Así se apareció en lo alto de una colina con sus torres de piedra y sus techos de arcilla, bañada por una luz de octubre que hacía brillar todo como si el sol tuviera un acuerdo especial con esa ciudad. Llegamos a la iglesia de Santa María Mayore. No era una catedral imponente, era una iglesia modesta, de paredes blancas y techo bajo, con una sencillez que me recordó a ciertos templos pequeños de India, donde lo divino se siente más presente que en los grandes complejos ceremoniales.
Hay algo en la sencillez que invita a lo sagrado. Los espacios enormes impresionan, los espacios pequeños acogen. Entramos. Había poca gente, tal vez 10 o 15 personas, algunas rezando, otras simplemente sentadas en silencio y al fondo, en una capilla lateral, una urna de cristal iluminada con luz suave. Caminé hacia la urna y lo que vi me detuvo en seco.
Un muchacho, un adolescente con jeans oscuros, zapatillas deportivas, una sudadera, el pelo oscuro, las manos juntas sobre el pecho y una expresión en el rostro que me quitó todo pensamiento de la cabeza. No era la expresión de un muerto y no era la rigidez de un cadáver embalsamado. No era la máscara cerosa de los cuerpos preservados artificialmente que yo había visto en museos y templos.
Era algo diferente. Era paz. Una paz tan densa, tan tangible, tan real, que podía sentirla irradiando desde el cristal como calor de una llama. Me quedé parado frente a la urna sin poder moverme. Francesca estaba a mi lado, pero no la veía. Las otras personas en la iglesia existían, pero no las registraba.
Solo estaba Carlo y yo. Y algo pasó. Quiero ser muy preciso aquí porque soy un hombre espiritual y sé que las experiencias espirituales pueden ser malinterpretadas, exageradas o inventadas por mentes necesitadas de milagros. Yo no necesito milagros. He tenido experiencias profundas en 30 años de meditación. Conozco los estados alterados de consciencia.
Conozco las trampas de la mente emocional. Sé distinguir entre una experiencia genuina y una proyección psicológica. Lo que pasó frente a esa urna fue genuino, tan genuino como el amanecer sobre el Ganges, tan real como el aire que respiro ahora mismo. Sentí una presencia, no la presencia de Carlo, el chico muerto.
Una presencia más grande, mucho más grande. Una presencia que yo reconocí inmediatamente porque la he buscado toda mi vida. La misma presencia que siento cuando alcanzo los estados más profundos de meditación después de horas de práctica. La misma presencia que los upanishads llaman Brahman. La misma que el bagabita describe cuando Krishna le dice a Aryuna, “Yo estoy en todas las cosas y todas las cosas están en mí.
” Esa presencia estaba ahí en esa iglesia católica frente al cuerpo de un adolescente italiano, emanando de la urna con una intensidad que yo rara vez he experimentado, ni siquiera en los templos más sagrados de India. y entiendan lo que eso significa para un hombre como yo, un hindú devoto de toda la vida, un maestro espiritual, un pandit que ha dedicado su existencia a la tradición védica, encontrar la presencia de Brahman, del absoluto, del Dios sin nombre que trasciende todas las religiones en una Iglesia católica
frente a un muchacho con zapatillas deportivas. Es algo que destruye todas las fronteras que la mente humana construye entre mi Dios y tu Dios. Porque no hay mi Dios y tu Dios, solo hay Dios. Y Carlo Acutis lo sabía. Ese muchacho lo sabía. Lo supo con una claridad que la mayoría de los adultos, incluyendo maestros espirituales como yo, pasamos décadas intentando alcanzar.
Me arrodillé. un hindú arrodillándose frente a un beato católico en una iglesia de Asís. Si mis discípulos en Baranasi me hubieran visto, se habrían confundido. Si los teólogos del simposio me hubieran visto, se habrían incomodado. Pero yo no estaba arrodillándome ante una religión. Me estaba arrodillando ante la presencia de lo divino que no tiene religión, que no tiene nombre, que no tiene fronteras y que esa mañana de octubre eligió manifestarse frente a mí.
en el cuerpo preservado de un chico italiano que amaba las computadoras. Estuve de rodillas 15 minutos, tal vez 20, no lo sé. Cuando me levanté tenía lágrimas en los ojos y Francesca, que me observaba en silencio, también está bien, me preguntó. Estoy mejor que bien”, le dije. Acabo de encontrar a Dios en un lugar donde no esperaba encontrarlo.
