El buzo militar bajó 40 m en la oscuridad verde del cenote y cuando su linterna iluminó lo que había al fondo, soltó la boquilla del regulador. Casi se ahoga, no por el agua, por lo que vio, porque a 40 m de profundidad, en el fondo de un cenote sellado en la selva de Yucatán, donde debería haber piedra caliza, estalactitas sumergidas y peces ciegos de cueva, había una estructura metálica, una plataforma de acero anclada a la roca con pernos industriales y sobre esa plataforma protegida por una cúpula de acrílico
transparente que formaba una burbuja de aire presurizado. Había un espacio habitable con luces, con equipos, con mesas, con sillas, con monitores encendidos que emitían un resplandor azul contra el acrílico de la cúpula. El buzo subió a la superficie y reportó lo que vio con las palabras más simples que encontró.
Hay una base ahí abajo con gente adentro. No había gente adentro en ese momento. Los 79 operadores del CJNG que usaban la base subacuática estaban arriba en la superficie en un campamento camuflado en la selva que rodeaba el cenote. La base del fondo del cenote no era un lugar donde se vivía permanentemente, era un centro de operaciones, un almacén y un punto de comunicaciones al que se accedía mediante inversiones con equipo de buceo a través del cenote y que por su ubicación a 40 m bajo el agua era prácticamente indetectable por cualquier
medio de vigilancia convencional. La Sedena cateó el campamento de superficie y la base subacuática en una operación que involucró busos militares, equipos de fuerzas especiales y un despliegue logístico que los mandos describieron como uno de los más complejos que han ejecutado en territorio nacional.
79 personas fueron detenidas en el campamento de superficie y lo que los busos sacaron del fondo del cenote en las horas siguientes al operativo llenó tres camiones militares de evidencia. Y eso es lo que te vine a contar, porque este caso no tiene precedente, no hay registro en ningún país del mundo de una organización criminal que haya construido una base operativa a 40 m de profundidad dentro de un cenote sellado en medio de la selva.
ico negro. sellados al vacío, impermeabilizados y protegidos contra la presión del agua. Los peritos contaron los contenedores, había. Cada contenedor almacenaba entre 15 y 20 kg de cocaína. El total decomizado del almacén subacuático superó las 800 toneladas, perdón, 800 kg, 800 kg de cocaína almacenados en el fondo de un cenote a 40 m bajo la superficie de la selva de Yucatán.
Es uno de los decomisos de cocaína más grandes de la historia reciente de México. Para poner esos 800 kg en perspectiva económica, la cocaína que sale de Colombia tiene un valor de aproximadamente $2,000 por kilo en el punto de producción. Cuando llega a México, su valor sube a entre kilo.
Cuando cruza la frontera hacia Estados Unidos, su valor se multiplica hasta 30 o $40,000 por kilo. Y cuando llega al consumidor final en las calles de Nueva York, Chicago o Los Ángeles, cada kilo puede generar hasta $100,000 fraccionado en dosis. 800 kg al valor de menudeo en Estados Unidos representan más de 80 millones de dólares. 80 millones de dólares almacenados en contenedores de plástico a 40 m bajo el agua de un cenote en la selva de Yucatán.
Es una bóveda de banco submarina y estaba protegida por algo más efectivo que cualquier cerradura. 40 m de agua oscura y la certeza de que nadie iba a bajar a buscarla. Los contenedores estancos que almacenaban la cocaína eran de fabricación comercial, del tipo que se vende en tiendas náuticas para guardar equipo electrónico en embarcaciones, contenedores de polipropileno con juntas de goma y cierres herméticos que soportan presión de hasta 10 atmósferas.
A 40 m de profundidad, la presión es de cinco atmósferas, así que los contenedores estaban dentro de su rango de operación. La cocaína dentro de los contenedores estaba empaquetada al vacío en bolsas de plástico grueso selladas con cinta adhesiva reforzada. Y cada paquete tenía una etiqueta con un código alfanumérico que los investigadores creen que identifica el lote, el proveedor y el destino final.
Esas etiquetas son oro para los investigadores. Cada código puede ser rastreado para reconstruir la cadena de suministro. ¿De qué laboratorio colombiano salió cada lote? ¿Por qué ruta cruzó el Caribe? ¿En qué fecha fue desembarcado en Yucatán? ¿Y hacia qué mercado estaba destinado? Si los investigadores logran decodificar el sistema de etiquetado, van a poder mapear la red completa de tráfico de cocaína que pasaba por el cenote.
800 kg de cocaína que habían desaparecido de la faz de la tierra, que no estaban en una bodega que se puede catear, que no estaban en una camioneta que se puede detener, que no estaban en un contenedor que se puede escanear. Estaban en el fondo de un cenote sellado a 40 m bajo el agua, dentro de contenedores estancos sobre una plataforma de acero anclada a la roca.
Para llegar a ellos, necesitaba saber dónde estaba el cenote, encontrar el pozo de acceso oculto en la selva, bajar 10 m por una escalera, equiparte con tanque de buceo, sumergirte 40 m en agua oscura y nadar hasta la plataforma con una linterna. Nadie iba a encontrar esa cocaína por accidente. Nadie.
La tercera estructura era la estación de buceo, una plataforma más pequeña a unos 20 m de profundidad que servía como punto intermedio para la descompresión de los busos que subían y bajaban de la base. A 40 m de profundidad, los busos necesitan hacer paradas de descompresión durante el ascenso para evitar la enfermedad descompresiva, que puede causar dolor severo, parálisis o muerte.
