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Audrey Hepburn: Comió Bulbos de Flores para No Morir… y Nadie lo Supo

Su padre, un banquero británico de aspecto severo, la mira con menos ternura. Le ponen un nombre largo, casi musical, Audrey Kathlen Ruston. Más tarde, su padre añadirá un apellido inventado, Hebburn, porque cree que da más prestigio. Pero ese detalle en este momento no parece importar. La niña crece en una familia que parece privilegiada por fuera, una varonesa por madre, un banquero por padre, tres niños, porque Audrey ya tiene dos hermanos mayores de un primer matrimonio de su madre.

Casas en Bruselas, en Inglaterra, en Holanda, niñeras, tutores, vestidos pequeños hechos a medida. Pero algo no encaja desde muy temprano. El padre Joseph Ruston casi nunca está en casa, viaja por trabajo. Dice la madre Elia Van Himstra es una mujer fría, exigente, que cree que la disciplina es la mayor demostración de amor.

Audrey aprende, antes de aprender a leer, que su madre nunca la abrazaría sin un motivo, que el cariño hay que ganárselo, que mostrar emociones es debilidad. Esa lección se le quedará grabada para siempre. Audrey es una niña tímida, pequeña, con ojos enormes y oscuros. Habla poco, lee mucho. Le gusta esconderse en los rincones de la casa con un libro y desaparecer del mundo.

Sus hermanos mayores la ignoran. Su padre la ve raramente, su madre la corrige. Y entonces, una mañana de mayo de 1935, todo cambia. Audrey tiene 6 años. Está jugando en la habitación con un osito. Su madre entra, tiene los ojos rojos. Le dice, sin sentarse, sin abrazarla, sin acariciarle el pelo. Tu padre se ha ido.

No va a volver. Solo eso. Audrey no entiende. Pregunta dónde. Su madre no contesta. Pregunta cuándo volverá. Su madre dice que nunca. Pregunta por qué. Su madre se gira y sale de la habitación. La niña se queda sola con el osito en la mano y empieza a llorar. Llora durante horas. Llora hasta que el osito está empapado y nadie en toda esa casa enorme viene a consolarla.

Décadas más tarde, ya famosa, ya mayor, Audrey diría una frase que muchos guardaron en la memoria. Diría, el abandono de mi padre fue sin duda, el trauma más doloroso de mi infancia. Algo en mí se rompió ese día y nunca volvió a juntarse del todo. Lo que Audrey no sabía entonces y que solo descubriría muchos años después por qué su padre se había ido.

Joseph Ruston no había abandonado a su mujer por otra, no se había arruinado, no había huido por motivos sentimentales. Joseph Ruston se había ido porque se había involucrado en algo mucho más oscuro. Pero esa parte de la historia tendrá que esperar. Mientras tanto, la madre de Audrey, sola con sus tres hijos, toma decisiones rápidas. Manda a Audrey, a un internado en Inglaterra, lejos de Bruselas.

La idea dice, es darle una buena educación inglesa. La realidad es que ella simplemente no sabe cómo criar a una niña triste. Audrey llega al internado con una maleta pequeña y los ojos hinchados. No habla bien inglés. Las otras niñas se ríen de su acento. La llaman la holandesa rara. Ella se encierra en sí misma todavía más.

pasa los recreos sola, sentada en un banco mirando el cielo y aprende algo que la marcará para toda la vida, que la única manera de sobrevivir al dolor es disfrazarlo de elegancia. Pasan 3 años, Audrey tiene casi 10. Aprende a hablar inglés con un acento perfecto. Empieza a tomar clases de ballet.

Se enamora del ballet con una intensidad casi religiosa. Cuando baila, dice ella misma, desaparezco. Cuando baila, no piensa en su padre, no piensa en su madre fría, no piensa en nada. Pero entonces, 1939, Hitler invade Polonia, Inglaterra entra en guerra y la madre de Audrey, convencida de que Holanda neutral, tranquila, civilizada será un refugio seguro, toma una decisión que cambiará la vida de su hija para siempre.

Saca a Audrey, del internado inglés. Se la lleva a Arnem, una ciudad pequeña en el este de Holanda, donde vive parte de la familia Van Himstra. Aquí estaremos a salvo, le dice a Audrey en el tren. Antes de continuar, cuéntanos en los comentarios desde qué ciudad o país nos estás viendo hoy. Nos encanta descubrir hasta dónde llegan estas historias.

El Audrey llega a Arnhem en septiembre de 1939. Tiene 10 años. Le presentan a su abuelo, el varón Arnud Van Hemstra, un anciano de barba blanca y ojos azules. Le presentan a sus tíos, sus primos, sus tías. Hay reuniones familiares grandes donde se sirven sopas espesas y panes calientes.

Audrey, por primera vez en mucho tiempo, sonríe, pero la calma dura poco. 10 de mayo de 1940, las 5:30 de la mañana. Audrey duerme en su habitación de la casa de su abuelo cuando un ruido la despierta. Un ruido que no había oído nunca. Un ruido seco, lejano, repetido, como si alguien estuviera tirando piedras enormes contra el cielo.

Se incorpora en la cama, va a la ventana y ve en el horizonte columnas de humo negro elevándose hacia el cielo gris. Son los alemanes. Han invadido Holanda esa misma mañana. En 5 días el país entero se rendirá. Audrey, con 10 años recién cumplidos, está a punto de pasar los siguientes 5 años de su vida bajo ocupación nazi.

Al principio las cosas no parecen tan terribles. Los soldados alemanes ocupan los edificios oficiales, pero la vida cotidiana sigue. Audrey va a la escuela, sigue tomando clases de ballet porque incluso bajo la ocupación los maestros holandeses dan clases en sótanos, en garajes, en cualquier sitio. Audrey baila como si bailar fuera la única manera de no volverse loca.

Su madre, ella le da una orden estricta, le dice, “No hablamos inglés en público nunca. Tú no eres inglesa, eres holandesa. Te llamas Eda Van Himstra. Audre, obedece. Cambia su nombre, esconde su acento, aprende a desaparecer de nuevo, pero la guerra no se queda quieta. 1942. Audrey tiene 13 años. Una mañana de agosto, mientras desayuna con su madre, llaman a la puerta. Es un mensajero.

Trae una carta oficial. La madre la abre con manos temblorosas, Lee. Y entonces, sin decir nada, deja caer la carta sobre la mesa. Audrey la recoge. Lee, su tío Oto, el hermano de su madre, ha sido fusilado por los nazis. Oto Vanlimburg Stom era abogado, juez, un hombre bueno. Lo arrestaron sin pruebas, lo metieron en un grupo de cinco rehenes y lo ejecutaron en el bosque junto a otros cuatro hombres inocentes como represalia por una acción de la resistencia con la que él no tenía nada que ver.

Audrey leerá esa carta una y otra vez durante días. Ese tío era el hombre que la había llevado a pasear cuando llegó a Holanda, el que le había regalado su primer libro de poesía, el que la hacía reír cuando su madre la regañaba y ahora estaba muerto por nada, por menos que nada. Algo cambia dentro de Audrey ese día, algo que ninguna entrevista posterior nunca conseguirá nombrar del todo.

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