Y eso significa que Dios está en todas partes, realmente en todas partes. Salimos de la iglesia, nos sentamos en un banco de piedra en la plaza y le pedí a Francesca que me contara todo sobre Carlo Acutis, todo desde el principio. Y lo que escuché durante la siguiente hora fue una de las historias más extraordinarias que he oído en 30 años de buscar lo sagrado.
Me contó que Carlo nació en Londres, pero creció en Milán, que desde muy pequeño tenía una devoción extraordinaria por la Eucaristía, que iba a misa todos los días, que se sentaba en adoración frente al santísimo sacramento, como los yogis se sientan en meditación frente a lo divino. Y cuando escuché eso, algo hizo clic en mi mente.
Porque la adoración eucarística, como me la describió Francesca, es esencialmente lo mismo que la meditación contemplativa en el hinduismo. O es sentarse en silencio frente a lo que uno cree que es la manifestación de Dios, vaciar la mente, abrir el corazón y simplemente estar presente. En el hinduismo lo hacemos frente a un murti, una imagen o representación de la divinidad.
Los católicos lo hacen frente a la consagrada. La forma es diferente, la esencia es idéntica. Carlo, a los 7 años hacía lo que mis discípulos más avanzados tardan años en aprender. Silencio contemplativo en presencia de lo sagrado. Un niño occidental, criado en la era digital, rodeado de tecnología, alcanzó naturalmente un estado de conciencia espiritual que en India asociamos con décadas de práctica ascética. Eso me fascinó y me humilló.
me contó que Carlo creó un sitio web documentando milagros eucarísticos, casos en los que la se había transformado en tejido humano, corazón humano e específicamente verificado por científicos. me contó sobre el anciano Buenos Aires, Tixtla, Socola. Y aquí necesito detenerme para explicar algo desde mi perspectiva hindú, porque lo que voy a decir puede sorprender tanto a católicos como a hindúes.
En el hinduismo creemos en las múltiples manifestaciones de Dios. Brahmán, el absoluto, se manifiesta en formas infinitas. Vishnu se encarna como Avatar, como Rama, como Krishna, como el pezia, como la tortuga curma. Dios toma forma material para encontrarse con los seres humanos en su nivel. Se hace visible para los que no pueden ver lo invisible.
se hace tangible para los que necesitan tocar para creer. Y cuando escuché que la católica, un pedazo de pan, se había transformado científicamente en corazón humano, o lo que mi mente hindú reconoció inmediatamente no fue un milagro católico. conoció un avatar, una encarnación divina. Dios tomando forma material, haciéndose carne, haciéndose corazón, para encontrarse con los seres humanos en el nivel más íntimo posible, dentro de sus propios cuerpos al ser consumido en la comunión.
¿Entienden la profundidad de eso? En el hinduismo adoramos a Dios en sus múltiples formas. Lo vemos en el río, en la montaña, en el fuego, en el viento. Lo adoramos como Bisnu que preserva, como Shiva que transforma, como Shakti que energiza. Pero la Eucaristía católica lleva el concepto de encarnación divina a un nivel que incluso las tradiciones hindúes más audaces no alcanzan.
Dios no solo se hace visible ni se hace presente, se hace comestible, se entrega literalmente para ser consumido, para fusionarse con el cuerpo humano a nivel celular, para habitar dentro de cada persona que lo recibe. Cuando Krishna se encarnó como avatar, caminó entre los hombres, los tocó, les habló, les enseñó, pero al final se fue.
Dejó enseñanzas. Sí, dejó el guita, el texto más sagrado, pero se fue en la Eucaristía, según lo que Carlo documentó, Dios no se va, se queda dentro de cada persona que lo recibe. Vuelve cada día, en cada misa, en cada en cada parroquia del mundo. No una vez en la historia, como los avatares, cada día, millones de veces, en silencio, sin espectáculo, sin fanfarria cósmica.
en un pedazo de pan, la humildad de eso me abrumó. Dios eligiendo manifestarse no como un rey, ni como un guerrero, ni como un ser de luz, sino como pan, como el alimento más simple y universal que existe, accesible para todos. Sin distinción de casta, de clase, de educación, un mendigo puede recibir la misma Eucaristía que un presidente.