La estación de descompresión tenía tanques de aire extra. una cuerda guía que bajaba hasta la base y un compartimento estanco con equipo de emergencia médica por si un buzo tenía problemas durante la inmersión. El CJNG tenía protocolos de seguridad de buceo, piénsalo, un cártel de narcotráfico con protocolos de descompresión, con equipo de emergencia subacuática, con estaciones intermedias para ascensos seguros.
Es gestión de riesgos laborales aplicada al narcotráfico submarino y es tan surreal como suena. Quiero profundizar en la cúpula de acrílico porque su construcción plantea preguntas que los investigadores todavía están tratando de responder. La cúpula estaba fabricada con paneles de acrílico de 40 mm de espesor, del tipo que se usa en los acuarios de gran formato y en las ventanas de observación de los submarinos civiles.
Es un material caro, especializado que no se consigue en cualquier ferretería. Se fabrica bajo pedido por empresas que atienden al sector náutico, al sector de acuarios y a la industria petrolera marina. Los paneles estaban unidos entre sí con un sellador de silicona de grado marino y reforzados con bridas de acero inoxidable que los sujetaban a la estructura de la plataforma.
La pregunta obvia es, ¿cómo bajaron una cúpula de 6 m de diámetro a 40 m de profundidad a través de un pozo de 80 cm? La respuesta es que no la bajaron entera, la bajaron en piezas. Los paneles de acrílico fueron cortados en secciones que cabían por el pozo de acceso, bajados uno por uno con cuerdas y poleas y ensamblados en el fondo por buzos que trabajaron durante semanas en la oscuridad del cenote con linternas frontales y herramientas manuales.
Los busos que ensamblaron la cúpula necesitaban hacer múltiples inversiones diarias a 40 m, cada una con un tiempo de fondo limitado por las tablas de descompresión. A esa profundidad, un buzo con aire comprimido tiene unos 20 minutos de tiempo de fondo antes de que la acumulación de nitrógeno en sus tejidos requiera paradas de descompresión durante el ascenso.
20 minutos de trabajo efectivo por inmersión y cada inmersión requiere una hora o más de descompresión en el ascenso. Los investigadores estiman que el ensamblaje de la cúpula tomó entre 3 y 4 meses de inmersiones diarias, tres o cu meses de buzos bajando y subiendo por el cenote, transportando paneles de acrílico, atornillando bridas, sellando juntas, instalando válvulas, probando el sistema de presurización.
Es un proyecto de ingeniería submarina ejecutado por buzos de cenotes que aprendieron a guiar turistas y que terminaron construyendo un hábitat presurizado para el narcotráfico. Y durante esos tres o cu meses de construcción hubo accidentes. Los interrogatorios revelaron que al menos dos busos sufrieron enfermedad descompresiva durante la fase de construcción.
Los síntomas dolor articular severo y hormigueo en las extremidades fueron tratados en la superficie con oxígeno puro y reposo, sin acceso a una cámara hipervárica que es el tratamiento estándar para la descompresión. La cámara hipervárica más cercana estaba en Mérida a horas de distancia y llevar a un buzo enfermo al hospital significaba explicar por qué un buzo estaba haciendo inversiones profundas en un cenote en medio de la selva.
Los buzos se recuperaron parcialmente. Uno de ellos todavía tenía dolor en el hombro izquierdo cuando fue detenido. Es una secuela permanente de la descompresión que lo va a acompañar el resto de su vida. El CJNG sacrificó la salud de sus busos para construir la base. Los expuso a inmersiones repetidas a profundidades peligrosas, sin el equipo de seguridad adecuado y sin acceso a tratamiento médico especializado. Los busos lo sabían.
Sabían que estaban asumiendo un riesgo físico que los turistas que guiaban en la Riviera Maya nunca asumirían. Pero los 10,000 pesos por inmersión pesaban más que el miedo a la descompresión y el CJNG los dejó decidir o al menos les dio la ilusión de que decidían. Ahora hablemos de los 79 detenidos que estaban en el campamento de superficie, porque su perfil incluye algo que no hemos visto en ningún otro caso, busos profesionales reclutados por el CJNG.
De los 79, 14 eran busos certificados, busos con título de la FMAS o de PADI, las organizaciones internacionales que certifican a los busos recreativos y profesionales, personas que habían aprendido a bucear en cursos legítimos, que tenían experiencia en buceo en cenotes y que conocían las técnicas de inmersión profunda, navegación subacuática y manejo de equipo de buceo técnico.
Varios de ellos habían trabajado como guías de buceo en la Riviera Maya. Esa industria emplea a miles de personas en Quintana Raw y Yucatán. Guías que llevan a los turistas a bucear en los enotes, en los arrecifes, en las cuevas subacuáticas. Es un trabajo estacional, mal pagado y sin prestaciones. Los guías de buceo cobran entre 500 y 1000 pesos por inmersión turística.
Un buen día pueden hacer tres inversiones. Un mal día, ninguna. Y la temporada baja puede durar meses sin ingresos. El CJNG los contactó con una oferta simple, 10,000 pesos por inmersión de trabajo, 10 veces lo que ganaban guiando turistas. Las inmersiones consistían en bajar al cenote, transportar contenedores de cocaína desde la plataforma sumergida hasta el punto de acceso de la escalera y asegurar el equipo de la cúpula de operaciones.
Cada buzo hacía entre dos y tres inversiones por semana. A 10,000 pes la inmersión ganaban entre 80 y 120,000 pesos al mes. Un guía de buceo que ganaba 15,000 al mes en temporada alta estaba ganando 100,000 con el Sefta NG. Quiero contarte la historia de uno de los busos porque es representativa de cómo el CKNG coota profesionistas del sector turístico de la península.
