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El día que Agustín Lara se burló de María Félix en la calle – Su respuesta dejó a todos temblando

Le di mi palabra ante Dios. Su palabra ante Dios. repetía Lupita con una mezcla de tristeza y rabia. Dios no le pidió que se dejara destruir, pero María aguantaba. Aguantaba porque en esa época divorciarse era escándalo mortal. Aguantaba porque amaba a Agustín, o al menos amaba al hombre que Agustín había sido cuando le compuso María Bonita frente al mar.

cuando la miraba con esos ojos de poeta consumido y le decía que ella era lo más hermoso que existía en el mundo, aguantaba porque tenía la esperanza de que ese Agustín regresara, de que los celos pasaran, de que la música sanara lo que la inseguridad había enfermado. Pero ese Agustín no iba a regresar y María lo descubriría de la peor manera posible.

Los meses previos al incidente habían sido particularmente brutales. Agustín había empezado a beber más de lo habitual. que ya era mucho. Llegaba borracho a las 4 de la mañana, oliendo a tequila, a perfume ajeno, a noches que María prefería no imaginar. Y entonces empezaban las peleas. Agustín le decía cosas horribles, que estaba envejeciendo, que su belleza se marchitaba, que sin él no sería nadie, que antes de conocerlo era solo una cara bonita de álamos, sonora, una pueblerina que tuvo suerte. María callaba.

Se mordía la lengua, apretaba los puños debajo de las cobijas y se repetía a sí misma que no iba a rebajarse, que no iba a pelear con un borracho, que una reina no discute con quien no está a su nivel. Pero cada insulto dejaba marca. Cada palabra cruel era una cicatriz invisible que se sumaba a las anteriores.

Y María Félix podía hacer muchas cosas. Podía ser paciente, podía ser estratégica, podía ser elegante en su sufrimiento, pero tenía un límite. Todo ser humano tiene un límite. Y Agustín estaba a punto de encontrarlo. La semana antes del incidente, algo cambió en María. Lupita lo notó primero. Doña María ya no lloraba después de las peleas.

ya no se encerraba en su cuarto, ya no miraba por la ventana con esos ojos perdidos que la hacían parecer una heroína trágica de sus propias películas. En lugar de eso, María estaba calmada, demasiado calmada. Sonreía con una sonrisa que Lupita no le conocía. Una sonrisa fría, calculada como la sonrisa de un cirujano antes de operar.

“Señora”, le dijo Lupita una mañana mientras le servía el café. “Está muy tranquila. Mi preoccupa. María la miró por encima de la taza. Ya terminé de tener miedo, Lupita. Y la asistente sintió un escalofrío porque conocía a María Félix desde hacía años y sabía que María sin miedo era la criatura más peligrosa de México.

Si recuerdas esa época dorada del cine mexicano, si creciste escuchando las canciones de Agustín Lara en la radio de tu casa mientras tu madre cocinaba, entonces esta historia te va a tocar el corazón. Suscríbete para que sigas escuchando estas memorias que merecen ser contadas. Noviembre de 1946, jueves por la tarde.

María y Agustín salieron de una comida en el restaurante Ambasaders, uno de los lugares más exclusivos de la ciudad, ubicado sobre Paseo de la Reforma. Habían comido con un grupo de amigos, productores de cine, músicos, gente de la industria. Agustín había bebido. No estaba borracho todavía, pero tenía esa ebriedad peligrosa que lo hacía sentirse más ingenioso, más fuerte, más inmune a las consecuencias de lo que decía.

Salieron a la calle. El aire de noviembre era fresco, el sol se estaba poniendo detrás de los edificios y las sombras de los árboles de reforma se alargaban como dedos sobre la banqueta. El grupo caminaba junto, riendo, conversando. María iba del brazo de una amiga, la actriz Miroslava Estern, que había filmado con ella recientemente.

Agustín iba adelante con tres hombres, un productor llamado Raúl de Anda, un periodista de nombre Víctor Velázquez y un músico joven del que nadie recuerda el nombre, pero que esa noche se volvería testigo involuntario de la historia. Agustín estaba hablando en voz alta, como hacía siempre que había bebido.

Su voz tenía esa resonancia de barítono que llenaba los espacios, que se imponía sobre el ruido de los autos y el murmullo de la calle. Estaba hablando de mujeres, no de cualquier mujer. De su mujer. Mi María decía con esa sonrisa torcida que ponía cuando quería parecer encantador, pero solo lograba parecer cruel. Mi María cree que es estrella.

Cree que porque sale en películas es alguien. Raúl de Anda se río incómodo. Bueno, Agustín es una de las actrices más grandes de México. Agustín agitó la mano como espantando una mosca. Actriz, por favor. Yo la hice. Antes de mí era una carita bonita de pueblo. Yo le compuse María bonita. Yo la puse en el mapa.

Sin esa canción, nadie sabría quién es María Félix. El periodista Víctor Velázquez intercambió una mirada con Raúl de Anda. Ambos sabían que María caminaba apenas 3 metros detrás de ellos. Ambos sabían que ella podía escuchar cada palabra. Ambos sabían que Agustín estaba caminando hacia un precipicio.

Y ninguno tuvo el valor de advertirle. Tal vez porque sabían que no serviría de nada. Tal vez porque querían ver qué pasaba. Tal vez porque en el fondo todos sabían que Agustín se merecía lo que le venía. Augustin continual. Su voz se hizo más fuerte, más burlona, como si estuviera dando un monólogo en un teatro donde él era el único actor que importaba.

Y ahora tiene 32 años. Los mejores ya pasaron. En este negocio las mujeres tienen fecha de caducidad, como la leche, 25 años, 28 máximo. Después de eso, si no tienen talento real, desaparecen. Río otra vez. Lo bueno es que me tiene a mí. Mientras yo le siga componiendo canciones, la gente la recordará.

Pero el día que yo me canse, el día que decida componer para otra, María Félix se vuelve un recuerdo bonito, sí, pero recuerdo al fin. El silencio que siguió fue como el silencio antes de un terremoto. Esos segundos en los que el aire se pone denso, en los que los perros se inquietan, en los que algo dentro de ti sabe que lo que viene va a cambiar todo.

Miroslava apretó el brazo de María. La miró con ojos suplicantes. María, no. Jolo está borracho, no sabe lo que dice. María soltó el brazo de su amiga con suavidad, con esa calma aterradora que tenía cuando había tomado una decisión. Claro que sabe lo que dice, respondió María. Lleva meses diciéndolo. La diferencia es que hoy lo dijo en público y ahora yo también voy a responder en público. María caminó hacia adelante.

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