Quiero que se imaginen un calendario, no el calendario digital del teléfono, el calendario antiguo de los que colgaban en la cocina de las casas durante toda nuestra infancia. El que tenía las fechas grandes y los santos pequeños y las fases de la luna en una esquina, el que la madre o la abuela marcaba con bolígrafo cuando había una fecha que no podía olvidarse, un cumpleaños, una primera comunión, una visita médica, una fecha que importaba.
Y quiero que en ese calendario imaginen marcada una fecha específica con un círculo, con una marca clara, con la conciencia de que ese día algo va a ocurrir. 1 de julio de 2026. Faltan 7 semanas. En esa fecha, en algún lugar de Francia que aún no ha sido confirmado oficialmente, pero que probablemente será el seminario internacional Sancura de Ars en una pequeña localidad llamada Flaviñí Sur Oerain, un pueblo medieval de Borgoña con menos de 500 habitantes que parece sacado de una postal de otro siglo.
Va a ocurrir algo que la Iglesia Católica no ha visto desde 1988. Algo que la última vez que ocurrió produjo el último gran cisma moderno de la Iglesia. Algo que si ocurre como está anunciado, va a marcar el primer gran punto de inflexión doctrinal del pontificado de León XIV. Un grupo de sacerdotes va a consagrar obispos sin el permiso del Papa.
No es una hipótesis, no es una amenaza vaga, no es una posibilidad lejana que algún analista está especulando desde un escritorio. Es un anuncio formal hecho el 2 de febrero de 2026 por el superior general de esa fraternidad sacerdotal. ratificado por carta formal el 18 de febrero, sostenido en comunicados oficiales el 19 de febrero, mantenido frente a la advertencia personal del cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del dicasterio para la Doctrina de la Fe, en una reunión cara a cara en Roma el 12 de febrero. León XIV les pidió que no lo
hicieran. ofreció diálogo teológico estructurado. Ofreció el espacio formal para resolver las diferencias doctrinales que esa fraternidad tiene con ciertas enseñanzas del Concilio Vaticano Segundo. Ofreció, en términos pastorales, lo único que un Papa puede ofrecer a un grupo de sacerdotes que están a punto de cruzar una línea que tiene consecuencias canónicas automáticas y graves.

La respuesta fue una sola. Vamos a hacerlo de todas maneras. Escúchenme bien. Lo que voy a contarles esta noche no es una noticia política, no es un escándalo financiero como el del Banco del Vaticano. No es una historia de corrupción que produce indignación rápida y comentarios encendidos. Es algo más doloroso y más profundo y más difícil de procesar.
es la descripción de una herida dentro de la Iglesia Católica que lleva décadas sin cerrarse y que en 7 semanas puede volver a abrirse de una manera que ningún católico que se preocupe por la unidad de su Iglesia debería ver con indiferencia. Es la historia de un grupo de sacerdotes que aman tanto a la Iglesia o creen amarla tanto que están dispuestos a romper con el Papa para defenderla como ellos creen que debe ser defendida.
Es la historia de un Papa que en sus primeros meses de pontificado se enfrenta exactamente al mismo dolor que enfrentó Juan Pablo II en 1988. Es la historia de millones de fieles católicos que en los próximos meses van a tener que decidir qué hacen con una división que no produjeron, que no pueden resolver, pero que les afecta directamente a través de las parroquias donde van a misa y de las capillas donde quizás bautizaron a sus hijos.
Y es la historia, hermanos, de una pregunta que la iglesia lleva siglos haciéndose y que cada generación tiene que volver a contestar a su manera. ¿Cómo se reforma la iglesia? ¿Se reforma cambiando o se reforma conservando? ¿Se reforma desde adentro de la obediencia al Papa, aunque uno no esté de acuerdo con todo lo que ese Papa decide? ¿O se reforma desde la convicción individual de saber qué necesita la Iglesia más allá de lo que el Papa diga? Esas preguntas no son nuevas.
son tan antiguas como la iglesia misma y cada vez que vuelven a aparecer con la fuerza con que aparecen ahora, producen heridas que tardan décadas en sanarse. Bienvenidos. Soy el padre Samuel y esto es lo que no les van a decir en ningún otro lado. Antes de seguir, necesito hacer algo que no he hecho en otros videos. Necesito pedirles algo específico antes de empezar.
Necesito que escuchen lo que voy a contar con una disposición diferente a la que normalmente traen a este canal. En otros videos hemos hablado de villanos claros, de Norberto Rivera que vendió la imagen de la Virgen de Guadalupe a empresarios japoneses, de Sandoval Íñigues y la red de pederastas que protegió, del cardenal de Guadalajara que esta semana denunció que el crimen organizado gobierna México, de Maduro, que rechazó el exilio en Moscú porque no podía acceder a su dinero robado. De los 78 reportes de
actividades sospechosas en el Banco del Vaticano. En todos esos casos había villanos, personas que actuaron mal, que merecían las consecuencias que las acciones tenían, que producían en la audiencia el tipo de indignación clara que permite ver el mundo en blanco y negro. Esta noche no es así. Lo que voy a contarles esta noche no tiene villanos claros, tiene actores complejos, tiene un grupo de sacerdotes que ama a la iglesia y que cree, sinceramente, cree, aunque yo no esté de acuerdo con esa creencia, que está haciendo lo correcto.
Tiene un papa que está intentando resolver una crisis con las herramientas pastorales que tiene a su disposición. tiene un cardenal francés que murió en 1991, que es la figura central de toda esta historia y que era, con todas las cosas con las que uno pueda no estar de acuerdo, un hombre genuino que vivió su sacerdocio con una integridad que no se discute, incluso por los que más se opusieron a sus decisiones.
Si llegan a esta historia esperando que les diga quién es el malo y quién es el bueno, van a salir desorientados. No es esa clase de historia, es la clase de historia que requiere de quien la escucha una capacidad de sostener la complejidad sin colapsarla en un juicio rápido. Y por eso es más difícil de contar y de escuchar que las anteriores, pero también, creo yo, es más importante, porque las heridas dentro de la iglesia, las que afectan no a personas específicas que actuaron mal, sino a las estructuras mismas de la comunión, son las que más duran y las
que más enseñan sobre lo que somos como iglesia. y sobre lo que significa pertenecer a algo que nos trasciende y que, sin embargo, está hecho por personas que cometen errores y que toman decisiones difíciles y que a veces eligen caminos que no son los correctos, aunque las razones por las que los eligen sean comprensibles.
Vamos al fondo, pero les pido que vengan conmigo con la disposición de aprender, no la disposición de juzgar. Para juzgar siempre hay tiempo después para entender lo que va a ocurrir el 1 de julio de 2026. Necesitan conocer a un hombre que murió hace 35 años. Un hombre que ya no puede defender lo que hizo ni reconsiderarlo.
Un hombre cuya sombra sigue presente en cada decisión que la fraternidad sacerdotal San Pío X toma hoy y que va a estar presente de manera invisible pero palpable en cualquier ceremonia que ocurra en Flaviñí en julio. Marcel Le Febre, nacido en Turcuá, Francia, en 1905, hijo de una familia católica del norte de Francia, una región profundamente marcada por la fe en una época en que Francia entera todavía era profundamente católica.