Se llamaba, según los registros, Carlos, 27 años. Nació en Playa del Carmen. Creció viendo el mar desde la ventana de una casa de lámina en una colonia popular. A los 18 tomó un curso de buceo recreativo que un amigo le regaló. Se enganchó. Siguió con el curso de rescate, luego el de divem master, luego el de instructor.
A los 23 era guía de buceo certificado y trabajaba para una operadora turística que llevaba grupos de turistas a bucear en los cenotes y arrecifes de la riviera maya. Era feliz bajo el agua. Decía que los enotes eran su iglesia, que la sensación de flotar en el agua cristalina de una caverna iluminada por rayos de sol que se filtran desde la superficie era lo más cercano a lo sagrado que había experimentado, que cada cenote tenía su personalidad.
Algunos eran luminosos y cálidos, otros eran oscuros y misteriosos y todos eran hermosos de una manera que no se puede describir con palabras. Carlos ganaba 14,000 pesos al mes, sin seguro médico, sin aguinaldo, sin vacaciones pagadas. Vivía en un cuarto rentado que compartía con otro guía de buceo.
Comía tacos de canasta y cereal con leche y cada mes le mandaba 2000 pesos a su mamá en la colonia popular de Playa del Carmen. Un día, en una reunión de buzos en un bar de Tulum, alguien le dijo que había trabajo privado, que pagaba muy bien. Solo buceo en un cenote privado, sin turistas, sin horarios. Carlos preguntó cuánto pagaban.
Cuando le dijeron, se quedó callado durante un minuto. 10,000 pesos por inmersión, lo que ganaba en tres semanas de guiar turistas por cada bajada de 40 m. Carlos aceptó, lo llevaron al cenote, bajó por primera vez, vio la plataforma, vio los contenedores, entendió lo que era y siguió bajando. Porque 10,000 pesos por inmersión pueden convertir un cenote sagrado en un almacén de cocaína sin que la conciencia proteste demasiado fuerte cuando tienes una mamá que necesita dinero y un cuarto compartido donde caben dos personas, pero no un futuro.
Carlos fue detenido con el traje de neopreno puesto, empapado, recién salido de una inmersión de mantenimiento de la cúpula. Tenía las manos arrugadas por el agua y los ojos rojos por la sal. Los soldados lo esposaron en el suelo junto al pozo de acceso al cenote. Y mientras lo esposaban, Carlos miró hacia el pozo, hacia la oscuridad del agua que había sido su iglesia y que se había convertido en su trabajo y que ahora iba a ser su condena. Y no dijo nada.
Los busos eran el componente más especializado y más difícil de reemplazar de la operación. Sin busos, la base subacuática era inaccesible. Las armas, la droga, el equipo, todo lo que estaba en el fondo del cenote requería busos para ser movido. El CJNG lo sabía y trataba a los busos como personal de alto valor, mejor pagados, mejor alimentados, con horarios más flexibles que los combatientes de superficie.
32 de los 79 eran combatientes que protegían el campamento de superficie y que realizaban las operaciones de transporte terrestre entre la costa y el cenote. Eran sicarios convencionales armados que custodiaban el perímetro del campamento, patrullaban las brechas de la selva y escoltaban los vehículos que transportaban la cocaína desde los puntos de desembarco en la costa hasta el cenote.
15 eran operadores logísticos y técnicos. Las personas que mantenían el compresor de aire que alimentaba la cúpula, que operaban el equipo de comunicaciones, que gestionaban el inventario del almacén subacuático y que coordinaban las entregas de cocaína desde la costa. 10 eran personal de apoyo, cocineros, personal de mantenimiento del campamento y los que gestionaban las provisiones.
Y ocho eran mandos. el jefe de la operación, sus coordinadores de logística, de seguridad, de buceo y de comunicaciones. El jefe de la operación era un mando medio del CJNG de 43 años, originario de Jalisco, con antecedentes por narcotráfico y portación de armas, que había sido asignado a Yucatán específicamente para montar y dirigir la operación del cenote.
Quiero ahora hablar de la ruta de cocaína que alimentaba el cenote porque conecta la selva de Yucatán. con los carteles sudamericanos de una manera que revela la globalización del narcotráfico. La cocaína que estaba en los contenedores del fondo del cenote venía de Colombia. Cruzaba el Caribe en lanchas rápidas tipo Go Fast, que viajaban de noche desde puntos de embarque en la costa colombiana del Caribe.
Hacían escalas en islas de Honduras y Belice para reabastecerse de combustible y llegaban a la costa norte de Yucatán en la tercera o cuarta noche de viaje. Cada lancha cargaba entre 200 y 500 kg de cocaína por viaje. Las lanchas Go Fast son embarcaciones diseñadas para la velocidad, cascos de fibra de vidrio con dos o tres motores fuera de borda de alta potencia que les permiten alcanzar velocidades de más de 100 km porh sobre el agua.
A esa velocidad, las lanchas son difíciles de interceptar por las embarcaciones de la Marina mexicana, que son más grandes y más lentas. Y de noche, sin luces, a ras del agua, son prácticamente invisibles para los radares costeros que operan en la península. La ruta que seguían las lanchas no era directa. No cruzaban el Caribe en línea recta de Colombia a Yucatán porque eso las expondría a la vigilancia naval de Estados Unidos que opera radares aerotransportados y embarcaciones de interceptación en el Caribe central. En cambio, seguían una
ruta costera que aprovechaba las aguas territoriales de los países centroamericanos. Salían de Colombia, costeaban hacia el norte, pegadas a la costa de Nicaragua y Honduras, cruzaban hacia Belice y desde Belice giraban hacia el noroeste hasta llegar a la costa de Yucatán. Era un viaje de tres o cuatro noches con escalas para reabastecimiento de combustible en puntos costeros controlados por aliados del CJNG en Honduras y Velice.
