de adulta.
Teodore tomó vino con demasiada fuerza. Percibal seguía observándola con evidente interés y Rosali parecía completamente cómoda con aquella atención. El duque comenzó a sentirse ridículo porque Teodore Ravencire jamás había sido un hombre celoso. Había visto a mujeres coquetear frente a él durante años sin sentir absolutamente nada.
Sin embargo, bastaban unas pocas sonrisas dirigidas a Rosal y Benet para convertirlo en una versión profundamente desagradable de sí mismo. ¿Le gustaría acompañarme mañana al lago? preguntó Percibal de pronto. Me dijeron que el paisaje cerca de Ravenir Manner es impresionante. Rosali abrió la boca para responder, pero Teodore habló primero. No.
El silencio cayó sobre la mesa inmediatamente. Percibal levantó una ceja divertida. Curioso. No recordaba haberte pedido permiso. Teodores sostuvo su mirada con absoluta calma. Rosali no irá sola contigo. Rosali parpadeó sorprendida. Perdón. El duque giró lentamente hacia ella, completamente consciente de que acababa de hablar como un esposo posesivo salido de una novela escandalosa.
Demasiado tarde para retroceder. Lord Mantrous no conoce bien los caminos de la propiedad, dijo con rigidez impecable. Podría perderse. Percibal soltó una carcajada. Ravenire, creo que sobrevivo desde hace años sin necesitar supervisión. Rosalie observó al duque durante unos segundos y entonces ocurrió algo todavía peor. Sonrió lentamente.
Una sonrisa pequeña, peligrosa y demasiado inteligente, como si acabara de descubrir algo. Bueno, dijo ella apoyando el codo sobre la mesa. Supongo que entonces su excelencia tendrá que acompañarnos también. Lady Agatha bajó la mirada hacia su plato para ocultar la risa. Percibal parecía divertidísimo y Teodore comprendió con absoluta desesperación que acababa de caer directamente en una trampa creada por una mujer que llevaba menos de dos semanas viviendo en su casa.
El problema era que Rosali seguía mirándolo con aquella sonrisa suave y luminosa. Y por primera vez en muchos años, Teodore Ravencire empezaba a sospechar que perder el control quizá no era tan terrible cuando ella estaba cerca. Capítulo 7. La mujer que lo volvía completamente irracional. A la mañana siguiente, Teodore Ravencire despertó con la desagradable sensación de haber tomado varias malas decisiones durante la cena de la noche anterior.
La peor de todas había sido aceptar acompañar a Rosali y a Percibal al lago, porque ahora debía soportar una excursión absurda únicamente para impedir que Lordman Trou coqueteara descaradamente con una mujer que técnicamente no tenía nada que ver con él. Aquello era ridículo, completamente ridículo.
Y aún así, menos de una hora después, Teodore ya estaba de pie frente al carruaje mientras Rosalia acomodaba una cesta de comida en el asiento trasero con entusiasmo sospechoso. “¿Por qué parece tan feliz?”, preguntó él observándola. Rosalie levantó la vista. Porque esto será divertidísimo. Eso no me tranquiliza en absoluto.
Ella sonrió. Ya lo sé. Percibal apareció segundos después usando ropa demasiado elegante para caminar cerca de un lago y saludando como si estuviera a punto de asistir a un baile real en lugar de una excursión campestre. “Espero que ninguno de ustedes planejarme al agua”, comentó alegremente mientras subía al carruaje.
Rosalie pareció pensarlo seriamente. No lo había considerado hasta ahora. Lady Agatha, que había insistido en quedarse descansando en la mansión, prácticamente los había expulsado aquella mañana con una sonrisa demasiado inocente para ser casualidad. Teodore sospechaba que su hermana estaba disfrutando muchísimo más de toda aquella situación de lo que debería.
El viaje hasta el lago transcurrió entre conversaciones ligeras y comentarios absurdos de Rosali que conseguían hacer reír incluso a Percibal. Teodore intentó mantenerse distante, pero cada vez le resultaba más difícil cuando ella lo incluía constantemente en la conversación, como si se negara a permitir que se refugiara en su habitual silencio.
Y el verdadero problema era que empezaba a gustarle. El lago Ravencire apareció finalmente entre los árboles, brillante bajo la luz suave de la mañana. Era uno de los lugares más tranquilos de la propiedad, rodeado de colinas verdes y flores silvestres moviéndose con el viento. Rosali descendió del carruaje y quedó observando el paisaje con expresión maravillada.