Ordenado sacerdote en 1929, misionero en África durante décadas, específicamente en Gabón, donde estuvo años trabajando en condiciones que ningún sacerdote europeo de hoy puede imaginar. sin las comodidades modernas, sin las comunicaciones rápidas, con la dureza del trabajo misionero en territorios donde la iglesia se construía literalmente desde cero.
Lefebre no era un teórico, era un misionero. Eso es importante. Llegó a ser arzobispo de Dakar en Senegal. Luego de regreso a Europa, fue elegido superior general de los padres espiritanos, una de las congregaciones misioneras más importantes de la Iglesia Católica. Y en 1962, cuando el Papa Juan X3 convocó el Concilio Vaticano Segundo, Lefebre fue uno de los padres conciliares, no un observador, un participante con voz y con voto, un obispo que entró en la Basílica de San Pedro durante esos años de deliberación y que vio con sus
propios ojos el proceso por el cual la Iglesia se transformó. Y aquí, hermanos, empieza la parte que requiere atención. Para entender a efe qué fue el Concilio Vaticano Segundo para alguien como él, no para los que estamos de este lado del Concilio, que solo conocemos la Iglesia postconciliar. Para alguien que había vivido toda su vida sacerdotal en la iglesia preconciliar y que de repente vio en pocos años una transformación tan profunda que le costó reconocer la institución a la que había dedicado su vida, la misa que él había celebrado
durante toda su vida en latín con el sacerdote dando la espalda a la asamblea y mirando al altar con los gestos rituales y las oraciones que los sacerdotes católicos habían usado durante siglos con un sentido del misterio. sagrado que se construía precisamente a través de esa ritualidad antigua.
Fue reemplazada en pocos años por una misa nueva en las lenguas vernáculas, es decir, en los idiomas que la gente habla en cada país, con el sacerdote frente a la asamblea mirando a los fieles, con cambios en los gestos, en las oraciones, en las lecturas, en la estructura misma de la celebración. Para muchos católicos, esos cambios fueron una renovación bienvenida.
La misa en español o en inglés o en italiano o en francés, en lugar del latín que pocos entendían, hizo que los fieles pudieran participar de manera más activa. El sacerdote frente a la asamblea, creó una sensación de comunidad que el antiguo arreglo no permitía con la misma facilidad. La participación de los laicos en distintos aspectos de la celebración convirtió la misa en algo más vivo y menos clerical.
Para Lefebre, esos cambios fueron la pérdida de algo esencial. No porque odiara la lengua española o la inglesa o la francesa, sino porque creía que el latín como lengua sagrada compartida por toda la Iglesia universal a través de los siglos, era parte de la identidad misma de la Iglesia, que su pérdida no era solo un cambio práctico, sino una traición silenciosa a la continuidad que la Iglesia había mantenido durante casi 2000 años, que el sacerdote dando la espalda a la asamblea no era una falta de cercanía con los fieles, sino una orientación común,
sacerdote y fieles juntos mirando hacia Dios, que los cambios litúrgicos no eran reforma, sino ruptura. Pero Lefebre no era solo un nostálgico de la liturgia antigua. Tenía objeciones doctrinales que iban mucho más allá de la cuestión del latín. objeciones serias, objeciones que se fundamentaban en una lectura específica de la tradición de la Iglesia y que aunque uno no esté de acuerdo con ellas, tienen argumentos teológicos que merecen ser escuchados antes de ser rechazados.
tenía objeciones a la declaración del concilio sobre la libertad religiosa, el documento que se llama Dignitatis humane. Le Febre creía que ese documento, al afirmar que toda persona tiene derecho a la libertad religiosa y que ese derecho debe ser reconocido por los estados, contradecía la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre el deber de los Estados.
Para él, decir que el Estado debe ser neutral entre todas las religiones era abandonar lo que la Iglesia había enseñado durante siglos sobre la realeza social de Cristo. Tenía objeciones al ecumenismo, como fue desarrollado por el concilio. El documento unitatis redintegratio. de Febreía que el modo en que la iglesia postconciliar se relacionaba con otras confesiones cristianas y con otras religiones diluía la afirmación central para él de que la Iglesia Católica es la verdadera Iglesia de Cristo.
No estaba contra el respeto a las otras religiones, estaba contra la idea de que la verdad católica era una entre varias en lugar de la plenitud que las otras tradiciones tenían solo parcialmente. tenía objeciones a la nueva relación de la Iglesia con el mundo moderno que el concilio había definido en el documento Gaudium et Space.
creía que ese documento adoptaba un tono demasiado optimista sobre el progreso humano, sobre la modernidad, sobre los desarrollos del mundo contemporáneo, que ese optimismo traicionaba el reconocimiento que la Iglesia siempre había tenido de la realidad del pecado, del sufrimiento, de la necesidad permanente de redención que las sociedades humanas tienen y que ninguna modernización puede resolver.
Estas objeciones, hermanos, no son tonterías. Tienen argumentos teológicos, tienen referencias a documentos anteriores de la Iglesia, tienen una coherencia interna que las hace digna de ser tomadas en serio, incluso por los que no estamos de acuerdo con ellas. La cuestión nunca fue si las objeciones eran legítimas en sí mismas.
La cuestión era qué se hacía con ellas. si se discutían dentro de los canales que la Iglesia tiene para discutir las cuestiones doctrinales o si se llevaban a una ruptura con la autoridad papal que las había definido en los documentos del concilio. Lefebre durante años intentó la discusión. No fue alguien que rompiera con Roma desde el principio.
Tuvo conversaciones con Pablo VI, con Juan Pablo II, con cardenales y obispos que intentaron mediar. Durante años hubo intentos serios de encontrar una posición que permitiera mantener a Lefebre y a su fraternidad dentro de la comunión plena con el Papa. Y durante años esos intentos se rompieron porque las condiciones que el efebre ponía no eran aceptables para Roma y las condiciones que Roma ponía no eran aceptables para efebre.
Y así fueron pasando los años hasta llegar a 1988. 30 de junio de 1988. Econ, Suiza. Quiero que se imaginen la escena con todos los detalles que la historia permite, porque esta escena es la sombra que va a estar presente en cada momento de lo que ocurra el 1 de julio de 2026. [resoplido] Sin entender 1988, no se entiende 2026.
Marcel de Febre, ya con 82 años, está parado frente al altar en el seminario de la fraternidad en Ecón, en los Alpes Suizos. Junto a él, otro obispo, monseñor Antonio de Castro Mayer, brasileño, que ha venido para asistirlo en la ceremonia. Frente a ellos, cuatro sacerdotes que están a punto de ser consagrados obispos. Bernard Felé, suizo, Bernard Tisier de Mayeré, francés, Richard Williamson, británico, Alfonso de Galarreta, español de origen vasco.
Lefebre va a imponerles las manos, va a pronunciar las palabras de la consagración episcopal y al hacerlo los va a convertir en obispos según el rito católico tradicional. Pero lo va a hacer sin la autorización de Juan Pablo Segund. sabe lo que está haciendo. Sabe que durante meses Roma le ha advertido que esa consagración tendrá consecuencias canónicas automáticas.