Esa ruta es conocida por las autoridades. La Marina Mexicana y la DA la monitorean, pero el monitoreo no es constante ni completo. Las lanchas Go Fast se mueven de noche, apagan sus transpedores y navegan usando GPS sin emitir señales de radio. Son fantasmas sobre el agua y cuando llegan a la costa de Yucatán se acercan a playas remotas donde no hay radar, no hay vigilancia, no hay nada excepto manglares, arena y el silencio de la noche tropical.
El punto de desembarco en la costa de Yucatán era una playa remota flanqueada por manglares, accesible solo por mar o por una brecha de terracería que cruzaba un rancho ganadero cuyo dueño, según las investigaciones, recibía un pago mensual del CJNG por permitir el paso de las camionetas a través de su propiedad.
El ranchero declaró que no sabía para qué usaban la brecha, que le pagaban 10,000 pes al mes por servidumbre de paso y que no hacía preguntas. Puede ser verdad o puede ser complicidad. La investigación determinará cuál. Desde la playa, la cocaína se cargaba en camionetas y se transportaba los 25 km de brecha hasta el cenote.
El trayecto tomaba aproximadamente una hora y media por la brecha irregular, de noche sin luces, guiándose con GPS. Al llegar al cenote, la cocaína se bajaba de las camionetas, se empaquetaba en los contenedores estancos y los busos la sumergían hasta la plataforma de almacenamiento a 40 m de profundidad. La frecuencia de los desembarcos era de aproximadamente dos por mes, dos lanchas al mes, entre 400 y 1000 kg por mes, entre 5 y 12 toneladas al año, pasando por un cenote en la selva de Yucatán que nadie sabía que existía. fuera de los
cazadores mayas y los apicultores de la zona. Los 800 kg que encontraron en el cenote eran el inventario acumulado de los últimos dos o tres desembarcos. Cocaína que esperaba en el fondo del agua hasta que el CJNG decidiera sacarla y redistribuirla. Las rutas de redistribución iban hacia Cancún, hacia Mérida y hacia la Ciudad de México a través de la carretera que cruza Campeche y Tabasco.
Cada ruta tenía sus propios operadores, sus propios vehículos y sus propios puntos de entrega. El cenote era el nodo central, el punto donde la cocaína entraba al sistema de distribución del CJNG en el sureste de México. El campamento de superficie estaba montado en la selva alrededor del cenote. No era un campamento visible, era un campamento de selva con estructuras camufladas, techos de lona verde que se confundían con el dosel de la vegetación, tiendas de campaña bajo los árboles y senderos que conectaban las
diferentes áreas del campamento sin crear claros visibles desde el aire. Los ocupantes habían cortado la vegetación lo mínimo necesario para instalar sus estructuras, dejando intacto el dosel que los protegía de la vista aérea. El campamento tenía generadores eléctricos alimentados con gasolina, tanques de agua, una cocina de campo, letrinas improvisadas y un área de almacenamiento de equipo de buceo donde los tanques, reguladores, trajes y aletas se guardaban organizados en estantes de madera construidos entre los árboles.
Era un campamento militar de selva en toda regla, con la particularidad de que su razón de existir estaba a 40 m bajo el agua. La vida en el campamento tenía un ritmo dictado por las inmersiones y por los desembarcos costeros. Los días de desembarco, cuando las lanchas llegaban con cocaína fresca, todo el campamento se activaba.
Las camionetas salían hacia la playa, los estibadores cargaban los bultos, los conductores hacían el viaje de hora y media por la brecha y al llegar los busos se preparaban para bajar los paquetes. Las inversiones de almacenamiento eran las más pesadas. Los busos bajaban con los contenedores cargados, nadaban 40 m hasta el fondo, acomodaban los contenedores en la plataforma y subían para repetir.
Cada inmersión de carga tomaba entre 30 y 40 minutos, incluyendo descompresión. En un día de desembarco, cada buso hacía tres o cuatro inmersiones. Al final del día estaban agotados con los brazos adoloridos y los oídos zumbando por los cambios de presión. Las noches en la selva eran ruidosas: insectos, ranas, monos aulladores y el zumbido constante del compresor que bombeaba aire al cenote.
El compresor funcionaba las 24 horas porque la cúpula necesitaba suministro constante. Si se detenía la presión bajaba y el agua entraba. Los técnicos hacían turnos de 8 horas vigilándolo. Esa dependencia del compresor era la vulnerabilidad más obvia de la base. Los mandos lo sabían y habían instalado un compresor de respaldo automático, redundancia operativa, como en la ciudad subterránea de Coahuila.
Ahora quiero hablar de cómo La Sedena descubrió esta base, porque la historia del descubrimiento involucra una cadena de eventos que empieza con un pescador y termina con un buzo militar a 40 m de profundidad frente a una cúpula de acrílico con luces encendidas. El pescador se llamaba, o al menos así lo registraron, don Ernesto, 64 años, pescador de toda la vida en un pueblo de la costa norte de Yucatán.
salía en su lancha de fibra de vidrio cada mañana a las 4 para regresar a las 11 con la pesca del día. Un día, mientras revisaba sus redes en una zona que conocía desde niño, notó actividad inusual en la playa, una lancha rápida que no era del pueblo, con hombres que descargaban bultos y los subían a una camioneta que esperaba entre los manglares.