Esto es precioso. Teodore sintió una extraña satisfacción al escucharla. Mi madre adoraba este lugar, dijo antes de pensar demasiado en ello. Rosalie giró hacia él suavemente sorprendida. Era la primera vez que mencionaba a su familia frente a ella. Percibal, afortunadamente parecía demasiado ocupado intentando evitar ensuciar sus botas para notar el cambio en el ambiente.
Durante un rato caminaron junto al lago mientras Rosali hablaba de todo y de nada al mismo tiempo. Teodore descubrió que escucharla se había vuelto peligrosamente fácil. Incluso comenzó a notar pequeños detalles absurdos. Como movía las manos al contar historias, como arrugaba ligeramente la nariz cuando estaba pensando, o cómo sonreía antes de reírse realmente.
Y cuanto más la observaba, peor se volvía todo, porque empezaba a mirarla demasiado. En un momento, Percibal se adelantó para inspeccionar un pequeño embarcadero de madera mientras Rosali se detenía junto al agua. “¿Qué ocurre?”, preguntó Teodore acercándose. Ella observaba la superficie tranquila del lago.
Nada, solo estaba pensando que hace mucho tiempo no me sentía tan tranquila. Aquella confesión fue tan inesperadamente sincera que él tardó unos segundos en responder. No parece una mujer que se preocupe demasiado. Rosalie soltó una pequeña risa. Eso es porque hablo demasiado. Ayuda a que la gente no note otras cosas.
El viento movió suavemente algunos mechones de cabello sobre su rostro. Teodore sintió el impulso absurdo de apartarlos él mismo y aquello ya era directamente peligroso. Rosali, comenzó él sin saber exactamente qué iba a decir, pero antes de continuar Percibal apareció nuevamente. “Buenas noticias”, anunció el varón. Descubrí que ese embarcadero parece bastante seguro. Rosali sonrió.
Parece. Bueno, probablemente no se romperá. Teodore inmediatamente desconfió con justa razón, porque menos de 5 minutos después, Rosali estaba riéndose sobre el embarcadero mientras Percibal intentaba demostrar que podía mantener el equilibrio sobre una de las esquinas de madera húmeda. “Lord Mantros”, dijo Teodore con voz seca, “si cae al lago, no pienso rescatarlo.
Tu fe en mí es conmovedora.” La tabla crujió peligrosamente. Rosalie abrió los ojos. Creo que eso sonó mal. Un segundo después, Percibal desapareció dentro del agua con un estruendo monumental. El silencio duró apenas dos segundos porque Rosali comenzó a reírse y no una risa pequeña o elegante. Se dobló ligeramente sobre sí misma mientras intentaba respirar entre carcajadas absolutamente imposibles de contener.
Percibal emergió del lago empapado y horrorizado. El agua está congelada. Eso solo empeoró las cosas. Rosali seguía riéndose tanto que terminó apoyándose involuntariamente contra Teodore para no perder el equilibrio. Y Teodore. Teodore dejó de respirar un instante porque ella seguía sujetándose de su brazo mientras intentaba contener las lágrimas de risa y su rostro estaba peligrosamente cerca del suyo.
El mundo pareció reducirse a ese momento, al sonido de su risa, al calor de su mano sobre él, a la manera en que sus ojos marrones brillaban bajo la luz de la mañana. Rosali levantó lentamente la vista y por primera vez desde que se conocieron, ninguno de los dos dijo absolutamente nada porque Teodore estaba demasiado ocupado descubriendo algo aterrador.
Ya no solo quería verla feliz, ahora también quería ser el hombre capaz de hacerla reír de esa manera para el resto de su vida. Capítulo 8o. Haría cualquier cosa por verla feliz. Después del incidente en el lago, algo cambió silenciosamente entre Teodore y Rosali. No fue inmediato ni escaloso. Ninguno de los dos habló de ello directamente.
Sin embargo, las miradas comenzaron a durar demasiado. Las conversaciones se volvieron más suaves y Teodore descubrió que cada parte de su día parecía organizarse inconscientemente alrededor de la presencia de ella. La buscaba apenas entraba a una habitación. Esperaba escuchar su voz en los pasillos y cuando Rosali no aparecía durante demasiado tiempo, la mansión entera volvía a sentirse extrañamente vacía.