Sabe que los cuatro hombres a los que va a consagrar van a quedar excomulgados en el momento mismo en que la consagración se complete. Sabe que él mismo, Lefebre, va a quedar excomulgado. Lo hace de todas maneras. Las razones que da son las que la fraternidad va a repetir en 2026, casi palabra por palabra. que la iglesia está en estado de necesidad, que sus obispos envejecen y se necesitan nuevos obispos para asegurar la continuidad, que las condiciones que Roma pone son inaceptables, que ante el conflicto entre la
obediencia al Papa y la fidelidad a lo que él considera la fe verdadera, elige la fidelidad. En su sermón Durante la consagración, Lefebre dice palabras que han quedado en la historia. Dice que está realizando una operación de supervivencia para la tradición. que la Roma actual ya no es la Roma de siempre, que se enfrenta a la elección entre obedecer al Papa y traicionar la Iglesia [resoplido] o desobedecer al Papa y servir a la Iglesia.
Eso, hermanos, es una elección dramática y dramáticamente equivocada en los términos en que la formula. Porque la idea de que se puede servir a la Iglesia desobedeciendo al Papa, cuando esa desobediencia rompe la unidad sacramental que define a la Iglesia, contiene una contradicción que ningún argumento puede resolver.
La Iglesia es comunión. La comunión es con el Papa. Servir a la Iglesia rompiendo la comunión con el Papa es servir a una idea de la iglesia, no a la Iglesia. Pero le febre no ve esa contradicción o la ve y considera que las circunstancias la justifican. En cualquier caso hace la consagración. Los cuatro hombres se convierten en obispos.
La ceremonia termina y todos los que participaron en ella, según el derecho canónico de la Iglesia Católica, quedan excomulgados de manera automática. Quiero pausar un momento aquí y explicarles algo que muchos espectadores no tienen claro. ¿Qué es exactamente la excomunión la tae sentie? Porque sin entender este concepto técnico no se entiende lo que está en juego en 2026.
La excomunión laata sentie es una sanción que el derecho canónico de la Iglesia Católica tiene establecida para ciertas conductas tan graves que la Iglesia considera que la persona que las comete se excomulga a sí misma por el solo hecho de cometerlas. La tae sentie significa, traduciendo libremente del latín, sentencia ya pronunciada.
La sentencia ya está pronunciada por la ley misma. No hace falta que un juez la pronuncie. No hace falta que el Papa la decrete caso por caso. La conducta misma activa la sanción. Consagrar obispos sin mandato del Papa está en esa lista de conductas. Está en el canon 1382 del Código de Derecho Canónico. Si lo haces, te excomulgas.
No es Roma castigándote, es la Iglesia a través de su ley diciendo que has cruzado una línea que tiene consecuencias automáticas. Por eso, cuando Juan Pablo II respondió a la consagración de 1988, no decretó las excomuniones en sentido estricto. Lo que hizo fue declarar que las excomuniones que ya habían ocurrido por el acto mismo de la consagración eran efectivas.
Confirmó lo que el derecho canónico ya había producido para Lefebre, para Castro Meyer, el obispo que lo asistió, y para los cuatro nuevos obispos. Esa es la diferencia entre una excomunión decretada por el Papa, que es discrecional, y una excomunión la tae sentie, que es automática. La automática no admite argumentos sobre la intención.
No importa si la persona que cometió el acto creía que estaba haciendo algo bueno. No importa si las circunstancias eran extremas, la conducta misma produce la sanción. Eso fue lo que ocurrió el 30 de junio de 1988 y eso es lo que está en riesgo de ocurrir el primero de julio de 2026. Pero la historia no termina con la excomunión.
Lefebre murió en 1991, 3 años después de la consagración. murió excomulgado. En sus últimos años no se retractó de lo que había hecho. Mantuvo que había actuado correctamente, que la Iglesia algún día reconocería que su consagración había sido necesaria para preservar la tradición, que él podía morir en paz con su conciencia, aunque muriera fuera de la comunión formal con Roma. Eso, hermanos, es trágico.
Porque lefebre no fue un mal hombre. No actuó por ambición personal, no buscó poder ni dinero. Murió pobre, en un cuarto sencillo, después de una vida de servicio sacerdotal, en condiciones que ningún obispo de hoy aceptaría sin protestar. Pero murió convencido de que había actuado correctamente al consagrar a esos obispos sin permiso, y la convicción de su corazón no cambió la realidad canónica de su situación.
La excomunión, sin embargo, no fue el final de la historia. Entcios sonaibe, casi 21 años después de la consagración, el Papa Benedicto XV hizo algo que sorprendió al mundo católico. Levantó las excomuniones de los cuatro obispos consagrados en 1988, solo de ellos. No de Lefebre, que ya había muerto, no de Castro Mayer, que también había muerto, de los cuatro que estaban vivos, Felé, Tisi de Mayerá, Williamson, Galarreta.
Esa decisión fue extraordinariamente controvertida. Benedicto fue criticado dentro y fuera de la iglesia por hacer un gesto que parecía premiar la desobediencia. Muchos católicos preguntaron por qué se levantaban las excomuniones de personas que nunca se habían retractado de lo que habían hecho. ¿Por qué se hacía un gesto de reconciliación sin que del otro lado hubiera ningún gesto correspondiente? Pero Benedicto no era ingenuo.
Conocía profundamente la historia de la fraternidad. Como cardenal Ratzinger, durante el conflicto de los años 80, había sido prefecto de la doctrina de la fe y había estado directamente involucrado en las negociaciones con Lefebre. Tenía una relación personal con varios de los obispos lefebristas y, sobre todo, tenía la convicción de que la separación de la fraternidad era una herida que la Iglesia debía intentar cerrar.
levantó las excomuniones porque pensaba que el camino para restablecer la comunión completa pasaba por restablecer una comunicación que la excomunión hacía imposible, no porque considerara que la consagración de 1988 había sido legítima, sino porque consideraba que la excomunión, aunque legítima, había producido una distancia que ahora era el obstáculo principal para cualquier proceso de reconciliación.
Fue un gesto pastoral, generoso, quizás según muchos demasiado generoso y sin embargo no produjo el resultado que Benedicto esperaba. El levantamiento de las excomuniones no resolvió la situación canónica de fondo de la fraternidad. Los obispos volvieron a estar en comunión nominal con Roma, pero la fraternidad como institución siguió sin tener un estatuto canónico reconocido.
Los sacerdotes siguen sin tener jurisdicción reconocida formalmente por la Iglesia. La fraternidad no es una sociedad de vida apostólica reconocida. Su situación canónica sigue siendo hasta el día de hoy profundamente irregular. Eso significa que los sacerdotes de la fraternidad celebran sacramentos que la Iglesia considera válidos, pero ilícitos.