En India, las castas han dividido el acceso a lo sagrado durante siglos. Los intocables no podían entrar a ciertos templos. Los brahmanes tenían privilegios espirituales que otros no tenían. Y aquí, en esta tradición católica, lo más sagrado del mundo se ofrece por igual a todos, sin distinción, sin jerarquía, sin mérito previo.
Carlo Acutis, que venía de una familia acomodada, regalaba su ropa a los pobres y almorzaba con los marginados de su escuela. entendió que si la Eucaristía es para todos, entonces el amor también es para todos. No puedes recibir a Dios en la comunión y después despreciar a un ser humano. Sería como tomar agua del ganges para purificarte y después escupir en el río.
En sánscrito, o existe una expresión tatam, así. Tú eres eso, tú eres lo divino. Pero en la Eucaristía la dirección se invierte. No es tú eres Dios, es Dios se hace tú. Dios entra en tu cuerpo, se mezcla con tu sangre, se integra en tus células. Dios se convierte en parte de ti para que tú puedas convertirte en parte de Dios.
Cuando entendí esto sentado en aquel banco de piedra en Asís con Francesca mirándome con curiosidad, sentí que los 30 años de estudio espiritual que llevaba encima se reorganizaban dentro de mí como un rompecabezas al que le faltaba una pieza y acababa de encontrarla. No estoy diciendo que el hinduismo está incompleto.
No estoy diciendo que el catolicismo es superior. Estoy diciendo que Dios es más grande que cualquier tradición individual y que a veces necesitas salir de tu templo para encontrar lo que Dios quiere mostrarte en el templo del otro. Carlo Acutis entendió esto intuitivamente. Francesca me contó que Carlo trataba con amor y respeto a personas de todas las religiones, que tenía amigos musulmanes, hindúes, budistas, que su amor no estaba limitado por las fronteras de su catolicismo.
Carlo amaba la Eucaristía con todo su corazón. Sí, pero su amor no era excluyente, era expansivo, como el sol que no elige a quién iluminar. Una frase de Carlo que Francesca me compartió ese día se grabó en mi corazón con la misma profundidad que los versos del guita que he recitado durante décadas. Carlo dijo, “Todos nacen como originales, pero muchos mueren como copias. Todos.
No solo los católicos, no solo los cristianos, todos. Cada ser humano, sin importar su religión, un su cultura, su origen, nace como un original. nace con una chispa divina única e irrepetible. Y el propósito de la vida es vivir fiel a esa chispa, no copiar a otro, no seguir ciegamente una tradición sin cuestionarla, no conformarse con repetir lo que otros dijeron.
Ser original, ser auténtico, ser la versión más luminosa de uno mismo. Eso es puro vedanta. Es la esencia de las enseñanzas hindúes más profundas, pero salió de la boca de un adolescente católico de Milán y ahí está la belleza. La verdad no tiene pasaporte, no tiene religión, no tiene idioma.

La verdad habla a través de quien esté dispuesto a escucharla y transmitirla. Y Carlo estaba dispuesto. Francesca me contó cómo murió Carlo, la leucemia, los tres días de agonía, la ofrenda de su sufrimiento. En las últimas palabras a su madre, desde el cielo haré más. Y aquí mis ojos se llenaron de lágrimas otra vez, porque en el hinduismo existe un concepto llamado tapas.
es el fuego purificador del sufrimiento voluntariamente aceptado. Cuando un yogi acepta el dolor como ofrenda a lo divino, ese dolor se transforma en energía espiritual que beneficia no solo al que sufre, sino a toda la humanidad. Es uno de los conceptos más elevados del hinduismo y requiere un nivel de desapego y de amor que la mayoría de los practicantes nunca alcanzan.