Aquello era profundamente inconveniente para un hombre que había pasado años convencido de que no necesitaba a nadie. La noche del gran baile benéfico organizado en Ravenire Manner terminó de destruir cualquier intento de Teodore por seguir negándolo. La mansión estaba llena de música, aristócratas y conversaciones interminables que él normalmente habría evitado con placer absoluto.
Sin embargo, aquella noche apenas prestaba atención a nada que no fuera Rosali, y eso representaba un problema enorme, porque ella estaba hermosa, dolorosamente hermosa. El vestido azul oscuro resaltaba el brillo cálido de sus ojos marrones y el cabello castaño caía suavemente sobre sus hombros mientras se movía entre los invitados con una sonrisa tranquila.
Teodore había visto mujeres elegantes toda su vida, pero ninguna conseguía provocar en él lo que Rosali despertaba simplemente entrando en una habitación. Percibal, por supuesto, también lo notó. Teodore observó desde el otro extremo del salón como el varón se acercaba a Rosali con una copa de vino y una sonrisa encantadora perfectamente ensayada.
El duque apretó la mandíbula inmediatamente. Lady Agatha, que estaba junto a él, suspiró con dramatismo exagerado. Si sigues mirando así a Lord Mantros, terminará cayendo muerto antes del postre. Teodore ni siquiera giró hacia ella. No sé de qué hablas. Claro que sí. Agatha sonrió divertida antes de bajar un poco la voz.
Teo, hace años que no te veía mirar a alguien de esa manera. Aquellas palabras lo golpearon más fuerte de lo esperado, porque tenía razón y Teodore ya estaba demasiado cansado para seguir mintiéndose. Rosali importaba muchísimo más de lo que debería. La vio reírse de algo que Percibal dijo y sintió otra punzada absurda de celos.
Pero entonces ocurrió algo inesperado. Rosali levantó la vista y buscó a Teodore entre toda la multitud. Sus ojos se encontraron al otro lado del salón y apenas lo vio, la sonrisa de ella cambió. Se volvió más suave, más cálida, más real, como si aquella fuera la única sonrisa que realmente importaba. Teodore sintió el corazón latiendo con fuerza absurda dentro del pecho y comprendió que ya era demasiado tarde para salvarse.
Minutos después, Rosali salió discretamente hacia la terraza para tomar aire fresco. Teodore la siguió casi sin pensar. La noche estaba tranquila, iluminada por la luna y el resplandor cálido que escapaba desde el salón de baile. Rosalia apoyó las manos sobre la varanda de piedra mientras el viento movía suavemente algunos mechones de cabello alrededor de su rostro.
“Escapando de la multitud, ¿sencia?”, preguntó ella sin girarse todavía. “Tal vez.” Rosalie sonrió apenas. Yo también. Durante unos segundos permanecieron en silencio, escuchando la música distante que llegaba desde el interior de la mansión. Entonces The Teodore habló suavemente. Rosali, el otro día dijiste que hablabas demasiado para que la gente no notara ciertas cosas. Ella bajó la mirada.
La alegría ligera que normalmente la rodeaba pareció apagarse un poco. Sí. Teodores se acercó lentamente. ¿Qué cosas? Rosali tardó varios segundos en responder y cuando finalmente habló, su voz sonó distinta, más tranquila, más vulnerable. Mi esposo nunca soportó que yo fuera así. Teodores sintió el pecho tensarse.
Rosali mantuvo la vista fija en el jardín oscuro. Se llamaba Harold Hoy White, era correcto, educado y muy respetado en Londres. Todo el mundo decía que yo tenía suerte de casarme con él y quizá era verdad, al menos para los demás. Teodore no dijo nada, solo permaneció allí escuchándola. Al principio intenté ser exactamente la esposa que él quería”, continuó ella con una pequeña sonrisa triste.
Hablaba menos, evitaba reír demasiado fuerte y trataba de no hacer nada que pudiera avergonzarlo, pero nunca era suficiente. Siempre encontraba algo incorrecto en mí. El viento nocturno movió suavemente las flores del jardín. Decía que era infantil, que hacía demasiado ruido, que una mujer elegante debía ser tranquila y discreta.