Era de madrugada, los hombres trabajaban rápido y en silencio. Cuando terminaron, la lancha se fue y la camioneta se metió por una brecha hacia el interior. Don Ernesto no dijo nada ese día, ni el siguiente, ni la semana siguiente, pero empezó a prestar atención. Hay algo sobre don Ernesto que me parece necesario contar para entender la valentía de lo que hizo.
Don Ernesto vive solo. Su esposa murió hace 8 años. Sus hijos están en Mérida y en Cancún trabajando en hoteles. Vive en una casa de blog junto al mar con una hamaca, un radio de pilas y dos perros flacos que lo esperan en la playa cuando sale a pescar. Su vida entera es el mar. Sale a las 4 de la mañana, pesca hasta las 11, vende lo que pesca en el pueblo y pasa la tarde remendando redes y escuchando la radio.
Don Ernesto no tiene teléfono celular, no tiene internet, no tiene televisión, se entera de las noticias por la radio y por lo que le cuentan los vecinos. sabe que hay violencia en México porque la radio lo dice todos los días, pero en su pueblo de la costa de Yucatán la violencia siempre fue algo que pasaba en otros estados, algo lejano, algo que les pasaba a los de Sinaloa, a los de Tamaulipas, a los de Guerrero, no a los yucatecos, no a los pescadores de su pueblo.
Cuando vio las lanchas descargando de madrugada, entendió que la violencia había llegado a su playa, que lo que pasaba en otros estados ahora pasaba frente a su casa y tuvo miedo. Miedo de que los hombres de las lanchas supieran que los había visto. Miedo de que vinieran a su casa de noche. Miedo de que le pasara lo que la radio dice que le pasa a la gente que ve lo que no debe ver.
Pero don Ernesto es de otra generación, de una generación que creció creyendo que denunciar es lo correcto, que la autoridad existe para proteger, que el ciudadano tiene la obligación de reportar lo que está mal. Una generación que quizás es ingenua en el México de hoy, pero que tiene una brújula moral que no se tuerce con el miedo.
Esperó tres semanas, observó, confirmó el patrón y bajó a Mérida con la excusa de vender pescado. Fue a la zona militar. pidió hablar con alguien. Lo hicieron esperar dos horas en una banca del patio. Cuando finalmente lo atendieron, contó todo lo que había visto con la precisión de un hombre que conoce su mar como conoce las palmas de sus manos.
La ubicación exacta de la playa, la hora de los desembarcos, el tipo de lancha, el número de bultos que descargaban, la dirección por donde se iban las camionetas. Firmó con una cruz porque nunca aprendió a escribir su nombre y se fue de regreso a pescar. Y durante las semanas siguientes vio el mismo patrón repetirse. Lanchas que llegaban de madrugada, bultos que se descargaban, camionetas que desaparecían por la brecha, siempre de noche, siempre el mismo punto de la playa, siempre los mismos hombres.
Don Ernesto bajó a Mérida un día que fue a vender pescado al mercado y en Mérida, lejos de la costa, lejos de los hombres de las lanchas, fue a la zona militar y reportó lo que había visto. Lo atendió un oficial que tomó nota de todo. La ubicación de la playa, los horarios, la descripción de la lancha y de la camioneta.
Don Ernesto firmó su declaración con una cruz porque no sabe leer ni escribir y se fue de regreso a su pueblo a seguir pescando. La información de don Ernesto activó una operación de vigilancia de la costa que duró semanas. Los militares confirmaron los desembarcos nocturnos, rastrearon las camionetas y las camionetas los llevaron brecha por brecha a través de 25 km de selva hasta un punto donde las camionetas desaparecían.
un claro en la selva donde había un campamento y un pozo en el suelo que bajaba a la oscuridad. Los militares observaron el campamento durante días. Vieron a los ocupantes entrar y salir del pozo con equipo de buceo. Vieron las burbujas que subían del cenote cuando los buzos estaban abajo.
Escucharon el ruido del compresor de aire y concluyeron que debajo del pozo había algo que necesitaba ser explorado. Se planificó el operativo. Un equipo de busos militares entrenados en inmersión de combate fue desplegado y a las 4 de la mañana, mientras el equipo de superficie asaltaba el campamento, un buzo bajó por el pozo, se sumergió en el cenote y descendió 40 m.
Quiero describir la inmersión del primer buzo porque es uno de los momentos más extraordinarios que hemos cubierto. El buzo era un teniente de infantería de marina con especialización en operaciones subacuáticas. 31 años, más de 300 inmersiones de combate. Había operado en puertos, en ríos, en la costa.
Nunca había bajado a un cenote en operación real y definitivamente nunca esperaba encontrar lo que encontró. Bajó por el pozo a las 4:17 de la mañana, se equipó en la plataforma de roca, verificó aire, regulador, linterna, cuchillo de combate, pistola estanca en la funda de muslo y se dejó caer al agua. El agua estaba a 23 gr, cristalina en los primeros metros, pero conforme bajaba la luz desaparecía.
A 20 m la superficie se perdió. A 30 la linterna era lo único que rompía una oscuridad que describió como la más completa que he experimentado en mi vida. sin referencia, sin arriba ni abajo, solo el as de luz cortando el negro y las burbujas subiendo hacia una superficie invisible. A 35 m empezó a ver un resplandor tenue a su lado que venía de abajo.
Pensó que era narcosis de nitrógeno que a esa profundidad empieza a alterar la percepción. Pero el resplandor persistía, se hacía más intenso y a 40 m, cuando el fondo del cenote apareció como una llanura blanca de sedimento calcario, vio la cúpula. 6 m de diámetro, acrílico transparente, luces encendidas adentro, monitores brillando, mesas, sillas, cables, un espacio habitable a 40 m bajo el agua.