Sus matrimonios son válidos, pero canónicamente irregulares. Las confesiones que escuchan podrían ser válidas en ciertas interpretaciones canónicas si los penitentes no tienen necesidad grave. La situación es ambigua y dolorosa para todos los involucrados, especialmente para los fieles ordinarios que asisten a las capillas de la fraternidad y que durante décadas han vivido con esa ambigüedad.
Francisco, el Papa que sucedió a Benedicto, hizo algunos gestos concretos. En el año jubilar de la misericordia en 2016 dio a los sacerdotes de la fraternidad la facultad de absolver válidamente los pecados en confesión. Es decir, regularizó al menos ese aspecto del ministerio. Pero la situación de fondo siguió sin resolverse.
Las negociaciones nunca llegaron a un acuerdo definitivo. La fraternidad no entró en plena comunión. Y es en este contexto, hermanos, después de décadas de conversaciones que no llegaron a nada, después de gestos de Roma que no produjeron los resultados esperados, después del envejecimiento progresivo de los obispos consagrados en 1988, en este contexto se llega al anuncio del 2 de febrero de 2026.
Padre Pagliarani, que es el actual superior general de la fraternidad, sucesor de Bernard Felé en ese cargo, anuncia en una ceremonia en Francia que la fraternidad va a consagrar nuevos obispos sin la autorización del Papa. La razón inmediata es práctica. De los cuatro obispos consagrados en 1988, varios ya han muerto o están en edad muy avanzada.
Si la fraternidad no consagra a nuevos obispos pronto, llegará un momento, en una generación o dos, en que ya no habrá obispos válidamente consagrados en la fraternidad. Sin nuevos obispos no hay quien ordene nuevos sacerdotes. Sin nuevos sacerdotes, en algunas décadas la fraternidad simplemente se extingue. Esa es la razón práctica y es comprensible, pero es también, según yo veo las cosas, exactamente la razón que muestra que el problema no es solo la sucesión apostólica.
El problema es la lógica institucional que pone la supervivencia de una organización por encima de la unidad sacramental con el Papa. que define a la Iglesia Católica. Parte 4, la cronología de 2026, 7 semanas de pulso. Ahora voy a contarles con todo el detalle que las fuentes permiten cómo se desarrolló entre febrero y mayo de este año el pulso entre la fraternidad y el Vaticano, porque cada fecha tiene un peso simbólico que no es accidental.
Y la elección de las fechas dice algo sobre cómo cada parte está intentando narrar lo que está haciendo. Empezamos con el 2 de febrero de 2026, la fiesta de la presentación del Señor en el templo, también conocida como la fiesta de la purificación de la Virgen María, la Candelaria en muchos países hispanos. Una de las fechas más antiguas y más cargadas simbólicamente del calendario católico.
El día en que María, según el evangelio de Lucas, presentó a Jesús en el templo de Jerusalén 40 días después de su nacimiento, según la prescripción de la ley judía, el día en que el anciano Simeón tomó al niño en sus brazos y pronunció el cántico que la Iglesia llama el nunc dimitis, el día en que la profetisa Ana reconoció al Mesías en aquel niño que su madre traía al templo.
[resoplido] Y el día en que Simeón le dirigió a María una profecía que ha quedado en la liturgia cristiana como una de las imágenes más densas de toda la Biblia, una espada atravesará tu corazón. En esa fecha, en una ceremonia en Francia, el padre David Pagliarani, italiano de 45 años, sucesor de Bernard Felé, como superior general de la fraternidad, pronuncia el anuncio.
La fraternidad va a consagrar nuevos obispos. sin la autorización de la Santa Sede, la fecha prevista, 1 de julio de 2026, la elección del 2 de febrero para hacer ese anuncio no puede ser accidental. Es el día en que la fe pública se hace presente en el templo. Es el día en que María acepta una espada que va a atravesarla.
La fraternidad está diciendo con la elección de la fecha que entiende lo que está haciendo, que sabe que va a producir dolor, que va a producir una espada que va a atravesar muchos corazones. incluyendo el del Papa al que están desafiando y que lo hace de todas maneras porque considera que la fidelidad a lo que cree exige ese dolor.
Es una imagen poderosa y en mi opinión es una imagen profundamente equivocada porque la espada que María aceptó no fue una espada que ella eligió para sí, fue la espada que el plan de Dios le pidió aceptar. Y nada en la posición de la fraternidad sugiere que sea Dios el que les esté pidiendo la consagración sin permiso.
Es una decisión propia presentada con un lenguaje que la viste de inevitabilidad providencial. Avancemos 10 días. 12 de febrero. El padre Paliarani está en Roma. La reunión con el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del dicasterio para la doctrina de la fe, está confirmada y documentada por varios medios.
Pagliarán y entra al palacio del Santo Oficio. Ese edificio tiene una historia. Durante siglos se llamó la Inquisición. Fue durante un periodo largo de la historia de la Iglesia el lugar donde se procesaban los casos de herejía con métodos que hoy ningún católico de buena fe puede defender. Después se llamó La Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio.
Después la Congregación para la doctrina de la Fe y desde la Reforma de Francisco se llama El dicasterio para la doctrina de la fe. El nombre cambió. El edificio sigue siendo el mismo y la función central, que es la de velar por la fidelidad doctrinal de la Iglesia, también es la misma. El cardenal Fernández, argentino, designado por Francisco para ese cargo y mantenido por León XIV, es el hombre que en este pontificado tiene la responsabilidad de gestionar las cuestiones doctrinales más sensibles. Lo que se dijo en esa reunión
no fue público en sus términos exactos, pero la sustancia se filtró a los medios y fue confirmada por las dos partes en sus comunicados posteriores. Fernández le advirtió a Pagli Arani que consagrar obispos sin mandato del Papa constituye una ruptura grave de la unidad eclesial, que la consagración estaría sancionada con excomunión, late, sentencie automática, exactamente como en 1988, que el consentimiento papal es esencial para la sucesión apostólica y crucialmente le ofreció una alternativa, diálogo teológico estructurado, la
oportunidad de discutir formalmente las objeciones doctrinales que la fraternidad tiene con el Concilio Vaticano Segundo, con un marco institucional que permitiera que esas objeciones fueran escuchadas en Roma con la seriedad que merecen, con la posibilidad de explorar caminos para una eventual regularización canónica de la fraternidad con una condición, suspender las consagraciones.
Primero, Pagleará escuchó, no se comprometió a nada, no dijo que sí ni que no. volvió a Suiza para consultar con el resto de la dirigencia de la fraternidad. Avancemos 6 días. 18 de febrero, miércoles de ceniza. La fecha más cargada de simbolismo del año litúrgico católico para hablar de conversión. El primer día de cuaresma, la fecha del calendario en la que los fieles de todo el mundo reciben la ceniza en la frente con las palabras polvo eres y al polvo volverás.
o según la fórmula alternativa, conviértete y cree en el evangelio. Conviértete. En ese día específico, desde la sede de la fraternidad en Mensingen, Suiza, padre Pagliarani envía una carta formal. La carta confirma que la fraternidad sigue adelante con las consagraciones planeadas, que no aceptará la condición de suspender las consagraciones para iniciar el diálogo, que el estado de necesidad en el que se encuentran las almas exige actuar y no esperar.