Y yo intenté cambiar tanto que hubo un momento en que ya ni siquiera me reconocía. Teodore sintió una rabia silenciosa creciendo dentro de él. La simple idea de alguien apagando lentamente la luz de Rosalie le resultaba insoportable. Ella dejó escapar una pequeña risa amarga. Lo peor es que cuando murió me sentí culpable por sentir alivio.
Eso me convirtió en una viuda terrible. No dijo Teodore con firmeza inesperada. Te convirtió en una mujer atrapada en un matrimonio infeliz. Rosali finalmente levantó la vista hacia él. Sus ojos brillaban ligeramente bajo la luz de la luna. Después de eso, juré que jamás volvería a enamorarme. Pensé que era más fácil así.
más seguro. Teodore dio un paso más hacia ella. Rosali, ningún hombre con algo de inteligencia querría que fueras distinta. Ella soltó una pequeña risa emocionada. Eso suena muy bonito ahora, pero usted casi me despide el primer día. Porque derramástete sobre una alfombra carísima. Accidentalmente destruiste una armadura.
Rosali sonrió un poco más. Eso también fue accidental. Teodore la observó durante un largo instante y entonces, por primera vez en años, habló con una honestidad absoluta. Esta casa estaba vacía antes de que llegaras. La sonrisa de Rosali desapareció lentamente, reemplazada por una emoción más profunda.
Teodore se acercó hasta quedar frente a ella. Mi hermana volvió a reír gracias a ti. Los criados sonríen más gracias a ti. Y yo soltó una pequeña risa incrédula. Ya ni siquiera recuerdo cómo era mi vida antes de escucharte hablar todo el tiempo. Rosali tenía los ojos completamente brillantes. Ahora Teodore, él tomó suavemente una de sus manos.
Haría cualquier cosa por verte feliz. El silencio que siguió fue suave, cálido y peligroso al mismo tiempo. Rosali lo miró como si estuviera viendo al verdadero Teodore Ravencire por primera vez y entonces lo besó. No fue un beso elegante ni perfectamente controlado como los que probablemente esperaba la aristocracia inglesa.
Fue torpe, emocionado y lleno de todos los sentimientos que ambos habían estado intentando ignorar durante semanas. Cuando finalmente se separaron, Teodore apoyó la frente contra la de ella mientras Rosali reía bajito entre lágrimas. Lady Agatha va a sentirse insoportablemente satisfecha consigo misma cuando descubra esto, ¿verdad? Teodores cerró los ojos un instante.
Definitivamente, y por primera vez en muchísimos años, el duque Ravencire descubrió que no le molestaba en absoluto perder el control, siempre y cuando fuera Rosal y Benet quien lo hiciera sonreír de esa manera. Epílogo. Una casa demasiado ruidosa. Dos años después, Ravenire Manner era oficialmente el lugar más escandalosamente alegre de toda la región.
Teodore Ravenciide consideraba aquello una tragedia personal. “No entiendo por qué hay un poi dentro de mi jardín de rosas”, murmuró observando por la ventana de la biblioteca. “Porque alguien pequeño y adorable lloró muchísimo hasta conseguirlo”, respondió Rosali con absoluta tranquilidad mientras acomodaba flores en un jarrón.
Teodore giró lentamente hacia su esposa. Rosali, nuestro hijo tiene apenas un año. Ni siquiera sabe hablar correctamente todavía, pero sabe manipularte perfectamente. Estoy muy orgullosa de él. Desde el jardín delantero llegó una carcajada infantil seguida por la voz divertida de Lady Agatha, quien ahora parecía 20 años más joven desde que había decidido convertir a su sobrino en el niño más consentido de Inglaterra.
Teodores soltó un suspiro resignado. Aquella casa ya no le pertenecía. Ahora estaba gobernada por Rosali, un niño pequeño de cabello oscuro y una cantidad absurda de flores apareciendo misteriosamente en cada habitación. Y lo peor era que jamás había sido tan feliz en toda su vida. Rosali terminó de acomodar las flores y se acercó lentamente a él.
Todavía lograba alterar completamente su tranquilidad con algo tan simple como una sonrisa. ¿En qué piensa el duque más gruñón de Inglaterra? preguntó ella apoyándose suavemente contra su brazo. Teodore rodeó su cintura automáticamente. En que mi hogar se ha convertido en un circo elegante.