Carlo Acutis a los 15 años realizó tapas con una pureza que haría llorar a los grandes richis de la antigüedad. Ofreció su leucemia como un yogi ofrece su meditación. Ofreció su muerte como un sacerdote védico, ofrece el fuego sagrado. Y lo hizo con la naturalidad de un niño que simplemente ama a Dios y confía en él sin reservas. Esa naturalidad es lo que me destruyó.
Porque yo con 30 años de práctica espiritual todavía lucho con el desapego. Todavía me aferro a mi salud, a mi cuerpo, a mi vida. Todavía temo a la muerte. Y un chico de 15 años la abrazó como si fuera una puerta a un jardín más hermoso. ¿Qué nivel de consciencia espiritual necesitas para hacer eso? un nivel que trasciende las religiones, un nivel que está más allá del hinduismo, del catolicismo, del budismo, del islam.
Un nivel que es simplemente humano en su forma más pura o mejor dicho divino en forma humana. Después de hablar con Francesca durante más de una hora, le pedí que me llevara de vuelta a la iglesia. Necesitaba estar frente a Carlo otra vez. Kun necesitaba algo que no podía explicar con palabras, pero que mi cuerpo entero pedía a gritos. Volvimos.
La iglesia estaba un poco más llena. Ahora había un grupo de jóvenes, tal vez de una parroquia, sentados en las bancas con expresiones de devoción. Había una anciana arrodillada con un rosario entre los dedos. Había un hombre de traje mirando la urna con los ojos húmedos y entre ello, un hindú de Baranasi con un tilac rojo en la frente y un mala de Rudr en la muñeca.
Y me paré frente a la urna de Carlo Acutis entre católicos devotos que probablemente se preguntaban qué hacía ahí. Pero nadie me miró con hostilidad, nadie me pidió que me fuera, nadie me dijo que esa iglesia no era para mí. Al contrario, la anciana del rosario me sonrió. Uno de los jóvenes me hizo un gesto de bienvenida con la cabeza y el hombre de traje se movió para hacerme espacio frente a la urna.
Y en ese gesto simple, en ese correrse un poco para que el extranjero también pudiera ver, vi todo lo que Carlos representa. Inclusión, amor sin fronteras, espacio para todos frente a lo sagrado. Me paré frente a la urna, miré a Carlo y esta vez no sentí solo la presencia de lo divino, sentí algo más personal. más directo, como si el chico me estuviera hablando.
No escuché palabras, no soy de esos que escuchan voces, pero sentí un mensaje claro como el agua del ganges al amanecer. El mensaje era, somos hermanos. Tu Dios y mi Dios son el mismo Dios. Tu camino y mi camino llevan al mismo lugar. No tengas miedo de lo diferente. Lo diferente es otra cara de lo mismo. Somos hermanos. Un hindú y un católico, un anciano y un adolescente, un vivo y un muerto.
Hermanos en la búsqueda de lo divino. Hermanos en el amor a Dios, sea cual sea el nombre que le demos. Lloré por tercera vez ese día y no me avergüenzo. En India los sabios lloran con frecuencia. Las lágrimas son el lenguaje del alma cuando las palabras no alcanzan. Y frente a Carlo, las palabras no alcanzan.
Hice algo que nunca había hecho en mi vida. Junté las palmas de las manos frente a mi pecho en el gesto del namasté y me incliné ante Carlo. Namasté significa lo divino en mí saluda a lo divino en ti. Y en ese momento, lo divino en mí saludaba a lo divino en un adolescente católico que yacía en una urna de cristal con zapatillas deportivas y una sonrisa eterna.
Al levantarme, la anciana del rosario se acercó a mí. No hablaba inglés y yo no hablaba italiano, pero no importó. Me tomó las manos entre las suyas, que eran pequeñas y arrugadas y cálidas como pan recién horneado. Me miró a los ojos y me dijo algo en italiano que no entendí, pero que entendí perfectamente, porque el amor tiene un solo idioma.
Y ella me estaba diciendo con sus manos y con sus ojos, lo mismo que Carlo me había dicho desde la urna. Somos hermanos. Francesca, que estaba detrás de mí, me tradujo después, le dijo que Carlo lo trajo aquí, que ella reza por todas las personas que vienen a verlo de todos los países, de todas las religiones, porque Carlo es de todos. Carlo es de todos.