Padre Samuel se detiene aquí porque la elección de la fecha vuelve a ser significativa y vuelve a ser, en mi opinión, problemática. Miércoles de ceniza es el día de la conversión, el día en que la Iglesia entera se prepara para los 40 días de penitencia que llevan a la Pascua, el día en que los católicos del mundo reconocen que necesitan convertirse, que necesitan cambiar, que necesitan reconocer humildemente sus propias limitaciones y errores.
Y la fraternidad usa precisamente ese día para confirmar al Vaticano que no va a cambiar de rumbo. Para decir en términos prácticos que ellos no necesitan convertirse, que los que necesitan reconsiderar son los otros. No me refiero al simbolismo como prueba de mala fe. No estoy diciendo que la fraternidad eligiera la fecha cínicamente para ser provocadora.
Quizás simplemente fue la fecha en que tenían programado enviar la carta y no calcularon todas las resonancias. Pero el efecto es el que es la carta de un grupo que dice que no va a cambiar de rumbo, enviada el día en que toda la iglesia se prepara para cambiar de rumbo. La asimetría es palpable para cualquiera que conozca la liturgia católica.
Al día siguiente, 19 de febrero, la fraternidad publica un comunicado oficial, la frase central, la que define toda la posición jurídica que la fraternidad va a sostener desde ese momento. Una consagración episcopal no autorizada por la Santa Sede, cuando no va acompañada ni de intención sismática ni de la colación de jurisdicción, no constituye una ruptura de comunión.
Padre Samuel descompone la frase con cuidado, es una construcción jurídica cuidada. La fraternidad está diciendo en términos canónicos, vamos a consagrar a estos obispos, pero con dos restricciones que, según ellos, evitan que el acto sea sismático. La primera restricción, no es nuestra intención sismática producir un cisma.
La segunda restricción, no vamos a darles a estos nuevos obispos jurisdicción sobre ningún territorio específico. No vamos a establecer una iglesia paralela con sus propias estructuras de gobierno. Solo vamos a asegurar la continuidad sacramental de nuestra comunidad. Y por lo tanto, dicen ellos, no es cisma. El argumento tiene algo de plausibilidad.
En el sentido estricto del derecho canónico, el cisma se define como la separación de la sujeción al romano pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia que le están sujetos. La fraternidad puede argumentar que ellos no se separan de la sujeción al Papa en el sentido formal, que reconocen al Papa como Papa, que no están estableciendo una iglesia paralela con un antipapa propio, que solo están haciendo lo que consideran necesario para preservar la sucesión apostólica dentro de su comunidad. El Vaticano no
comparte esa interpretación. Para Roma, consagrar obispos sin mandato del Papa es siempre una ruptura grave de la comunión, independientemente de si esos obispos reciben jurisdicción o no. La consagración misma es el acto que rompe la unidad sacramental. La intención subjetiva no puede neutralizar la consecuencia objetiva.
Las dos partes están leyendo el mismo derecho canónico y llegando a conclusiones opuestas. No porque alguna de las dos esté actuando de mala fe, porque la cuestión misma admite interpretaciones diferentes y cada parte está leyendo el texto desde la perspectiva que sirve a su posición. Esa es la naturaleza del conflicto y es por eso que en las próximas 7 semanas no va a haber un acuerdo.
Porque cuando dos partes leen el mismo texto y llegan a conclusiones opuestas, lo que se necesita no es más debate sobre el texto. Lo que se necesita es que una de las dos partes o las dos cambien su disposición de fondo. Y eso, hermanos, no se hace en 7 semanas. Parte cinco, la sucesión apostólica. ¿Y por qué importa? Quiero detenerme ahora en algo que muchos espectadores no tienen claro y que es absolutamente central para entender qué está en juego en el 1 de julio.
Voy a tomarme mi tiempo aquí porque sin entender este punto técnico no se entiende la magnitud de lo que va a ocurrir. ¿Qué es la sucesión apostólica? Es la cadena ininterrumpida de imposición de manos que conecta a los obispos católicos de hoy con los apóstoles que recibieron la imposición de manos de Jesús mismo. Cuando un obispo es consagrado, otro obispo le impone las manos.
Ese obispo que impone las manos fue a su vez consagrado por otro obispo y así hacia atrás durante 2000 años, eslabón por eslabón, imposición de manos por imposición de manos. hasta los apóstoles que Jesús eligió, que fueron las primeras manos en esa cadena. Cada obispo es, en este sentido, un eslabón de una cadena que la Iglesia considera teológicamente esencial.
La sucesión apostólica no es una metáfora, es una realidad sacramental. La Iglesia cree que la gracia del sacerdocio se transmite físicamente a través del gesto de la imposición de manos, desde los apóstoles hasta hoy. Y por eso la Iglesia es tan cuidadosa con quién es consagrado obispo y bajo qué condiciones, porque cada nueva consagración es la continuación o la ruptura potencial de esa cadena.
Aquí viene la distinción más importante de todo este vídeo. Las consagraciones que la fraternidad realice el 1 de julio serán válidas en el sentido sacramental. Es decir, los nuevos obispos serán realmente obispos. Tendrán el sacramento del orden episcopal en su plenitud. Podrán a su vez consagrar otros obispos válidamente.

Podrán ordenar sacerdotes válidamente. Podrán celebrar todos los sacramentos válidamente. Sus misas serán misas verdaderas con la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Sus confesiones serán confesiones verdaderas, capaces de absolver pecados válidamente cuando se cumplan ciertas condiciones, pero serán ilícitas. Es decir, no tendrán la autorización del Papa que la Iglesia considera necesaria para que esos obispos estén en plena comunión con la Iglesia Universal.
Habrá una ruptura entre la validez sacramental que se mantiene y la licitud canónica que no se cumple. Esa distinción, hermanos, es importantísima y es donde más se confunden los espectadores que escuchan estas historias por primera vez. La diferencia entre validez e licitud explica por qué el Vaticano puede decir simultáneamente que las consagraciones de la fraternidad serán graves rupturas de la comunión y sin embargo que los obispos consagrados serán realmente obispos.
No es contradicción, es la doctrina católica sobre cómo funcionan los sacramentos. Un sacramento es válido cuando se cumplen ciertas condiciones objetivas. la materia correcta, la forma correcta, la intención correcta del ministro, la disposición adecuada del receptor. Si esas condiciones se cumplen, el sacramento se realiza independientemente de si las circunstancias canónicas son las correctas.
Por eso, un sacerdote suspendido a Divinis puede confesar válidamente a un moribundo en peligro de muerte, aunque no tenga autorización para celebrar normalmente. La validez del sacramento no depende de la licitud, pero esa distinción, aunque correcta teológicamente, produce una situación ambigua que es la raíz de todo el conflicto.
Porque si los obispos consagrados son realmente obispos, ¿cuál es exactamente el problema? ¿Por qué Roma no simplemente acepta la consagración y reconoce a los nuevos obispos? La respuesta, hermanos, es que aceptar la consagración sería renunciar al principio de que el Papa es la cabeza visible de la Iglesia y que su autoridad sobre la sucesión apostólica es esencial.