Rosali soltó una pequeña risa y aún así no deja de sonreír. Él estuvo a punto de negarlo por costumbre, pero ya era inútil porque Teodore Ravencide sonreía muchísimo. Ahora sonreía cuando Rosali llenaba la casa de ruido y caos. Sonreía cuando su hijo intentaba perseguir a Winston por los pasillos. Sonreía cuando Lady Agatha se reía tan fuerte que olvidaba completamente el dolor que había cargado durante años.

Y sobre todo, sonreía cada vez que veía a Rosalie mirándolo como si todavía no pudiera creer que él realmente la amaba. La puerta de la biblioteca se abrió de golpes segundos después. Teo exclamó Lady Agatha entrando sin ninguna clase de elegancia. Su hijo acaba de intentar alimentar al Poi con uno de tus guantes.
Teodores cerró los ojos lentamente. ¿Cuál de mis guantes? El negro elegante que usas para recibir visitas importantes. Rosalie se llevó una mano a la boca intentando contener la risa. Bueno, al menos el niño tiene buen gusto. El pony también. Aparentemente, murmuró Teodore. Lady Agatha dejó escapar otra carcajada. Eso no es lo peor.
Winston intentó rescatar el guante. El pony salió corriendo por el jardín y ahora su hijo lo está persiguiendo mientras media servidumbre intenta atraparlos a los tres. Teodore finalmente imaginó la escena completa. Winston ladrando indignado, el poni atravesando los rosales como una criatura salvaje y su pequeño hijo corriendo detrás de ambos con absoluta felicidad.
Y entonces ocurrió algo. El duque Ravenir empezó a reír también. De verdad, con esa risa profunda y cálida que Rosalie había logrado rescatar de un hombre que creía haber olvidado como sentirse feliz, ella lo observó durante unos segundos con una expresión suave y llena de cariño.
“¿Sabe algo, su excelencia?”, dijo acercándose un poco más. “Creo que terminé cumpliendo mi misión.” Teodore apoyó la frente contra la de ella. No, murmuró suavemente. La arruinaste por completo. Rosalie abrió los ojos divertida. Perdón. Mi vida era silenciosa, ordenada y perfectamente tranquila antes de que llegaras. Eso suena horrible. lo era.
Ella sonrió lentamente mientras él acariciaba suavemente su mejilla. Teodore Ravencire había pasado años creyendo que la felicidad era algo pequeño, distante y peligroso. Pero entonces una mujer incapaz de quedarse callada había llegado a su mansión, derramándote sobre alfombras carísimas, destruyendo armaduras y llenando de vida cada rincón vacío de su hogar.
Y ahora ya no podía imaginar un solo día sin ella. Rosali lo besó suavemente mientras afuera Winston ladraba. El pony seguía causando problemas y su hijo probablemente estaba intentando destruir algo costoso otra vez. Pero Ravenir Manner ya no era una casa silenciosa, ahora era un hogar. Y Teodore haría cualquier cosa por seguir escuchando aquella risa el resto de su vida.
Voy a confesarles algo. Rosalie Benet se parece un poquito a mí. Bueno, menos la parte de ser viuda y de tener un esposo que quiera cambiarme, porque eso sí sería imposible. Mi esposo siempre me hace reír y me quiere exactamente como soy, incluso cuando hablo demasiado o hago tonterías sin darme cuenta.
Pero sí me identifiqué mucho con esa necesidad de intentar hacer sonreír a las personas cuando están tristes o pasando por momentos difíciles. No sé exactamente por qué soy así. Simplemente me gusta hacerlo. Por eso adoro crear estas historias que, aunque sé que son un poquito locas, me gusta pensar que aunque sea por un ratito, alguien puede olvidarse de sus problemas mientras escucha una historia bonita y con un final feliz.
Gracias por acompañarme en otra novela más. Yo sé que mis historias no son para ganar un premio de literatura, pero cada una está hecha con muchísimo cariño y si alguna escena le sacó una sonrisa, los hizo reír, suspirar o somplementó a escaparse del mundo por un momento, entonces siento que cumplí mi cometido. Y si conocen a alguien que necesite distraerse un poco, sonreír o simplemente escuchar una historia romántica antes de dormir, no olviden compartirle este video.
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