Una anciana italiana rezando por un hindú de Baranasi frente a la tumba de un adolescente beatificado. Si eso no es la definición más perfecta del amor universal, entonces no sé qué es. Esa noche en el hotel de Perugia no pude dormir, pero no era el insomnio de la angustia, era el insomnio de la plenitud.
Como cuando comes una comida tan rica, tan nutritiva, tan completa, que tu cuerpo necesita horas para procesarla. Mi alma estaba digiriendo algo enorme, algo que iba a cambiar la forma en que enseño, la forma en que rezo y la forma en que veo a cada ser humano que se cruza en mi camino. Me senté en la cama del hotel en posición de loto y medité.
Pero esta vez, en lugar de recitar un mantra sánscrito como hago normalmente, simplemente cayé la mente y dejé que la presencia que había sentido en la iglesia de Asís volviera a mí. Y volvió suave. cálida, sin nombre, sin religión, sin fronteras. Y en esa meditación entendí algo que cambió mi vida para siempre. Entendí que durante 30 años, sin darme cuenta, yo había puesto a Dios en una caja, una caja hermosa, decorada con sánscrito y flores de loto y mantras védicos o pero una caja al fin.
Yo creía que Dios vivía dentro de mi tradición, que lo podía encontrar en el Ganges, en los Vedas, en el Ashram. Y tenía razón. Dios está ahí. Pero Dios no solo está ahí. Dios está en una iglesia de Asís, en una consagrada, en la sonrisa de un adolescente muerto, en las manos arrugadas de una anciana italiana con rosario, en la caja térmica de un laboratorio del Vaticano, en una fábrica de hostias en México, en todas partes, en cada átomo del universo, sin excepción, sin discriminación, sin preferencia. Los Vedas lo dicen,
“Ecamsat, la verdad es una, pero yo había leído esa frase mil veces sin realmente creerla. Creía que la verdad era una y que mi tradición era su mejor expresión. Carlo Acutis me mostró que la verdad es una y que cada tradición es una expresión legítima, completa y hermosa de esa verdad. No mejor ni peor, diferente, como las estaciones del año son diferentes, pero todas son necesarias.
Como las notas musicales son diferentes, pero todas son música. Cuando salí de la iglesia, así se veía diferente. Las piedras eran más luminosas, el cielo era más profundo. Los pájaros cantaban con más claridad, como si el mundo entero hubiera subido un tono, como si alguien hubiera ajustado el brillo de la realidad.
Regresé a India tres días después, pero ya no era el mismo Arjun que se había ido. Algo se había abierto dentro de mí que ya no podía cerrar. Una puerta, una ventana, una grieta en el muro invisible que separa mi tradición de las demás tradiciones. Lo primero que hice al llegar a Baranasi fue ir al ashr donde enseño.
Me senté frente a mis discípulos, unos 30 jóvenes y adultos que esperaban la enseñanza del día. Y en lugar de abrir el bagabita, como hacía siempre, les conté la historia de Carlo Acutis. Les conté sobre un chico italiano que amaba las computadoras y amaba a Dios. Les conté que iba a misa cada día, como ellos van al templo cada día.
Les conté que se sentaba en adoración frente a lo que su religión considera la presencia de Dios, como ellos se sientan en meditación frente al murti. Les conté que murió ofreciendo su sufrimiento como los grandes tapas bis de nuestra tradición. Y les dije, este chico católico vivió los principios del Sanatana Dharma con más pureza que muchos hindúes que conozco.
No usaba nuestras palabras, no conocía nuestros textos, pero vivía nuestra verdad. Porque la verdad no es hindú ni católica. La verdad es la verdad. Mis discípulos se quedaron en silencio, un silencio denso como el que precede a un trueno. Y después una de las jóvenes, una chica de 20 años llamada Prilla, levantó la mano y preguntó, “¿Gurushi, está diciendo que podemos aprender de otras religiones?” Y le respondí con un verso de los Vedas, el texto más antiguo del hinduismo. Ekamsat vipraudadanti.