Si cualquier grupo de sacerdotes pudiera consagrar obispos cuando le pareciera necesario, alegando estado de necesidad o cualquier otra razón, la Iglesia perdería el principio de unidad que la define. Cada grupo podría consagrar a sus propios obispos, cada facción podría reclamar la sucesión apostólica para su propio liderazgo.
La Iglesia se fragmentaría en 1000 pedazos. Por eso, la consagración sin mandato del Papa, aunque produzca obispos válidos, es un acto que la Iglesia debe sancionar, no por la consagración en sí, por lo que la consagración sin permiso significa una afirmación práctica de que la autoridad del Papa sobre la sucesión apostólica no es esencial, sino solo conveniente cuando uno está de acuerdo con sus decisiones.
Eso, hermanos, es lo que está en juego el primero de julio. Solo cuatro consagraciones específicas. El principio de la unidad de la iglesia bajo el sucesor de Pedro. Ahora viene la pregunta que la fraternidad nunca termina de responder satisfactoriamente y que yo quiero plantear con toda la claridad posible. Si la fraternidad cree, como dice creer, que los obispos consagrados sin permiso producen obispos válidos pero ilícitos, ¿por qué creen que vale la pena el costo? Porque el costo es enorme.
La excomunión la tae sentie para los que participen. La intensificación de la separación con Roma, la probable destrucción de los avances graduales hacia una eventual regularización canónica que se han logrado en las últimas décadas. La consolidación de la posición de la fraternidad como grupo separado, en lugar de como grupo en proceso de reconciliación.
¿Y a cambio de qué? de obispos válidos, pero ilícitos, de una sucesión sacramental que se mantiene a costa de profundizar la separación de la sucesión jerárquica. La respuesta que la fraternidad da es la del estado de necesidad, que sin estos obispos la fraternidad no puede continuar formando sacerdotes, que sin sacerdotes los fieles tradicionales no tendrán quien les administre los sacramentos según el rito antiguo.
Que la responsabilidad pastoral hacia esos fieles exige asegurar la continuidad incluso al costo de la ruptura. Pero esa lógica, hermanos, contiene una asunción problemática. asume que la única manera de asegurar la atención pastoral a los fieles tradicionales es a través de sacerdotes ordenados por obispos lefebristas. Asume que las opciones que existen dentro de la comunión plena con Roma para los católicos que aman la liturgia tradicional son insuficientes o inaceptables.
Asume que la regularización canónica de la fraternidad es imposible sin las consagraciones, cuando precisamente las consagraciones la harán mucho más difícil. Esas asunciones son discutibles y en mi opinión pastoral son equivocadas, pero la fraternidad las sostiene y va a actuar con base en ellas el 1 de julio.
Quiero ahora hacer algo que requiere de ustedes, una capacidad de ver dos cosas al mismo tiempo. Quiero mostrarles las dos heridas de esta historia, la del Papa y la de la fraternidad, porque las dos son reales y solo viendo las dos al mismo tiempo se entiende por qué este conflicto es tan difícil de resolver.
Empecemos por la herida de León XV. León XIV llegó al pontificado hace pocos meses. Pongan en perspectiva lo que ya tiene sobre el escritorio. Hemos cubierto en este canal varios de los expedientes que están en su mesa. El caso Rivera, el caso Sandoval, las finanzas vaticanas con 78 operaciones sospechosas en un solo año.
La crisis venezolana con la negociación secreta de Nochebuena que terminó en el operativo del 3 de enero. La situación en el Líbano con la foto del niño que lleva en el bolsillo, el cardenal de Guadalajara denunciando que el crimen organizado gobierna México. Y todo esto, hermanos, antes de que cumpla un año en el pontificado.
Y ahora esto, una crisis con un grupo de sacerdotes que en 7 semanas va a producir la primera consagración episcopal sin permiso papal desde 1988. León XIV está empezando su pontificado. Cada decisión que toma en estos primeros meses va a definir el tono del pontificado completo. Si responde con dureza, lo van a llamar autoritario.
Si responde con suavidad, lo van a llamar débil. Trump ya lo ha llamado débil. Si ofrece diálogo y la fraternidad lo rechaza, va a quedar en la posición incómoda de haber hecho lo que un papa pastoral debe hacer y de haber recibido por respuesta exactamente lo que no puede aceptar. Pero hay algo más en la herida de León XIV que es importante reconocer y es lo siguiente.
León XIV está enfrentándose al mismo dilema exacto que enfrentó Juan Pablo II en 1988. La situación es tan paralela que no puede ser casualidad. Las razones que la fraternidad da hoy son casi palabra por palabra las que dio Lefebre en 1988. La estrategia de la consagración como hecho consumado es la misma. El argumento del estado de necesidad es el mismo y eso le pone a León XIV en una posición particular.
Porque cualquier respuesta que dé va a ser comparada con la respuesta de Juan Pablo II en 1988. Y Juan Pablo II respondió con dureza inmediata. Decretó las excomuniones automáticas, cerró el diálogo. La fraternidad quedó en una situación canónica que tardó décadas en empezar a resolverse y que aún hoy no está resuelta.
¿Va a hacer León XIV lo mismo? ¿O va a buscar una respuesta diferente que mantenga abierta alguna puerta? hacia el restablecimiento de la comunión, sin sacrificar el principio de la autoridad papal sobre la sucesión apostólica. Esa decisión, sea cual sea, va a tener consecuencias durante décadas y va a ocurrir en las próximas 7 semanas o más probablemente en los días inmediatamente posteriores al primero de julio cuando la consagración se haya producido.
Pero hay otra herida, la de la fraternidad. Y aunque yo no esté de acuerdo con lo que están haciendo, quiero que la entiendan. Porque sin entender el dolor del otro lado, no se entiende por qué este conflicto es tan difícil. La fraternidad lleva 56 años existiendo en una situación canónica que para ellos es una herida abierta. Sus sacerdotes celebran misa cada día, confiesan a sus fieles, bautizan niños, casan parejas, entierran muertos, hacen el trabajo pastoral ordinario en cientos de capillas en todo el mundo.
Fundan escuelas católicas tradicionales, mantienen seminarios donde forman nuevos sacerdotes, sostienen comunidades religiosas femeninas, producen literatura católica. Y todo ese trabajo, hermanos, según Roma, se hace fuera de la jurisdicción eclesiástica regular. Sus matrimonios son válidos, pero canónicamente irregulares.
Sus confesiones, según ciertas interpretaciones canónicas estrictas, podrían no ser válidas si los penitentes no tienen necesidad grave. Sus capillas no son parroquias formales. Sus escuelas no están dentro del sistema católico oficial. Esa irregularidad vivida durante décadas produce un cansancio que los que la viven entienden y los que no la viven raramente comprenden.