El buzo se detuvo, flotó inmóvil, su cerebro procesando lo que sus ojos veían y soltó la boquilla del regulador. La volvió a tomar inmediatamente, pero por un instante, a 40 m de profundidad, el asombro le ganó al entrenamiento. Verificó que la cúpula estaba vacía. nadó alrededor iluminando el interior. Identificó la plataforma de almacenamiento con sus filas de contenedores.
Tomó nota mental de dimensiones, accesos, estructuras y comenzó el ascenso con las paradas de descompresión que su computadora de buceo indicaba. Cuando salió a la superficie, se quitó la máscara, se sentó en la roca y dijo por radio la frase que abrió este guion. Hay una base ahí abajo con gente adentro. No había gente, pero las luces encendidas y los equipos activos le hicieron creer que sí.

Encontrar una estructura habitable encendida a 40 m bajo el agua en medio de la nada es tan inesperado que el cerebro busca la explicación más lógica y la más lógica era que alguien estuviera ahí. Los 79 estaban arriba en el campamento siendo detenidos, pero la base estaba viva, las luces encendidas, los monitores funcionando, el compresor bombeando aire, como si la cúpula esperara a sus ocupantes, como si el cenote supiera que iban a volver. No van a volver.
Don Ernesto, el pescador que no sabe leer ni escribir, destapó la operación de narcotráfico submarino más sofisticada que se haya descubierto en México, con una declaración firmada con una cruz desde un mercado de pescado en Mérida porque vio lanchas que no debían estar ahí y decidió que alguien tenía que saberlo.
Quiero ahora hablar de las implicaciones de este caso para la estrategia de combate al narcotráfico en la península de Yucatán y en todo el país. El cenote del CJNG demuestra que la península de Yucatán ha dejado de ser el oasis de seguridad que los gobernadores yucatecos presumen. La presencia de una base operativa del CJNG con 79 personas, 800 kg de cocaína y una infraestructura subacuática de nivel profesional indica que el cártel lleva meses, probablemente más de un año, operando en Yucatán con un nivel de inversión y de organización que solo se
justifica si la operación es rentable y sostenible a largo plazo. El CJNG no invierte millones de pesos en construir una base subacuática para una operación de corto plazo. La inversión en la cúpula de acrílico, en la plataforma de almacenamiento, en el sistema de aire presurizado, en el equipo de buceo y en el campamento de superficie indica un compromiso de largo plazo con la ruta de tráfico que pasa por la costa norte de Yucatán.
Es una inversión de infraestructura que se amortiza con años de operación y eso significa que el CJNG planea quedarse. La costa de Yucatán y Quintana Raw tiene más de 1,000 km de litoral. Gran parte de ese litoral es remoto con acceso limitado por tierra, con pueblos pesqueros aislados donde la presencia del estado es mínima.
Cada uno de esos pueblos es un punto de desembarco potencial. Cada cenote de la selva interior es un almacén potencial. Y la red de cenotes interconectados que forma el sistema de ríos subterráneos de la península es un laberinto de cavernas donde se puede esconder lo que se quiera sin que nadie lo encuentre.
Quiero hablar del impacto ambiental de esta operación porque me parece que es un aspecto que nadie está discutiendo y que tiene consecuencias de largo plazo. Los cenotes de Yucatán son ecosistemas frágiles, albergan especies endémicas que no existen en ningún otro lugar del planeta. Peces ciegos que evolucionaron en la oscuridad durante millones de años, crustáceos microscópicos que dependen del equilibrio químico del agua y formaciones minerales que tardan milenios en crecer 1 centímetro.
Los cenotes están conectados entre sí a través del sistema de ríos subterráneos más grande del mundo, lo que significa que la contaminación de un cenote puede propagarse a través de todo el sistema hidrológico de la península. La instalación de una base de acero y acrílico en el fondo de un cenote genera contaminación.
Los materiales de construcción liberan compuestos químicos en el agua. Las baterías de los equipos electrónicos filtran metales pesados. Los residuos humanos que inevitablemente llegan al agua, aceites, combustibles, desechos de alimentos, alteran la química del ecosistema y la instalación de tuberías, cables y anclajes destruye las formaciones minerales que tardaron miles de años en formarse.
Los biólogos que evaluaron el cenote después del operativo encontraron que el ecosistema subacuático había sufrido daños significativos. Las estalactitas cercanas a la plataforma de almacenamiento estaban rotas. El sedimento del fondo estaba revuelto y contaminado con partículas metálicas de la estructura de acero, y las poblaciones de fauna endémica, los peces ciegos y los crustáceos que habitaban la caverna, habían disminuido drásticamente, probablemente desplazadas por la actividad humana, las vibraciones del compresor y la contaminación del
agua. Es un daño ecológico que puede ser irreversible. Las especies endémicas de los senotes tienen poblaciones pequeñas y aisladas que no pueden recuperarse fácilmente de una perturbación. Si las poblaciones del cenote se extinguieron, no van a reaparecer. Son extintos locales que se suman a la lista creciente de daños ambientales que el narcotráfico causa en los ecosistemas de México.
El narcotráfico contamina todo, lo hemos dicho en este canal una y otra vez, contamina personas con adicción, comunidades con violencia, instituciones con corrupción y ecosistemas con químicos, con residuos, con estructuras que no deberían estar donde están. Los enotes de Yucatán, que son patrimonio natural de México y del mundo, están ahora en la lista de ecosistemas amenazados por el crimen organizado.