La verdad es una, los sabios la llaman por muchos nombres. Prilla se quedó pensativa y después dijo algo que me conmovió profundamente. Guruji, si la verdad es una y Carlo la encontró en la Eucaristía, ¿sig puja diario y la misa católica son lo mismo? Le respondí, no son lo mismo en la forma. El puja tiene mantras, incienso, ofrendas de flores y frutas.
La misa tiene oraciones, cantos, pan y vino. Las formas son tan diferentes como el indie y el italiano. Pero pregúntate esto, ¿cuál es la intención detrás de ambos? En el Puja os ofrecemos lo que tenemos a Dios y recibimos su prasad, su gracia de vuelta. En la misa los católicos ofrecen pan. y vino a Dios y reciben de vuelta lo que ellos creen es su cuerpo.
Ofrenda y recepción, dar y recibir. En ambos casos, el ser humano dice, “Dios, te doy lo que soy.” Y Dios responde, “Te doy lo que soy yo.” La conversación es la misma, el idioma es diferente. Mis discípulos se miraron entre ellos. podía ver los engranajes girando en sus mentes. Estaba rompiendo algo que la tradición les había dicho toda la vida, que nuestro camino es el único camino o al menos el mejor.
Y ahora su guru les estaba diciendo que un chico católico de 15 años había recorrido el mismo camino por una ruta diferente y había llegado al mismo destino. Uno de los discípulos mayores, un hombre de 40 años llamado Vikram, mu que lleva 15 años estudiando conmigo, levantó la mano y dijo, “Guruji, con todo respeto, esto no diluye nuestra fe.
Si todos los caminos son iguales, ¿para qué seguir el nuestro?” Era una pregunta legítima. La pregunta que todos tienen cuando se encuentran con la idea de la universalidad espiritual. Y le respondí como Carlo habría respondido, creo yo, si alguien le hubiera preguntado lo mismo. Vicram, imagina un río. El Ganges nace en el Himalaya y recorre miles de kilómetros hasta el mar.
El Tiber nace en los Apeninos y recorre cientos de kilómetros hasta el Mediterráneo. Son ríos diferentes, nacen en montañas diferentes, atraviesan tierras diferentes, alimentan pueblos diferentes, pero ambos terminan en el mismo lugar, el océano. ¿Seguirías al Ganges con menos devoción solo porque el Tiber también llega al mar? Vikram negó con la cabeza lentamente.
Sigue al ganges con toda tu alma. Le dije. Es tu río, es tu camino. Pero cuando te encuentres con alguien que sigue al Tiber, no le digas que su río es inferior. Dile namasté, porque su río también llega al océano y en el océano toda el agua es una. Esa enseñanza nacida del encuentro con Carlo Acutis se convirtió en una de las más importantes que he dado en 30 años.
Mis discípulos la llaman la enseñanza de Asís. Y cada vez que alguien nuevo llega a las y pregunta sobre la foto del chico católico entre las imágenes hindúes, algún discípulo antiguo le cuenta la historia y le dice, “Guruji fue a Italia y encontró a Dios donde menos lo esperaba.

” Y tienen razón, encontré a Dios donde menos lo esperaba. Y ese es exactamente el punto, porque si solo encuentras a Dios donde lo esperas, entonces no estás buscando a Dios, estás buscando confirmación de tus propias creencias. Y la confirmación no es búsqueda, es comodidad. Carlo Acutis no buscaba comodidad, buscaba verdad y la encontró en una de harina y agua.
Y yo, que busqué la verdad en el Ganges durante 30 años, la encontré en la sonrisa de un adolescente muerto en Asís. Dios es mucho más grande que cualquier religión. Dios es mucho más generoso de lo que cualquier tradición le permite ser. Y Carlo Acutis, con sus 15 años, sus zapatillas y su sitio web, lo demostró con una simplicidad que avergüenza a los teólogos, a los filósofos y a los maestros espirituales como yo. Dios es uno.
Lo llamamos Brahán, lo llamamos Jesús, lo llamamos Alá, lo llamamos Yahé. Los nombres son humanos. Dios no es humano. Dios es el río que corre debajo de todos los nombres. Y Carlo Acutis, un muchacho de 15 años, se sumergió en ese río tan profundamente que su cuerpo todavía irradia esa inmersión años después de su muerte.