Los sacerdotes de la fraternidad, los buenos, los que están ahí por vocación genuina y no por ideología, sienten que están haciendo el trabajo de la iglesia bajo condiciones que la Iglesia oficial les hace difíciles, que sus fieles, los que confían en ellos para los sacramentos, viven en una incertidumbre permanente que no produjeron.
que cada vez que un fiel de la fraternidad va a contraer matrimonio o a recibir un sacramento importante, hay una pregunta en el aire sobre la regularidad canónica que afecta a todos. Y cuando llega el envejecimiento de los obispos, llega también la pregunta práctica que ya hemos discutido. Si no consagramos nuevos obispos en una generación, esta organización deja de poder formar sacerdotes y los fieles que han confiado en nosotros se quedan sin la atención pastoral que les hemos dado durante décadas. Esa lógica justifica consagrar
obispos sin permiso papal. Yo creo que no, pero entiendo por qué la fraternidad la usa y respeto la sinceridad con que la usa. Hay algo profundamente trágico en la situación de un grupo que cree equivocada o acertadamente que está a punto de extinguirse y que se enfrenta a la elección entre desaparecer en obediencia o sobrevivir en desobediencia.
No estoy excusando lo que van a hacer. Estoy dando contexto humano a una decisión que de otra manera podría parecer arbitraria o malvada. No es arbitraria. No es malvada, es, en mi opinión pastoral, equivocada, pero es la decisión de personas que se enfrentan a un dilema real consecuencias reales y que están eligiendo, mal según yo lo veo, el camino que les parece menos peor.
Ahora, hermanos, viene la parte más difícil de articular, pero la más importante. ¿Qué se hace cuando dos heridas son reales y las dos partes tienen razones legítimas para sentir lo que sienten? La respuesta de la G católica durante siglos ha sido siempre la misma. La unidad con el Papa es no negociable. Las objeciones a las decisiones específicas del Papa son legítimas y pueden discutirse.
Pero la unidad sacramental con el Papa que se expresa a través de la sucesión apostólica autorizada por el sucesor de Pedro no es una pieza más del rompecabezas que pueda sacrificarse sin destruir el rompecabezas mismo. Eso es duro. Es duro para los que tienen objeciones doctrinales serias y sienten que sus objeciones no están siendo escuchadas con la atención que merecen.
Es duro para los que viven en la tradición litúrgica antigua y sienten que la nueva liturgia ha producido pérdidas que no son menores. Es duro para los que han pertenecido durante décadas a una comunidad como la fraternidad y sienten que esa comunidad les ha dado una experiencia de fe que no quieren perder.
Pero la dureza, hermanos, no cambia la realidad. La unidad con el Papa es lo que define a la Iglesia Católica como una. Sin esa unidad, la iglesia se fragmenta. Y la fragmentación no es una opción que tenga grados aceptables. La fragmentación es la negación de lo que la Iglesia es. Por eso, al final de todo este análisis, mi posición pastoral, después de haber respetado todo lo que hay que respetar en el lado de la fraternidad es clara.
Lo que va a ocurrir el primero de julio, si ocurre, va a ser un error, un error grave, un error con consecuencias que la fraternidad va a llevar durante mucho tiempo y un error que la Iglesia, a través del Papa que tenga en cada momento, va a tener que gestionar pastoralmente con la mezcla de firmeza doctrinal y apertura misericordiosa que solo el Espíritu Santo puede inspirar.
Llegamos al momento en que esta historia deja de ser sobre Lefebre y la fraternidad y León XIV y empieza a ser sobre nosotros, sobre cada uno de los que estamos viendo este video, porque el espectador puede pensar razonablemente que lo que hemos discutido esta noche es un problema institucional que no le afecta, que ocurre entre Roma y un grupo de sacerdotes muy específicos en algún seminario en Francia, que su vida cotidiana de fe, su rosario, su misa del domingo, su parroquia no tiene nada que ver con esto. Quiero romper esa distancia porque
creo que la tentación de la fraternidad no es solo de la fraternidad, es la tentación humana universal aplicada al caso eclesiástico. Y esa tentación está en cada uno de nosotros en alguna escala. ¿Han tenido alguna vez la sensación de que algo en su iglesia no estaba bien y no sabían qué hacer con esa sensación? La sensación de que el sacerdote de su parroquia toma decisiones con las que ustedes no están de acuerdo, que el obispo de su diócesis dice cosas que ustedes consideran erradas, que el Papa actual hace o decide algo que les
produce incomodidad. Esa sensación es legítima. La fe no requiere que estemos de acuerdo con todo. Lo que la fe requiere es que sepamos qué hacer con nuestros desacuerdos. ¿Han conocido a alguien que se alejó de la iglesia porque no podía soportar ciertos cambios? ¿O alguien que se alejó porque la iglesia no cambiaba lo suficiente? Las dos historias existen.
Las dos producen sufrimiento. Las dos son, en algún sentido, la versión personal del drama que la fraternidad está viviendo a escala institucional. ¿Han ido alguna vez a una capilla de la fraternidad? ¿Conocen a alguien que asiste regularmente? Han sentido que su propia fe estaría mejor en un lugar como esos donde todo se siente más sólido y más antiguo.
No estoy juzgando esa atracción, la entiendo. Hay algo profundamente humano en buscar refugio en lo que se siente estable cuando lo que nos rodea se siente líquido. ¿Han sentido alguna vez la tentación de creer que su manera de ser católico es la verdadera y que los demás están equivocados? Tanto si su manera es más tradicional como si es más reformista.
Esa tentación es la tentación originaria, la tentación de Adán y Eva, creyendo que pueden saber por sí mismos lo que es bueno y lo que es malo, sin necesidad de la guía de Dios. La tentación que cada generación de cristianos vuelve a enfrentar de manera diferente. La pregunta que la fraternidad nos hace sin querer hacérnosla es esta: ¿Cómo discernimos cuando la fidelidad a lo que creemos exige obedecer aunque no estemos de acuerdo? ¿Y cuándo exige desobedecer, aunque eso rompa relaciones que valoramos? Esa pregunta no tiene
respuesta automática. Cada caso es diferente. Pero el caso de la fraternidad nos da una pista importante. Cuando la consecuencia de tu desobediencia es romper con la unidad de la Iglesia, hay algo profundamente desproporcionado en esa decisión. Porque ninguna doctrina específica, por que sea, vale más que la unidad que el mismo Cristo pidió cuando rezó al Padre que todos sean uno.
Porque cualquier objeción doctrinal puede discutirse dentro de la unidad. Y porque romper la unidad, una vez rota, no se restablece con argumentos teológicos, se restablece con generaciones de paciencia y de gestos de buena voluntad de los dos lados. La fraternidad va a romper la unidad el 1 de julio si la consagración ocurre como está anunciada, no porque tengan que hacerlo, porque eligen hacerlo.
Y esa elección, hermanos, va a producir un dolor que se va a extender durante décadas, como el dolor de 1988 todavía no se ha terminado de sanar, como las heridas que se abren en la iglesia a veces no se cierran en una sola generación. Antes de la oración, déjenme decirles algo sobre lo que espero que ocurra en los próximos meses. Lo más probable es que la consagración del primero de julio se produzca como la fraternidad la ha anunciado.