Y hay una implicación más que me parece necesario mencionar, el impacto en el turismo de cenotes. El turismo de Cenotes es una industria multimillonaria en Yucatán y Quintana Ro. Millones de turistas nacionales e internacionales visitan los cenotes cada año para nadar, bucear, hacer snorkel y tomarse fotos en aguas cristalinas.
Es una industria que emplea a miles de personas y que genera ingresos significativos para las comunidades rurales que administran los cenotes turísticos. Si se difunde la idea de que el CJNG usa cenotes para almacenar cocaína, la confianza de los turistas en los cenotes puede verse afectada. Los turistas que nadan en cenotes confían en que el agua es limpia, en que el ecosistema es pristino, en que lo que hay debajo es roca y agua y vida marina.
Si empiezan a preguntarse si el cenote donde nadan tiene una plataforma de acero con contenedores de cocaína en el fondo, la experiencia turística se contamina con la sospecha. Los cenotes turísticos de la Riviera Maya no son el mismo tipo de cenote que el que usó el sejo TNG. Los cenotes turísticos son abiertos, vigilados, visitados por miles de personas al día.
Nadie va a instalar una base del narcotráfico en el cenote de Ikkil, al lado de Chichenitzá, donde hacen cola 200 turistas para meterse al agua. El CJNG usó un cenote cerrado en selva remota, sin acceso turístico, pero la distinción entre cenotes turísticos y cenotes remotos puede perderse en la percepción pública y la percepción es lo que mueve al turismo.
Los cenotes son el punto ciego perfecto. Hay más de 6,000 cenotes catalogados en la península de Yucatán, miles más sin catalogar. Muchos están en propiedad privada, en ranchos, en ejidos, en terrenos de selva donde nadie va. Nadie inspecciona los enotes, nadie se sumerge en ellos para verificar qué hay en el fondo.
Los senotes turísticos de la Riviera Maya son visitados por miles de personas al día, pero los enotes de la selva interior, los cerrados, los que solo conocen los cazadores y los apicultores mayas, esos no los visita nadie y cada uno puede tener una plataforma de acero con contenedores de cocaína en el fondo. La detección de bases subacuáticas en cenotes requiere tecnología específica que las fuerzas de seguridad mexicanas no tienen desplegada en la península.
Sonares de barrido lateral que puedan detectar estructuras metálicas en el fondo de cuerpos de agua. Drones subacuáticos que puedan explorar se notes sin necesidad de enviar busos humanos. Sensores acústicos que detecten el ruido de compresores de aire operando cerca de cenotes y la capacidad de monitorear los cenotes de manera sistemática.
Lo cual requiere primero saber dónde están todos, algo que nadie ha logrado en la península. Es un desafío de escala monumental, miles de cenotes, miles de kilómetros de costa y un cártel con los recursos, la creatividad y la audacia de construir una base con cúpula de acrílico presurizado a 40 m bajo el agua. A ti que llegaste hasta aquí. Gracias.
La próxima vez que visites un cenote en Yucatán, esos cenotes turísticos de agua cristalina donde nadas con los peces y te sacas selfies para Instagram, mira hacia abajo, mira hacia el fondo azul que se pierde en la oscuridad y piensa en que en algún otro se note. Uno que no está en las guías turísticas, uno que no tiene escaleras de madera, ni chalecos salvavidas, ni turistas con GoPro.
En el fondo de ese cenote puede haber una plataforma de acero con contenedores llenos de cocaína y una cúpula de acrílico donde los monitores del CCO ONG brillan en la oscuridad. La selva de Yucatán guarda muchos secretos. Los mayas lo sabían. Construyeron sus ciudades en la selva y la selva se las tragó.
Durante siglos, las pirámides de Chichenitzá y Uxsmal estuvieron ocultas bajo la vegetación, invisibles para los que caminaban sobre ellas. Ahora el CJNG está haciendo lo mismo, construyendo estructuras en los lugares más inaccesibles de la selva, debajo del agua, debajo de la roca, donde la vegetación las cubre y el agua las esconde.
Los mayas creían que los cenotes eran la entrada al inframundo, al Shibalbá, al reino de los muertos que estaba debajo de la tierra, debajo del agua, en la oscuridad donde la luz del sol no llega. Para los mayas, bajar a un cenote era cruzar al otro lado, al mundo de abajo, al mundo de los dioses oscuros. En el popolu, el libro sagrado de los mayas, los héroes gemelos Junajpu e Xbalanqué descienden al Shibalba para enfrentar a los señores de la muerte en una serie de pruebas.
El Shibalba era un lugar de oscuridad, de engaño, de fuerzas que querían destruir a los que vivían arriba. Los señores del Shibalbá se alimentaban del sufrimiento humano y los héroes que bajaban a enfrentarlos necesitaban astucia, valentía y la ayuda de los que vivían en la superficie para sobrevivir. La analogía con este caso es casi demasiado perfecta.
El CJNG descendió al cenote, construyó su base en la oscuridad, se alimenta del sufrimiento que genera la cocaína que almacena ahí abajo y los héroes que bajaron a enfrentarlo, un buzo militar con una linterna y una pistola estanca, necesitó la ayuda de un pescador en la superficie que le dijo dónde buscar. Don Ernesto es el héroe de la superficie.
El buzo es el héroe del chibalbá. Y juntos, sin conocerse, sin hablarse nunca, derrotaron a los señores de la oscuridad que habían construido su reino debajo del agua. El CJNG convirtió esa creencia en realidad. Bajó al cenote, construyó su base en la oscuridad y desde ahí, desde el fondo del agua, desde el Shibalbá moderno, opera su negocio de muerte como los dioses oscuros de la mitología maya, invisibles, poderosos y alimentados por el sufrimiento de los que viven arriba.