Desde aquel viaje a Asís, incorporé a Carlo Acutis en mis enseñanzas, no como un santo católico que hay que venerar, como un ejemplo universal de lo que significa vivir una vida auténtica, original, como él mismo dijo, no copia. Ahora tengo una foto de Carlo en mi ashr. Está junto a las imágenes de Krishna, de Shiva, de Ganesha.
Algunos visitantes se sorprenden. Un católico en un ashram hindú, preguntan. Y les respondo, ¿ven esa sonrisa? ¿Ven esa paz en su rostro? Esa paz no tiene religión, ma esa paz es Dios manifestándose a través de un chico que tuvo el valor de ser original. Ningún discípulo mío ha protestado. Al contrario, varios han investigado la vida de Carlo por su cuenta.
Algunos han visitado su tumba en Asís durante viajes a Europa. Y cuando regresan todos dicen lo mismo. Gurushi, sentí algo frente a la urna, algo que se parece a lo que siento en la meditación más profunda. Y yo les digo, exacto, porque es lo mismo. Es Dios. Y Dios no distingue entre un templo hindú y una iglesia católica.
Dios solo distingue entre un corazón abierto y un corazón cerrado. Quiero terminar con algo que le digo a cada persona que me pregunta sobre Carlo Acutis, sea hindú, católica, musulmana, budista, judía, atea, o de cualquier camino, le digo, Carlos vivió 15 años. En esos 15 años amó más, sirvió más, oró más.
Univió más auténticamente que la mayoría de las personas que viven 80. No porque fuera católico, porque era real, porque no fingía, porque cada día era una ofrenda completa a lo que él entendía como Dios. Y después les digo, no necesitan ser católicos para aprender de Carlo. No necesitan creer en la Eucaristía, no necesitan aceptar ningún dogma.
Solo necesitan hacerse una pregunta. ¿Estoy viviendo como original o como copia? Porque esa pregunta no es católica, no es hindú, no es de ninguna religión. Es la pregunta más humana que existe y la respuesta, si somos honestos, suele doler. Carlo Acutis me enseñó algo que 30 años de hinduismo no me habían enseñado, que lo divino se manifiesta donde quiere, como quiere y a través de quien quiere.
y que si yo limito a Dios a mi tradición, a mis textos, a mis rituales, o entonces no estoy adorando a Dios, estoy adorando mi idea de Dios y mi idea de Dios es infinitamente más pequeña que Dios. Carlo rompió mis límites, Carlo amplió mi mapa. Carlo me mostró que el Brahman que yo buscaba en el Ganges también late dentro de una consagrada en una iglesia de Asís.
Y que lo divino en un adolescente católico y lo divino en un maestro hindú no son dos cosas distintas, son la misma llama ardiendo en dos velas diferentes. El bagabgita dice, “En cualquier forma que me adoren, yo los recibo.” Carlo adoró a Dios en la forma de la Eucaristía. Yo adoro a Dios en la forma de Brahman. La forma es diferente. El Dios es el mismo.
Y el amor que sentí frente a la urna de Carlo es el mismo amor que siento cuando el sol toca las aguas del ganges al amanecer. Namasté, Carlo Acutis. Sin lo divino en mí saluda a lo divino en ti. Y a todos los que escuchan esto, sin importar su religión, su cultura, su idioma, su color, les digo lo que me dijo Carlo en silencio aquella mañana de octubre en Asís.
Somos hermanos todos, cada uno de nosotros es una nota diferente en la misma canción, una ola diferente en el mismo océano, una llama diferente en el mismo fuego. No tengan miedo de lo diferente. Lo diferente es Dios explorando sus propias infinitas posibilidades. Sean originales, vivan con autenticidad, amen sin fronteras y cuando encuentren lo sagrado en un lugar inesperado, no huyan.
Arrodíllense, porque Dios acaba de abrirles una puerta que no sabían que existía. A mí me la abrió un muchacho de 15 años con zapatillas deportivas y del otro lado de esa puerta encontré lo que busqué durante 30 años en Los Vedas y en el Ganges, en el silencio de la meditación. encontré que todos somos uno, que siempre fuimos uno y que un adolescente en así sigue sonriendo porque lo sabe.