Que las excomuniones la tae sentie se activen automáticamente. Que el Vaticano emita los decretos de confirmación de esas excomuniones y que la herida que se abrió en 1988 se reabra de manera dolorosa en 2026. Eso es lo más probable. No estoy ocultándoles ese pronóstico porque la fe no consiste en ignorar lo que probablemente ocurra.
La fe consiste en seguir rezando, incluso cuando lo probable es lo doloroso. Lo que pido en mi oración es algo diferente. No pido que ocurra el milagro de que la fraternidad cambie de rumbo en los próximos días. Eso ya es muy difícil. Pido algo más modesto, pero quizás más posible. Pido que cuando ocurra lo que probablemente va a ocurrir, los actores de los dos lados respondan con la mezcla de firmeza y misericordia que la situación requiere.
¿Qué león de cuartce al confirmar las excomuniones lo haga con el dolor del padre que tiene que sancionar al hijo descarriado, no con la frialdad del juez que aplica la ley. Que la fraternidad, al recibir las sanciones, las reciba con la honestidad de quien sabe que se las ha buscado, no con el victimismo de quien finge sorprenderse.
Y pido sobre todo por los fieles ordinarios, por las familias que han bautizado a sus hijos en capillas de la fraternidad, por los que han educado a sus niños en escuelas tradicionales, por los que el 2 de julio se van a despertar con la noticia de que su comunidad ha sido oficialmente declarada en ruptura con la Iglesia Universal [resoplido] y que van a tener que decidir qué hacen con esa información, que esos fieles encuentren el camino correcto, que no sean instrumentalizados por la fraternidad ni por la Iglesia oficial.
que descubran en medio de la confusión dónde está su fidelidad a Cristo más allá de cualquier institución. Ahora les pido que pongan las manos sobre el pecho, que cierren los ojos los que puedan, que se queden un momento en silencio. El silencio que merece una historia que probablemente va a terminar mal, que no tiene la satisfacción del villano derrotado al final, que tiene, en cambio, el peso de las divisiones reales que ocurren en la iglesia real entre personas que aman a Cristo de maneras diferentes y que terminan
separándose precisamente porque ese amor se vuelve la justificación para no escucharse mutuamente. Señor, Dios de la unidad, que en la última cena le pediste al Padre que tus discípulos fueran uno como tú y el Padre son uno, hoy venimos ante ti con el peso de saber que esa unidad por la que oraste va a recibir una herida nueva en pocas semanas y que ninguno de nosotros tiene el poder de evitarlo.
Te pedimos por León XIV, por el Papa que en su primer año de pontificado se encuentra enfrentando exactamente la misma crisis que enfrentó Juan Pablo II en 1988. Que la sabiduría que necesita para responder a la consagración del 1 de julio le venga de un lugar más profundo que sus propios cálculos políticos. Que cualquier sanción que decrete sea decretada con el dolor de un padre y no con la frialdad de un juez.
Que la firmeza necesaria para defender el principio de la unidad se combine con la apertura necesaria para mantener una puerta que nunca se cierre del todo. Te pedimos por el cardenal Víctor Manuel Fernández, por el hombre que en el palacio del Santo oficio recibió al padre Pagliarani el 12 de febrero y que ofreció el diálogo que fue rechazado.
Que el dolor de ese rechazo no lo endurezca. que siga ofreciendo después del 1 de julio los caminos que la Iglesia siempre debe ofrecer, incluso a los que han elegido equivocarse. Te pedimos por padre David Pagliarani, por el superior general de la fraternidad, por el hombre que tiene en sus manos la decisión de detener o no detener la consagración, que el discernimiento que necesita para reconsiderar a tiempo le llegue antes de que el primero de julio sea demasiado tarde.
que la voz del Espíritu Santo penetre las certezas que ha acumulado durante años y le permita escuchar lo que no quiere escuchar. Te pedimos por los sacerdotes de la fraternidad, por los hombres que están ahí por vocación genuina, por los que aman a Cristo y que llevan años sirviendo a sus comunidades con sacrificios que pocos católicos imaginan, que no sean arrastrados por la decisión de su superior a una posición que en lo más profundo de sus corazones no comparten.
Te pedimos por los fieles de la fraternidad, por las familias que asisten a sus capillas, por los niños que han sido bautizados ahí, por los matrimonios que se han celebrado ahí, por los moribundos que han recibido la unción ahí, por toda esa multitud de católicos ordinarios que confiaron en una comunidad que les dio algo real y que ahora se enfrentan a la confusión de no saber qué van a hacer con esa confianza.
Te pedimos por los católicos ordinarios que ven todo esto desde fuera y no saben qué pensar. por los que van a ser tentados de simpatizar con la fraternidad porque les gusta la liturgia tradicional, sin entender lo que la simpatía implica. Por los que van a ser tentados de desestimar a la fraternidad como un grupo de extremistas, sin reconocer el dolor que está debajo de su decisión.
Que ambos tengan la sabiduría de no caer en ninguna simplificación. Y Señor, te pedimos por nosotros, por los que escuchamos esta historia y nos preguntamos qué dice sobre nuestra propia fe, por los que nos hemos sentido tentados de creer que nuestra manera de ser católicos es la verdadera. Por los que hemos juzgado a los que están en otras posiciones sin escucharlos primero.
Por los que hemos olvidado que la unidad de la Iglesia es un don que recibimos, no un proyecto que construimos. Que la iglesia después del primero de julio encuentre los caminos para que la herida que se abra empiece a sanar. No en días, no en meses, quizás en décadas, pero que empiece a sanar y que cada uno de nosotros en nuestra escada pequeña sea constructor de unidad y no de división. Recen conmigo.
No por ellos, por nosotros. Amén. Hermanos, antes de cerrar, lo que va a ocurrir el primero de julio va a ser noticia durante unas semanas. Después la noticia va a desaparecer, pero las consecuencias de lo que ocurra ese día van a estar presentes en la iglesia durante mucho tiempo. La pregunta de qué hacemos con la fraternidad, la pregunta de cómo gestionamos las objeciones doctrinales legítimas dentro de la comunión sin que se conviertan en justificaciones para la ruptura.
La pregunta de qué tipo de papa es León XIV cuando se enfrenta a desafíos doctrinales que vienen no de fuera de la iglesia, sino de dentro. Voy a seguir esta historia. Cuando ocurra la consagración, cuando lleguen las sanciones, si llegan, cuando León 14 pronuncia las palabras que tendrá que pronunciar después del 1 de julio, voy a estar aquí para contárselo.
Si este vídeo llegó hasta ustedes, compártanlo con alguien que tenga objeciones a lo que la Iglesia hace y que necesite saber que esas objeciones se pueden tener desde dentro de la comunión con alguien que asista a una capilla de la fraternidad. y que merece saber lo que está en juego en las próximas 7 semanas con alguien que crea que defender la fe significa romper con el Papa y que necesita escuchar otra voz.
Escriban amén en los comentarios si son parte de esta familia. Que Dios los bendiga y los proteja siempre. Que la unidad de la Iglesia, que es don del Espíritu, sea protegida en estos tiempos difíciles y que cada uno de nosotros sea, en la pequeña escala que nos toca constructor de la comunión que Cristo pidió en la última cena. Los quiero, familia.