Los soldados que asaltaron el campamento y los busos que bajaron al cenote les demostraron al CJNG que el Shibalba también tiene puerta de entrada para las fuerzas de seguridad, que 40 m de agua no son suficientes para esconderse, que una cúpula de acrílico puede ser bonita y puede ser sofisticada, pero no puede detener a un buzo militar con órdenes de cateo y la determinación de llegar hasta el fondo.
Don Ernesto, el pescador que firmó con una cruz, no sabe nada de los mayas ni del chibalbá. No sabe que los enotes eran sagrados. no sabe que lo que descubrió es la base de narcotráfico más sofisticada de la historia de México. Solo sabe que vio lanchas que no debían estar ahí y que fue a Mérida a decirlo. A veces, para derrotar a los dioses del inframundo, solo necesitas a un pescador que firma con una cruz y que tiene la valentía de ir a Mérida a decir lo que vio.
Dale like, suscríbete, activa la campanita. Los 800 kg de cocaína de comizados del fondo del cenote están siendo analizados para rastrear su origen. Las lanchas que llegaban a la costa de Yucatán venían de algún punto del Caribe y la ruta que conecta ese punto con el cenote es una ruta que el CJNG ha usado durante meses y que las autoridades están reconstruyendo con la información de las computadoras de la cúpula y los interrogatorios de los 79 detenidos.
Cuando esa ruta se complete, va a revelar una red de tráfico que conecta a Sudamérica con los enotes de Yucatán pasando por el Caribe y eso va a cambiar la manera en que se entiende el narcotráfico en la península. Nos vemos mañana. Cuídate. Y si algún día estás en la selva de Yucatán y ves un pozo en el suelo cubierto de vegetación, no te asomes, porque en este México lo que hay debajo del agua puede ser mucho más peligroso que lo que hay encima.
Y los dioses del Chibalbá, los de verdad, los que mueven cocaína en contenedores estancos a 40 m de profundidad, no reciben visitas. Quiero cerrar con una imagen que me regaló el buzo militar que bajó al cenote esa madrugada, cuando los peritos terminaron de documentar la base subacuática y llegó el momento de desmantelarla, el buzo hizo una última inmersión.
Bajó los 40 m hasta la cúpula, entró por la escotilla de acceso, se sentó en una de las sillas del interior y se quedó ahí un momento, mirando a través del acrílico transparente la caverna sumergida que lo rodeaba, las paredes de caliza blanca, las estalactitas rotas, los peces ciegos que nadaban en círculos lentos en la penumbra.
dijo que pensó en los mayas, en lo que habrían pensado si supieran que alguien había construido una estructura dentro de su cenote sagrado para almacenar veneno. Dijo que sintió vergüenza. No por él, por todos, por un país donde la creatividad se usa para esconder cocaína en el fondo de catedrales naturales que deberían ser patrimonio de la humanidad.
por un cártel que tiene la inteligencia de construir un hábitat presurizado a 40 m de profundidad, pero que no tiene la decencia de dejar en paz un lugar que merece respeto. Por un sistema que produce buzos como Carlos que aman el agua y terminan contaminándola. Y por un mundo que consume la cocaína que se esconde en cenotes, sin preguntarse jamás de dónde viene ni a qué costo.
El buzo apagó las luces de la cúpula. El interior se oscureció. El resplandor azul que había visto durante su primera inmersión se apagó para siempre y la cúpula quedó ahí en la oscuridad del cenote como un fantasma de acrílico que el agua eventualmente va a reclamar. Los ingenieros militares van a desmantelar la cúpula y la plataforma de almacenamiento en las próximas semanas.
Van a subir cada pieza de acero, cada panel de acrílico, cada cable y cada tubo por el pozo de 80 cm. Van a sellar el pozo con concreto y el cenote va a volver a ser lo que era antes del CKNG, una caverna oscura llena de agua, con peces ciegos y estalactitas, sin luces, sin monitores, sin cocaína.
El chibalba va a recuperar su silencio, pero la pregunta que me queda es la que siempre queda. ¿Cuántos cenotes más? ¿Cuántas cúpulas brillando en la oscuridad de otros cenotes que nadie ha explorado? ¿Cuántos contenedores de cocaína descansando en lechos de sedimento blanco a profundidades donde la luz del sol no llega y donde nadie baja a buscar? La respuesta la guarda la selva.
Y la selva de Yucatán no habla. guarda sus secretos como los ha guardado durante miles de años en silencio, debajo de los árboles, debajo de la roca, debajo del agua, donde los mayas ponían a sus dioses. El CJNG puso su cocaína y ambos siguen ahí, en la oscuridad esperando que alguien baje a buscarlos.
Don Ernesto sigue pescando, sale a las 4 de la mañana, regresa a las 11, vende su pesca, remienda sus redes, escucha la radio y cuando ve una lancha que no es del pueblo, ya no se queda callado, ya sabe a dónde ir, ya sabe qué decir y ya sabe que su firma, aunque sea una cruz, puede mover montañas o cenotes.
¿Qué es lo mismo, dale like, suscríbete, activa la campanita. Nos vemos mañana y acuérdate de don Ernesto, el pescador que no sabe leer, pero que sabe mirar, que no sabe escribir pero que sabe hablar, que firma con una cruz, pero que con esa cruz tumbó una cúpula de acrílico a 40 m bajo el agua de un cenote que los mayas habrían llamado la puerta del Shibalba y que el CJNG usaba como bóveda de 80 millones de dólares en cocaína, una cruz contra 80 millones y ganó la cruz. Yeah.